¿Quién manda aquí? La montaña rusa de Ormuz expone las fracturas del régimen iraní
La reapertura del estrecho de Ormuz anunciada este fin de semana muestra las grietas dentro de la estructura de poder de Teherán mientras EEUU regresa a Pakistán para reanudar las negociaciones de paz
Un cartel del Líder Supremo Mojtaba Jamenei en las calles de Teherán. (EFE/Abedin Taherkenareh)
El pasado viernes, el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, anunció la reapertura “completa” del estrecho de Ormuz al tráfico comercial, desatando la euforia de los mercados y del presidente de EEUU, Donald Trump, quien lo celebró en Truth Social con bombo y platillo. Sin embargo, medios vinculados a la Guardia Revolucionaria Islámica —(IRGC), el cuerpo militar ideológico que protege al régimen— cuestionaron de inmediato las declaraciones de Araghchi, subrayando que el paso seguía bajo control militar y ligado a estrictas condiciones.
Al día siguiente, el anuncio de Araghchi ya había quedado, definitivamente, en agua de borrajas. Mandos militares dieron por cerrada la reapertura, señalando el bloqueo naval estadounidense sobre puertos iraníes como una violación de las condiciones del alto al fuego. En paralelo, unidades navales de la Guardia Revolucionaria atacaron o intimidaron a varios buques en tránsito. Vuelta a la casilla de salida.
El grupo de negociadores estadounidenses, encabezados por el vicepresidente JD Vance, tiene previsto viajar este martes a Pakistán para una nueva ronda de negociaciones con Teherán. Los funcionarios iraníes, sin embargo, han enviado mensajes contradictorios sobre esas conversaciones y un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores aseguró que “no hay planes” ni avances en este sentido.
Paralelamente, el presidente Masoud Pezeshkian pidió que se utilicen "todas las vías racionales y diplomáticas" para aliviar las tensiones, y afirmó que la guerra no beneficia a nadie. “Si bien debemos resistir las amenazas, deben utilizarse todas las vías racionales y diplomáticas para reducir las tensiones”, dijo a la agencia iraní IRNA. “Al mismo tiempo, la desconfianza hacia el enemigo y la vigilancia en las interacciones son necesidades innegables”, añadió.
Este tipo de discrepancias se han convertido en una secuencia cada vez más habitual en Irán: dos líneas de decisión actuando en paralelo en las que, en casos como la “reapertura” de Ormuz, se impone el IRGC. El Ministerio de Exteriores mantiene abierta la vía negociadora, pero no controla su ejecución. Las decisiones que afectan al terreno —como el tráfico en Ormuz— quedan en manos del aparato militar, que fija los límites y los hace cumplir.
Un choque tan público entre dos de las patas del régimen hubiera sido impensable en otra era, pero hoy en día es el reflejo inevitable de un sistema que ha perdido su principal mecanismo de arbitraje. Y es que siete semanas después de la muerte de Ali Jamenei en un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel, la cadena de mando en los asuntos más sensibles obedece a la ley del más fuerte.
Aunque resulta imposible saber a ciencia cierta lo que sucede tras las bambalinas de la República Islámica, no hay indicios de que el nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, haya logrado consolidar una autoridad efectiva sobre los distintos centros de poder del régimen. Su ausencia del espacio público desde el inicio de la guerra ha alimentado especulaciones sobre su estado, desde posibles heridas sufridas en los primeros bombardeos hasta una situación de debilidad política. En cualquier caso, no parece capaz de imponer una línea clara en la negociación con Estados Unidos.
Ese vacío se traslada directamente a la mesa de negociación, como se vio en las conversaciones celebradas en Islamabad los días 11 y 12 de abril. Según informó The Economist, la delegación iraní fue inusualmente amplia e incluía perfiles con posiciones abiertamente enfrentadas sobre el alcance de un posible acuerdo con Estados Unidos. El mismo medio señala que las discusiones internas llegaron a tal punto que los mediadores paquistaníes tuvieron que intervenir en varios momentos para contenerlas.
Lucha entre facciones
El equipo estadounidense ha prometido volver a sentarse esta semana con los representantes de un régimen que daban por derrotado después del asesinato del líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, el primer día de la guerra de EEUU e Israel. Después, los ataques selectivos mataron a altos mandos del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, al ministro de inteligencia y a líderes del régimen como Ali Larijani.
“Al reemplazar sus pérdidas con una sólida cantera de líderes subordinados, Irán no solo ha podido continuar tomando represalias por los ataques estadounidenses e israelíes, sino también ampliar su lista de objetivos más allá de las bases estadounidenses en el Golfo Pérsico”, apunta un informe publicado por The Soufan Center.
La estructura de poder responde a una descentralización de las decisiones militares, políticas y económicas, creando lo que se conoce como una defensa tipo mosaico. “Pero debido a la ausencia del árbitro principal, ha comenzado la lucha entre las diferentes facciones”, dijo Saeid Golkar, experto en los servicios de seguridad de Irán en la Universidad de Tennessee en Chattanooga, a The Wall Street Journal.
El complejo sistema de poder iraní choca directamente con las ambiciones negociadoras de Estados Unidos. “Occidente suele actuar como si Irán fuera un país con una cadena de mando clara: se negocia con el Ministerio de Asuntos Exteriores, lo someten a votación, se toman decisiones y listo”, afirmó Mohamed Amersi, experto en Irán y miembro del Consejo Asesor Global del Wilson Center, un centro de estudios con sede en Washington. “Cuando las cosas se ponen difíciles, los que tienen armas, drones y lanchas rápidas suelen ganar las discusiones”, añadió el medio estadounidense.
Los nombramientos más recientes han evidenciado la debilidad política del reformista Masoud Pezeshkian como mandatario de Irán. A pesar de ser una figura pública principal del Gobierno, dentro del sistema de poder se le conoce por ser un opositor de la estrategia de línea dura que mantienen otros líderes políticos. En enero, durante las protestas masivas en el país, Pezeshkian se mostró abierto a una amnistía para los líderes de las manifestaciones. La idea fue rechazada por los sectores más radicales.
Cuando empezó la guerra en febrero, el presidente pidió disculpas por los ataquescontra los países del Golfo y anunció que se reducirían los bombardeos. Los funcionarios de línea dura le criticaron públicamente y la Guardia Revolucionaria negó que se hubiera tomado esa decisión.
Otros miembros del Gobierno han acabado teniendo un peso destacado frente a Masoud Pezeshkian. Después del asesinato de Ali Larijani, Mohammad Baqr Qalibaf se convirtió en su sucesor. Con vínculos con la IRGC y las figuras del gobierno civil, está considerado por Washington como un líder lo suficientemente pragmático como para liderar las negociaciones de paz.
Sin embargo, muchos expertos consideran a Qalibaf como un político “profundamente arraigado” en la ideología de la Revolución Islámica. “Ven cualquier acuerdo con el equipo de Trump como puramente transaccional, destinado a obtener el alivio de las sanciones estadounidenses”, apunta el análisis de The Soufan Center. “Toda la estructura de poder busca garantizar que Washington se arrepienta de su decisión de ignorar múltiples rondas de conversaciones para lanzar una importante campaña aérea contra Irán”, concluye.
Un nuevo intento para Vance
Irán, a pesar de su rechazo inicial, podría volver esta semana a la mesa de negociaciones. Según varios informes, los líderes iraníes afirmaron que asistirían a la reunión en Islamabad solo si JD Vance está presente. Esta postura se debe seguramente a que el vicepresidente estadounidense se mostró en contra de esta guerra y advirtió a Donald Trump sobre las consecuencias de iniciar el conflicto antes de los primeros ataques, sostienen las mismas fuentes.
A pesar de que después la ha defendido públicamente, Vance intentará de nuevo llegar a un acuerdo después de las conversaciones fallidas en abril. Tanto sus aliados como sus adversarios sostienen que, si logra ningún avance, será un revés político para el vicepresidente que aspira a suceder a Trump.
El presidente no le está poniendo el trabajo fácil. Durante el fin de semana, aseguró que Irán había accedido a todas sus demandas y que se mostraba optimista sobre la posibilidad de un acuerdo. Teherán lo negó.
Este lunes, dijo que el alto al fuego con Irán finaliza el miércoles y que si no se ha llegado a un pacto para entonces es “muy improbable” que extienda el plazo. “No voy a precipitarme a cerrar un mal trato. Tenemos todo el tiempo del mundo”, aseguró, aumentando la confusión sobre cuál es la estrategia de la Casa Blanca para poner fin al conflicto.
El pasado viernes, el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, anunció la reapertura “completa” del estrecho de Ormuz al tráfico comercial, desatando la euforia de los mercados y del presidente de EEUU, Donald Trump, quien lo celebró en Truth Social con bombo y platillo. Sin embargo, medios vinculados a la Guardia Revolucionaria Islámica —(IRGC), el cuerpo militar ideológico que protege al régimen— cuestionaron de inmediato las declaraciones de Araghchi, subrayando que el paso seguía bajo control militar y ligado a estrictas condiciones.