una forma de fragmentar a la oposición

Salamandras y perros de dos cabezas: los lucrativos "partidos fantasma" de Hungría

Al Gobierno de Víktor Orbán le beneficia que existan cuantas más formaciones políticas mejor. Crear un partido es muy sencillo y rentable gracias a las facilidades existentes

Foto: Manifestación contra el Gobierno húngaro organizada por el Partido del Perro de Dos Cabezas, en Budapest, el 15 de marzo de 2018. (Reuters)
Manifestación contra el Gobierno húngaro organizada por el Partido del Perro de Dos Cabezas, en Budapest, el 15 de marzo de 2018. (Reuters)

Desde que llegó al poder en 2010, Víktor Orbán ha mostrado una habilidad y atrevimiento poco comunes para cambiar a su antojo todas las leyes importantes del país, empezando por la Constitución. Orbán ha conseguido de esta manera acumular autoridad, mantenerla y controlar a sus oponentes. Todos los resortes del poder, desde los medios de comunicación y los juzgados hasta la educación superior, pasando por la legislación laboral e incluso el permiso para dormir en la calle están sometidos a los dictados de Orbán. En los últimos ocho años, Fidesz se ha ido convirtiendo, más que un partido político, en el centro de una red de clientelismo en la que los afines al régimen tienen su premio y los disidentes son atacados y, si puede ser, expulsados del país. Cabe recordar que el Presidente húngaro, János Áder, el portavoz del Congreso, László Kövér, y el propio Orbán, jugaban juntos de jóvenes en el mismo equipo de fútbol.

Orbán y las reglas del juego

Tomemos como ejemplo el sistema electoral. Tanto en los comicios de 2002 como en los de 2006, Orbán obtuvo unos 2,2 millones de votos. Las dos veces perdió las elecciones. Pero en 2014, con menos votos aún, se hizo con la mayoría absoluta en el Parlamento. La razón: dos años antes había cambiado la Constitución húngara y reformado las leyes, barajado los distritos y modificado los mecanismos electorales a su conveniencia. Es lo que en política se llama “Gerrymandering”, un término que recuerda a un gobernador de Massachusetts llamado Gerry que redibujó el mapa electoral con la enrevesada silueta de una salamandra (“salamander” en inglés”), para obtener más representantes con menos votos. Es un ejemplo más de cómo Orbán es capaz de retorcer las reglas del juego democrático para su provecho.

Los cambios en el sistema electoral húngaro, cuidadosamente diseñados por el Gobierno, han permitido la aparición de los llamados “partidos fantasmas”, formaciones políticas cuya única razón de ser consiste en obtener subvenciones públicas para luego desaparecer o simplemente dejar de funcionar. Los creadores de estos partidos se benefician económicamente de un fraude consentido y aún alentado por el Estado sin que nadie les fiscalice . Al mismo tiempo, el Gobierno se aprovecha de esta situación, que divide y desorienta al electorado, además de convertir a la democracia en una excusa para trapichear con dinero público.

El especialista en procesos electorales del Instituto de Capital Político de Budapest Róbert László, explica para El Confidencial que en el año 2010, para que un partido concurriese a las elecciones nacionales debía presentar la firma del 1,6% del electorado (unas 36.750); desde 2014, basta con el 0,66 por ciento (13.500 firmas). Teniendo en cuenta que un ciudadano puede apoyar con su firma a más de un partido, resulta fácil poner en marcha una candidatura y por tanto llevarse una jugosa subvención pública: los candidatos independientes obtienen unos 3.200 euros y los partidos, dependiendo del número de componentes, entre 480.000 y 1.920.000 euros.

Los candidatos individuales obtienen una tarjeta con los fondos asignados y deben rendir cuentas de todos sus gastos, pero los partidos no: pagan unos impuestos irrisorios, no tienen la obligación de presentar balances contables y, mientras que los candidatos independientes deben devolver el dinero si no consiguen determinado número de votos, los partidos pueden quedarse con la subvención, aunque no consigan ni una sola papeleta. El número de partidos legalmente establecidos (aunque de dudosa legitimidad), se ha multiplicado y, por ejemplo, 12 de las 14 formaciones que no consiguieron diputados en las últimas elecciones obtuvieron menos votos que firmas habían presentado. László y su equipo propusieron en un informe de 2015 una serie de medidas destinadas a impedir este fraude, pero solo consiguieron que se imponga el umbral del 1% de votos para conservar el dinero recibido.

El primer ministro húngaro Víktor Orbán durante su rueda de prensa semanal en Budapest, el 10 de enero de 2019. (Reuters)
El primer ministro húngaro Víktor Orbán durante su rueda de prensa semanal en Budapest, el 10 de enero de 2019. (Reuters)

El negocio de la democracia

Para quienes se enriquecen con esta práctica se trata de una mezcla de oportunismo político y de convertir a la democracia en un negocio. Entre 10 y 12 millones de euros pasan de las arcas del Estado a manos privadas gracias a estas estratagemas. Para el partido en el poder, es un “divide y vencerás” que le permite fragmentar el mapa político hasta el absurdo, impedir la formación de un frente opositor fuerte, y de paso restar credibilidad a sus rivales, al meter en el mismo saco a formaciones genuinas con otras tan poco representativas como el “Partido del Perro de Dos Cabezas”. Este partido, que compite en las elecciones nacionales desde 2014, presenta a todos sus candidatos con el mismo nombre (el equivalente en húngaro a “fulanito de tal”) y promete en su programa “la vida eterna, la paz mundial, un día de trabajo por semana, dos amaneceres al día y cerveza gratis”.

Otro cuestionable partido, llamado “Cuarta vía”, llegó a convocar una manifestación para pedir que “mañana sea ayer e incluso protagonizó un surrealista rifirrafe con el “Perro de Dos Cabezas” cuando el primero, defendió el derecho de los virus a vivir y los dos pájaros que “presiden” el “Cuarta Vía” se opusieron debido a la fiebre aviar. Al formalizar su inscripción unos minutos antes de que terminase el plazo, el “Perro de Dos Cabezas” se convirtió en candidato oficial y pudo concurrir a las elecciones.

Aunque el objetivo de los impulsores de este tipo de partidos es precisamente llamar la atención sobre el escándalo de los “partidos fantasmas” usando el humor, en algunos casos se han dado situaciones tan grotescas como la de Katalin Lévai, una política de Budapest que abandonó su formación por sentirse poco valorada y decidió fundar un “partido fantasma” para quitarles votos. Llama la atención que la lista de firmas que presentó a la comisión electoral era idéntica a la de Fidesz, no sólo los nombres sino incluso el orden en que se “obtuvieron” dichas firmas. En Csepel, otro distrito de la capital húngara, el candidato de Fidesz fue derrotado en las elecciones municipales de 2014; en los siguientes comicios, nada menos que 21 partidos, casi todos “fantasmas”, lograron convertir a la oposición en añicos. 13 de esos poco temibles rivales habían presentado listas de firmas con decenas de nombres de fallecidos.

Los nombres, supuestas ideologías y programas electorales de muchos “partidos fantasmas” son tan irreales como real es el dinero que se embolsan y que proviene de los contribuyentes húngaros. Al mismo tiempo que Víktor Orbán utiliza el miedo a los inmigrantes o al poder de Soros para hacerlos parecer amenazas reales y tangibles, permite que, con fraudes como el de los “partidos fantasmas”, el sistema electoral y por tanto la democracia pierdan consistencia y se conviertan en conceptos abstractos, imperceptibles y en última instancia inexistentes.

El 16 de junio de 1989, cientos de miles de húngaros se apiñaban en la Plaza de los Héroes de Budapest para conmemorar el levantamiento ciudadano de 1956 contra los soviéticos. Un joven Viktor Orbán, mal afeitado y con greñas, hablaba en representación del recién creado Fidesz. En su airado discurso, pronunciado tras la intervención de los veteranos héroes de aquel episodio, pidió dos cosas: la retirada de los soldados soviéticos y el fin de la dictadura de un partido único en Hungría. Casi 30 años más tarde, Fidesz se ha convertido en algo parecido a un partido-régimen, Orbán en su caudillo indiscutible y la democracia húngara corre el peligro de convertirse en un zoo de salamandras y perros de dos cabezas.

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