Europa ya está en guerra de baja intensidad con Rusia: submarinos, cables y presión híbrida
Varios responsables en toda Europa han señalado el espionaje ruso y sus operaciones militares en el Atlántico Norte como una amenaza clave para el continente y para la OTAN
Imagen fija extraída de un vídeo difundido por el servicio de prensa del Ministerio de Defensa ruso. (EFE, EPA, Ministerio de Defensa de Rusia)
Mientras Washington y sus aliados calibran cada movimiento en Oriente Medio, la competición entre potencias se desplaza a un terreno mucho más silencioso y difícil de rastrear. Bajo la superficie del Atlántico Norte, Rusia está poniendo a prueba la resiliencia de las infraestructuras que sostienen la economía occidental, en una estrategia de desgaste que no busca el choque directo, sino acumular ventaja en la sombra. La clave no es el daño inmediato, sino la capacidad de intervenir llegado el momento.
Reino Unido ha destapado una operación secreta de submarinos del Kremlin que se ha prolongado durante un mes y que ha llevado a cabo "actividades nefastas" contra infraestructuras submarinas británicas críticas, como oleoductos y cables de telecomunicaciones.
Los intentos de Rusia por vigilar y piratear los cables submarinos de Reino Unido se remontan a la Guerra Fría. Londres sostiene que, en esta ocasión, no hubo sabotaje, pero sí una señal inequívoca de intenciones por parte de Vladimir Putin, que habría aprovechado la distracción global para testar los márgenes de respuesta occidental.
El ministro de Defensa, John Healey, lanzó un mensaje directo a Putin. "Le digo esto: te vemos, vemos tu actividad sobre nuestra infraestructura submarina. Debes saber que cualquier intento de dañarla no será tolerado y tendría graves consecuencias", afirmó al anunciar la operación a principios de este mes.
Según Healey, Moscú desplegó un submarino de clase Akula como maniobra de distracción, mientras dos unidades del programa GUGI, especializadas en operaciones en profundidad, realizaban labores de vigilancia directa sobre esas infraestructuras. El Akula regresó pronto a Rusia. Los otros dos permanecieron en la zona. La respuesta británica incluyó el despliegue de la fragata HMS St Albans, el buque logístico RFA Tidespring y helicópteros Merlin, con apoyo adicional de aliados como Noruega.
El Gobierno británico enmarca este episodio dentro de una estrategia más amplia de "guerra híbrida": acciones difíciles de atribuir, lo suficientemente agresivas para intimidar, pero sin cruzar el umbral de un conflicto abierto.
El Ejército británico ha sido criticado tanto por líderes de la oposición como por el presidente Donald Trump por no destinar más recursos a Oriente Medio durante la guerra liderada por Estados Unidos e Israel contra Irán. Healey explicó que decidió hacer pública la operación en el Atlántico en parte como respuesta a esas críticas.
"Entiendo que haya quienes se pregunten por qué no se han desplegado todos los recursos militares británicos para hacer frente a esa situación, pero eso no responde al interés nacional del Reino Unido", afirmó. "Las mayores amenazas suelen ser invisibles y silenciosas", añadió.
Responsables en toda Europa han señalado el espionaje ruso y sus operaciones militares en el Atlántico Norte como una amenaza clave para el continente y para la OTAN. Trump llegó a afirmar el año pasado que su insistencia en controlar Groenlandia respondía al temor de que los aliados europeos de la Alianza no estuvieran haciendo lo suficiente para frenar las actividades de Putin en la zona, aunque expertos recordaron que Estados Unidos ya cuenta con amplio acceso militar en la isla.
Alan Woodward, profesor en la Universidad de Surrey y experto en buques soviéticos, considera que Moscú está simplemente cartografiando dónde están todos esos elementos: cables, tuberías y demás, porque hay una gran cantidad de cableado de datos —especialmente de internet— que atraviesa el Mar del Norte entre Estados Unidos, Francia y los países del Benelux. "Pero también hay bastantes que conectan con Dinamarca y Noruega, así como interconectores eléctricos", añadió a The Telegraph, en referencia a cables que importan gigavatios de electricidad al Reino Unido.
Además de mapear la ubicación de los cables submarinos, es probable que el submarino ruso Losharik y otros aparatos de GUGI llevaran equipos de vigilancia, añadió Woodward. Esto podría incluir dispositivos capaces de interceptar la información que circula por los cables submarinos, como empalmes que registran datos.
La Marina estadounidense utilizó esta tecnología en un cable que conectaba dos bases navales en el este de Rusia durante la Guerra Fría. A pesar de pesar varias toneladas, pasó desapercibido durante años, aunque submarinos estadounidenses acudían periódicamente para cambiar las cintas.
El Reino Unido depende de una red crítica y vulnerable: alrededor de 60 cables submarinos que canalizan más del 90% de su tráfico diario de internet, además de un entramado de gasoductos en el Mar del Norte que garantizan el suministro energético, especialmente desde Noruega.
Desde que el gobierno laborista llegó al poder en 2024, se ha forjado una alianza estratégica con Oslo, con la defensa y la energía como pilares centrales. En septiembre, Noruega acordó la compra de al menos cinco fragatas británicas Tipo 26 en una operación valorada en unos 11.700 millones de euros, frente a ofertas rivales de Estados Unidos, Francia y Alemania.
El Acuerdo de Lunna House, firmado en diciembre, confirmó que estas fragatas formarán parte de una flota conjunta diseñada para rastrear submarinos y otros buques en el Atlántico Norte. El pacto también incrementó la colaboración en tecnología naval, como los torpedos, y permitió a los Royal Marines entrenar durante todo el año en Noruega por primera vez.
Para el Reino Unido, este entrenamiento en clima frío es fundamental, según explica Ed Arnold, analista de RUSI, ya que, en un conflicto con Moscú, "las tropas británicas probablemente tendrían que combatir en zonas que requieren experiencia en guerra invernal".
La presencia de comandos británicos sobre el terreno también resulta útil para Noruega. El jefe de defensa noruego advierte que Rusia podría intentar apoderarse de una porción de territorio noruego para crear una zona de amortiguación alrededor de su arsenal nuclear en la península de Kola. En ese escenario, los Royal Marines aportarían capacidades clave de reconocimiento, vigilancia e inteligencia.
La OTAN y sus aliados occidentales han señalado que Rusia y China parecen estar detrás de un esfuerzo encubierto para cartografiar y detectar vulnerabilidades en infraestructuras que suministran energía y comunicaciones en zonas cercanas a rivales geopolíticos como Taiwán o el norte de Europa.
En 2024, cables submarinos fueron cortados en dos ocasiones en el Báltico por petroleros que arrastraban sus anclas, uno vinculado a Rusia y otro a China, lo que llevó a la OTAN a lanzar la operación de vigilancia Baltic Sentry. Este año, la Alianza también ha puesto en marcha Arctic Sentry para patrullar el océano Ártico. Taiwán ha sufrido incidentes similares.
Rusia y China han negado cualquier implicación. Por su parte, Rusia fue víctima en 2023 del sabotaje del gasoducto submarino Nord Stream 2, atribuido a agentes vinculados a Ucrania.
El año pasado, un buque espía ruso llamado Yantar fue detectado en aguas británicas y obligado a retirarse, pocos meses después de haber sido visto cerca de cables submarinos. El barco, también vinculado a la unidad de aguas profundas del Kremlin, ha recorrido el mundo durante una década cartografiando infraestructuras esenciales para la economía global que discurren por el lecho marino, según responsables occidentales.
Desde la invasión de Ucrania en 2022, Moscú ha intensificado una guerra híbrida contra los aliados europeos de Kiev, que incluye desde ciberataques hasta incursiones de drones sobre aeropuertos e instalaciones militares clave.
En paralelo, el pulso se traslada a la superficie, donde Putin ha desafiado la amenaza británica de incautar buques sancionados al enviar un buque de guerra para escoltarlos a través del Canal de la Mancha. La fragata Admiral Grigorovich, de la flota del Mar Negro, acompañó a dos petroleros de la llamada "flota en la sombra", clave para sostener las exportaciones energéticas rusas pese a las sanciones. Un buque británico siguió la operación a distancia, sin intervenir.
El primer ministro Keir Starmer había autorizado a las fuerzas especiales a capturar estos buques si cruzaban aguas británicas y prometido endurecer la respuesta. Sin embargo, hasta ahora el Reino Unido no ha incautado ninguno. Desde enero, más de 300 embarcaciones vinculadas a esta red han transitado por la zona sin ser interceptadas, lo que ha alimentado las críticas sobre la brecha entre la retórica y la capacidad real.
La oposición conservadora, liderada por Kemi Badenoch, ha intensificado la presión denunciando el retraso del plan de inversión en defensa, que acumula meses de demora. Sin una hoja de ruta clara, la industria militar permanece en suspenso a la espera de decisiones clave. A ello se suma el deterioro operativo de la Royal Navy. El envío del HMS Dragon a Oriente Medio tras un ataque con drones a RAF Akrotiri evidenció limitaciones logísticas: tardó semanas en llegar y tuvo que regresar a puerto por problemas técnicos.
En este contexto, George Robertson, ex ministro de Defensa laborista en la época de Tony Blair, exjefe de la OTAN y el hombre al que el actual primer ministro Keir Starmer encargó hace menos de dos años una revisión exhaustiva de las fuerzas armadas británicas, advierte de que la seguridad de Reino Unido está "en peligro" y denuncia una "autocomplacencia corrosiva" en materia de defensa. "Se habla mucho de riesgos y amenazas, pero ni siquiera se puede iniciar el prometido debate nacional", afirmó el martes en un discurso en Salisbury, que ha tenido gran repercusión mediática.
Aunque la Revisión Estratégica de Defensa se presentó el pasado junio, el plan de inversión a diez años para financiarla se ha retrasado repetidamente, en un contexto de déficit estimado en 28.000 millones de libras.
Un portavoz del Gobierno defendió que la estrategia está "respaldada por el mayor aumento sostenido del gasto en defensa desde la Guerra Fría", con una inversión total de más de 270.000 millones de libras durante la legislatura.
Pero Robertson lanzó una advertencia de fondo: "No podemos defender a Reino Unido con un presupuesto de bienestar social cada vez mayor". "No estamos preparados. No contamos con los seguros suficientes. Estamos bajo ataque. No estamos seguros… La seguridad nacional de Gran Bretaña está en peligro".
El gasto en defensa representó el año pasado el 2,3% del PIB —unos 66.000 millones de libras—, mientras que el Gobierno aspira a elevarlo al 3% al final de la próxima legislatura y al 3,5% en 2035. Por su parte, el gasto en bienestar social se encamina a alcanzar el 10,6% del PIB, unos 322.600 millones de libras entre 2025 y 2026.
Mientras Washington y sus aliados calibran cada movimiento en Oriente Medio, la competición entre potencias se desplaza a un terreno mucho más silencioso y difícil de rastrear. Bajo la superficie del Atlántico Norte, Rusia está poniendo a prueba la resiliencia de las infraestructuras que sostienen la economía occidental, en una estrategia de desgaste que no busca el choque directo, sino acumular ventaja en la sombra. La clave no es el daño inmediato, sino la capacidad de intervenir llegado el momento.