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No, el ultimátum a la OTAN no es un ejemplo más del 'Art of the Deal': todo lo que creías saber de Trump está obsoleto
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Trump 2.0 no es el antiguo Trump

No, el ultimátum a la OTAN no es un ejemplo más del 'Art of the Deal': todo lo que creías saber de Trump está obsoleto

Trump exige a socios asegurar Ormuz y planea mover tropas dentro de Europa, evidenciando una agenda más autoritaria y expansionista que rompe equilibrios previos y tensa relaciones con aliados tradicionales

Foto: Foto de archivo del presidente de EEUU, Donald Trump, junto al secretario de la OTAN, Mark Rutte, en el Despacho Oval (Reuters/Kevin Lamarque)
Foto de archivo del presidente de EEUU, Donald Trump, junto al secretario de la OTAN, Mark Rutte, en el Despacho Oval (Reuters/Kevin Lamarque)
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El tradicional desdén del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hacia la OTAN está dejando nuevos hitos. En las últimas horas, hemos sabido que Trump quiere que sus aliados presenten planes para asegurar el estrecho de Ormuz y que baraja reposicionar soldados norteamericanos dentro de Europa: desde los países que no le han apoyado en la guerra contra Irán (España y Alemania, según The Wall Street Journal) a otras naciones más afines (Polonia y Rumanía).

Las palabras y movimientos del presidente, como de costumbre, dejan un amplio margen para la interpretación, lo cual nos hace abordar un problema de raíz: que buena parte del gremio analítico de dentro y fuera de Estados Unidos todavía vive en el pasado. Concretamente, entre enero de 2017 y enero de 2021, los cuatro años en los que se formaron nuestras nociones de cómo gobierna Trump, y que por tanto continúan sesgando nuestra manera de mirar al presente.

Lo cierto es que el "manual de entender a Trump", por así decirlo, tendría que haber evolucionado. A continuación van cinco ideas que podían servir para la fase de Trump 1.0, pero que se han quedado obsoletas para la de Trump 2.0.

1- "Trump tiene instintos autoritarios"

Dado que, durante su primera presidencia, Donald Trump aún no había transformado el Partido Republicano, no tenía una cohorte de operativos afines y no contaba con experiencia de gobierno, muchas de sus políticas aún estaban en pañales y tuvo que apoyarse en las figuras que le proporcionó el establishment: Los generales, funcionarios y burócratas que le pararon los pies y que pasaron a ser conocidos, en la jerga de Washington, como "los adultos en la habitación".

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Como consecuencia, sus maneras autoritarias, que incluían los ataques personales, la demonización de determinadas minorías, la continua puesta a prueba de los contrapesos internos del Gobierno y las decenas de miles de mentiras, se quedaron, más bien, en el plano de la imagen. Estaban ahí, visibles, latentes, pero, en buena parte, irrealizados. De ahí que pudiéramos hablar de "instintos" autoritarios.

Hoy es diferente. Los instintos autoritarios de Trump vienen acompañados de planes autoritarios y de acciones autoritarias, como la desobediencia de centenares de órdenes judiciales, la parálisis del Congreso que domina su partido, el despliegue de fuerzas paramilitares en ciudades demócratas; el deseo explícito de deportar a gente, ciudadanos americanos incluidos, a campos de tortura extranjeros, o la retahíla de aventuras militares que estallan de la noche a la mañana, sin pedir la opinión ni del Congreso, ni de los aliados, y contra todas las encuestas.

Por eso hablar de instintos ya no basta, porque estos han dado el salto al plano de las políticas y de la realidad. Los contrapesos a Donald Trump son hoy más débiles que en el primer mandato. Lo que vemos estos días es la realidad desnuda de su carácter, que se transmite a EEUU y al resto del mundo con mayor fluidez.

2- "Todo está en su libro, The Art of the Deal"

Estoy seguro de que han escuchado la misma explicación no menos de diez mil veces: que Trump inicia sus negociaciones con un golpe de efecto escandaloso, que exige 100 y amenaza, insulta y patalea, cuando, en realidad, quiere 70. Al final, la contraparte de la negociación, nerviosa, concede 70: lo que quería Trump desde el principio. Acaban de asistir a otra clase de The Art of the Deal.

Un ejemplo clásico sería su tratamiento de la OTAN. Como las maneras diplomáticas de George Bush o Barack Obama no lograban convencer a los aliados de que gastaran más en defensa, Trump recurrió a los desaires, los exabruptos y los amagos de ruptura. Pero era bienintencionado. Solo quería asustar un poco a los tacaños europeos para que se llevaran la mano al bolsillo.

Con Trump 1.0, puede ser. Con Trump 2.0, sin embargo, esto ya no encaja. ¿Qué sucede cuando EEUU amenaza con anexionarse Groenlandia por la fuerza? Pues que Dinamarca lleva a su territorio ártico explosivos para volar por los aires las pistas de aterrizaje y bolsas de plasma para tratar a sus potenciales heridos, y medita sobre si matar a soldados estadounidenses. Dinamarca. El país que más muertos puso, proporcionalmente, en Afganistán, y que ha dejado a Washington hacer de todo en Groenlandia, incluida la instalación de armas nucleares.

Con Irán y, particularmente, el estrecho de Ormuz, sucede lo mismo. Trump inicia una guerra de manera unilateral, sin consultar con nadie, incendia Oriente Medio y luego humilla a sus aliados al tiempo que les exige que pongan sus barcos a tiro de los drones iraníes para reabrir un estrecho que estaba abierto hace un mes.

Foto: madman-theory-trump-estrategia Opinión
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Trump 1.0 podría ser, como dice otro cliché, un "shock saludable para el sistema". Trump 2.0 es algo más: es una campaña progresiva para destruir ese sistema, como indican las reacciones de los aliados; entre otras, bloquear el espacio aéreo o el uso de las bases, reducir el comercio con EEUU y elevarlo con China, o negociar, directamente y por su cuenta, con Irán, para que pasen los petroleros. No es The Art of the Deal porque nada de esto beneficia, de ninguna manera, a EEUU.

3- "Trump es aislacionista"

O, mejor dicho, lo era. En su primer año de este segundo mandato, Trump ha bombardeado ocho países, tres de los cuales (Irán, Venezuela y Nigeria) nunca habían sido bombardeados por EEUU, y ha iniciado una nueva guerra en Oriente Medio. Concretamente, contra una teocracia militarista con 93 millones de habitantes y una superficie montañosa tres veces más grande que España.

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Pero, sobre todo, antes incluso de jurar el cargo por segunda vez, Trump declaró sus designios imperialistas en el continente americano: cuestionó la soberanía de Canadá, llamando a su primer ministro "gobernador" y diciendo que no tenía sentido como país independiente, y dijo que quería hacerse con Groenlandia y el Canal de Panamá. En un reciente mensaje de Truth Social, Trump se refirió a sus campañas militares como "próximas conquistas", explicitando, de nuevo, su visión.

La abducción del dictador venezolano Nicolás Maduro fue presentada como una operación de seguridad doméstica, por eso, entre las fuerzas especiales que actuaron en Caracas la madrugada del 3 de enero, había unos cuantos agentes del FBI. El mensaje estaba claro: la justicia estadounidense buscaba a Maduro. Lo capturó en Caracas como si fuera Los Ángeles o Chicago. El vecindario de EEUU.

El secretario de Defensa, Pete Hegseth, presentó hace un mes un nuevo mapa: la "Gran Norteamérica", que él describió como "naciones cristianas bajo Dios". Aquí está el discurso completo. Trump no es aislacionista, sino expansionista.

Foto: trump-sanchez-iran-guerra-democracia-autocracia-netanyahu-1hms Opinión

4- "Hay que tomarse a Trump seriamente, no literalmente"

Si estuviésemos en el mundo fundamentalmente catódico de Trump 1.0, donde muchas de sus palabras se las llevaba el aire, se podría entender. Pero quizá fuera interesante contrastar este cliché, por ejemplo, con los vecinos de Mineápolis, que vieron cómo 3.000 agentes paramilitares enmascarados (cinco veces más que el número de agentes de la policía local) paraban a la gente por la calle en función de su aspecto físico para pedirle los papeles, irrumpían en viviendas sin orden judicial o mataban a tiros a dos manifestantes, tildados inmediatamente por el Gobierno como "terroristas domésticos". Una actuación, dicho de otra forma, bastante "literal".

Los aranceles a más de un centenar de países también eran una maniobra de negociación (véase The Art of the Deal). Hoy, sin embargo, Estados Unidos tiene los aranceles más altos desde la Ley de Smoot-Hawley, de 1930, cuando el presidente Herbert Hoover trató de proteger las industrias estadounidenses en mitad de la Gran Depresión y logró el efecto contrario: un desplome del comercio del 26% y un agravamiento de la crisis. Smoot-Hawley sentó la ortodoxia de que los aranceles al por mayor no funcionan. Hasta que Trump regresó a la Casa Blanca.

En 2020 Trump nos sugirió, una y otra vez, que no aceptaría una posible derrota en las elecciones. Pero los observadores sobrios sabían lo que los asustaditos ignoraban: que no había que tomarse las palabras de Trump literalmente, porque, ¿cómo iba a negarse a aceptar el veredicto de unas elecciones? Qué va a hacer, ¿incitar a un asalto violento al Congreso el día de la certificación de los resultados? Con este razonamiento, tampoco hay que tomarse literalmente la idea de Trump de que las midterms "deberían ser nacionalizadas" o "no deberían celebrarse".

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5- "Trump es el síntoma de un fenómeno más profundo"

Por supuesto. Esto sigue siendo verdad: una figura como la suya probablemente no habría podido llegar tan lejos en otras épocas de la historia estadounidense. La presidencia de Trump ha sido posible gracias a una serie de factores que se han alineado; entre otros, la desindustrialización de los estados del interior, el aumento de la desigualdad, el dominio cultural y la deriva identitaria de la izquierda, el rápido cambio demográfico, la fragmentación de la realidad informativa gracias a las redes sociales, y muchos otros fenómenos. Trump no existe en un vacío, y millones de estadounidenses han visto en él la solución a determinados problemas.

Dicho esto, Trump está en el poder, tiene casi 80 años y, legalmente, ya no puede volver a presentarse. Quizás por eso está gobernando como si no hubiera opinión pública, haciendo exactamente lo contrario de lo que prometió en campaña y desplomándose, por consiguiente, en las encuestas. Así que Trump ya no es un emisario de sentimientos profundos, sino de sí mismo. El electorado y los paladines MAGA, como Tucker Carlson, Marjorie Taylor Greene, Megyn Kelly o Alex Jones pueden gritar a voz en cuello que su causa ha sido traicionada. Ya da igual. Trump ni siquiera escucha a su gabinete, sino que da rienda suelta a sus impulsos.

El tradicional desdén del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hacia la OTAN está dejando nuevos hitos. En las últimas horas, hemos sabido que Trump quiere que sus aliados presenten planes para asegurar el estrecho de Ormuz y que baraja reposicionar soldados norteamericanos dentro de Europa: desde los países que no le han apoyado en la guerra contra Irán (España y Alemania, según The Wall Street Journal) a otras naciones más afines (Polonia y Rumanía).

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