Alto el fuego. Diez días al menos. El mensaje de Donald Trump, salpicado de mayúsculas e incertidumbres, como siempre, puso el jueves un fin momentáneo a la guerra de Israel en Líbano. Más dudoso es si realmente servirá para empezar a negociar la paz, como afirman querer todos los implicados. Porque la paz sería el fin de Hizbulá.
A primera vista, la tregua libanesa parece una victoria para Teherán, que lleva una semana insistiendo en que el alto el fuego negociado el pasado 7 de abril con Washington debe incluir Líbano. El vicepresidente estadounidense, JD Vance, respondía que para nada, que eso era un malentendido, al tiempo que Benjamin Netanyahu proclamaba su firme intención —subrayada con 300 muertos al día siguiente— de seguir bombardeando Beirut, al margen de lo que negocie Irán. Si ahora Trump anuncia un alto el fuego en Líbano, y lo subraya, como hizo el viernes, con un rotundo "Israel ya no bombardeará Líbano, se lo prohíbe Estados Unidos. ¡Basta ya!"... entonces es que Teherán se ha salido con la suya, ¿no?
Sí. No. No del todo. Es casi el preludio de una derrota. Porque para Líbano, la guerra con Israel no es solo una guerra con Israel. También es una guerra civil y una confrontación con Irán. Todo a la vez. Uno no se creería cuánta geopolítica cabe apretujada en este paísito del tamaño de Asturias.
Líbano no quiso estar incluido en el alto el fuego negociado entre Washington y Teherán, porque quería negociarlo aparte con Estados Unidos e Israel. Esto dijo a la prensa un diputado de Hizbulá, Hajj Hassan, enfadado con su propio Gobierno, al que le atribuía "un odio injustificado hacia Irán". Y por eso mismo, porque se había negociado aparte, Hizbulá hizo ver que aceptaba el alto el fuego del jueves solo a regañadientes. Una protesta de cara a la galería, claro, porque razonablemente no pudo negarse. Y además, con 2.000 muertos en Líbano y subiendo, y un millón de desplazados, cada día de resistencia al Ejército israelí será una victoria moral para los milicianos, pero un día más de sufrimiento, huida y muerte para la población civil.
Y Hizbulá ya no es lo que era. Pudo sobrevivir a los atentados israelíes con buscas y radiotransmisores explosivos en septiembre de 2024 y a la muerte de su líder, Hassan Nasrallah, en un bombardeo días más tarde, pero la caída del régimen de Bashar Asad en diciembre de aquel año le cortó la retaguardia y le descalabró los suministros. Con la meteórica carrera del ahora presidente sirio, Ahmed Sharaa, un yihadista catapultado a invitado de honor en la Casa Blanca y protegido de Turquía, las tornas regionales han cambiado; Hizbulá ya no es el puño de un largo brazo de Teherán con el codo apoyado en Damasco. Y con la guerra de Trump ha quedado claro que la carta ganadora de Irán es la orilla de Ormuz, no la del Mediterráneo. Ahora, en Baabda, el palacio presidencial de Beirut, se están planteando la independencia.
Porque lo que hay hasta ahora se parece demasiado a un tutelaje de Teherán sobre Líbano, en opinión del tándem que desde inicios de 2025 intenta gestionar el país de los cedros: el presidente, Joseph Aoun, y su primer ministro, Nawaf Salam. Su primera iniciativa al tomar el mando era plantear el desarme de Hizbulá y el traspaso de sus arsenales a las Fuerzas Armadas. Algo que no gustó nada en Teherán. Y que altos cargos de Teherán lo dejaran claro —Hizbulá "es más esencial que pan y agua para Líbano", dijo el asesor de Khamenei, Ali Akbar Velayati, en noviembre de 2025— no gustó nada en Beirut. Con este rifirrafe de fondo, tal vez no le haya parecido mala idea a Joseph Aoun negociar el alto el fuego aparte con Trump para perfilarse como líder soberano, sin deberle nada a los ayatolás.
Algo se está moviendo. El martes pasado, la embajadora libanesa en Washington, Nada Hamadeh Mouawad, se entrevistó con su homólogo israelí, Yechiel Leiter... el primer contacto de este tipo desde 1993. El jueves, Donald Trump llamó por teléfono a Joseph Aoun... la primera conversación directa desde que ambos llegaron al cargo en enero de 2025. Y el mismo día, la ministra de Tecnología de Israel —la misma que se encargó de la como futuro monarca de Irán— se dedicó a difundir el rumor de que Aoun y Netanyahu iban a hablar personalmente por teléfono, ya mismo.
Tanto no. Tanto no se puede permitir Aoun, como presidente de un país cuya franja sur está ocupada, bombardeada y dinamitada por Israel con escasos intervalos desde hace 48 años. No solo Hizbulá dijo que si aceptaba esa llamada, se le acababa el mandato; también se lo desaconsejó el anciano Walid Jumblatt, líder de los drusos de Líbano y navegante experimentado en las aguas procelosas de Oriente Próximo. Así que Aoun dijo que no, o no ahora mismo. Pero ¿pronto? Trump lanzó horas más tarde una invitación a ambos líderes a la Casa Blanca "en una o dos semanas", y el viernes, Aoun declaró que "las negociaciones directas son delicadas y cruciales" para conseguir la retirada de Israel. Así que sí: poco faltará para esa llamada telefónica, esa foto.
Esta dinámica va pareja con un inevitable declive de Hizbulá. Uno largamente atrasado: la milicia es un producto de la guerra civil libanesa que empezó en 1975 y que sobre el papel terminó en 1990, cuando todas las facciones entregaron las armas, todas menos Hizbulá, que las necesitaba, decía, para luchar contra Israel, que seguía ocupando el sur de Líbano. Y efectivamente ganó esa guerra: Israel retiró las tropas en mayo de 2000. Ahí podría haber terminado todo, pero no: la guerra ya se había convertido en un fin en sí mismo para ambos bandos.
Ambos bandos se pusieron de acuerdo, eso parece, en mantener un desacuerdo: las Granjas de Shebaa, una franja de once por dos kilómetros, sin valor estratégico, donde se juntan Líbano y los Altos de Golán, territorio sirio anexionado por Israel, con una frontera nunca oficialmente delineada. Si la colina fuese siria, sería parte del contencioso del Golán, pero si es libanesa, Hizbulá no puede descansar antes de reconquistarla. Y enarbolando esta obligación patriota, unos, y la necesidad de defenderse, otros, ambos bandos encadenaron otro cuarto de siglo de destrucción y muerte.
Sin duda hay muchos libaneses que admiran a Hizbulá por ser la única fuerza patria capaz de hacer frente a Israel cuando el resto del mundo claudica y ni protesta ante las masacres que comete en Gaza. Hizbulá ganó muchos puntos en la simpatía de medio mundo al declararse defensor de los palestinos. Eso es obvio. Menos obvia es si esto les ha servido de algo a los palestinos. A Netanyahu, desde luego, sí le ha servido: la guerra es su arma de supervivencia política. A Líbano lo ha desangrado.
Casi peor que la sangría literal y la económica causada por los bombardeos es que el conflicto, y el protagonismo de Hizbulá, ha mantenido el país en una dinámica de facciones heredada de la guerra civil, sin posibilidad de plantear la muy necesaria reforma que un día debe acabar con el reparto de escaños por grupos religiosos y sustituirlo por una ciudadanía democrática. El Parlamento libanés hoy se asemeja a una reunión de negocios en la que uno de los participantes, solo uno, coloca una pistola al lado del bloc de notas. Y eso traslada todo debate desde las posturas ideológicas hacia las del poder.
Hizbulá se caracteriza a menudo como movimiento fundamentalista chií, pero aunque lo es, su influencia en la sociedad libanesa no es especialmente religiosa; no ha intentado replicar en Líbano la adopción de normas impuestas por el régimen de los ayatolás en Irán. Sus barrios en el sur de Beirut son más conservadores que otros, pero con cierto margen de respeto a quienes no lo son. Sirva como anécdota que su televisión, Al Manar, fue la primera en abandonar el uso de la palabra "desviados" para gays y lesbianas y sustituirla por el neutral "homosexuales". Su fin principal no parece ser la misión integrista entre la población, sino el marcaje del rumbo de política exterior del país como aliado de Irán. Y ese marcaje es lo que se han propuesto cambiar Joseph Aoun y Nawaf Salam con el lema de "soberanía".
Es difícil estimar la fuerza de Hizbulá en términos democráticos en un sistema en el que los escaños vienen asignados de antemano a candidatos de una u otra rama religiosa: 64 para cristianos y 64 para musulmanes, divididos entre 27 suníes, 27 chiíes, 8 drusos y 2 alawíes, mientras que entre los cristianos siempre debe haber 34 maronitas, 14 ortodoxos, 8 melkitas, 5 armenios... Y solo dentro de este reparto se juegan los enfrentamientos ideológicos entre chiíes de Hizbulá y chiíes de Amal, o entre los cristianos ultrafalangistas —proisraelíes en la guerra civil— del irredento Samir Geagea y los seguidores de su acérrimo enemigo, Michel Aoun, presidente de Líbano hasta pasar el testigo a Joseph Aoun (sin relación familiar, pese al apellido). En esta configuración, el presidente siempre ha de ser cristiano; el primer ministro, siempre suní, y el tercer cargo, el del presidente del Parlamento, no solo ha de ser chií: es desde 1992 Nabih Berri, el líder de Amal, en lo que ya parece un cargo vitalicio.
Amal ha pasado de rival de Hizbulá —se combatieron hasta la sangre en 1988— a aliado, y su postura pública en el último año ha sido la de protestar contra la intención del Gobierno de desarmar a Hizbulá. Pero el objetivo de Nabih Berri es mantener la influencia política de la población chií libanesa en Líbano, no la de Teherán en Oriente Próximo. A diferencia de Hizbulá, que se puso con armas y bagajes al servicio de Bashar Asad en la guerra civil siria para funcionar como tropa de choque contra los sublevados. Esto no era una lucha del pueblo libanés: era un trabajo de mercenarios para una potencia extranjera. Con todo, en las últimas elecciones, celebradas en 2022, Hizbulá figuraba como partido con mayor porcentaje de voto popular, una sexta parte del total de papeletas, si bien tampoco este dato dice demasiado con una participación electoral del 50 %, y desde entonces ha corrido mucha agua por el río Litani.
El río Litani, a una distancia de 10 a 30 kilómetros de la frontera israelí, lo marca Israel a menudo como límite de lo que considera una "zona tampón" sobre la que debe ejercer control y en la que dinamita pueblos para dejarla deshabitada. Un control que justifica con la presencia de Hizbulá, claro, mientras que Hizbulá justifica su existencia con la necesidad de luchar contra la ocupación israelí. ¿Quién pestañea primero? Pero esa no es la cuestión. La cuestión es Joseph Aoun, por muchas ganas que tenga de firmar una paz definitiva, no puede convencer a la milicia a desarmarse a la vista de los tanques israelíes en suelo patrio: esto sería una humillación. Y convencerla es obligado, porque recurrir a la fuerza solo dispararía de nuevo todas las dinámicas de la guerra civil que el desarme quiere superar.
Aoun lo dejó bastante claro el viernes, al anunciar que el Ejército libanés "jugará un papel fundamental tras la retirada israelí, al desplegarse hasta la frontera sur, y que será la única fuerza armada, junto a la policía". Tras la retirada.
La senda parece bien balizada: negociaciones directas en los próximos días para convencer a Israel de que se retire, entregando sus posiciones al Ejército libanés, que avanzará conforme se marchen los israelíes. Completada la retirada, Hizbulá puede atribuirse el mérito, proclamar victoria, celebrarla con disparos al aire y después anunciar que ya no le hacen falta las armas, pasando a ser un partido como los demás. Será obligado a hacerlo, pero salvando la cara. Acto seguido se firmará un tratado de paz formal con Israel, se intercambian embajadores, se abren las fronteras, se acoge el turismo y el negocio israelí —¿por qué se va a llevar Chipre todo el beneficio?— y se planifica la explotación conjunta de los yacimientos de gas ante la costa del sur. Tras arruinarse durante medio siglo, convirtiendo bancos en búnkeres y librerías en armerías, Líbano volverá a ser la Suiza de Oriente, florecerán las finanzas y el arte y los libaneses se preguntarán cómo es posible que olvidaran durante tanto tiempo su viejo lema de Haz el negocio y no la guerra.
Pero para todo eso se tiene que retirar Israel primero. ¿Lo hará? Dice que no.
El mismo viernes, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, declaró que la tregua era una interrupción "temporal" en medio de la guerra y que el ejército no abandonaría las posiciones conquistadas antes de completar su cometido: el desarme total de Hizbulá "por medios militares o diplomáticos". La última palabra podría abrir una ventana a la esperanza, pero la oposición en bloque se le echó encima a Netanyahu por aceptar la tregua: lo llamaron poco menos que traidor a la patria y cobardica, y no solo lo hizo Avigdor Lieberman del ultraderechista Yisrael Beitenu —sí, hay partidos a la derecha de Netanyahu— sino también lo hizo Yair Lapid de Yesh Atid, que se supone es la oposición centrista y favorable a la paz: prometió "acabar el trabajo" cuando llegara al Gobierno. Como si no se hubiera intentado cada pocos años desde 2006.
Israel y sus políticos, sus votantes, hace mucho que han dejado de ver la guerra como una continuación de la política con otros medios: la conciben como un ejercicio diario de supervivencia, ineludible, interminable, infinito. No imaginan un tratado de paz, unas fronteras abiertas con los vecinos. El pueblo que vota a Netanyahu tiene un solo lema: Haz la guerra y no mires con quién.
Joseph Aoun no lo tendrá fácil para sonreír a la cámara en la Casa Blanca. Tendrá muchas ganas de pedirle a Netanyahu que le ayude a liberarse de Hizbulá. Pero Netanyahu no le hará el favor. Porque él no se puede permitir la paz.
Alto el fuego. Diez días al menos. El mensaje de Donald Trump, salpicado de mayúsculas e incertidumbres, como siempre, puso el jueves un fin momentáneo a la guerra de Israel en Líbano. Más dudoso es si realmente servirá para empezar a negociar la paz, como afirman querer todos los implicados. Porque la paz sería el fin de Hizbulá.