¿Ha visto cómo ha subido la gasolina por la guerra en Irán? Espere a ver los alimentos
Aproximadamente un tercio del comercio marítimo mundial de fertilizantes atravesaba el estrecho de Ormuz, un cuello de botella que ha sido cerrado y que está destinado a afectar al precio de los alimentos
Un granjero malayo usa fertilizante en los cultivos. (EFE/Fazry Ismail)
No ha pasado ni un mes del inicio de la guerra en Irán y nadie le culpará si usted ya está hasta el gorro de escuchar hablar de Ormuz. Las implicaciones del cierre de facto de este estrecho son ya de sobra conocidas para todo lector de prensa o cualquiera que haya intentado repostar diésel este mes de marzo. El petróleo y sus derivados están por las nubes y continúan en ascenso. El gas natural, más de lo mismo.
Pero es probable que lo que usted nota ahora en sus gasolineras no tarde en percibirlo en los supermercados. Porque más allá de su ya conocido rol de corazón energético del planeta, los países del Golfo son actores clave en la producción y exportación de fertilizantes como la urea, el fosfato diamónico o el amoníaco anhidro. En total, aproximadamente un tercio del comercio marítimo mundial de fertilizantes atraviesa el estrecho de Ormuz.
O más bien, lo atravesaba. Según estimaciones del Center for Strategic and International Studies (CSIS), cerca de un millón de toneladas métricas de fertilizantes permanecen actualmente atrapadas en buques en el Golfo Pérsico. Varias grandes empresas de la región han declarado fuerza mayor en contratos de exportación hacia Asia y América Latina, una medida que les permite suspender entregas debido a circunstancias extraordinarias y obliga a los compradores a buscar proveedores alternativos en un mercado ya tensionado. El precio de la urea —el fertilizante nitrogenado más utilizado del mundo— se ha encarecido cerca de un 40% a nivel global desde el inicio de la guerra.
Sarah Marlow, editora global de fertilizantes en Argus Media, señala a este periódico que “las disrupciones son extremadamente significativas y tienen implicaciones de gran alcance” en el sector. A ello, afirma, se suma el encarecimiento del transporte por el aumento del coste del combustible, los seguros y la reducción de rutas disponibles, que está elevando aún más el precio final de estos insumos.
Otro componente clave de la industria, el azufre, también depende en gran medida del Golfo. Este subproducto petrolero y gasístico es indispensable para producir fertilizantes fosfatados, ya que se utiliza para transformar la roca fosfórica en compuestos que las plantas pueden absorber. Cerca del 50% de la producción mundial de azufre procede de la región. Cuando ese flujo se interrumpe, las plantas químicas de fertilizantes de todo el planeta se resienten.
A esto se suma otro problema: la industria global de fertilizantes depende de forma crítica del gas natural. Este recurso no solo aporta la energía necesaria para el proceso industrial, sino que también se utiliza como materia prima para producir amoníaco, la base de la mayoría de fertilizantes nitrogenados. Cuando su precio se dispara o el suministro se interrumpe —como está ocurriendo en estos momentos, con Catar paralizando su producción de gas natural licuado (GNL)— la producción mundial se resiente rápidamente. Esto ya se hizo evidente tras la invasión rusa a gran escala de Ucrania a inicios 2022, cuando el encarecimiento de la energía obligó a numerosas plantas de fertilizantes a reducir o detener operaciones, contribuyendo a un fuerte aumento de los precios agrícolas a nivel global.
Al igual que ocurrió cuatro años atrás, los efectos del incremento de los precios del hidrocarburo no han tardado en hacerse visibles en la industria. Productores de fertilizantes en países como India, Bangladesh o Pakistán, que solían comprar ingentes cantidades de gas catarí, han reducido drásticamente sus operaciones; Egipto, otro actor relevante, también enfrenta dificultades tras perder parte de sus importaciones desde Israel y verse obligado a recurrir a un mercado internacional de GNL con los precios disparados.
El encarecimiento coincide con un momento especialmente delicado del calendario: el inicio de la temporada de siembra de primavera en el hemisferio norte, cuando millones de agricultores adquieren fertilizantes para aplicarlos en los campos semanas después. Un comienzo del ciclo que determina en gran medida el rendimiento final de las cosechas. “En este tipo de situaciones, los agricultores suelen intentar trasladar el aumento de costes a lo largo de la cadena agroalimentaria, lo que acaba presionando los precios de los alimentos”, explica Marina Simonova, responsable de análisis de fertilizantes en Argus Media. “Pero cuando eso no es posible, reducen la aplicación de nutrientes o, en última instancia, recortan el uso total, lo que termina afectando directamente a los rendimientos”, agrega.
En algunos casos, la decisión ni siquiera depende de ellos. Un cargamento que sale del golfo Pérsico, por ejemplo, tarda alrededor de treinta días en llegar a los puertos del golfo de México. Eso significa que las interrupciones actuales en el tráfico marítimo prácticamente garantizan que parte del suministro no llegará a tiempo para la ventana de siembra en Norteamérica. Incluso si la situación en el estrecho de Ormuz se normalizara dentro de unas semanas, el daño ya estaría hecho.
Y por si fuera poco, todos estos problemas cuentan con el agravante adicional de la propia estructura del mercado de fertilizantes. A diferencia del petróleo, ningún país mantiene reservas estratégicas de insumos capaces de amortiguar un shock de suministro. Tampoco existen infraestructuras alternativas que permitan redirigir rápidamente grandes volúmenes de exportación fuera del Golfo. Arabia Saudí, por ejemplo, construyó hace décadas un oleoducto que permite transportar petróleo hacia el mar Rojo evitando el estrecho de Ormuz y que está ayudando a paliar la crisis energética en la medida de lo posible. No existe nada comparable para transportar amoníaco, urea o azufre.
Ante la crisis en ciernes, las potencias están moviendo ficha. Según reporta Bloomberg, China —uno de los mayores consumidores y exportadores de insumos agrícolas del planeta— ha ordenado suspender la venta al extranjero de fertilizantes nitrogenados y potásicos y ha redoblado las restricciones ya existentes sobre las exportaciones de urea. En Estados Unidos, la administración Trump ha abierto licencias para impulsar la producción de fertilizantes en Venezuela y está negociando con Marruecos —uno de los países con mayores reservas de fosfatos del planeta— para incrementar las compras de químicos.
Los gobernantes tienen motivos para preocuparse, dado que cualquier problema en la cadena global de producción agrícola está destinado a trasladarse a los alimentos. Estimaciones citadas por el FMI apuntan a que cada aumento del 1% en el precio de los fertilizantes se traduce aproximadamente en un incremento del 0,45% en los precios de las materias primas agrícolas. De nuevo, esto ya lo hemos visto hace unos años. Un estudio de 2023 estimó que el aumento de los precios de los alimentos derivado de la guerra en Ucrania empujó a 27,2 millones de personas a la pobreza y a otros 22,3 millones al hambre en los dos años siguientes. Cifras que perjudicaron de forma desproporcional a las regiones más vulnerables del planeta, especialmente en África subsahariana.
Y si la interrupción del estrecho de Ormuz se prolonga durante semanas o meses, el efecto podría terminar trasladándose a toda la cadena alimentaria mundial. El encarecimiento simultáneo de la energía, los fertilizantes y el transporte eleva los costes en cada etapa del sistema: desde la producción agrícola hasta el procesamiento industrial, el envasado —que depende de plásticos derivados del petróleo— y la distribución. Un cuádruple golpe que, dentro de unos meses, pocos bolsillos podrán esquivar.
No ha pasado ni un mes del inicio de la guerra en Irán y nadie le culpará si usted ya está hasta el gorro de escuchar hablar de Ormuz. Las implicaciones del cierre de facto de este estrecho son ya de sobra conocidas para todo lector de prensa o cualquiera que haya intentado repostar diésel este mes de marzo. El petróleo y sus derivados están por las nubes y continúan en ascenso. El gas natural, más de lo mismo.