Joaquín José Martínez

El primer europeo que salió del corredor: "A Ibar no lo han condenado las pruebas"

Padre de siete hijos, informático y activista contra la pena de muerte. Pocos seres humanos pueden conocer tan a fondo un sistema como quienes han tenido que enfrentarse a él para salvar la vida

Foto: Joaquín José Martínez, primer europeo que salió del corredor de la muerte.
Joaquín José Martínez, primer europeo que salió del corredor de la muerte.

El destino de Pablo Ibar converge en un punto con el de Joaquín José Martínez y luego las líneas se separan. Ibar vuelve al infierno y Martínez salió. Mientras el guipuzcoano espera su condena, que será la ejecución o la cadena perpetua según se decida el 25 de febrero, Martínez quedó libre en su segundo juicio después de tres años en el corredor de la muerte por un doble asesinato que no había cometido. La silla eléctrica le esperaba al final del pasillo. Como en el caso de Pablo, las pruebas no eran concluyentes. Pero hubo una diferencia esencial en sus juicios, afirma Martínez. El primer europeo que sobrevivió al corredor opina que la prensa no está explicando correctamente una circunstancia clave en el juicio de Ibar. “Se habla mucho de las pruebas y es algo que no nos entra en la cabeza, porque olvidamos otro dato esencial".

Martínez es hoy padre de siete hijos y combina su profesión de informático con el activismo contra la pena de muerte. Pocos seres humanos pueden conocer tan a fondo un sistema como quienes han tenido que enfrentarse a él para salvar la vida. Durante la última década, ha seguido el proceso de Ibar con la máxima atención. Cuando la Corte Suprema anuló la sentencia de muerte y ordenó celebrar un nuevo juicio, Martínez le confesó a su amigo, el profesor Ángel Vallejo, su sospecha de que iba a salir mal. Su diagnóstico de entonces ha resultado ser de una precisión pavorosa. Nos atiende por teléfono desde Valencia mientras su mujer conduce camino del instituto Les Alfabegues, donde va a dar una conferencia a los estudiantes.

Considera que con esas pruebas no debían haberlo condenado a muerte. “Lo que a ojos del jurado ha sido determinante no son las pruebas”. Coloca sin rodeos al fiscal Chuck Morton en el centro, "un hombre con afán de protagonismo que se había retirado y vuelve a los juzgados con ganas de venganza. Se entera de que la Corte Suprema le ha concedido al hombre que consiguió condenar a muerte un nuevo juicio, y tiene que enviarlo de nuevo al corredor. Es una cuestión personal. Las pruebas son las mismas que en el otro juicio, no hay nada nuevo. La clave es el fiscal, y la forma temeraria en que la defensa se ha enfrentado a él. Ha usado la misma táctica que la otra vez para convencer al jurado”.

¿Y cuál es esa táctica? Según Joaquín, el ambiente en el juicio ha sido mucho más importante que las pruebas. Ha sido un juicio más épico que científico. “La máxima autoridad en la sala no era la policía, ni los expertos, ni los forenses ni el propio juez, sino este fiscal. Cuando dice: el que estáis viendo en el vídeo es Pablo Ibar, el jurado se lo cree”. ¿Independientemente de lo que digan los expertos contratados por la defensa? “Así ha sido, ¿no?”.

Pablo Ibar, en su último juicio. (EFE)
Pablo Ibar, en su último juicio. (EFE)

Para Joaquín, muchos de los argumentos de los expertos de la defensa fueron indiscutibles, pero a Morton no le costó nada desacreditarlos. Lo hizo enfocando el juicio como una cuestión de orgullo nacional. El fisonomista contratado por la defensa, por ejemplo, es británico. Morton utilizó esta circunstancia para que el jurado ignorase su análisis del hombre que sale en los vídeos. “Esto pesaba mucho más que el contenido. El mensaje era chovinista: 'Aquí la ley es a nuestra manera, en España quizá sean las cosas de otra, pero aquí se hace así'. Es lo que pasa siempre y lo que me preocupaba. Lo veía venir desde el primer momento”.

En el segundo juicio de Joaquín, la defensa buscó mayor complicidad con un fiscal que, de entrada, había mostrado su buena voluntad cuando pidió cadena perpetua en lugar de pena de muerte. Nada que ver con el caso de Ibar, donde la defensa ha confiado quizá demasiado en la invalidez de las pruebas aportadas por el fiscal y ha entablado una batalla contra él que estaba destinada a la derrota. “Mis expertos eran todos americanos. Había otros mejores, pero sabíamos que tenía que ser así. Teníamos que entrar a la sala y decir: 'Vuestros propios expertos del FBI lo están diciendo'. Es muy difícil en ese país ganar un juicio con personas de fuera, por muy buenas que sean. No soportan que les digan que son ellos quienes lo hacen mal”.

Dios no entra al corredor

El sábado, Martínez recibió la noticia como un mazazo. Su primer pensamiento fue para los padres y la mujer de Pablo Ibar. Recordó sus rostros y se preguntó cuánto sufrimiento estarían expresando en ese momento. “También me acordé de él, de Pablo. Ahora mismo tiene que estar obsesionado y con ganas de tirar la toalla, que es como estaba yo después de mi primer juicio”. Ahora, tantos años después, Joaquín todavía rememora aquel uniforme naranja con un estremecimiento.

Su celda, apenas un cubículo de 1,80 por 2,90 metros, era tórrida en verano y helada en invierno. El desayuno se lo daban a las cinco de la madrugada, el almuerzo entre las 10 y las 10 y media, la cena de cuatro a cuatro y media de la tarde. Todo era incomestible, demasiado crudo o demasiado quemado. Durante los primeros 30 días, ni siquiera le permitieron salir de su celda más que dos veces por semana para la ducha. En siete minutos tenía que asearse y afeitarse sin dejar ni un solo vello en la cara, porque eso supondría una paliza o un mes en el "hueco", que era el nombre extraoficial de la terrible celda de castigo.

La clave es el fiscal, y la forma temeraria en que la defensa se ha enfrentado a él. Ha usado la misma táctica que la otra vez para convencer al jurado

“El trauma me quedará para siempre”, dice, y añade que todavía sufre pesadillas recurrentes, “me despierto con sudores porque sueño que sigo en el corredor”. El método de ejecución para él era la silla eléctrica y actualmente sigue sin gustarle el parpadeo de las bombillas. “Con lo de Pablo me ha pegado un bajón brutal. Yo sé que por el apoyo que he recibido estoy libre. ¿Podría haber pasado con Pablo? ¿Podría haber hecho más yo, o los medios, o los abogados?”. Le tortura saber que, mientras él está aquí fuera, muchos de sus compañeros del corredor han sido ya ejecutados. “Esto lo siento cuando estoy con mis hijos. Recuerdo a aquellos compañeros que abrazaban a sus hijos pequeños. Mis hijos me hacen pensar: con peor suerte en el juicio, todo esto jamás habría pasado”.

Ahora es creyente, pero Joaquín afirma que Dios no pasa por el corredor. “Cuando entré, perdí mi fe totalmente. Me sentí traicionado por Dios. Si hay un Dios que tanto nos protege, ¿qué hago yo aquí? No es fácil volver a la fe dentro del corredor. Hay otros compañeros que no solo dejan de tener fe, sino que no quieren saber más de sus familiares. No quieren tener otra preocupación allí dentro. No quieren ser un peso para sus familiares y tampoco para Dios”.

Próxima parada: 25 de febrero

El 25 de febrero se reunirá el jurado para dictaminar la condena. Joaquín no puede evitar mostrarse pesimista. “El fiscal va a exigir la pena máxima. Hará lo imposible para que Ibar vuelva al corredor de la muerte. No se ha movido de esa idea desde el primer día. Volverá a mostrarles el vídeo completo del asesinato, y son imágenes muy duras. Dado que el jurado ya está convencido de que esa persona es Pablo Ibar, Morton tratará de arrancarles cualquier atisbo de misericordia. Lamento decir lo que creo: que tiene papeletas de que lo vuelvan a condenar a muerte”.

Mientras hablamos, el viaje de Joaquín llega al final. En el instituto Les Alfabegues le esperan los estudiantes, que terminarán la conferencia con lágrimas en los ojos. “La idea es estar con ellos un poco, contarles cómo fue mi vida y que lo más importante es la compasión. Hay que aprender a perdonar”. Entonces, antes de colgar, aporta otro dato insospechado: “Perdonar es lo que tuve que hacer yo con el chico que mató a mi padre". ¿Cómo? "Sí. A mi padre lo atropelló un chaval de 17 años que iba en moto y lo mató. Así que he estado en los dos lados, como víctima y como... bueno, como víctima en los dos casos. Eso te enseña el valor del perdón”.

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