recta final antes de la nueva votación

La estrategia del miedo en las negociaciones del Brexit nunca ha funcionado con Bruselas

Londres ha usado el miedo y la amenaza en varias ocasiones durante las negociaciones del Brexit con Bruselas. Nunca ha dado buen resultado. Tampoco ahora

Foto: Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea. (Reuters)
Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea. (Reuters)

La estrategia de la frustración no ha funcionado en ningún momento de las negociaciones del Brexit. Y eso que ha sido una herramienta muy utilizada. La última vez que alguien ha puesto la pistola sobre la mesa ha sido Londres, que en las últimas horas parece aferrarse a esa estrategia.

Jeremy Hunt, ministro de Asuntos Exteriores, ha asegurado que las relaciones entre ambos bloques estarán “envenenadas” durante los próximos años si Bruselas no cede, y Geoffrey Cox, fiscal general, ha afirmado que el "backstop", el plan para evitar la aparición de una frontera en la isla de Irlanda, podría violar los derechos humanos en el Ulster.

Las amenazas nunca han funcionado bien en el Brexit, y tampoco lo hacen ahora. El estilo europeo es muy sencillo y sobrio: hay un problema y hay que resolverlo. Sin política, sin palabras pomposas y sin discursos: hay que sentarse y buscar una solución que se pueda reflejar en un papel. Así son las cosas en la capital comunitaria y eso ha complicado mucho la vida a los políticos británicos que han participado en las negociaciones: David Davis, Dominic Raab y, ahora también, Cox.

En un discurso este viernes Theresa May, primera ministra británica, también ha intentado aumentar la presión sobre Bruselas. “Estamos trabajando con ellos, pero las decisiones que la UE tome los próximos días tendrán un gran impacto en el resultado de la votación” del 12 de marzo, ha señalado la líder conservadora, en referencia a la decisión que Westminster tiene que tomar la próxima semana respecto al acuerdo del Brexit.

En Bruselas se tiene la sensación de haber estado antes aquí. Y la respuesta es sencilla: no le toca a la UE tomar decisiones, porque ya se ha explicado cuáles son los límites, y es el Reino Unido el que, después de cerrar el acuerdo, quiere modificarlo. Es a Londres al que le toca mover ficha. O así lo ven en la capital comunitaria.

Ante las declaraciones de las últimas horas por parte de May y las de Hunt y de Cox la reacción de Bruselas no puede ser más propia de la UE: una reunión extraordinaria de embajadores en la capital comunitaria en la que Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea, ha explicado la situación. Al abandonar el encuentro el francés ha respondido a Londres: “Seguimos unidos. No nos interesa el juego de echar culpas, estamos interesados en el resultado. Seguimos trabajando”.

Barnier junto a Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea. (EFE)
Barnier junto a Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea. (EFE)

Historial de agravios

Las amenazas nunca funcionaron bien desde la primera que hizo oficialmente May, cuando intentó vincular las futuras relaciones económicas a la cooperación en materia de seguridad entre el Reino Unido y la UE. Muchas voces europeas recriminaron a la primera ministra hacer uso de la seguridad de los ciudadanos británicos y europeos como moneda de cambio, y la líder británica nunca volvió a mencionarlo.

Tampoco funcionaron cuando May acudió a la cumbre de Salzburgo con una lista de exigencias públicas con la intención de mostrar en el Reino Unido que era la líder fuerte que el país necesitaba. Los líderes la sometieron a un escarnio público sin precedentes. Emmanuel Macron, presidente galo, consideró el plan de May “inaceptable”, y Donald Tusk, presidente del Consejo, señaló que no funcionaría.

Tampoco funciona ahora la amenaza de Cox de que el backstop puede violar los derechos humanos en Irlanda del Norte. En Bruselas se responde a esa afirmación con una pregunta: ¿por qué entonces se comprometió a ello el Reino Unido? Y, además, ¿por qué el Gobierno británico sostiene su mayoría en los unionistas norirlandeses de la DUP, el único partido que se opuso a los acuerdo del viernes santo, que es la principal norma de derechos humanos en Irlanda del Norte?

Una de las razones por las que el técnico británico Olly Robbins funcionó bien a los mandos de la negociación fue precisamente que era un funcionario. Se sentaba con Sabine Weyand, la líder técnica de las negociaciones por el lado europeo, y buscaban soluciones complejas a problemas difíciles. El acuerdo del Brexit es producto de un ejercicio técnico, no político. De hecho existió cierta frustración antes de que se lograra por fin cerrar el texto. Ya en varias ocasiones Robbins y Weyand habían estado cerca de cerrar el círculo, pero cuando llegaba el cargo político de turno para dar el último empujón, siempre acababa dando marcha atrás.

Olly Robbins, funcionario que estuvo al cargo de las negociaciones del Brexit. (Reuters)
Olly Robbins, funcionario que estuvo al cargo de las negociaciones del Brexit. (Reuters)

Las razones por las que ocurría eso las señalaba hace poco la persona que más sabe de la naturaleza del Brexit en el Reino Unido, el exembajador británico ante la UE, Ivan Rogers: May “no sabía mucho sobre Consejos Europeos o sobre la UE”, aseguró en una charla ante el Instituto de Gobierno.

Rogers lanzó un jarrón de agua fría sobre la orgullosa Londres: “Eso no se hace de la forma en la que funciona la política británica, de líder a líder. Aquí se hace a través de burócratas y sherpas (representantes de los líderes), la gente en lo alto de las instituciones”.

Las negociaciones técnicas continúan, y existe la posibilidad de que Bruselas trate de ayudar en el último segundo a May para que parezca que ha arrancado una victoria de última hora. Pero el apetito por echar una mano baja a medida que la primera ministra necesita una concesión más teatral que técnica: todo lo que puede obtener de la Comisión Europea serán pequeñas modificaciones en textos interpretativos, nada más. Pura poesía legal, prosa comunitaria, todo tremendamente alejado del teatro shakespiriano de consumo habitual en Westminster.

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