La mirada de Habermas y quienes quieren olvidarla
Las políticas avanzadas por la UE en la última década son el triunfo de una visión habermasiana que, paradójicamente, antes de ser plenamente desarrollada puede fracasar
El fallecimiento del filósofo Jürgen Habermas este sábado nos deja sin la mirada lúcida de alguien que ha seguido con detalle todos los cambios políticos acaecidos desde la Segunda Guerra Mundial. Desde esas experiencias, filtradas por su mirada ilustrada, había participado recientemente en debates tan actuales como el abordaje de la guerra de Ucrania, el rearme europeo o la disrupción generada por las redes sociales en las esferas públicas democráticas. La diferencia respecto a otros muchos opinadores de actualidad es que esa mirada se anclaba en su gran empresa filosófica y política de fundamentación de las democracias contemporáneas.
Dejando aparte las etiquetas, consideraba que las instituciones y procedimientos de las democracias constitucionales —con su potencial deliberativo e inclusivo— son los que permiten una mejor implementación de los principios democráticos. Y, en un mundo convulso, creía que el carácter democrático de los Estados europeos solo se podría mantener potenciando el proyecto europeo.
Frente a la deriva que veía en los Estados Unidos —donde avanzaba el ideal de gestión corporativa apoyada en las nuevas tecnologías digitales, que celebra la abolición de la política y refleja un nuevo tipo de autoritarismo— seguía defendiendo el rol de unos ciudadanos informados que contribuyen a formar la opinión pública con objeto de influir en la política institucional. Y consideraba que la Unión Europea, en un mundo multilateral en transición, podía ser capaz de usar su peso económico para defender sus convicciones normativas. Un añadido que a algunos, como a su compatriota von der Leyen, les parece que ya no es posible mantener.
Sin embargo, en la última década la visión deliberativa habermasiana de la democracia se ha asumido como principio de legitimidad fundamental en las instituciones y políticas de la Unión. Desde la crisis económica que abrió enormes grietas en el proyecto europeo, la reivindicación de un pedigrí democrático ha sido una constante que ha constituido el eje principal en la lucha contra la desinformación en un contexto de desconfianza institucional, polarización política y de transformaciones tecnológicas que otorgan un poder enorme a grandes corporaciones y han cambiado la producción y circulación de la información política.
En este contexto, la UE ha justificado su políticas y regulación como estrategia para aumentar la resiliencia democrática en nuestras sociedades tensionadas, responsable de garantizar una esfera pública secura frente a intolerables distorsiones generadas por las nuevas plataformas y los que las utilizan para socavar nuestras democracias, desde dentro y fuera de ellas, especialmente la maligna influencia extranjera de regímenes autoritarios.
Toda esa estrategia —como se expone por ejemplo en el Plan Europeo de Acción para la Democracia (EDAP)— está trufada de referencias habermasianas que otorgan un papel normativo esencial a los medios de comunicación en la articulación de la opinión pública, lo que permite que los ciudadanos actúen políticamente de forma libre a la hora de formar sus juicios o de participar en las elecciones.
En un contexto disruptivo de posverdad en el que se ignoran los hechos y las informaciones con pretensiones de veracidad sobre cuestiones políticas relevantes, los ciudadanos dejan de compartir espacios comunes de reflexión y discusión, y los medios tradicionales renuncian a su responsabilidad democrática, sustituidos por plataformas que no siguen ningún estándar ético para filtrar la información. Por eso en sus últimos trabajos Habermas reivindicó su concepción de la democracia para enfatizar las exigencias normativas que implica (frente a versiones degradadas que adelantan una deriva autoritaria) y que mantiene la autonomía de la política y promueve la implicación de los ciudadanos —en sus diferentes roles— a través de la participación en la deliberación pública.
Y esa estructura es la que inspira las diferentes políticas europeas focalizadas en la lucha contra la información que abarcan cuestiones de seguridad, educación ciudadana, supervisión de las plataformas digitales (DSA) o regulación de medios de comunicación (EMFA), ahora ampliadas en la nueva estrategia planteada con el “Escudo Demócratico”. Es el triunfo de una visión habermasiana que, paradójicamente, antes de ser plenamente desarrollada puede fracasar.
Vivimos tiempos de desapego con una forma de intentar organizar nuestros sistemas políticos y sus relaciones reflejada en esos “principios democráticos e internacionales” que muchos dan por finiquitados. Los que, como Habermas, dedicaron toda una larga vida a justificarlos, explicarlos y defenderlos, no pueden irse tranquilos en un momento en el que se quiere hacer creer que son dispensables para adaptarse, sin más, a las nuevas realidades.
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* Elena García-Guitián es catedrática de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Forma parte de la Jean Monnet Partnership Spain, que colabora con El Confidencial para la publicación de análisis de temática europea.
El fallecimiento del filósofo Jürgen Habermas este sábado nos deja sin la mirada lúcida de alguien que ha seguido con detalle todos los cambios políticos acaecidos desde la Segunda Guerra Mundial. Desde esas experiencias, filtradas por su mirada ilustrada, había participado recientemente en debates tan actuales como el abordaje de la guerra de Ucrania, el rearme europeo o la disrupción generada por las redes sociales en las esferas públicas democráticas. La diferencia respecto a otros muchos opinadores de actualidad es que esa mirada se anclaba en su gran empresa filosófica y política de fundamentación de las democracias contemporáneas.