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No, la guerra quirúrgica no existe: el complejo paradigma de precisión, letalidad y coste
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Más de 1.000 muertos en Irán

No, la guerra quirúrgica no existe: el complejo paradigma de precisión, letalidad y coste

Aunque se hable de guerra quirúrgica, en realidad se trata de tres grandes factores (letalidad, precisión y coste) en una compleja ecuación militar cuyo objetivo es el de neutralizar al enemigo de la forma más eficiente posible

Foto: Obuses M777 utilizando municiones guiadas M982 Excalibur. (USMC)
Obuses M777 utilizando municiones guiadas M982 Excalibur. (USMC)
EC EXCLUSIVO

El primer día de la guerra de EEUU e Israel contra Irán, un misil israelí Blue Sparow mató de forma quirúrgica al ayatolá Ali Jamenei en un ataque personalizado apoyado por una ingente labor de inteligencia. Ese mismo día, un misil de crucero estadounidense Tomahawk impactó en una escuela en la ciudad iraní de Minab, acabando con la vida de 175 personas, incluyendo más de un centenar de niñas.

FactNameh, un portal de verificación sobre noticias iraníes con sede en Toronto, había publicado que la escuela estaba dentro del perímetro de una base utilizada por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC, por sus siglas en inglés). Ese mismo día, The New York Times publicó un vídeo de un ataque que impactó directamente en esa base del IRGC. De confirmarse, el ataque contra una escuela llena de niños quedará grabado como uno de los errores militares más devastadores de las últimas décadas.

Las pruebas siguen acumulándose. Un vídeo difundido por la agencia iraní Mehr News —y geolocalizado por el colectivo de investigación Bellingcat— muestra el impacto de un Tomahawk contra otra sede de la Guardia Revolucionaria en Minab ese mismo 28 de febrero, lo que supone la primera evidencia visual de que Estados Unidos atacó esa zona. Y aunque en un primer momento se pusieron en duda vídeos y fotografías que mostraban el edificio parcialmente derrumbado y todavía humeante, con cientos de vecinos removiendo los escombros en busca de supervivientes, herramientas de inteligencia de fuentes abiertas como GeoConfirmed han verificado y geolocalizado el lugar de los hechos.

Según las investigaciones preliminares del Pentágono, filtradas por The New York Times, el bombardeo de la escuela se debió a un error de identificación del objetivo, que en realidad era una base iraní adyacente que antes incluía el edificio escolar. Todavía no está claro por qué las fuerzas norteamericanas tenían información desactualizada sobre esa instalación. ¿Cómo es posible apuntar con un misil a un solo individuo como si se tratara de un francotirador y, el mismo día en el mismo teatro de operaciones, matar a docenas de inocentes por un error de cálculo?

Una ecuación compleja

Los 13 días de bombardeos de EEUU e Israel han dejado más de 1.300 iraníes muertos (según Teherán) y más de 5.000 puntos estratégicos atacados (según el Pentágono). Por mucho que altos mandos militares hablen de guerra quirúrgica, los contendientes tienen que equilibrar tres grandes factores (letalidad, precisión y coste) de una compleja ecuación militar cuyo objetivo es el de neutralizar al enemigo de la forma más eficiente posible. Para ello no solo se han desarrollado nuevas armas —drones, misiles hipersónicos o inteligencia artificial aplicada a la defensa—, sino que también se han evolucionado las armas convencionales —bombas de aviación, proyectiles de artillería o cohetes— de forma acelerada en los últimos años.

El primer camino (y quizás el más intuitivo en la guerra) es el que busca causar mayor daño y destrucción. El segundo, que se recorre en paralelo, es el que busca la precisión y el efecto quirúrgico en aras de la eficacia del ataque. Pero mientras el primero responde más a criterios económicos, el segundo se circunscribe al plano moral, que aterrizado a la práctica se mide en términos de opinión pública y coste político. Ambos son paradigmas complementarios y asociados. Sin el factor económico no se puede librar la guerra; sin voluntad política —muy vinculada a la opinión pública— tampoco.

El primer paradigma —el del coste— lo ilustra el sempiterno conflicto de Israel con Hamás en Gaza y Hezbolá en Líbano, ambos con ramificaciones terroristas. Ambos grupos armados, apoyados por Irán, han sabido explotar el primer paradigma. Hacer la guerra al bolsillo del enemigo.

Hamás lanza (o lanzaba) de forma permanente decenas de cohetes al mes sobre ciudades israelíes. En términos militares, son ataques de escasa eficacia. Los proyectiles llevan una carga explosiva reducida y, además, son imprecisos. Su tecnología es mínima, su sistema de guiado inexistente y se lanzan buscando impactar núcleos urbanos y ocasionar algún muerto o herido. No buscan neutralizar objetivos militares, sino someter a la población civil a un permanente estado de tensión. Esto fuerza a Israel a emplear muchos recursos en la defensa.

Un cohete de Hamás es barato. Los Qassam, que se fabrican en varios tamaños, están entre los 300 y 800 dólares. Son costes contenidos porque su fabricación es casera y utilizan materiales corrientes. Para el cuerpo a veces se utilizan tuberías, su propulsión de combustible sólido es una mezcla de azúcar con nitrato potásico (productos fáciles de conseguir en grandes cantidades) y las cabezas de guerra suelen estar compuestas por explosivo convencional más una carga de fragmentación a base de bolas de rodamiento e incluso tornillería y chatarra.

placeholder Lanzadores de cohetes Qassam (probablemente Qassam 2) en Gaza (Ejército de Israel)
Lanzadores de cohetes Qassam (probablemente Qassam 2) en Gaza (Ejército de Israel)

Frente a esta amenaza, Israel despliega uno de los mejores sistemas antiaéreos del mundo formado por varias capas especializadas en amenazas de corto, medio y largo alcance. La capa más interior (corto alcance) es responsabilidad del famoso Iron Dome, un sistema complejo con la característica (ahora ya extendida) de que no se basa en diferentes baterías de misiles, sino en radares AESA, centros de mando y lanzadores de misiles distribuidos y conectados en red.

El sistema utiliza misiles Tamir, de unos 3 metros de longitud, 160 mm de diámetro y 90 kg de peso con un guiado electroóptico que capta tanto los focos de calor como cualquier radiación electromagnética. Su eficacia está por encima del 90% y, además, dispone de un sistema predictivo que evalúa cada cohete e ignora aquellos cuyo punto de caída estima que no provocará daños.

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Lanzamiento de un misil Tamir, parte del Iron Dome (Ejército de Israel)

¿Cuál es el problema? Cada misil Tamir cuesta entre 50.000 y 80.000 dólares, 100 veces más que sus contrapartes enemigas. Como además se emplean dos misiles por cada cohete a interceptar por una cuestión de seguridad, el saldo de esta batalla económica es evidente. Por eso ahora los esfuerzos se concentran en armas de energía dirigida y otras alternativas que permitan una defensa equiparable al coste de la amenaza.

Precisión vs dispersión

La batalla por la opinión pública es tan sencilla de explicar como compleja de resolver. Las imágenes de muertos entre la población civil mueven las conciencias y por más que se hable de víctimas colaterales, que se justifique como un error o de que haya casos (no siempre) en los que los terroristas utilicen civiles como escudos humanos, la muerte de inocentes pone a las sociedades en contra de los esfuerzos bélicos. Por eso, los llamados ataques quirúrgicos son un modo de cumplir con los objetivos militares evitando bajas civiles y minimizando el coste político de las acciones bélicas.

Sin embargo, la precisión no es gratis. Requiere elevadas inversiones en investigación y es uno de los campos que más ha evolucionado en los últimos años. El ejemplo más claro lo tenemos en la artillería. Se empezó por evolucionar las propias piezas de artillería (los obuses) y luego se hizo lo propio con los proyectiles guiados, cuyo arquetipo es el M982 Excalibur estadounidense.

Se trata de un proyectil de 155 mm que puede ser disparado por cualquier pieza de ese calibre, pero que cuenta con un sistema de guiado mediante GPS y un sistema inercial de respaldo (para actuar en entornos donde la señal GPS se haya anulado o suplantado). Una vez disparado, un conjunto de aletas van corrigiendo el vuelo del proyectil hasta su destino, por lo que su precisión, a diferencia de la artillería convencional, no disminuye con la distancia, al contrario. El Excalibur puede alcanzar blancos con un CEP de tan solo 4 metros, mientras que en un 155 mm convencional el CEP es de unos 125 metros a una distancia de 25 km.

El CEP es la forma de medir la precisión y se establece como el radio de un círculo alrededor del objetivo donde caen al menos el 50% de los proyectiles. Es decir, de diez disparos de Excalibur al menos cinco caerían a menos de cuatro metros del blanco. La contrapartida frente a la munición convencional se mide en dólares. Un M982 cuesta alrededor de 100.000 dólares frente a los menos de 1.000 dólares de un proyectil convencional de igual calibre. Por eso, el valor agregado de este tipo de armas está en ataques contra objetivos prioritarios, pero de tamaño reducido, cuya destrucción requeriría el empleo de mucha artillería, o en situaciones donde el riesgo de víctimas colaterales sea elevado.

Pero la guerra también tiene situaciones donde la precisión queda supeditada al poder de fuego. Imaginemos un avance enemigo, una concentración de tropas que espera cruzar un puente o un centro logístico de grandes dimensiones. Para batir estos objetivos se necesita arrasar un área y para ello hay dos fórmulas: el bombardeo tradicional de artillería, barato y eficaz, o el empleo de bombas de racimo.

Foto: iran-guerra-golfo-drones-ataques-1hms

El ataque con artillería, bien sea convencional o lanzacohetes, consiste en colocar las piezas espaciadas y disparar para que los proyectiles caigan separados en función del radio de letalidad (área donde el proyectil es letal), que para un 155 mm viene a ser de unos 50 metros. Por su parte, las bombas de racimo o bombas cluster, lanzadas mediante aviación o artillería, permiten barrer un área gracias a las submuniciones que cargan en su interior, de tal manera que antes de impactar se abren y las dispersan, cubriendo una gran superficie de terreno.

placeholder Bomba de racimo CBU-87 CEM (USAF)
Bomba de racimo CBU-87 CEM (USAF)

Algunos ejemplos. Una sola bomba CBU-87 CEM (Combined Effects Munition) de 430 kg lleva 202 submuniciones y se cubre un área rectangular de, aproximadamente, 200 por 400 metros. Su coste es de unos 25.000 dólares, por lo que es considerada un arma muy rentable. En artillería está el proyectil de 155 mm M483A1 DPICM (Dual-Purpose Improved Conventional Munition) que lleva en su interior 88 submuniciones de dos tipos, unas de fragmentación (contra personal) y otras de carga hueca, en menor cantidad y efectivas contra blindados ligeros. Un solo proyectil cubriría una superficie de 50 por 100 metros, con un coste de alrededor de 15.000 dólares.

Los proyectiles o bombas de racimo están prohibidos desde 2008 por la Convención sobre Municiones de Racimo, firmada por más de cien países y que obliga a su no fabricación, almacenamiento y empleo. El motivo no es tanto por sus efectos militares destructivos sino por el hecho de que las submuniciones tienen una tasa de fallos elevada (puede ser de más del 10%). Esto hace que muchas no exploten y queden sobre el terreno causando daños a civiles mucho tiempo después de su uso. Sin embargo, las grandes potencias militares (Estados Unidos, Rusia, China, India, Pakistán, Israel o Turquía) no han firmado este tratado y las siguen utilizando. En Ucrania se han empleado con intensidad por ambos bandos.

Foto: iran-israel-misiles-drones-guerra-1hms

Para beneficiarse del efecto de saturación de área, sin los inconvenientes y riesgos de las submuniciones, los norteamericanos idearon las ojivas M30A1. Estas se pueden acoplar a los cohetes GMLRS (los del M142 HIMARS) y, en lugar de submuniciones, incorporan un núcleo explosivo rodeado de 180.000 bolas de tungsteno. El efecto es menor que el de una bomba de racimo, pero muy superior al de una ojiva de fragmentación convencional. Se han usado en Ucrania y el efecto contra tropas y vehículos ligeros es devastador. Al tratarse de bolas de metal, una vez pasado el momento de la detonación son completamente inertes, por lo que es imposible que causen daños posteriores a civiles.

Bombas pesadas vs bombas huecas

Además del coste o su precisión, se busca que las armas cada vez tengan mayor efecto. Es decir, que sean más destructivas. Esto ha llevado a una evolución en la potencia de bombas y proyectiles. En el caso de la artillería existe una limitación clara por el calibre de la pieza, estandarizada (en occidente) a no más de 155 mm, por lo que se ha mejorado en la eficacia del explosivo y poco más. Pero en cohetes y bombas de aviación, el empleo de municiones más pesadas es notorio.

En bombas de aviación la más común y extendida en el ámbito OTAN y occidental es la familia de las Mk-80. Se trata de modelos que van desde las 250 a las 2.000 libras de peso, todas con la misma forma aerodinámica, similar carcasa de acero y explosivo tritonal o equivalente en su interior. Son la Mk-81 (250 lb), Mk-82 (500 lb), Mk-83 (1.000 lb) y Mk-84 (2.000 lb). No todo es explosivo. Por ejemplo, en la Mk-82 de sus 500 lb (227 kg), 192 lb (87 kg) son de explosivo y el resto es la carcasa o cuerpo de la bomba que sirve como elemento de fragmentación, espoletas y elementos aerodinámicos.

Todas ellas se pueden usar como bombas de caída libre (bombas tontas) pero también es muy sencillo acoplar diferentes módulos de guiado: módulo JDAM por GPS e inercial, Paveway por láser, JDAM ER con alas para alcance extendido y SPICE (Smart, Precise Impact, Cost-Effective) de guiado electroóptico y GPS, diseñado por Israel. La brecha de coste entre una bomba con y sin kit de guiado es significativa. Una Mk-82 convencional está en unos 4.000 dólares, precio que se dispara hasta los 30.000 con el módulo JDAM. Países como España utilizan preferentemente modelos medios, como la MK-82, con kits de guiado, y otros países como Israel o Estados Unidos utilizan más las versiones más potentes, como la Mk-83 y Mk-84.

Pero la carrera por la letalidad ha ido mucho más lejos. Aquí podemos destacar dos sistemas muy especiales. El primero es la GBU-43/B MOAB (Massive Ordnance Air Blast), de 21.600 lb (9.800 kg) que se emplea para destruir grandes áreas, cuevas y trincheras fortificadas. No se lanza desde un bombardero, sino desde un transporte C-130 Hércules, y fue empleada en Afganistán contra los túneles del ISIS. Su coste estimado ronda los 200.000 dólares.

placeholder GBU-43B Massive Ordnance Air Blast Bomb. Su enorme tamaño salta a la vista (US Def Dep)
GBU-43B Massive Ordnance Air Blast Bomb. Su enorme tamaño salta a la vista (US Def Dep)

Luego está la GBU-57 MOP (Massive Ordnance Penetrator). Conocida como la "madre de todas las bombas", es la bomba más potente no nuclear. Pesa 30.000 lb (13.600 kg) de los que 2.400 kg son de explosivo. Está diseñada exprofeso para penetrar estructuras de hormigón a gran profundidad, por lo que su carcasa es de acero muy reforzado con punta de penetración (de ahí que la parte de explosivo sea relativamente pequeña). Solo es posible lanzarla con el bombardero B-2 y puede perforar búnkeres de 18 metros de hormigón situados a 60 metros de profundidad. Costaría (como cifra orientativa) entre 5 y 6 millones de dólares.

Para cuadrar este círculo de letalidad y coste, hay cada vez más sistemas que van en un sentido contraintuitivo. En vez de cabezas de guerra cada vez más potentes, llevan muy poco explosivo (o ninguno) que busca ese efecto quirúrgico sin provocar grandes destrozos ni víctimas colaterales. Son bombas y misiles de pequeño tamaño y muy alta precisión, como las GBU-39 / GBU-53 SDB (Small Diameter Bomb), con 130 kg de peso y apenas 20 de explosivo, guiado por GPS, inercial, radar o infrarrojo y alcance de 110 km. Tienen la ventaja de que su reducido tamaño permite que un solo avión lleve muchas (el F-15E puede cargar hasta 20 de ellas). Su coste está entre 40.000 y 70.000 dólares, en función del sistema de guiado.

La reducción del explosivo buscando cero víctimas no deseadas lleva a eliminarlo del todo. Así tenemos dos casos reseñables. El primero es el AGM-114R9X Hellfire Ninja. Parece un misil Hellfire normal, con sus casi 180 cm de largo, pero en lugar de explosivo justo antes del impacto despliega seis cuchillas de grandes dimensiones. Se emplea para eliminar blancos muy concretos (terroristas, una persona en concreto y es muy eficaz incluso cuando el objetivo se desplaza en un vehículo. Pesa 45 kg y en el impacto llega a velocidad supersónica, por lo que los daños son por pura energía cinética y el efecto de sus cuchillas.

Lo último es algo que (de momento) solo se ha visto hacer a los israelíes y es utilizar "bombas" con una minúscula carga o sin carga explosiva. Se trata de la táctica conocida como roof knocking o "golpe en el techo". Ha sido empleada en el conflicto de Gaza para avisar a los habitantes de un edificio de que habrá un ataque inminente, convencional y destructivo. Se busca hacer ruido (con poco explosivo) o daños leves que alerten a los residentes para que se vayan. Algo que, pese a la aparente buena intención, no deja de ser controvertido porque muchas veces el tiempo entre el aviso y el bombardeo letal es demasiado reducido.

El primer día de la guerra de EEUU e Israel contra Irán, un misil israelí Blue Sparow mató de forma quirúrgica al ayatolá Ali Jamenei en un ataque personalizado apoyado por una ingente labor de inteligencia. Ese mismo día, un misil de crucero estadounidense Tomahawk impactó en una escuela en la ciudad iraní de Minab, acabando con la vida de 175 personas, incluyendo más de un centenar de niñas.

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