"El ruido de las bombas no es masivo, no es suficientemente fuerte para estremecer a Occidente, pero sigue matándonos", contaba Ibtisam H. desde el norte de Gaza, pocos días antes de que Israel lanzara su ataque contra Irán. "El alto el fuego consiste en ataques más espaciados, en una espera constante para poder salir, reconstruir o volver a casa. Y parece que es un alivio para la comunidad internacional saber que ya no son decenas de muertos al día, que ahora nos matan poco a poco".
El alto el fuego mediado por Estados Unidos y anunciado el 11 de octubre de 2025 puso fin oficialmente a una ofensiva iniciada dos años antes que, según el Ministerio de Salud de Gaza, ha dejado más de 72.000 muertos y más de 171.000 heridos desde octubre de 2023, en su mayoría mujeres y niños. Aun así, las autoridades sanitarias locales sostienen que, incluso tras la entrada en vigor de la tregua, al menos 600 personas han muerto y más de 1.600 han resultado heridas. Continúan denunciándose ataques esporádicos, disparos en las inmediaciones de la franja de seguridad y demoliciones de viviendas.
El Tribunal Supremo de Israel concedió recientemente una orden judicial para detener temporalmente la prohibición impuesta por el Gobierno contra 18 ONG internacionales, entre ellas Médicos Sin Fronteras (MSF). Sin embargo, la organización advierte que la situación sobre el terreno sigue prácticamente paralizada. "Desde el 1 de enero de 2026, MSF no ha podido introducir suministros ni personal internacional en Gaza. Lo que necesitamos ahora es una ampliación masiva de la ayuda humanitaria sin obstáculos, que las autoridades israelíes, como potencia ocupante, están obligadas a garantizar", señaló la organización en un comunicado publicado el 27 de febrero de 2026, antes de la reciente escalada regional.
Muchos gazatíes describen el momento actual no como una paz frágil, sino como una fase prolongada de violencia de baja intensidad, mientras que Israel justifica sus ataques como respuesta a la actividad de grupos armados palestinos. Desde la Franja, sin embargo, muchos residentes denuncian que ese argumento también influye en cómo se cuentan las muertes: quién es considerado combatiente, qué se define como una amenaza y qué significa simplemente estar demasiado cerca.En enero de este año, el Ejército israelí anunció la muerte de dos "terroristas" que, según afirmó, se habían acercado demasiado a la llamada línea amarilla, la franja que delimita sus posiciones tras el repliegue parcial.
"Luego supimos que eran dos chicos de 13 y 15 años", cuenta Ibtisam. "Aquí, si te acercas demasiado, eres terrorista. Contra esa palabra no tenemos defensa posible".
Escenas como esa reflejan la fragilidad de la tregua sobre el terreno y la sensación de que las violaciones del alto el fuego quedan, en la práctica, sin consecuencias. En los últimos días, además, la situación se ha complicado con el desplazamiento de la atención internacional hacia un escenario más amplio: la escalada entre Israel e Irán y sus repercusiones para Gaza.
"El alto el fuego transformó una violencia internacionalmente intolerable en agresiones que ya no llegaban a ser noticia. Pero al menos el paso fronterizo de Rafah estaba abierto y muchos tenían la esperanza de poder salir o reunirse con sus familiares. Entonces Israel atacó a Irán, Rafah volvió a cerrarse y entendimos que el mundo dejaría de mirarnos", cuenta el doctor Raed desde Rafah. "Si en dos años de guerra, pese a las denuncias internacionales, hemos seguido sufriendo ataques indiscriminados, hambre y violaciones constantes de nuestros derechos, ahora que el mundo da por hecho que la tregua significa estabilidad, tenemos miedo al olvido".
Cómo la guerra con Irán pone en riesgo a Gaza
La escalada regional afecta a Gaza por al menos tres vías inmediatas: el riesgo de hambre por el cierre de los pasos fronterizos, el desplazamiento de la atención internacional y un mayor margen de maniobra para Israel sobre el terreno.
1. El hambre como efecto inmediato
Tras los ataques contra Irán, Israel cerró todos los pasos hacia la Franja de forma indefinida, alegando razones de seguridad. En un territorio donde más del 90 % de los alimentos dependen de la entrada externa y donde no existen reservas estratégicas estables, cada día de cierre multiplica el riesgo de desabastecimiento.
En los últimos días, Israel ha anunciado la reapertura parcial del paso de Kerem Shalom, el principal punto de entrada de ayuda hacia Gaza, y algunos camiones han comenzado a cruzar. Sin embargo, las organizaciones humanitarias advierten de que la entrada de suministros sigue siendo mínima y muy por debajo de las necesidades del territorio.
Las existencias de productos frescos apenas cubren una semana y las panaderías comunitarias tienen harina para poco más de diez días. En los mercados, el precio de un saco de harina de 25 kilos se ha triplicado, mientras que el azúcar, el aceite y los pañales han duplicado su coste.
Laura GutiérrezAdriana LópezM. MartínezArantxa Palacios
"Lo primero que pensamos fue en el verano pasado", explica Sobhi Al-Zaaneen, padre de siete hijos desplazado del norte de Gaza. "Las bombas nos dan miedo. Pero el hambre en el estómago de tus hijos es el infierno en esta vida. No hay nada que me dé más miedo que eso".
Sobhi tampoco puede permitirse almacenar grandes cantidades. Primero, porque apenas hay producto disponible. Segundo, porque en cada crisis los precios se disparan. Como la mayoría de los gazatíes, perdió su casa y su trabajo durante la guerra y agotó sus ahorros para sobrevivir. Ahora depende de ayudas puntuales y pequeños ingresos informales.
"Me queda un reloj", dice. "Y eso es lo que venderé cuando ya no nos quede nada, a cambio de un saco de harina".
La atención internacional se ha desplazado hacia Teherán, Tel Aviv y Washington. El debate se centra ahora en el riesgo de una guerra regional de mayor escala, los equilibrios nucleares y la sucesión en el liderazgo iraní.
Gaza ha dejado de percibirse como una urgencia inmediata y el alto el fuego se equipara automáticamente a la estabilidad. Esa equivalencia reduce la presión internacional para supervisar su cumplimiento o para acelerar la reconstrucción y la evacuación de pacientes graves.
La guerra con Irán introduce además una paradoja. Mientras la atención internacional se concentra en el riesgo de una escalada regional, en algunas zonas de Gaza se percibe una disminución puntual de la intensidad de los ataques, especialmente cerca de la llamada línea amarilla. Algunos residentes aseguran escuchar menos detonaciones y ver menos drones.
"Mi hijo me ha preguntado si ya ha acabado todo", dice Fahima F., desde el norte de Gaza. "Y me da miedo decirle que quizá este es el silencio que hay antes de que empiece todo de nuevo, o que será este mismo silencio el que acabe con nosotros".
Los gazatíes saben bien que esta aparente tregua supone que Gaza desaparece poco a poco del foco internacional. Que el alto al fuego no ha eliminado la violencia, solo la ha fragmentado y la ha diluido en pequeñas dosis, camuflada en lo cotidiano.
"El hambre y la falta de bienes esenciales no hacen saltar cuerpos por los aires como las bombas, pero son igualmente crueles", dice el Dr. Raed.
3. Más margen de maniobra sobre el terreno
Con el foco mediático y político desplazado hacia Irán, Israel gana margen de maniobra sobre el terreno. No necesariamente para intensificar bombardeos masivos, sino para endurecer cierres, restringir movimientos, limitar la entrada de ayuda y consolidar posiciones con menor escrutinio externo.
"Miles de pacientes en Gaza estaban pendientes de autorizaciones para salir a recibir tratamiento especializado fuera del enclave: pacientes oncológicos, cardiopatías complejas, trasplantes, diálisis avanzada", explica el doctor Raed. "Entonces los pasos volvieron a cerrarse y nosotros no tenemos medios para tratar a muchos de ellos.
Hay pacientes que no pueden esperar semanas. El cierre no es solo una decisión política: es quimioterapia que no llega. Es una cirugía que se pospone y que habría salvado una vida. ¿Por qué la guerra con Irán se convierte en un castigo para nosotros?, añade. "¿A qué tenemos que esperar ahora para salvarnos? ¿Cuántos de nuestros pacientes van a morir mientras esperamos a que se gane o se pierda una guerra allá afuera? ¿Por qué tenemos que pagar también con nuestros muertos las batallas que se libran lejos de aquí?"
"Tenemos miedo, mucho miedo"
El alto el fuego era apenas un parche sobre una violencia que nunca llegó a detenerse. Ahora la guerra regional vuelve a silenciar a Gaza, no porque la situación haya dejado de ser urgente, sino porque el foco internacional se ha desplazado.
En la Franja se vive con un miedo más: que la pérdida de visibilidad reduzca la presión internacional, que los abusos se normalicen en silencio y que los retrasos en las evacuaciones médicas se asuman como un efecto colateral de seguridad.
"No quiero decir que no haya que preocuparse por Irán", dice Ibtisam. "Pero somos dos millones de personas aquí dentro; tenemos miedo, mucho miedo, y seguimos necesitando ayuda".
Quizá el mayor peligro de este alto el fuego es que permite que la guerra continúe sin escándalo. Mientras no haya grandes ofensivas, la situación puede seguir deteriorándose sin provocar una reacción internacional proporcional. No hacen falta nuevas bombas para que Gaza siga perdiendo vidas: basta con que el mundo deje de mirar.
"El ruido de las bombas no es masivo, no es suficientemente fuerte para estremecer a Occidente, pero sigue matándonos", contaba Ibtisam H. desde el norte de Gaza, pocos días antes de que Israel lanzara su ataque contra Irán. "El alto el fuego consiste en ataques más espaciados, en una espera constante para poder salir, reconstruir o volver a casa. Y parece que es un alivio para la comunidad internacional saber que ya no son decenas de muertos al día, que ahora nos matan poco a poco".