afronta su expulsión del partido

Orbán y el capítulo final de su cruzada para radicalizar el Partido Popular Europeo

El líder húngaro se ha esforzado por arrastrar a la familia popular europea hacia la derecha. Un último capítulo le lleva hacia la expulsión este mes, pero en el PPE continuará el debate

Foto: Viktor Orbán, primer ministro húngaro. (Reuters)
Viktor Orbán, primer ministro húngaro. (Reuters)

Viktor Orbán no esperaba que fuera a acabar así. Incluso puede que siga sin esperarlo. El próximo 20 de marzo todas las apuestas señalan a que los delegados del PPE terminarán con la membresía del partido del líder húngaro y lo expulsarán de la familia política europea.

Es el punto y final al capítulo que ha ocupado buena parte de la historia de la derecha europea en los últimos años. Orbán situó al proyecto europeo tal y como se conoce hoy en día como un enemigo, y en su pulso ha intentado arrastrar al resto del centroderecha europeo con él. En septiembre de 2018 empezó a estar claro que el húngaro estaba perdiendo la batalla.

Pero este choque viene de más atrás. Con su regreso al poder en 2010, Orbán tomó el sendero del autoritarismo. Una década después, en Hungría no existe una oposición capaz de ganar elecciones, la libertad de prensa está coartada, y el primer ministro y los tentáculos del poder controlan una economía que se nutre en gran parte de un clientelismo que le da al Gobierno poder sobre muchas ramas de la sociedad. Se ha convertido en el modelo de “hombre fuerte”, personalista y decidido que muchos en occidente quieren para sus países. Un liderato caudillista que ha cautivado a todos los candidatos a dirigir con mano autocrática un Gobierno en Europa.

Hoy en Bruselas muchos se preguntan cómo es posible que en el seno de la UE se haya estado diseñando y ejecutando un plan que ha dejado a la democracia húngara muy tocada, casi vacía por dentro. Con la victoria en 2010, en la que Orbán obtuvo la mayoría suficiente para realizar cambios en la constitución, el líder húngaro reformó el sistema electoral, reduciendo el Parlamento húngaro en 187 escaños y creando un sistema que beneficiaba claramente al partido más votado: aunque su formación, Fidesz, venciera por una pequeña mayoría, la nueva norma electoral le otorgaría una gran mayoría parlamentaria.

Lo que Orbán hacía en casa se quedaba en casa, en gran parte gracias a que su familia europea, el PPE, la que más poder tiene en el continente, siempre restó importancia a las acciones del húngaro. Joseph Daul, actual presidente de la formación europea, siempre ha defendido que en todas las familias hay un ‘enfant terrible’, y que es mejor tenerlo en casa controlado que fuera sin control.

Una campaña de los liberales europeos contra Viktor Orbán. (Reuters)
Una campaña de los liberales europeos contra Viktor Orbán. (Reuters)

Crisis de 2015

El húngaro ya tenía un pulso con la UE, pero este se convirtió en batalla durante la crisis migratoria del 2015. Con el pico de la llegada de solicitantes de asilo, que se dirigían a Alemania, donde Angela Merkel había asegurado que las puertas estarían abiertas para ellos.

“Todo lo que está ocurriendo ahora ante nuestros ojos amenaza con tener consecuencias explosivas para toda Europa”, aseguró en septiembre de 2015 Viktor Orbán. Y no le faltaba razón. Ha tenido consecuencias explosivas para toda la UE en el plano político, y no limitándose únicamente a la aparición de fuerzas nacional-populistas, también ha tenido consecuencias importantes en partidos tradicionales del centroderecha.

El ejemplo más cercano es Austria. Para ganar las elecciones Sebastian Kurz, ahora canciller del país, tuvo que hacer que su partido, perteneciente al PPE, calcara el discurso de la extrema derecha del FPÖ. Cuando ganó los comicios, Kurz pactó con ellos.

No es la primera vez que ocurría. Tras las elecciones de 1999 la formación del actual canciller también tuvo que pactar con el FPÖ. Y las consecuencias fueron desastrosas. En febrero de 2000 la UE lanzó un comunicado en el que anunciaba que los países comunitarios romperían relaciones diplomáticas bilaterales con Viena, y el Partido Popular español condujo la suspensión del partido de centroderecha de la familia del PPE.

Solo unos años después, la misma coalición, si bien el FPÖ se ha suavizado levemente, no ha tenido ninguna consecuencia. La derechización del PPE, que es, en el fondo, parte del proyecto de Orbán, tenía éxito. Tampoco la UE reaccionó. Solo algunas voces. Europa estaba girando en la dirección que el húngaro deseaba.

Pero cuando en 2015 Orbán hablaba de “consecuencias explosivas para Europa” no se refería directamente al ámbito político, en el que evidentemente esa afirmación sería cierta, sino en el ámbito social y cultural. Es la teoría que sostiene su discurso y la de muchos nacional-populistas: la inmigración cambiará la cultura e identidad europea, y, además, según esta teoría, esos flujos migratorios vienen empujados desde fuera por fuerzas “globalistas” a las que les interesa que la sociedad húngara pierda su identidad, que Orbán vincula estrechamente al cristianismo. El primer ministro personifica ese globalismo en el millonario de origen húngaro George Soros y en Bruselas.

Viktor Orbán besa la mano de la canciller alemana durante un Consejo Europeo.  (Reuters)
Viktor Orbán besa la mano de la canciller alemana durante un Consejo Europeo. (Reuters)

Ese miedo ha impulsado a Alternativa por Alemania (AfD) en las encuestas en Alemania, ha reforzado los cimientos de Marine Le Pen en Alemania, y forma parte central del discurso de Geert Wilders en Países Bajos.

La teoría no es nueva, pero la fuerza con la que había aparecido sí lo era. Y durante aquellos días de la crisis migratoria Orbán quiso instituirse como líder de la Europa conservadora. Y ese es el quid de la cuestión, lo que había y sigue habiendo en su cabeza no es destruir la UE, sino convertirla en un proyecto a su imagen y semejanza, eliminando el rol central de Bruselas, que desde hace años le mete el dedo en el ojo en su intento de alejar a Hungría de la democracia liberal.

La política de Orbán hacia la UE desde la crisis migratoria ha sido de provocación. A comienzos de 2017 esos choques aumentaron. Con el inicio del nuevo año el Gobierno puso en marcha una campaña denominada “Paremos a Bruselas”, una especie de consulta ciudadana en la que el Ejecutivo húngaro preguntaba a los ciudadanos cómo lidiar con la UE.

La situación se volvió especialmente sensible para Budapest en diciembre de 2017, cuando la Comisión Europea activó el artículo 7 de los Tratados contra Polonia por atacar el Estado de derecho, un mecanismo sancionador contra aquellos países que minan el artículo 2 de los Tratados que consagra principios como la independencia judicial. Muchos se preguntaron cuáles eran las diferencias entre Varsovia y Budapest, teniendo en cuenta que algunos consideran la situación húngara más grave que la polaca. Y la respuesta fue sencilla: Hungría forma parte del PPE, y eso le protege.

La incomodidad era creciente. Cada vez iba a más. A eso se añadía que Orbán intentaba desde hacía meses sacar del país a la Universidad Central Europea (CEU), uno de los centros universitarios más prestigiosos de Europa central, pero que está financiado por Soros. En diciembre de 2018 la CEU confirmó lo que era un secreto a voces: abandonaría Budapest y se situaría en Viena después de que el Ejecutivo húngaro tratara de ahogar las vías de financiación del centro.

¿La caída de Orbán?

Fue el Parlamento Europeo el que protagonizó el primer capítulo de la esperada caída de Orbán. En septiembre el Pleno de la Eurocámara votó un informe en el que se pedía la activación del artículo 7 contra Hungría. Fueron días tensos en el grupo parlamentario del PPE. De lo que votaran sus eurodiputados dependería que se iniciara un proceso contra Budapest o no.

Orbán creía que no saldría adelante, que los populares le apoyarían. Pero el PPE dio libertad de voto y muchos de sus eurodiputados dieron luz verde al inicio del procedimiento. Uno de los más derechistas del partido, el ya mencionado Kurz, dio orden a los austriacos de votar a favor del artículo 7.

La primera derrota vino seguida de la segunda, cuando Orbán pensó que, una vez el procedimiento llegara al Consejo, donde los países se sientan y deciden, el asunto se pararía. Pero la mayoría de Estados miembros prefirieron seguir adelante. Hungría había llegado demasiado lejos durante demasiados años.

Sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo. (Reuters)
Sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo. (Reuters)

Nadie entiende muy bien las razones de lo que pasó después. El Gobierno húngaro puso en marcha hace unas semanas una campaña en la que se acusaba a Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, de conspirar con el millonario George Soros, para obligar a Hungría a admitir inmigrantes ilegales. El Ejecutivo comunitario reaccionó diciendo que los húngaros se merecían “datos, no ficción”.

Fue la gota que colmó el vaso. En determinados círculos se dio por muerto al líder húngaro en ese mismo instante. Los partidos pequeños del PPE se movilizaron y en pocas horas habían acumulado las cartas necesarias para pedir la votación de la expulsión de partido de Orbán. Hoy parece imposible que el húngaro pueda salvar los muebles.

Las exigencias del partido son claras: tiene que parar ahora mismo la campaña puesta en marcha, tiene que pedir perdón al resto de partidos de la familia política a los que ha insultado en los últimos días, y tiene que admitir el regreso de la Universidad Central Europea a Budapest. Orbán ya ha dicho que no lo aceptará. Las apuestas están muy a favor de que el primer ministro húngaro será expulsado del PPE.

¿Sueños rotos?

Algunas voces señalan que Orbán parece haber forzado su propia expulsión, que era imposible, con la creciente tensión, que no se imaginara las consecuencias de su última campaña contra Juncker. Pero otras muchas voces apuntan a que el primer ministro no pretendía abandonar el PPE, aunque ahora el propio Orbán el que abre esa puerta incluso antes de que le expulsen.

Su intención era que la familia popular europea adoptara su visión de la UE, en la que Bruselas perdería todo el poder, quedaría relegado a un lugar de reunión, y el proyecto europeo volvería a ser un elemento exclusivamente intergubernamental en el que cada país tendría más libertad y menos exigencias. Y en su caso, más impunidad para ir laminando lo que queda de democracia liberal y sociedad civil en Hungría.

A la vez, su idea de llevar a Europa hacia el proyecto conservador e identitario que él ha diseñado para su país necesitaba del PPE. Era necesario que los partidos mejor establecidos en Europa (como la CDU alemana o el PP español) adoptaran su visión del proyecto europeo. Ahora Berlín y Madrid meditan su decisión de cara a la votación. Hacia donde se decante la delegación alemana puede ser clave para el resultado final.

El próximo 20 de marzo todos esperan que Orbán sufra una derrota y sea expulsado de la familia política. Pero durante los últimos años el primer ministro ha empujado hacia la derechización del PPE, y el debate seguirá abierto si finalmente abandona el partido: seguir girando hacia la derecha o volver a centrarse. La expulsión de Orbán es el éxito de una revuelta interna de los partidos más moderados. Ahora su objetivo será arrastrar de vuelta al PPE hacia el centro.

No será fácil. La CDU tiene muchísima presión en Alemania, donde su socio bávaro, la CSU, es el partido europeo más cercano a Orbán. Por su parte Kurz ha dado ya numerosas muestras de compartir algunos valores con el líder húngaro, si bien no comparte su visión sobre el proyecto europeo. En España el PP se debate entre seguir virando a la derecha para pelear los votos del nuevo partido ultraconservador Vox o mantenerse en el delicado equilibrio del centroderecha.

Orbán lleva razón en una de las bases de su teoría política. La identidad es cada vez más importante para el votante conservador. Y la expulsión del húngaro seguramente no ponga punto y final a la difícil relación que las fuerzas conservadoras tienen que tejer con la identidad de sus votantes, muchos de los cuales la sienten amenaza y buscan opciones más radicales.

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