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"Hay millones de europeos con miedo a perder su hogar frente a los extraños"
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Entrevista con Ece Temelkuran

"Hay millones de europeos con miedo a perder su hogar frente a los extraños"

La escritora que describió en siete pasos el proceso por el que se destruye un país, vuelve para hablar de por qué nos sentimos cada vez más extraños en nuestra propia casa

Foto: Ece Temelkuran este lunes en Barcelona. (EFE/Quique García)
Ece Temelkuran este lunes en Barcelona. (EFE/Quique García)
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En mayo de 2018, una escritora turca prácticamente desconocida se hacía popular en círculos políticos europeos por esta conferencia pronunciada en Berlín. Explicaba cómo el régimen de Recep Tayyip Erdoğan la había arrinconado y expulsado de su país. Luego desarrollaba una teoría para explicar cómo se extiende el virus del populismo contemporáneo. La charla se convirtió en un libro (Cómo perder un país: Los siete pasos que van de la democracia a la dictadura) que se publicó en Reino Unido a principios de 2019 con gran éxito de público y crítica. Desde entonces, muchas de las ideas expuestas en sus páginas han sido copiadas y reproducidas en infinidad de ensayos y artículos.

Mientras, Ece Temelkuran (Esmirna, 1973) no ha vuelto a Turquía ni de vacaciones. Sigue viviendo en Europa, desde donde analiza los mecanismos del autoritarismo moderno y la erosión de las democracias occidentales. En su último ensayo, La nación de los extraños, despliega un tono más personal y habla de cómo nuestras sociedades están perdiendo el sentido de pertenencia. Dice que cada vez más personas se están quedando sin hogar: tanto aquellos que no reconocen sus ciudades, como los que se marcharon de su país y ya no se sienten en casa en ningún lugar.

PREGUNTA. Hablas de las "fronteras emocionales" que se están levantando dentro de nuestros propios países. ¿Qué quieres decir con eso?

RESPUESTA. Es un malentendido que surge a menudo cuando cuento mi historia. La gente piensa que uno pierde su hogar cuando abandona su país, que pierdes tu patria cuando te vas. Pero en realidad ocurre mucho antes: sucede cuando sientes que ya no reconoces tu propio país. Sientes que algo está cambiando y no sabes decir por qué. Te empiezas a sentir inseguro en tu tierra. Si un régimen toma el poder, dejas de ser ciudadano de pleno derecho y se te puede tratar con hostilidad. Ese daño incremental en tu psique, en tu sentido de pertenencia, crea una frontera emocional. Sientes que no tienes hogar aunque sigas allí. Irse del país es el acto físico con el que acaba todo. Pero no es el comienzo de algo, sino el final de todo el proceso.

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P. Hay una fractura en la identidad de muchas personas que han vivido fuera durante años y luego regresan a su país.

R. Yo no he vuelto en diez años, así que no conozco esa experiencia de primera mano, pero tengo amigos —como Ayad, un sirio que aparece en el libro— que sí lo han hecho. Ayad volvió a Siria desde Alemania y estaba aterrorizado. Me dijo que era como si hubiera estado conteniendo la respiración durante los últimos diez años y que, al volver, fue como un largo suspiro. Se sentía un extraño. Aunque regreses a tu país, no vas a volver a casa, porque tu hogar está en un tiempo que ya ha pasado. Una vez que pierdes esa sensación de estar en casa, es imposible recuperarla en el sentido que uno anhela. Y creo que esta definición aplica a la condición humana, pero también a la política global. No hay vuelta atrás a los viejos tiempos que anhelamos porque, cuando pierdes tu hogar, te arrancan de cuajo ese sentido de pertenencia total.

P. En su libro habla de la crueldad moderna. ¿Cree que vivimos en tiempos más crueles y desalmados que hace un siglo, o es simplemente una crueldad distinta?

R. La crueldad hoy está institucionalizada e industrializada. Y sí, vivimos tiempos más crueles porque hace 20 o 50 años había instituciones que mantenían unida la moralidad de la humanidad. Había valores compartidos; pero, más importante aún, había movimientos políticos e institucionales que defendían valores como la dignidad humana y la igualdad. Esos movimientos eran lo suficientemente fuertes. El problema es que hoy la crueldad no tiene límites porque los movimientos políticos que la contenían están debilitados. Un buen ejemplo es el plan presentado por Jared Kushner para convertir Gaza en un centro turístico con grandes hoteles. ¿Crees que, por ejemplo a finales de los 70 u 80, habría sido posible decir algo así en un espacio público? Habría sido imposible, no solo porque es una mierda de idea, sino porque había movimientos políticos que avergonzarían hasta la muerte a una persona capaz de proponer algo así. Estoy segura de que entonces había gente que ya pensaba como Kushner. Pero estaban solos, no se atrevían a hablar en voz alta y no disponían de maquinarias bien financiadas.

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P. Hablemos de inmigración e identidad. Ofreces un mensaje un poco diferente al habitual en tu libro.

R. Me propuse cambiar los términos del debate. No quiero hablar de "problemas de inmigración", ni de "crisis de refugiados". Quiero hablar del "hogar". El hogar está cambiando para todos, en todo el mundo. Hay millones de desplazados, pero también millones de europeos con miedo a perder su hogar frente a los extraños. Hay un miedo común, una sensación compartida de estar perdiendo nuestro hogar. Mi pregunta es: ¿y si aceptamos esta transformación y nos sentamos a hablar del hogar en lugar de hablar de crisis migratorias? El canciller alemán, Friedrich Merz, dijo que el 80% de los sirios que viven en Alemania volverán a su país. Hay gente que cree que, de esa manera, todo volverá a ser normal, que volverán al hogar que anhelan. Pero eso no funciona así. El mundo está cambiando y nuestro hogar va a seguir cambiando también. No hay un camino de vuelta al viejo hogar. Incluso si se expulsara a todos los extranjeros, eso dejaría una marca, cambiaría Europa. Si cierra sus puertas, el continente se convertirá en un lugar muerto, en un museo que se pudre lentamente por dentro.

P. En Cómo perder un país decías que los países occidentales no estaban a salvo de los procesos que se estaban viviendo en Turquía o Rusia. Mucha gente tiene la esperanza de que las cosas van tan mal que cualquier transformación es bienvenida. O que no les va a afectar a sus vidas.

R. Durante años tuvimos la misma situación en Turquía. A mí me decían: "Claro, tú eres periodista, eres escritora, eres laicista, por eso te obsesionas con estas cosas". ¿Sabes qué pasó al final? Que empezaron a encarcelar a astrólogos, a instagramers, a chicos y chicas que decían que la política no les interesaba. Acabaron en prisión solo por decir algo equivocado en algún sitio. Ya conoces el poema de Niemöller: "Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista...". Por muy cliché que suene, resulta que es exactamente así. La opresión se experimenta primero en los márgenes de la sociedad, pero al final llega hasta el centro. Si hay gente que piensa que esto no va con ellos, que vivirán igual sin importar quién llega al poder... tengo malas noticias. Esos regímenes controlan el dinero y exigen lealtad por encima de todo. Y esa lealtad ciega que exigen no es fácil de tragar para ningún ser humano. No hay ningún lugar aislado de la política cuando un régimen opresivo está en el poder.

placeholder Ece Temelkuran en una imagen promocional. (Cedida)
Ece Temelkuran en una imagen promocional. (Cedida)

P. ¿Cuál es el síntoma más peligroso de que un país está a punto de "convertir a la mitad de su población en extraños"?

R. El momento definitivo es cuando se pierde la vergüenza en la esfera política y social. Cuando la desvergüenza se normaliza. Está pasando en Estados Unidos ahora mismo, donde gobierna el presidente más desvergonzado de la historia. Cuando ese factor limitante se rompe, no es fácil recuperarlo. No es como un objeto que pierdes y vuelves a poner en su sitio, ni como una ley que reescribes. La vergüenza está en la mente de la gente, en el tejido social. Cuando se pierde en las altas esferas de la política, se filtra hacia abajo y el efecto se multiplica hasta el infinito. Si arriba hay una unidad de desvergüenza, abajo se convierte en diez unidades de desvergüenza. Eso arruina la paz social y las hostilidades a nivel personal se vuelven brutales. Abre heridas que no cierran fácilmente. Yo diría que es el paso definitivo para perder un país: la pérdida de la vergüenza. Es algo casi irredimible.

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P. En tu libro también hablabas del lenguaje, de palabras como "libertad" o "democracia" que fueron vaciadas de significado. En España también han dejado de tener significado muchas palabras, incluidas expresiones como "fascista", "terrorista", etcétera. Ya no tienen un significado real.

R. La interrupción de la lógica y la "terrorización" del lenguaje es otro paso clave. Por eso escribí este último libro, porque tenemos que reparar ese lenguaje. Quería recuperar conceptos que han sido monopolizados por la religión durante mucho tiempo y traerlos a la discusión política: la fe, la alegría, la dignidad, la amistad y la humildad. El discurso político actual se ha vuelto rancio. Al final del día, lo que queremos es dignidad humana, igualdad, libertad y la alegría de ser humanos. Volver a esos conceptos fundamentales puede ser curativo porque la gente está exhausta. Vayas donde vayas, es lo mismo. Me lo repite gente de todos los países. Especialmente después de lo de Gaza. Ver un genocidio en directo y no poder pararlo ha roto la fe en la humanidad de forma brutal. Ese agotamiento existencial debe sanar, empezando por el lenguaje.

P. Dices que el populismo se alimenta de la humillación, que es una herramienta para hacer que la gente se sienta extraña en su propia tierra. Tú lo viviste en primera persona, ¿verdad?

R. El asesinato de la reputación, las campañas de desprestigio... todo eso forma parte de un proceso. Turquía fue un ejemplo, y creo que Rusia y otros países han pasado ya por lo mismo. Aquellos que son críticos con el régimen y tienen cierta reputación acaban señalados y derribados. Y no necesariamente por sus ideas políticas, sino por otras cosas, por asuntos embarazosos. No siempre era opresión directa; era humillación a través de la burla, la risa y el sarcasmo. Cuando te atacan de manera insidiosa es algo contra lo que no puedes luchar, porque no te discuten tus ideas políticas, sino que se lanzan a por otros aspectos de tu vida. Hablan de tu aspecto, de tu familia, de tus gustos... Todo esto ocurre en las redes sociales y sientes que los ataques vienen de todas partes. Al final, se convierte en un combate de esgrima contra fantasmas. No sabes desde dónde llega el golpe ni cómo defenderte. Es un proceso muy confuso. En 2012, cuando me pasó, ni siquiera se sabía que existían las granjas de troles ni que las redes podían ser manipuladas. No estaba claro que fuera una operación política de desprestigio.

P. ¿Las redes sociales son la herramienta perfecta para estas campañas?

R. Sí, porque no sabes quién es quién. A mí me atacaban personas disfrazadas de izquierdistas o de kurdos, de gente que podía estar de mi lado. Las redes son un lugar ideal para usar la confusión como herramienta al servicio de un régimen opresivo.

P. Creo que la humillación es una herramienta que se utiliza desde todas las trincheras políticas. Hace algunos años, en España, era común hacerlo desde la extrema izquierda. Ahora tienen más fuerza las campañas de la extrema derecha, pero las técnicas resultan idénticas.

R. Creo que el concepto central debería ser la responsabilidad. Ahora publicas algo y no tienes ninguna responsabilidad, y el editor —en este caso las empresas de redes sociales— tampoco asume la responsabilidad del editor tradicional. Por eso digo que es como luchar contra fantasmas: nadie es responsable. Todo lo que puedes hacer es ignorarlo, intentar no verlo, pero mientras tanto tu personalidad está siendo arrastrada por el barro. Ese problema moral y legal no se ha discutido lo suficiente. Las redes llevan 20 años en nuestras vidas y no hemos tenido tiempo de debatirlo porque ya estamos saltando a la IA No sé quién tiene la responsabilidad ahora.

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P. Mucha gente acaba rota después de años de exposición en redes, o acaban adoptando posturas extremas para sobrevivir en el fango.

R. Es que no estamos acostumbrados a esta presión. No tuvimos tiempo de adaptarnos y nadie nos dio unas pautas para esta nueva esfera. Nos encontramos dentro y no había reglas. Aprendimos jugando y no sabíamos lo peligroso que era. Hay niños suicidándose por culpa de las redes, personas yéndose a los extremos... Literalmente, creo que la humanidad está pasando por un rapto de locura ahora mismo. Mi generación aprendió un sentido de la responsabilidad cuando se publica algo, existía la figura del editor, había un sentido de la vergüenza pública que dibujaba los límites de lo que puedes decir sobre otra persona. Todos esos límites —legales, morales y sociales— han desaparecido. Y se considera que esto es libertad. No es libertad: es caos, es anarquía. Y como sabemos, en la jungla solo sobrevive el poderoso. La ley de la jungla, la moral de la jungla que se está imponiendo, es consecuencia de esto. Vamos hacia atrás a medida que la tecnología mejora. Esto es lo que hace que la gente se sienta extraña en este mundo, espiritual y emocionalmente.

P. Has escrito también que estamos perdiendo la "realidad compartida" y que eso nos convierte en extraños. ¿Qué quieres decir?

R. Quiero decir que la brecha nunca había sido tan grande. Ahora hay países que viven en el siglo XVI en términos de derechos humanos e ingresos básicos, y otros que viven en el siglo XXI. Me resulta alucinante que mueran niños por malaria en un país africano mientras en otros se habla de IA y búnkeres ultralujosos para ricos. Y esas diferencias a veces están a pocas calles de distancia. Eso abre la puerta a un bufé libre de realidades y verdades. Estamos en la era del "creer" en lugar del "saber". Lo que crees triunfa sobre cualquier tipo de realidad. Y eso es peligroso porque anula el debate; ya no compartes un espacio donde puedas debatir. Si no compartes valores básicos, es imposible cohabitar. Los problemas morales serios no se debaten lo suficiente en el ámbito secular, sino que se han dejado casi exclusivamente para el reino religioso.

P. En algunos pasajes, el libro parece un manifiesto, una llamada a la acción. ¿Es así?

R. No creo que mi libro sea una llamada a la acción. Más bien ofrezco un lenguaje que nos sirva para estar en este mundo, para seguir siendo humanos en este mundo. Mis diagnósticos y soluciones políticas estaban en mi libro anterior. Esto es más una resolución. Es decirle a la gente: no estás solo, estamos juntos y somos mayoría. Es difícil, pero podemos sobrevivir a esto con nuestra dignidad intacta. Ese es el mensaje principal, y por eso el libro es íntimo, emocional y genuino. No es una llamada a la acción, sino una llamada a la amistad.

En mayo de 2018, una escritora turca prácticamente desconocida se hacía popular en círculos políticos europeos por esta conferencia pronunciada en Berlín. Explicaba cómo el régimen de Recep Tayyip Erdoğan la había arrinconado y expulsado de su país. Luego desarrollaba una teoría para explicar cómo se extiende el virus del populismo contemporáneo. La charla se convirtió en un libro (Cómo perder un país: Los siete pasos que van de la democracia a la dictadura) que se publicó en Reino Unido a principios de 2019 con gran éxito de público y crítica. Desde entonces, muchas de las ideas expuestas en sus páginas han sido copiadas y reproducidas en infinidad de ensayos y artículos.

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