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Ni cañones, ni mantequilla: la guerra con Irán expone a los 'ricos' del Golfo a la escasez más básica
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La opulencia se enfrenta a la escasez

Ni cañones, ni mantequilla: la guerra con Irán expone a los 'ricos' del Golfo a la escasez más básica

Las bombas también han tenido como objetivos a plantas desalinizadoras, un recurso vital para gran parte de los países de esta región por su escasez de agua dulce

Foto: El humo se eleva desde una zona cercana al Aeropuerto Internacional de Dubái (DXB), en Emiratos Árabes Unidos. (EFE/STRINGER)
El humo se eleva desde una zona cercana al Aeropuerto Internacional de Dubái (DXB), en Emiratos Árabes Unidos. (EFE/STRINGER)
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La Operación Furia Épica, ejecutada por Estados Unidos e Israel contra Irán, ha sacado a la luz las vulnerabilidades del Golfo Pérsico. Más allá de la imagen de los rascacielos infinitos, la vida de lujo y las fiestas exclusivas, la región depende en gran medida de factores estructurales para su supervivencia, como su red de infraestructuras energéticas, la desalación del agua y la importación masiva de alimentos. Esta vez han sido los misiles los que han dejado al descubierto esa fragilidad.

El último ejemplo ha sido el ataque de Israel contra la principal refinería de gas iraní en la Zona Económica Especial de Energía de South Pars. Una instalación que Irán comparte con Qatar y que ha levantado ampollas en la dinastía de los Al-Thani por su alta dependencia económica de la exportación de gas natural licuado. Concretamente, el 73% de su producción, de acuerdo con los datos ofrecidos por Worldmeter.

Un ataque que, además de Qatar, no le ha sentado nada bien al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, por el terremoto económico en el que puede derivar. El republicano aseguró que no quiere "autorizar este nivel de violencia y destrucción" debido a "las implicaciones a largo plazo que tendrá para el futuro de Irán".

Pero no ha sido el único. Las bombas también han tenido como objetivos plantas desalinizadoras, un recurso vital para gran parte de los países de esta región por su escasez de agua dulce. El pasado 7 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, acusó a Estados Unidos de cometer "un crimen flagrante y desesperado" al atacar una planta desalinizadora en la isla de Qeshm, en el estrecho de Ormuz. "Estados Unidos sentó este precedente, no Irán", afirmó. A pesar de que Washington se desvinculó del ataque, al día siguiente, al otro lado del Golfo, Bahréin anunció que una de sus propias plantas desalinizadoras había sido atacada por una "agresión iraní".

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Atacar este tipo de infraestructuras tiene un impacto directo y crítico sobre la población. En el Golfo se concentra más de la mitad de la capacidad mundial de desalación, una dependencia única en el mundo que, si la guerra se prolonga, podría derivar en una escasez de agua potable más severa de lo habitual en la región.

¿Petroestados o hidroestados?

La alta dependencia de los países de la región de la producción del agua ha llevado a que algunos analistas se refieran a los petroestados como hidroestados. "El crecimiento de estos países siempre se asocia al petróleo, pero se olvida que están profundamente ligados a la desalación", advierte Darío Salinas, doctor en Geopolítica del agua y cofundador de la consultora estratégica Kartex Risk en conversaciones con El Confidencial.

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"En algunos casos, esta exposición es total. Kuwait obtiene más del 90% de su agua potable de plantas desalinizadoras, y en países como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos u Omán supera el 50%", añade.

Para este experto, sin embargo, centrarse solo en el agua carece de sentido si no se relaciona con la energía. "No se puede producir más agua desalada sin energía, y si la energía encarece, también lo hace el agua". Hasta el momento, en los países del Golfo este equilibrio se ha sostenido gracias a la disponibilidad de energía barata, lo que ha permitido un crecimiento demográfico y económico acelerado, pero los gobiernos saben que estos impactos son sostenibles únicamente a corto plazo.

"Los países del Golfo no quieren esta guerra. Golpear sus infraestructuras es una forma de aumentar su vulnerabilidad y afectar a su modelo económico, muy dependiente de la estabilidad, el turismo y la atracción de inversión extranjera", explica Salinas. "Atacar a estas instalaciones es un elemento de presión para que EEUU decida terminarlas", sostiene.

Impactos en la seguridad alimentaria

Algunos países de la región sacaron lecciones aprendidas de la pandemia del COVID-19. El parón y el confinamiento generalizado provocaron que en países como Emiratos Árabes Unidos se aprobara la Ley de Seguridad Alimentaria Estratégica que obliga a las empresas del sector privado a mantener reservas estratégicas de productos alimenticios básicos. Pero esta ley solo consigue ser eficaz por un periodo limitado de tiempo, más aún teniendo en cuenta que los países del Golfo importan la mayor parte de sus alimentos.

¿Estamos entonces ante una falta de alimentos? No, por el momento. Pero si la guerra se prolonga no hay un plan por las propias circunstancias.

Según la analista Reem Sagahyroon, miembro de la fundación Observer Middle East, los gobiernos de toda la región ya han comunicado que las reservas de alimentos son suficientes para varios meses. Sin embargo, la región del Golfo es uno de los principales exportadores de fertilizantes, esenciales para la producción de alimentos en todo el mundo, pero al mismo tiempo depende casi por completo de las importaciones para satisfacer las necesidades de su población. Esta dependencia significa que la seguridad alimentaria del Golfo está directamente ligada al comercio internacional, por lo que el cierre de las principales rutas pone a la región en una situación más débil.

Países como Arabia Saudí dependen en gran medida de la importación de trigo, arroz y piensos. Emiratos Árabes Unidos y Kuwait compran en el exterior la mayor parte de sus alimentos, desde cereales hasta carne y productos frescos, mientras que Qatar, Baréin y Omán —pese a algunos avances en producción local— siguen siendo altamente dependientes de los suministros internacionales.

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¿Estamos entonces ante una falta de alimentos? No, por el momento. Pero en caso de que la guerra se prolongue y que el estrecho de Ormuz continúe cerrado, no hay un plan por las propias circunstancias del entorno. "Las reservas estratégicas solo pueden proporcionar un alivio temporal, ya que las capacidades de almacenamiento se ven limitadas por las realidades ambientales de la región", explica Sagahyroon. "El clima hostil de la región hace que el almacenamiento refrigerado a gran escala resulte costoso y requiera muchos recursos para mantenerse durante periodos prolongados", advierte en su análisis.

Esta dependencia global implica que cualquier bloqueo en rutas clave repercute en todas las naciones. "Hemos construido un sistema global que prioriza la eficiencia, pero no la resiliencia, y cada vez más frecuentemente enfrentamos shocks en el comercio y en los flujos de materiales y energía", advierte Marcel Llavero, investigador en el proyecto del Atlas de Combustibles Fósiles no Extraíbles de la Universitat de Barcelona, a El Confidencial. "Estos sistemas deberían ser independientes entre sí, pero conectados, permitiendo un modelo complejo y resiliente capaz de resistir interrupciones en la cadena de suministro", sostiene.

Turismo

Los aeropuertos también han sido blanco de los ataques de Irán, además de hoteles e infraestructuras turísticas. Especialmente, en Dubái, Abu Dabi o Doha. El aeropuerto de Dubái, que cuenta con el mayor tráfico internacional del mundo, ha sufrido varios daños durante los contraataques, lo que ha obligado a su cierre durante tres días consecutivos y ha dejado a cientos de miles de pasajeros varados.

Asimismo, un proyectil impactó en el hotel de lujo Fairmont The Palm, en Dubái, provocando un incendio en sus instalaciones. Ante este escenario, numerosos turistas y residentes extranjeros han acelerado su salida de estos países. A corto plazo, el informe de Oxford Economics Impactos del Turismo en Oriente Medio debido a la guerra en Irán advierte de que el conflicto podría provocar una caída significativa del turismo en la región.

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El mismo informe advierte de un escenario más pesimista si las hostilidades se prolongan —aunque parte de la premisa de que Irán difícilmente sostendría el conflicto más allá de uno o dos meses—. En ese caso, la caída alcanzaría los 38 millones de turistas en 2026, un descenso del 27% interanual, con pérdidas estimadas de hasta 56.000 millones de dólares en gasto turístico. Los países del Golfo concentrarían el mayor impacto, al tratarse de los principales destinos de la región, tradicionalmente sustentados en la percepción de seguridad y estabilidad.

Además, el deterioro de la actividad turística ya tiene efectos directos en el empleo. Según el testimonio de viajeros en X, la mayoría de los trabajadores pakistaníes de hoteles como el Deira (en Dubái) han sido despedidos. "La ocupación se sitúa actualmente en torno al 12% y todas las reservas previstas para abril han sido canceladas, lo que ha obligado a muchos trabajadores a regresar a Pakistán", indicó.

Interceptores

En cuanto a la vulnerabilidad en los sistemas de defensa, las cifras recientes demuestran la magnitud del desafío actual para los Estados del Golfo y ayudan a entender por qué el uso de misiles interceptores Patriot se ha disparado. En apenas tres días (al inicio de la guerra), Emiratos Árabes Unidos declaró haber sido objetivo de 174 misiles balísticos, ocho misiles de crucero y 689 drones, mientras que Bahréin reportó 70 misiles balísticos entrantes. Kuwait y Qatar también enfrentaron oleadas significativas. Las tasas de intercepción, según los datos oficiales, superaron el 90% en varios casos, aunque, independientemente de su veracidad, el coste acumulado es elevado y la capacidad de reemplazo es muy limitada.

La Casa Blanca ha confirmado, según fuentes citadas por CBS News, que los países del Golfo han advertido de la escasez de interceptores, lo que les obliga a priorizar qué amenazas neutralizar. Irán, consciente de la vulnerabilidad de la región también dentro de este sector, ha concentrado su potencia de fuego sobre sus vecinos árabes. Según el Instituto Nacional para Estudios de la Defensa Nacional, dependiente de la Universidad de Tel Aviv, Teherán ha lanzado alrededor de 500 misiles y 2.000 drones contra los países del Golfo, frente a 200 misiles y 100 drones dirigidos a Israel solo en la primera semana de la guerra.

Aunque las autoridades emiratíes y cataríes insisten en que cuentan con sistemas integrados y reservas estratégicas, la dependencia de las mismas líneas de producción hace que el problema persista. Las economías del Golfo, construidas sobre la promesa de estabilidad y seguridad para atraer inversión, turismo y nuevos residentes, no pueden permitirse fallos en la protección de infraestructuras críticas. Ahora queda por ver hasta cuándo la región podría subsistir de darse ataques continuados contra estas infraestructuras o si, por el contrario, lograran presionar a Trump para que acabe su guerra sin plan.

La Operación Furia Épica, ejecutada por Estados Unidos e Israel contra Irán, ha sacado a la luz las vulnerabilidades del Golfo Pérsico. Más allá de la imagen de los rascacielos infinitos, la vida de lujo y las fiestas exclusivas, la región depende en gran medida de factores estructurales para su supervivencia, como su red de infraestructuras energéticas, la desalación del agua y la importación masiva de alimentos. Esta vez han sido los misiles los que han dejado al descubierto esa fragilidad.

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