"Mi primer delito fue tomar una foto, desde lejos, de la base naval francesa Camp de la Paixen Abu Dabi tras ser atacada por drones iraníes. Mi segundo delito fue enviársela a mi familia diciendo: ‘empiezo a tener miedo’. Me detuvieron y me deportaron", cuenta Saddam S. desde Pakistán, días después de verse obligado a abandonar la ciudad en la que ha vivido durante los últimos 12 años, tras compartir una fotografía que, según las autoridades, dañaba la imagen del emirato.
Si algo ha quedado claro durante las semanas en las que Emiratos Árabes Unidos ha estado bajo ataques iraníes, en las que al menos 13 personas han muerto y 224 han resultado heridas, es que hay cosas que simplemente no se pueden decir: no se puede contar que la imagen perfecta se tambalea, ni que la gente tiene miedo y mucho menos que hay cientos de personas detenidas por compartir en WhatsApp imágenes de los daños causados por los ataques.
El caso de Saddam no es único. Desde el inicio de la escalada regional, varios turistas, trabajadores expatriados e incluso influencers, han sido detenidos por compartir contenidos similares, muchos de ellos en conversaciones privadas. Personas de distintas nacionalidades que, en muchos casos, simplemente hicieron lo que haría cualquiera si un misil cayera ante sus propios ojos: sacar el móvil, grabar, enviar una imagen o informar a sus seres queridos sobre la situación que están viviendo.
"Ahora cuando coges el móvil piensas dos veces en lo que vas a decir. No hace falta publicar nada para ponerse en peligro: basta con reenviar un vídeo. O con no borrar una imagen", explica Marian L., ciudadana europea residente en Abu Dabi. "La línea entre lo público y lo privado es una ilusión en Emiratos. Los que llevamos aquí tiempo sabemos que uno es libre de opinar siempre que lo que se diga esté alineado con la ideología del país. En el momento en que eres crítico, estás en peligro. Y los turistas no suelen tener en cuenta que la calidad de vida que encuentran aquí no implica libertad".
La falta de libertad y el control forman parte del precio a pagar por vivir en ese "paraíso". Las autoridades se amparan en la ley de ciberdelitos de 2021, que prohíbe la difusión de material que pueda afectar a la seguridad nacional o dañar la reputación del país. Y su aplicación es estricta. En las últimas semanas, el aumento de detenciones e interrogatorios por grabar o difundir imágenes de los ataques iraníes ha convertido este fenómeno en un foco mediático. Pero no se trata de episodios aislados ni de una reacción puntual.
El control de la imagen ha sido siempre un elemento central en el funcionamiento del país, donde la seguridad es, en sí misma, un producto. Sin embargo, la guerra ha dejado al descubierto que la narrativa de "paraíso seguro" se sostiene sobre bases frágiles. Por eso, las autoridades han intensificado la censura de quienes desvían la mirada del esplendor para fijarse en lo incómodo.
El problema es que, esta vez, han ido demasiado lejos: lejos de reforzar la percepción de seguridad, han introducido una preocupación entre los viajeros. "¿Me pueden detener por hacer fotos en la calle? ¿Y por guardar capturas de pantalla de las alertas de seguridad del móvil?", preguntan algunos turistas a los recepcionistas de un hotel de lujo en Abu Dabi. La duda y el miedo, por sí solos, ya forman parte de la grieta.
La superficie permanece intacta: la ciudad sigue funcionando, los hoteles están abiertos, los vuelos despegan con normalidad. Pero en el día a día, el margen de lo permitido se estrecha y la prudencia deja de ser una elección para convertirse en una forma de autoprotección. Y la guerra, aunque no siempre visible, empieza a filtrarse en los gestos más cotidianos. "Desde que empezó la escalada, en las mezquitas rezamos de otra manera", explica Sami, residente en Abu Dabi. "En la oración del amanecer y en la de la puesta del sol, el imán añade una súplica especial, pidiendo protección, estabilidad, que el país se mantenga a salvo. Sabemos que estamos en guerra, rezamos para estar a salvo, pero no es algo que podamos decir en alto".
Losataques iraníes han dañado esa superficie, no tanto por su impacto material o humano como por su efecto simbólico. "Que Emiratos no sea un país libre, que exista represión o que los derechos humanos sean más que cuestionables no es ninguna novedad para quienes vivimos aquí", dice R. A., ciudadano emiratí de origen jordano. "Pero que esto se aplique a gran escala contra turistas privilegiados es algo distinto. Y eso es un escándalo que se les ha ido de las manos".
Los residentes en Emiratos saben bien que el miedo y la represión forman parte del funcionamiento cotidiano del sistema. No siempre de forma visible, pero sí constante. Es relativamente común ser citado por organismos de seguridad para acudir a lo que oficialmente no son detenciones, sino "conversaciones". Interrogatorios que pueden durar horas, en los que no se formula una acusación concreta, pero en los que se pregunta por opiniones políticas, afiliaciones, relaciones personales o si se ha observado algo "sospechoso" en el entorno cercano.
"No fue una detención, es cierto, pero sufrí mucho. Estuve allí muchas horas", explica un residente de Dubái. "No te dicen exactamente qué hiciste mal. Pero sales sabiendo perfectamente qué no debes volver a hacer. Y además te piden que estés alerta, que informes si ves comportamientos sospechosos, incluso entre familiares o amigos. Te hacen sentir parte del sistema de seguridad y, al mismo tiempo, responsable de no cruzar nunca la línea".
Otro describe una experiencia similar: "Es más una advertencia que un castigo. Pero funciona. Sales de ahí sintiéndote vigilado y con miedo a hablar de cualquier cosa".
Lo que para los locales forma parte de su realidad, para muchos turistas, expatriados e influencers, acostumbrados a la imagen de lujo, estabilidad y comodidad que proyecta el país, ha supuesto una ruptura abrupta de expectativas. De pronto, personas para las que documentar la vida cotidiana es casi un reflejo automático; desde el desayuno hasta la rutina de cuidado facial, el yoga, el paseo por la playa o una cena con amigos, descubren que esa misma exposición puede meterles en la cárcel. Que el canal deYouTube, que hasta ayer era una sucesión de vídeos sobre el estilo de vida en Emiratos deja de ser entretenimiento para convertirse en una posible prueba incriminatoria en cuanto se expresa cualquier indicio de que las cosas no van tan bien como parecían.
Cuando estas detenciones han empezado a dañar la imagen internacional del país, a un nivel difícilmente asumible, las autoridades han liberado a algunos turistas arrestados por compartir contenido sobre los efectos de la guerra en Dubái o Abu Dabi. Emiratos no puede permitirse proyectar una imagen de destino inseguro para turistas e influencers, un pilar fundamental de su modelo económico. Sin embargo, la norma que durante años funcionaba de forma silenciosa ha pasado a estar en boca de todos.
"Para encajar en ese paraíso tienes que aceptar el juego: creértelo y no mirar debajo de la alfombra. Y si ves algo incómodo, apartas la vista y te callas", explica Nicole E., trabajadora de hostelería de origen filipino. "Antes lo sabíamos los que estábamos aquí, ahora ya lo sabe todo el mundo". De pronto, se hace visible que existe una brecha enorme entre la realidad y lo que puede mostrarse. "Ni Dubái ni Abu Dabi son los paraísos que muestran los influencers. Que le pregunten a los trabajadores pakistaníespor su calidad de vida o si sus derechos son respetados", añade.
En Emiratosconviven múltiples realidades, a menudo incompatibles entre sí. Y es algo que conviene tener presente incluso si se llega como turista. "Los paraísos no existen, y si existen, su precio es muy alto, y no hablo solo de dinero", asegura R. A. "Y por eso mismo, cuestionar o criticar puede hacer que acabes en la cárcel", concluye.
"Mi primer delito fue tomar una foto, desde lejos, de la base naval francesa Camp de la Paixen Abu Dabi tras ser atacada por drones iraníes. Mi segundo delito fue enviársela a mi familia diciendo: ‘empiezo a tener miedo’. Me detuvieron y me deportaron", cuenta Saddam S. desde Pakistán, días después de verse obligado a abandonar la ciudad en la que ha vivido durante los últimos 12 años, tras compartir una fotografía que, según las autoridades, dañaba la imagen del emirato.