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Ya no se busca El Dorado en barcos: ahora son drones los que rastrean la Amazonia
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"EL TURISMO PUEDE SALVAR UN ECOSISTEMA"

Ya no se busca El Dorado en barcos: ahora son drones los que rastrean la Amazonia

La revisión del mito de El Dorado amenaza con cambiar todo lo contado sobre el lugar más enigmático del planeta

Foto: Imagen de una de las vías de paso en la selva amazónica. (Cedida)
Imagen de una de las vías de paso en la selva amazónica. (Cedida)
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El Dorado se lleva buscando tanto tiempo que ya no se sabe dónde se buscó y dónde no. Al inicio lo buscaron exploradores en barcos, a pie o en mulas. Hoy la tecnología lo está cambiando todo, y son los satélites y el escaneo láser desde el aire con drones (LiDAR los que están rastreando la Amazonia para encontrar ciudades perdidas. Y mientras, miles de personas que no han pedido ser contactadas y que pretenden vivir en su entorno sin interferencias, vuelven a sentir el miedo a que un huracán de fuera arrase con sus costumbres.

¿Conocen las tribus que allí habitan el mito de El Dorado o es parte del folclore internacional? "El mito en sí parece ser originario del altiplano colombiano. La imagen de la ciudad de oro es sobre todo una construcción colonial, fruto del afán de riqueza de los conquistadores. La selva era a su modo de ver el lugar ideal para ocultarla. Y se dio una casualidad, y es que las comunidades amazónicas tenían sus propios mitos sobre ciudades fabulosas, que hicieron creer a los recién llegados que eran lo mismo. Algunas de esas historias aparecen en el libro, tal y como me las contaron los habitantes del Manu (Parque Nacional del Perú)", explica Josep Maria Palau, periodista y autor del libro Mi madre se convirtió en pájaro, sobre la Amazonia peruana, a El Confidencial.

Palau habla de una experiencia que le llevó a adentrarse en la selva y llegar hasta los petroglifos de Pusharo, unos restos arqueológicos envueltos en toda la nebulosa que envuelve el caudal más poderoso del planeta. La película La ciudad perdida de Z devolvió el tema a la actualidad, y a un segundo mito, Percy Fawcett.

"A los que todavía no han perdido la esperanza de encontrar El Dorado, se unen además los que siguen empecinados en localizar los restos de Percy Fawcett, un explorador y aventurero británico que en 1925 desapareció en la Amazonia mientras andaba a la caza de la Ciudad Perdida de Z, la enésima variación del citado mito del Paititi. Fawcett se había ganado una fama de indestructible en otras aventuras previas, por lo que muchos pensaron que seguiría vivo, prisionero de un pueblo desconocido o disfrutando de las riquezas halladas", señala Palau en la obra.

placeholder Imagen de una de las vías de paso en la selva amazónica. (Cedida)
Imagen de una de las vías de paso en la selva amazónica. (Cedida)

Paititi es justamente ese Dorado, quizá sin metales preciosos, desde los que rehacer la historia oficial. Algunos investigadores creen que el último inca no pereció en los Andes junto a su imperio, sino que huyó a la selva amazónica y allí, entre ese abismo de ramas, se escondió del mundo junto a los suyos. "El hallazgo de restos de caminos pavimentados, así como la toma reciente de imágenes aéreas de las mencionadas pirámides de Pantiacolla o Paratoari (Amazonia peruana), darían credibilidad a tales afirmaciones.

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Parte de la comunidad científica sostiene que se trata de doce formaciones montañosas naturales, pero la verdad es que su perfecta distribución en líneas paralelas, con una alzada que siempre ronda los 150 metros, dispara las dudas razonables sobre su factura humana. De hecho, los argumentos favorables a creer que, si El Dorado existió alguna vez, fue donde se emplazan esas ‘construcciones’, son cada vez más comunes", dice la obra.

El secreto del Dorado

Es difícil hacer un mapa de un mundo de ramas. Y en medio de todo ese mundo por descubrir se ha adentrado Palau, y exploradores como el polémico francés Thierry Jamin o el estadounidense Gregory Deyermenjian para desentrañar el quizás lugar del planeta más desconocido. "Hay mucho también de negocio, de espectáculo, y de esa fascinación que genera divagar sobre dudas", advierte Palau que huye en su obra de ese "folclore".

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El secreto de El Dorado viene de lejos: "En 2001, el arqueólogo italiano Mario Polia descubrió el informe de un misionero llamado Andrés López en los archivos del Vaticano. En el documento, que data de 1600, López describe con gran detalle una gran ciudad rica en oro, plata y joyas, ubicada en medio de la selva tropical llamada Paititi por los nativos. López informó al Papa sobre su descubrimiento y el Vaticano ha mantenido en secreto la ubicación de Paititi durante décadas", dice un artículo de la revista Forbes que habla sobre el relanzamiento de la búsqueda de la centenaria leyenda.

"Se creía que en la selva solo habían vivido pequeñas tribus nómadas"

"En 2009, nos aventuramos en un valle perdido al norte de Cusco: el valle de Lacco. En quechua, la palabra ‘lacco’ significa ‘laberinto’. Acompañados por arqueólogos del Ministerio de Cultura, nos sorprendió descubrir numerosos sitios arqueológicos desconocidos de la arqueología moderna: fortalezas, pequeños centros de producción agrícola, varias necrópolis y ciudades completas pobladas con cientos de edificios. ¡Eran auténticos! La Pompeya Amazónica", explicó Deyermenjian sobre sus muchas expediciones a la zona.

"Pusharo y las pirámides de Pantiacolla entran dentro de ese imaginario. Lo más curioso es que el explorador español Francisco de Orellana dijo haber visto grandes construcciones en la región, que con el tiempo se tomaron como exageraciones, ya que se creía que en la selva solo habían vivido pequeñas tribus nómadas, un poco como ahora. En cambio, durante los últimos 20 años, y en especial gracias a la tecnología láser LiDAR se ha comprobado que existieron grandes ciudades en la zona", relata Palau.

Un teléfono y un modo de vida

Esa búsqueda es también un regreso al pasado, y a esa amenaza que es para comunidades semicontactadas tropezar de nuevo con una civilización mucho más avanzada que diluya su esencia como pasara tras 1492. "Los españoles nunca controlaron la Amazonia en realidad, debido a las dificultades de acceso, las enfermedades y la alta movilidad de los pueblos nómadas, así que su presencia en el Madre de Dios y el Manu (zonas naturales peruanas) se limitó a misiones religiosas o avanzadillas militares. Su mayor impacto fue el de las epidemias –aún vigente, como relato en un episodio del libro–. En general, el mayor resentimiento hoy en día es contra las invasiones recientes, empezando por los caucheros en el s. XX, que provoca pérdida de territorio y choques con el estado moderno", explica el autor de Mi madre se convirtió en pájaro.

"La más dura de las batallas que Fitzcarrald libró contra los indígenas se produjo en 1891, en la zona de los ríos Madre de Dios y Manu (…) Los cadáveres flotaban por la corriente, a tal punto que el agua no se podía beber (…) Resultaron asesinados más de diez mil indígenas", recuerda el escritor español Javier Reverte, en su libro El río de la desolación, sobre la matanza del que fuera dueño del caucho del Amazonas, el peruano Carlos Fitzcarrald, hijo de un comerciante irlandés y una peruana.

Hoy quizá el choque no es tanto con fusiles y cacerías humanas como hubo entonces. El peligro es un teléfono y un modo de vida que, por otro lado, muchos habitantes de la propia selva, especialmente los jóvenes, deciden adoptar voluntariamente por múltiples razones.

"En la selva no existieron sociedades complejas con ciudades"

"Las comunidades de indígenas no contactados Kuga Pakuris viven en el Santuario de Megantoni, pero no en la zona que estamos explorando, que es de muy difícil acceso. Estos indígenas viven en las zonas de caza. (…) Mantenemos contacto permanente con las tribus Matsiguenga de Megantoni, quienes participan en nuestras expediciones. Esta zona forma parte de su territorio, a diferencia de las tribus no contactadas. Todas nuestras campañas de búsqueda se llevan a cabo dentro del marco legal, con la autorización y la participación de las autoridades peruanas", se ha defendido de esas críticas "intervencionistas", Deyermenjian.

La última vuelta de tuerca atañe a esa migración interior que hubo entre Los Andes y el Amazonas. Hasta ahora siempre se ha dibujado al caudal como una zona salvaje y natural, y las montañas como una civilización más evolucionada. También eso se está revisando: "Los descubrimientos recientes están desmontando la idea de que en la selva no existieron sociedades complejas con ciudades, carreteras y sistemas agrícolas sofisticados, y que todo era mérito de los incas. Algunas culturas salieron de los bosques hacia el altiplano andino, y no al revés: hay que revisar la historia", explica Palau.

El (infinito) dilema del turista

El vendaval de la globalización y del turismo no es ajeno tampoco a esta zona. Hay también un debate sobre los límites. Los turistas por un lado salvan algunos espacios naturales al hacerlos rentables y, por otro, meten más presión humana en parajes delicados. "Esa es la paradoja: el turismo puede salvar un ecosistema o destruirlo, dependiendo de cómo se gestione. No hay soluciones, pero sí estrategias, como limitar el número de visitantes o practicar el turismo comunitario, es decir, controlado por comunidades indígenas que proveen alojamiento, guía local y cuyos beneficios son directos para ellas. Si se gana dinero manteniendo el bosque intacto, ya no hay motivo para explotar el recurso. También se pueden plantear diversas zonas de acceso, como en el Manu, donde lo más remoto es inaccesible y prohibido al visitante", concluye Palau.

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La ONG WWF asegura que hay 47 millones de personas que viven en la Amazonia. De ellas, dos millones son pueblos indígenas, repartidos entre 400 grupos tribales distintos que hablan más de 300 diferentes lenguas. Los científicos estiman que hay 400.000 millones de árboles en pie en un espacio geográfico que es dos veces del tamaño de la India o 28 veces el del Reino Unido. Se estima que cada hora se tala un área equivalente a cinco campos de fútbol.

Y el ser humano apenas sabe nada de toda esa inmensa realidad y riqueza cultural. Como le pasara a Orellana cuando se adentró con sus barcos por el caudal buscando riquezas, del Amazonas queda muchísimo aún por descubrir.

El Dorado se lleva buscando tanto tiempo que ya no se sabe dónde se buscó y dónde no. Al inicio lo buscaron exploradores en barcos, a pie o en mulas. Hoy la tecnología lo está cambiando todo, y son los satélites y el escaneo láser desde el aire con drones (LiDAR los que están rastreando la Amazonia para encontrar ciudades perdidas. Y mientras, miles de personas que no han pedido ser contactadas y que pretenden vivir en su entorno sin interferencias, vuelven a sentir el miedo a que un huracán de fuera arrase con sus costumbres.

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