Mientras miras a Irán, EEUU está purgando sus Fuerzas Armadas para todo lo que viene
Pete Hegseth y sus defensores alegan que se trata de cribar las filas de melindrosidades políticamente correctas y de restaurar la "ética del guerrero", de ahí las continuas referencias a la "letalidad", a la "muerte"
El secretario de Defensa de EEUU, Pete Hegseth, ofrece una rueda de prensa en la sala de prensa del Pentágono. (Reuters/Kevin Lamarque)
Uno de los pilares más importantes del proceso de cambio de régimen que experimenta Estados Unidos es, también, uno de los menos examinados: la transformación de la naturaleza y el propósito de las fuerzas armadas. En la superficie vemos la retórica militarista y los despidos de altos mandos, pero, por debajo, hay más: un proceso de politización e "israelización" del estamento.
Desde que Pete Hegseth asumió el cargo de secretario de Defensa de Estados Unidos, ha despedido a 24 generales y almirantes: una cifra sin precedentes en la historia moderna del país. Los últimos generales a quienes se les mostró la puerta son Randy A. George, jefe de gabinete del Ejército; William Green, general de división y jefe de capellanes, y David Hodne, jefe del Comando de Transformación y Entrenamiento del Ejército. Sin explicaciones y en plena guerra con Irán.
Según The New York Times, George protestó ante la decisión de Hegseth de bloquear el ascenso de cuatro oficiales del Ejército a la categoría de general. Dos de ellos eran afroamericanos y los otros dos, mujeres. Hegseth llevaba tiempo intentando quitarlos de la lista de 29 aspirantes, la mayoría de ellos hombres blancos, pero el general George y Dan Driscoll, secretario del Ejército, se habían negado aduciendo que estas cuatro personas tenían hojas de servicio ejemplares.
La actitud de Hegseth es parte de un patrón. Escudándose en la palabra mágica que produce irritación en la mayor parte de las personas, woke, el secretario de Defensa (sigue siendo su título oficial) ha despedido a numerosos afroamericanos y mujeres en altos cargos, ha prohibido el enrolamiento de personas transgénero, ha limpiado las páginas web y las redes sociales del departamento de cualquier referencia a la diversidad, y ha cambiado toda la retórica del Pentágono.
Pete Hegseth y sus defensores alegan que se trata de cribar las filas de melindrosidades políticamente correctas y de restaurar la "ética del guerrero", de ahí las continuas referencias a la "letalidad", a la "muerte" o a que EEUU "negocia con bombas". De ahí los vídeos de Hegseth haciendo flexiones y dominadas junto a los soldados, y la suspensión de los estándares físicos neutrales (iguales para hombres y mujeres) a la hora de enrolarse (pese a que, como dice el general retirado Stanley McChrystal, la necesidad de una forma física óptima, en las fuerzas armadas modernas, solo sea aplicable a un porcentaje muy pequeño de soldados).
Los cambios, sin embargo, van mucho más allá de la comunicación y de las cuotas. El Pentágono está desmantelando los mecanismos internos de rendición de cuentas. Entre otras acciones, Hegseth ha despedido a los tres principales abogados militares de las FF. AA. (los JAGs, encargados de celebrar los consejos de guerra a los militares acusados de crímenes) y reformado el cuerpo; ha desmantelado el programa de Mitigación de Daños a Civiles y Respuesta (CHMR); Washingtonha sancionado a miembros de la Corte Penal Internacional, ha reducido los informes que el Departamento de Estado publica sobre la situación global de los derechos humanos y ha abandonado una treintena de agencias de la ONU.
Estos cambios estructurales ya se han traducido en acciones. Cuando el pasado verano la Casa Blanca empezó a destruir embarcaciones en el Caribe, en el contexto de la presión militar a Venezuela y sin aportar pruebas de que estas llevaban drogas, el JAG del Comando Sur estadounidense expresó la preocupación de que EEUU podría estar cometiendo "ejecuciones extrajudiciales". Su opinión fue ignorada. La persona a cargo del Comando Sur, el almirante Alvin Holsey, dejó su cargo en octubre del año pasado a raíz de sus fricciones con el secretario Hegseth.
Pero no hay que rebuscar en las noticias de hace meses. El presidente de EEUU, Donald Trump, lleva días amenazando con pulverizar las infraestructuras civiles iraníes, como los puentes o las centrales eléctricas. Es decir, crímenes de guerra. El martes por la mañana elevó el tono y dijo que, si Irán no reabría el estrecho de Ormuz, "una civilización entera morirá esta noche, sin que vuelva jamás". Como apunta Oona Hathaway, exconsejera del Pentágono, amenazar con crímenes de guerra es, en sí mismo, un crimen.
Por lo tanto, cuando Pete Hegseth o Donald Trump usan la palabra woke, hablan de los males de la corrección política, usan insultos tránsfobos como "tipos con vestiditos" o evocan la ética del guerrero, lo que probablemente dicen, en realidad, es que ya no respetarán los derechos humanos. Human Rights Watch ha alertado sobre la retórica de Hegseth en el contexto de la guerra contra Irán. El secretario de Defensa se ha referido a las "estúpidas reglas de enfrentamiento"; ha hablado de "máxima letalidad, nada de tibia legalidad" y ha dicho que la lucha e Irán será "sin cuartel"; es decir, sin hacer prisioneros. Otra práctica prohibida por la Convención de Ginebra de 1949.
"Nos estamos apartando de las reglas y normas que hemos intentado establecer como comunidad global desde, al menos, la Segunda Guerra Mundial", dijo Wes J. Bryant, que, hasta que fue despedido la primavera del año pasado, trabajaba en el CHMR del Pentágono. "No hay ninguna rendición de cuentas".
Bryant y otros expertos, como el analista de Oriente Medio y vicepresidente del Quincey Institute, Trita Parsi, han denunciado lo que llaman la "israelización" de las fuerzas armadas estadounidenses: una recurrencia inmediata al uso de la violencia, sumada a un completo desdén por el bienestar de los civiles.
Desde este punto de vista, el video que seis congresistas demócratas, veteranos del ejército y de los servicios de seguridad, realizaron el pasado otoño, ha resultado profético. Los parlamentarios pidieron a los militares que se preparasen para rechazar potenciales órdenes ilegales por parte de sus líderes. Les recordaron que su lealtad no está con un presidente concreto, sino con la Constitución.
El vídeo desató la ira de la Administración Trump, no solamente en el plano del esgrima verbal diario de la política. El FBIinició investigaciones, el secretario Hegseth redujo el rango y la paga del senador Mark Kelly, veterano de la guerra del Golfo y astronauta retirado, y congresistas como Elisa Slotkin tuvieron que reforzar su seguridad y la de sus familias ante las continuas amenazas de muerte. Trump compartió, en Truth Social, un mensaje que pedía la horca para los "traidores".
Pero seguimos estando, pese a todo, en la superficie de los cambios estructurales que Donald Trump y Pete Hegseth, un nacionalista cristiano que formula las campañas militares en términos religiosos, quieren implementar en las fuerzas armadas. Hegseth también ha cortado los vínculos entre el estamento militar y las universidades de élite, porque, según sus palabras, los reclutas vuelven de campus como el de Harvard con las "cabezas llenas de ideologías globalistas y radicales que no mejoran nuestras filas de combate". (Hegseth, por cierto, fue a Princeton)
El general retirado Stanley McChrystal, lo más parecido que ha dado EEUU a un general espartano, ha alertado sobre el peligro de que las fuerzas armadas se aparten del mundo civil. "Cuanto más aislada se encuentra la fuerza, mayor es su potencial de politización", declaró McChrystal en una entrevista reciente. "Especialmente en el entorno actual, donde se ha destituido a generales simplemente porque no encajan políticamente con la administración vigente. Se comienza a moldear esa institución militar, y esta empieza, tal vez, a alinearse con una determinada inclinación política. Cuando yo prestaba servicio, uno nunca sabía qué sentían políticamente sus compañeros; nunca se hablaba de ello".
"Por lo tanto", añadió McChrystal, "creo que el peligro de tener esta entidad separada es que, al cabo de un tiempo —como hemos visto en algunos países—, empieza a considerarse a sí misma como la guardiana de la república o de la nación". Una narrativa típica de las dictaduras militares.
En junio de 2025, Donald Trump dio un discurso ante las tropas estacionadas en Fort Bragg, en Carolina del Norte. Pese a que tenía detrás a docenas de jóvenes en uniforme, Trump se comportó como en un mitin. Llevó gorra de visera, jaleó a los soldados y no ahorró ataques hacia el presidente anterior. Los soldados presentes detrás de Trump, frente a las cámaras, fueron previamente seleccionados en función de sus tendencias políticas. Tenían que simpatizar con el presidente.
Cuando el general Mark Milley, jefe del Estado mayor entre 2019 y 2023, dejó el cargo, leyó un discurso que suele citarse a menudo cada vez que Trump rompe la pared de cristal del patriotismo. "No prestamos juramento a un rey, ni a una reina, ni a un tirano o dictador; y no prestamos juramento a un aspirante a dictador. No prestamos juramento a un individuo. Prestamos juramento a la Constitución".
El 12 de enero de 2021, seis días después de que Donald Trump incitara un asalto violento del Congreso para subvertir los resultados de las elecciones que perdió, Mark Milley publicó una carta firmada por él y por los generales a cargo de las cuatro ramas de las Fuerzas Armadas. La idea era la misma: "Cualquier acto destinado a perturbar el proceso constitucional no solo va en contra de nuestras tradiciones, valores y juramento, sino que también va en contra de la ley".
Tres hechos recientes sugieren que podríamos ver capítulos similares en el futuro. Primero, la ocupación paramilitar de Minneapolis este invierno demostró hasta dónde está dispuesto a llegar el Gobierno federal, que desplegó un número cinco veces superior de agentes federales que de policías locales para romper, literalmente, docenas de órdenes judiciales, paralizar la ciudad y extender la represión de la comunidad de inmigrantes indocumentados a toda la población: desde quienes eran parados en la calle por el color de su piel a los manifestantes asesinados y tildados, rápidamente, por el Gobierno, de "terroristas domésticos".
Segundo, Trump quiere elevar el gasto militar de los más de 900.000 millones de dólares anuales vigentes a 1,5 billones: un gasto proporcional parecido al de los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial. Podría ser usado para los designios imperialistas de Trump, que ha expresado más de una vez su apetito por Groenlandia, Canadá y el Canal de Panamá; para compensar una posible salida de la OTAN, ya que Washington se quedaría solo y tendría que gastar más, por ejemplo, en vigilar el Atlántico; o para sacar el ejército a las calles.
Carlos PrietoFotografías: Guillermo Gutiérrez Carrascal
Esta última idea, que a primera vista parece o bien de una novela distópica o bien de un panfleto militante, nos la ha sugerido el propio presidente de Estados Unidos. De manera bastante explícita. En septiembre de 2025, Trump tomó la decisión inusual de convocar, en persona y desde las cuatro esquinas del globo, a 800 altos mandos de las Fuerzas Armadas. Una vez reunidos en una base militar de Virginia, Trump señaló lo callados que estaban y les recordó su poder de despedirlos cuando le viniera en gana. Luego les dijo, entre otras cosas, lo siguiente:
"Estamos siendo invadidos desde dentro. No es diferente a un enemigo extranjero, pero es más difícil en muchos sentidos porque no llevan uniforme. Al menos cuando llevan uniforme, puedes eliminarlos (...). Le dije a Pete [Hegseth] que deberíamos usar algunas de estas ciudades peligrosas como campos de entrenamiento para nuestros militares. Esto va a ser algo muy importante para las personas en esta sala, porque es el enemigo interno, y tenemos que manejarlo antes de que se salga de control. No se saldrá de control una vez que ustedes se involucren".
Uno de los pilares más importantes del proceso de cambio de régimen que experimenta Estados Unidos es, también, uno de los menos examinados: la transformación de la naturaleza y el propósito de las fuerzas armadas. En la superficie vemos la retórica militarista y los despidos de altos mandos, pero, por debajo, hay más: un proceso de politización e "israelización" del estamento.