Los últimos días de Cuba o cómo se vive siendo el próximo objetivo de Trump
Este reportaje es el resumen de un viaje de dos semanas a Cuba. Entre la desinformación, la ausencia de servicios básicos y la escasez de alimentos, combustible y electricidad, los cubanos saben que algo está a punto de pasar
Cubanos en un mercado callejero de alimentos en el municipio de Colón, provincia de Matanzas. (A.H.S.)
En medio de la creciente escalada de la Administración Trump contra el régimen cubano, la vida dentro de la isla se ha complejizado a un nivel sin precedentes. Ni siquiera cuando cayó el Muro de Berlín y desapareció la URSS los cubanos tuvieron tantos problemas para acceder a alimentos o a servicios básicos como el transporte, la salud pública, la educación o la electricidad. Se ha resquebrajado hasta el propio sistema de propaganda de La Habana, uno de los pilares en los que ha sostenido su poder durante 67 años. Tras una desaforada crisis migratoria, quienes no han podido irse permanecen “secuestrados” en Cuba mientras sus familiares les envían remesas para que sobrevivan comprando lo poco que venden las tiendas del régimen o las pequeñas empresas privadas abiertas en los últimos años.
Las calles del otrora paladín de la izquierda latinoamericana están llenas de basura y de niños que trabajan, su “ejército de batas blancas” se fuga como puede hacia economías capitalistas en las que no se les esclavice ni se violen sus más elementales derechos humanos, y sus aliados históricos y supuestamente incondicionales (Managua, Teherán, Pekín o Moscú), han reaccionado con la boca pequeña ante las amenazas de Trump. Sin combustible, créditos o los clásicos salvavidas que se enviaron desde Caracas durante décadas, el régimen cubano se está quedando sin opciones para salir de esta crisis, la mayor de todas las que ha sufrido, y por eso está negociando con EEUU una salida. Miguel Díaz-Canel, quien al menos de forma oficial encabeza el régimen, acaba de admitir dichas negociaciones “para buscar soluciones por la vía del diálogo a las diferencias bilaterales”. Mientras tanto, el caos crece y se expande para la población, que ha protestado varias noches seguidas en distintos puntos del país.
Gasolinera sin combustible en la ciudad de Matanzas. (A.H.S.)
“Nos vamos a morir aquí con las cuentas llenas de dinero”, lamenta una doctora* a la salida de un mercado agropecuario en el municipio de Colón, provincia de Matanzas. “Es increíble que no me permitan comprar en un sitio con el dinero de mi propio salario, porque no hay conexión a internet o telefónica. En los bancos no hay efectivo tampoco para poder sacar de mi cuenta el dinero que me paga el mismo Estado”.
La desinformación reina, pero “que arrase Trump”
Durante un reciente viaje a Cuba presencié multitud de escenas como la anterior. Si desde hace décadas resulta extremadamente difícil para millones de cubanos tener dinero y hallar comida para comprar con él, ahora se han normalizado otros problemas como la falta de electricidad, de conexión a internet o de dinero para devolver en las propias tiendas en divisas. Si realizas una compra de 19,95 y quieres pagarla en efectivo con dólares, por ejemplo, te devuelven caramelos o sobres con sazones. En el país con el dinero más devaluado del planeta al cierre de 2025, solo se trabaja con billetes. Las monedas cubanas no valen prácticamente nada y el régimen prefiere no usar las estadounidenses en las tiendas que operan en dólares. Si no hay productos con un valor equivalente al suelto que necesitas tienes dos opciones, o modificas la compra para llegar a una cifra cerrada o no compras. Tampoco es una opción dejar dinero de más, porque eso les descuadra la caja a los dependientes y sus jefes se lo tienen “terminantemente prohibido”.
En el país de los sinsentidos, ahora la gente no puede hacer ni el DNI. Además de que la ausencia de electricidad provoca demoras en la realización de muchos trámites, hace poco el régimen cubano anunció que no tenía el plástico necesario para fabricar los carnets de identidad de los cubanos. Las autoridades, por dejar de tener, no tienen ni forma de contar sus mentiras a la población, pues los medios tradicionales permeados por ley a su propaganda tampoco pueden ser consumidos por los cubanos.
Puestos callejeros de productos agrícolas en el pueblo de Colón, provincia de Matanzas. (A.H.S.)
En ese contexto, las noticias sobre las amenazas que hasta tres veces al día realiza Trump contra el régimen cubano llegan a cuentagotas a la población de la isla, que intenta sobrevivir con todo en contra. Como informarse no contribuye a mantenerse vivo, mucha gente ni siquiera se lo plantea y reacciona de manera alocada a determinadas noticias. Cuando el pasado 25 de febrero hubo un tiroteo y varios muertos en la costa norte cubana, y los rumores que corrían por la calle no podían ser más preocupantes, un primo mío exclamó con las manos al aire: “Parece que ya llegó Trump y hace falta que arrase aquí ya pa’ la pinga (completamente). Ojalá se lleve a Díaz-Canel y a Raúl Castro como se llevó a Maduro”.
Un niño depende de una insulina enviada desde España
Por suerte, aún no ha llegado esa invasión que no pocos desean debido al hastío de 67 años de totalitarismo, pero me preparé junto a mi familia por si me pillaba estando allí. A fin de cuentas, las peculiaridades de un viaje a Cuba comienzan mucho antes de llegar a Cuba. En el aeropuerto y el avión se ven cosas poco habituales para otros destinos. Después de que se suspendiera un vuelo que tenía reservado para el 13 de febrero por la falta de combustible de aviones en isla, conseguí otro billete para el día 18.
Lo primero que distingue a los pasajeros de un vuelo a Cuba es la cantidad de equipaje. Mis compañeros de viaje llevaban tantas maletas sobre los carritos que no se les veía el cuerpo, sobresalían los bultos negros llenos de ropa, zapatos, medicinas, comida o electrodomésticos. Entre mis cosas iban chocolates, juguetes, desodorantes, comino, máquinas de afeitar, linternas (para sobrellevar los apagones), champús o bujías para mis familiares. Algunos de esos objetos solo pueden obtenerlos si yo se los envío o llevo.
Justo antes de iniciar las maniobras de despegue se abrió una puerta de emergencia del avión y entraron 12 ancianos muy mayores asistidos por personal de servicio. Sillas de ruedas, andadores y bastones desfilaban todavía por el avión cuando el piloto ofreció la información del trayecto por los altavoces. Era muy llamativo que la mayoría de los pasajeros fueran ancianos, porque los jóvenes no queremos regresar a Cuba. Una pareja que superaba los 60 años se me acercó desorientada a pedir ayuda para colocar las maletas. El hijo de otra pasajera mayor también me pidió que guiara a su madre tras el check-in. Ella viene un par de veces al año, pero luego tiene que regresar a la isla para cuidar a otros ancianos de su familia. En eso se ha convertido Cuba, en un enorme geriátrico (es el país más envejecido de LATAM), donde cada día disminuye más la población con edad laboral debido a la crisis migratoria. Mientras los ancianos se quedan, los jóvenes se van como pueden y a donde pueden, sobre todo después de que Trump limitara drásticamente la entrada de migrantes a EEUU.
Asilo de ancianos en el pueblo de Colón, provincia de Matanzas. (A.H.S.)
Los vuelos de La Habana a Madrid cuestan casi el doble que las idas a la isla. Todos quieren salir de ella, pero pocos quieren volver. Mi vuelo de ida con World2fly se fue con menos del 50% de su capacidad cubierta, precisó un sobrecargo. Había filas de asientos enteras sin un solo pasajero. “Siéntate donde quieras, tigre”, continuó el tripulante. “De momento nos mantenemos, pero si los vuelos siguen así vacíos creo que terminarán quitándolos”. Pocos días después, la aerolínea suspendió una de las dos frecuencias semanales que tenía hacia la isla.
Según una fuente cercana al touroperador de World2fly, la escalada con EEUU no va a paralizar completamente ciertas conexiones aéreas: “Ni aunque se hunda la isla esta aerolínea dejará de volar, porque es de Iberostar”, la cadena española con más hoteles en la isla después de Meliá. “Los aviones son buenos y nuevos. Solo tendrán que repostar en República Dominicana durante los vuelos de vuelta, porque en Cuba no hay combustible”. En mi vuelo apenas iban un par de familias de turistas que no parecían ser españoles.
Gracias a que el avión iba tan vacío, el personal de la aerolínea fue permisivo con los bultos, saben que la economía o la vida de algunos cubanos depende de esos paquetes. Como un niño con diabetes tipo 1 que esperaba por las 10 cápsulas de insulina que me entregaron en una pequeña nevera de mano antes de salir de Barajas. El amigo del suegro de un amigo me imploró que las llevara mientras buscaba cómo transportarlas luego desde La Habana hasta la ciudad de Santa Clara, donde vivía el niño.
Basurero junto a una guardería estatal en el pueblo de Colón. (A.H.S.)
La Habana, ciudad fantasma
Cuando entras a Cuba, debes rellenar un formulario “de viajero”, seas extranjero o no, para que las autoridades migratorias del régimen tengan constancia del “motivo de tu viaje” o de la dirección del sitio donde vas a pernoctar. Este formulario se volvió más incisivo a raíz de la pandemia y quienes lo monitorizan en el aeropuerto son trabajadores sanitarios. El primer cubano con el que hablé al aterrizar, un médico que me pidió el formulario desde un escritorio, fue extremadamente amable para guiarme a completar mis datos y luego me pidió dinero.
“¿Tienes una ayudita? Aquí la cosa está mala, tú sabes”, suplicó mientras señalaba con el dedo al oficial de Inmigración a sus espaldas. Ese me dijo “bienvenido a la patria” después de acuñar el pasaporte y así terminó mi momento de mayor tensión. Si estaba regulado (eufemismo del régimen para denominar el veto de entrada y salida que ejerce sobre determinadas personas), me habrían detenido en ese momento. Muchos periodistas, activistas y opositores “regulados” por el régimen ni siquiera han podido tomar sus vuelos hacia Cuba en países como EEUU.
Varios funcionarios de la Aduana merodeaban alrededor del grupo recién llegado para ofrecer un paso exprés por el aeropuerto. Sus servicios no eran los típicos VIPS que se prestan en cualquier terminal aérea, sino amaños personales para garantizar al viajero algo tan básico como las bandejas plásticas sobre las que se colocan las pertenencias en el escáner. Ni siquiera eso había en el Aeropuerto José Martí de La Habana.
Foto de una avenida desierta muy cerca de la Plaza de la Revolución. (A.H.S.)
Como la escasez de combustible ya estaba arreciando en la isla, el amigo extranjero residente en la capital que me fue a buscar al aeropuerto había pagado esa mañana 700 dólares para llenar de gasolina el depósito de 100 litros de su pickup. Paradójicamente se mostraba contento, porque ni siquiera a siete dólares el litro le había resultado fácil encontrar carburante en el mercado negro.
La Habana es una ciudad fantasma, literalmente. Por su histórica importancia como punto de encuentro y salida de las flotas comerciales del imperio español, la ciudad creció durante siglos desproporcionadamente. La capital de un país que apenas supera los 100.000 kilómetros cuadrados no debería ser tan grande. Aunque su infraestructura vial nunca se desarrolló para acoger y mover a tanta gente, hasta hace pocos años mantuvo una población estable de más de dos millones de habitantes. Sin embargo, tras la estampida masiva que desde finales de 2021 redujo la población cubana en tres millones, La Habana ha quedado vacía y apenas habitada en zonas antiguamente bullidas de tráfico y muchedumbre.
Hotel de lujo en La Habana aparentemente vacío. (A.H.S.)
Desde el aeropuerto hasta la Plaza de la Revolución, un trayecto de 15 kilómetros que se hace en línea recta por la avenida Boyeros, apenas nos cruzamos con un par de vehículos. La oscuridad que inundaba los tramos con apagón hacía extremadamente peligrosa la circulación. En el cruce con una línea de ferrocarril a la altura de la calle 100 pasamos un gran susto. No se veían ni los baches ni los rieles de tren. Tampoco había luz en los alrededores de la Plaza de la Revolución, donde se concentran la sede central del Partido Comunista de Cuba y parte de los ministerios más importantes (Defensa, Interior, Comunicaciones, Transporte y Agricultura). Las avenidas monumentales que rodean la zona estaban completamente vacías, y solo los militares que custodian a la cúpula del régimen cubano habitaban la oscuridad.
La escena se repetía en La Habana Vieja o Centro Habana, pero ahí era mucho más acentuada, además de las montañas de basura que se acumulan en las esquinas debido a que la falta de combustible impide su recogida en casi todo el país. La arquitectura colonial de los municipios mencionados los convirtió en dos de los más densamente poblados de la isla, y si un lustro atrás en cualquiera de sus callejuelas había decenas de personas merodeando, “hoy apenas se deja ver alguien en cuanto cae el sol”, comentó el chófer de un pequeño coche que nos hizo de taxi después de que un amigo lo pidiera a través de la app “La Nave”, una especie de “Uber” cubano.
Avenida del Malecón habanero sin tráfico. (A.H.S.)
“Ni pagando la gasolina puedo moverme”
El taxista nos cobró ocho euros por un trayecto de cuatro kilómetros hasta El Templete, el sitio donde los españoles fundaron la ciudad hace más de 500 años. Allí había una pequeña sala recién abierta donde esa noche se daría un concierto de jazz, y con mi amigo y yo se completó la cuarta mesa que servía de público a los músicos. Era como una especie de oasis cultural en una ciudad desierta, pero para privilegiados. En las otras mesas pudimos identificar a varios funcionarios de instituciones cubanas y a artistas de cierto prestigio. Desde el cover hasta los tragos más baratos de ese sitio superaban el salario mínimo local (2.100 pesos cubanos o cuatro euros mensuales).
La calle Obispo y sus inmediaciones, una de las principales arterias de La Habana Vieja, también estaban diezmadas. Donde hasta la pandemia desfilaban miles de turistas al día, ahora ni siquiera había vecinos en las calles. No eran ni las 11 de la noche cuando en pleno centro del casco histórico no había ningún negocio abierto. Edificios enteros aparentemente habitados no mostraban ni una ventana abierta, ni una sola luz encendida (a pesar de que en ese momento había electricidad en la zona). Daba la impresión de que la ya rumiante arquitectura habanera había sido abandonada de golpe por sus últimos habitantes. La desolación de la ciudad impacta, pues caminamos aproximadamente dos kilómetros sin apenas cruzarnos con nadie. Llegamos al Parque Central y al menos los cinco hoteles que lo rodean estaban aparentemente cerrados. Pocos extranjeros se sienten atraídos por el lujo de algunas de esas instalaciones.
El bar de un nieto de Fidel Castro casi vacío en La Habana. (A.H.S.)
Una mujer que deambulaba con su hija pequeña en brazos por el parque se nos acercó a pedirnos dinero. Necesitaba lo equivalente a ocho euros para comprarle una bolsa de leche en polvo a la niña, pero no tenía ni a quién pedirle dinero en la calle. El segundo taxi que cogimos era el único que aguardaba en ese parque y llevaba seis horas esperando a que alguien le pidiera dar una carrera. “Estoy pagando la gasolina ‘disparada cantidad’ (muy cara), y ni así me muevo. No hay turistas ni nadie en la calle, estoy planteándome vender el carro”, lamentó exaltado.
Nos llevó hasta El Vedado, el barrio que se convirtió en el preferido de la burguesía local cuando los estadounidenses quitaron a los españoles el control de la isla a finales de 1898. En el bar de uno de los nietos más disparatados de Fidel Castro había cuatro muchachos animando una especie de karaoke entre ellos mismos, y el barman también hacía de portero. Mientras, unas chicas muy jóvenes, probablemente adolescentes, te recibían en la puerta con un guiño.
A unos 300 metros, en el King Bar, sí había varias decenas de personas y el ambiente parecía más inclinado aún al jineterismo (prostitución con extranjeros). La Habana se ha convertido en un pueblo, como esos pequeños de las provincias cubanas donde solo se podía salir los fines de semana para ver a la gente del mismo pueblo reunida en torno a un altavoz con una música desfasada y tonta. Por más vueltas que le diésemos a la ciudad una noche de miércoles como la de ese 18 de febrero, solo podríamos ver a un pequeño grupo de mujeres que querían atraer a unos pocos extranjeros. No existía un ambiente ni medianamente normal en ese sitio, la seguridad custodiaba celosamente a las chicas y a los turistas.
Un irlandés que llegó desesperado en busca de una cerveza ignoraba la alerta emitida un día antes por el Gobierno de su país. Dublín recomendó a sus ciudadanos no enfrentar los “riesgos potencialmente mortales” que implica visitar Cuba actualmente. “Tengo negocios aquí y estoy obligado a venir cada cierto tiempo”, explicó el empresario que lleva más de 15 años invirtiendo en la isla. “Ahora estoy impulsando una marca de café en Pinar del Río gracias a los permisos que me ha dado el Ministerio de Agricultura de aquí. Ellos (el régimen) quieren trabajar con extranjeros, pero no con los propios cubanos”.
Durante las últimas décadas, el régimen cubano ha hecho ciertas aperturas a la inversión extranjera, pero jamás ha fomentado la inyección de capital de los propios cubanos que se han marchado. La aversión del régimen hacia los cubanos es tan grande que no permite a las empresas extranjeras pagarle directamente a los trabajadores que se contraten en la isla. Como los inversionistas devengan salarios en divisas que el régimen no quiere que lleguen a manos de los cubanos, creó agencias empleadoras que captan los dólares extranjeros y entregan pesos cubanos a los obreros.
Trabajadores indios construyendo un hotel de lujo junto al Museo de la Revolución cubana. (A.H.S.)
Esa situación provoca que muchos constructores, por ejemplo, se roben los materiales de las obras para revenderlos en el mercado negro y compensar sus bajos salarios. En respuesta y para evitar que se ralenticen los tiempos de ejecución, las empresas extranjeras prefieren llevar mano de obra también extranjera para poder trabajar mejor. Por eso desde hace una década parte de los constructores de los hoteles de lujo de La Habana provienen de India, como los que encontré en plena faena muy cerca de la Embajada de España. Allí seguían las colas interminables para solicitar visas, o pasaportes a través de la Ley de Memoria Democrática.
Negocios que cierran rodeados de basura
Al día siguiente debía viajar hasta Colón (40.000 habitantes aproximadamente), mi pueblo natal y donde reside toda mi familia. Los taxistas estaban pidiendo en ese momento entre 240 y 300 euros para ese viaje de 180 kilómetros. Los pocos que seguían trabajando tiraban de sus últimas reservas de combustible. Finalmente encontré un Chevrolet de 1953 que quedaría aparcado hasta nuevo aviso tras llevarme, lamentó su chófer, quien ya se preparaba para comenzar a transportar personas en Colón con un triciclo eléctrico. “De algo tengo que vivir mientras no aparezca el petróleo para trabajar en el coche. La comida está muy cara y no alcanza ningún dinero. Yo gano casi 200 dólares al mes dando viajes, casi 50 veces lo que mi madre recibe como pensión, pero ni así llego a fin de mes”.
Ante la suspensión del transporte público por la falta de combustible, por ejemplo, los habaneros tienen dos opciones: caminar o pagar los caros triciclos eléctricos que suplen algunas rutas de autobuses. “A veces me he pasado 12 o 14 horas esperando un viaje en el Hotel Nacional y he tenido que irme para mi casa”, explica un taxista mientras recorría a pie las inmediaciones del Malecón habanero. “Cuando damos una carrera con algún cliente tenemos que estar midiendo exactamente qué combustible gastamos para saber cuánto tenemos que cobrarle. Hoy mismo van a cerrar unos cuantos hoteles porque el Gobierno no puede mantenerlos abiertos con tan pocos turistas. Yo estoy pensando en comprarme una moto eléctrica, así es como muchos compañeros míos están trabajando ahora”.
Basurero en un parque cercano a la Embajada de EEUU donde los cubanos hacen la cola para su cita de visado. (A.H.S.)
El taxista estaba buscando un refresco y se sorprendió cuando vio que estaba cerrado el sitio donde pretendía comprarlo: “Esta no es la primera vez que me pasa, están cerrando muchos negocios aquí. Como trabajo en la calle debo comer donde pueda y en las últimas semanas han cerrado sin previo aviso al menos cuatro negocios que frecuentaba. Es difícil trabajar en cualquier cosa con esta situación”.
La charla con el taxista transcurrió a un par de calles de la Embajada de EEUU en La Habana. Ni esa zona se salva de las enormes acumulaciones de basura. Además de la contaminación y el incentivo que representa para la insalubridad y la propagación de arbovirosis que arrasan en la sociedad cubana, la basura también está destruyendo físicamente a las ciudades de la isla. Cuando las pilas se agigantan demasiado y aparece el combustible para erradicarlas, se utilizan enormes bulldozers que también destruyen las aceras. En La Habana hay tramos de calles que han perdido casi toda la acera por este motivo, advierte el reconocido pintor cubano radicado en España René Francisco Rodríguez, quien visitó la isla en 2025 para realizar una escultura.
Basurero en la Calzada de Luyanó, La Habana. (A.H.S.)
“Me impresionó mucho cómo se arrancaban las aceras completamente durante la recogida de basura en algunas zonas”, explica el artista. “La inseguridad es tan grande en las calles y el país se ha complicado tanto, que recuerdo una noche en la que un grupo de amigos me escoltaron para caminar menos de 300 metros hasta el céntrico edificio Focsa. Hay tantos asaltos y robos que, por más que me negué, ellos insistieron en acompañarme. Hoy nadie está seguro en Cuba”.
En el interior de la isla todo es más rudimentario
En Colón el panorama de desolación cambia un poco. Como la población cubana se acumula en las grandes ciudades y es en ellas donde se gestan con mayor facilidad las rutas migratorias que a la postre terminamos emprendiendo, la mayoría de la diáspora no proviene de entornos rurales. Por eso mi pueblo no lucía tan vacío como La Habana, aunque sí estaba igualmente desvencijado. En las calles hay un caos total a nivel de tráfico: casi nadie usa casco en las motocicletas, los conductores doblan haciéndose señas o gritándose en las esquinas para no chocar y casi no hay líneas ni señales de tránsito.
Mientras las autoridades miran para otro lado y aumenta la criminalidad o se naturaliza el desorden público, la Seguridad del Estado (policía política del régimen) sigue persiguiendo y acosando a quien se ha atrevido a plantarle cara. César Adriam Delgado Correa, un joven de 31 años que pasó cuatro y medio preso en una cárcel de máxima seguridad por protestar el 11 de julio de 2021 (11J), lamenta que no le han dejado trabajar a un año de haber sido excarcelado. Ni él ni su esposa pueden buscar empleo en el pueblo, porque enseguida el régimen mueve ficha para que nadie les dé trabajo.
“Mi esposa y yo solo queremos buscar sustento y nos ha resultado imposible, porque los segurosos amenazan a quien decide contratarnos y luego estos nos echan por miedo”, lamenta el joven condenado a cinco años de prisión por publicar un video de 14 segundos en Facebook mostrando su protesta el 11J. Pudo regresar a su casa en enero de 2025 gracias a la mediación del Vaticano ante el régimen, pero todavía sigue imposibilitado de salir de la isla. “Hace poco fui por tercera vez a intentar sacarme el pasaporte y todavía sigo regulado. Me dijeron que tenía que esperar algunos meses a ver si tenía suerte y me quitaban pronto la regulación, pero podría tardar hasta cinco años. Me impiden conseguir trabajo y tampoco me dejan salir, su objetivo es hacernos tierra”.
César Adriam Delgado Correa y su esposa Roxana García Pedraza. (A.H.S.)
La pareja sobrevive en estos momentos gracias a la caridad familiar y a una habitación que les prestaron. Quieren independizarse para una vivienda propia, pero eso también lo tienen complicado mientras no trabajen. Los alquileres pueden sobrepasar cualquier salario estatal promedio, incluso para viviendas en muy malas condiciones. En realidad todas las construcciones cubanas están languideciendo desde hace décadas ante el perenne abandono y la falta de mantenimiento. De hecho, algunos de los edificios más grandes e importantes de mi pueblo han tenido que pasar a manos privadas porque al Gobierno local le resulta imposible sostenerlos.
A pesar de que el régimen cubano ha anunciado sucesivas aperturas económicas con la creación de empresas, cooperativas y otro rosario de iniciativas para supuestamente incentivar la participación privada en la economía, no ha entregado a particulares la gestión de ningún sector importante. Excepto casi toda la gastronomía, casi nada de importancia ha pasado a manos de privados. Un empresario de Colón que tiene varios puntos de venta de comida e insumos básicos ahora ha recibido el principal hotel del pueblo. El encargo que le dieron las autoridades locales consiste en lograr que funcione.
“Ya ellos no pueden con nada, a mí me dieron el hotel, pero me cuesta una fortuna ponerlo a punto y de momento solo he abierto el restaurante y la discoteca”, explica el hombre a pie de calle mientras baja de un camión varios generadores eléctricos para poder abrir el sitio en la noche. “Me han entregado las 40 habitaciones de este edificio sin luces o enchufes, tengo que ponerlo todo desde cero y hacer una gran inversión”.
Interior de una boutique privada en el pueblo de Colón. (A.H.S.)
Las famosas MIPYMES (micro, pequeñas y medianas empresas) que el régimen ha creado en los últimos años siempre han trabajado al margen de cualquier impulso gubernamental y sin electricidad o materias primas de forma estable. Los expositores de estas MIPYMES, improvisados en portales de viviendas o en recónditas almacenes, muestran generalmente productos importados, porque en Cuba es muy difícil producir algo.
En el caso de uno de mis primos, por ejemplo, ahora tiene una panadería y utiliza miel de abejas en vez de azúcar. En una sociedad que se forjó a partir del desarrollo de la industria del azúcar, que se independizó de España gracias al poderío económico que había alcanzado la oligarquía de ese sector, y que a escala global se convirtió en una de las mayores potencias de ese producto durante los primeros 60 años del siglo XX, hoy en día un panadero que hornea con leña por la falta de electricidad utiliza miel porque le sale más barata que el azúcar. Más paradójico aún resulta que la miel tropical es un producto muy cotizado, considerado casi de lujo, pero hasta las escasas flores cubanas producen más que la industria del azúcar arrasada por el régimen.
Se desata un incendio en una plantación de caña de azúcar a las afueras del pueblo de Colón. (A.H.S.)
Este no fue el primer emprendimiento de mi primo. Cuando decidió abandonar su puesto como oftalmólogo en el principal hospital de la zona por su bajo salario (10 euros al cambio), montó una destilería para producir ron (o algo parecido) de forma artesanal. Como la industria ronera cubana que monopoliza el régimen se ha quedado sin materia prima debido al colapso de la zafra azucarera y ha mermado sensiblemente su producción en los últimos años, existe una elevada demanda de ron barato y casero. Cuando arreciaron las crisis con los apagones, mi primo compró un generador para producir la electricidad que necesitaban sus destiladores rudimentarios, pero se vio obligado a cerrar su minindustria al empezar a escasear y a subir de precio el combustible. Entonces abrió su actual panadería con un horno de leña.
Mi primo ni siquiera tiene acceso a agua potable de calidad para producir su pan. Como casi todas las estaciones de bombeo de la red de acueducto de Colón casi nunca tienen electricidad, la mayor parte del pueblo no recibe agua potable de manera estable. Pueden pasar fácilmente dos o tres semanas para que entre agua a la casa de una de mis tías, por eso ella debe comprar tanques que se transportan en carretones tirados por caballos. Desde que desapareció la Unión Soviética la mayor parte del transporte público cubano en zonas rurales pasó a ser de tracción animal, porque no había ni combustible ni medios para mover a los cubanos. En mi pueblo todos se mueven gracias a los “cocheros” que conducen los carretones. Básicamente, son taxis tirados por caballos. La novedad es que ahora esos coches también se utilizan para cargar el agua hacia las casas. Un tanque de agua que alcanza para dos o tres días en una casa de cuatro habitantes cuesta 2.000 pesos o casi cuatro euros al cambio.
Tanque de agua sobre un carretón tirado por un caballo en Colón. (Cedida)
La economía está completamente colapsada
Los guajiros (campesinos cubanos) tienen problemas parecidos, con los animales y con el agua. Como no hay combustible ni tractores suficientes para roturar la tierra, deben emplear yuntas (parejas) de bueyes para hacer todas las labores. Ni siquiera las grandes empresas agrícolas del régimen tienen combustible y hace poco en televisión nacional anunciaron que necesitaban unas 8.000 yuntas para suplir a los tractores que salieron del campo. Apenas tiene trabajo un mecánico de las avionetas agrícolas rusas que operan en un pequeño aeropuerto de mi pueblo. Las aeronaves ya casi nunca vuelan debido a la falta de combustible y él ahora se dedica a vender implementos de pesca caseros.
Aquellos campesinos que buscan alternativas para labrar la tierra entre tanta precariedad, luego tienen el problema de que las empresas del régimen les compran sus productos al precio que ellas mismas determinen, y reciben los pagos meses o incluso años después de acopiar las cosechas. En ese contexto, nadie quiere trabajar en el campo a pesar de la enorme fertilidad y versatilidad del suelo cubano para desarrollar la agricultura. Las políticas de centralización aplicadas por el régimen durante 67 años han sumido en la más absoluta inestabilidad al sector agrícola. Al contrario de lo que se empeña en sostener el régimen, ningún embargo estadounidense provoca que en Cuba no haya ganado vacuno o azúcar, por solo mencionar dos alimentos que sobraban en la isla antes de la toma de poder de Fidel Castro.
Plantación de yuca a las afueras de Colón. (A.H.S.)
Los guajiros también tienen que lidiar con los robos de sus cultivos. Por eso mi padre y mi hermano solo siembran cosas que crecen bajo la tierra, como maní, yuca o boniato. Nuestra finca familiar queda a varios kilómetros de Banagüises, un pueblo de 3.000 habitantes donde la gente subsiste como puede. En estos meses del periodo seco cubano, como la tierra está agrietada y regarla demandaría carburante, apenas se puede trabajar en ella. De ahí que mi padre y mi hermano se dedican a hacer carbón vegetal para luego venderlo a las familias del pueblo que no tienen electricidad ni gas para cocinar.
Como nadie puede cuidar de la finca en la noche, cuando apuestan por otros cultivos, estos terminan en manos de la creciente delincuencia. Si algún campesino cubano insiste en sembrar cosas muy demandadas debido a la perenne escasez de alimentos, tiene que montar vigilancia por las noches o pagársela a alguien. Uno de mis tíos estaba cosechando tomates durante mi estancia en Colón y en esos días sufrió varios robos, a pesar de que pagaba a un señor que vigilaba su plantación por la noche.
Sede de una cooperativa agropecuaria de Banagüises donde conviven la propaganda del régimen y los ruinosos equipos para labrar la tierra. (A.H.S.)
La paralización de la agricultura ha hecho que los campesinos aprovechen sus infraestructuras para otras cosas. Un vecino de mis padres tiene unos enormes almacenes donde antiguamente guardaba sus cultivos, pero ahora están llenos de equipos electrodomésticos que importan las MIPYMES para revender. En los alrededores del almacén hay un constante trasiego de mensajeros que reparten a domicilio lavadoras, televisores o los muy solicitados ecoflow (baterías o pequeñas estaciones de energía portátiles, muy populares en la isla para paliar los apagones). Muchos negocios sobreviven gracias a esos ecoflow y a los miles de paneles solares que han llegado desde China.
En este contexto, los generadores eléctricos caseros a base de combustible están arrinconados. Dormir con luz una noche puede costar hasta 50 dólares si se compra en el mercado negro el carburante que demandan esos generadores. Muchos de los mensajeros que cargan en los almacenes de mi vecino pagan el litro de gasolina a más de seis euros en el mercado negro, y ni así pueden fiarse de que les sirva para algo, porque muchos revendedores de gasolina la mezclan y contaminan afectando su capacidad de combustión.
Una de las afectadas ha sido una mujer de 35 años, odontóloga de profesión, que cuando no tiene trabajo en la clínica estatal por falta de insumos y electricidad (cuatro días de cinco laborables), reparte paquetes a domicilio en una scooter de gasolina que compró hace dos meses. Pues ni siquiera el carburante que compra en las gasolineras del Gobierno (las únicas que existen en la isla), es de calidad. “Ahora mi moto no quiere arrancar bien después de que la semana pasada le echara los últimos dos litros que había conseguido comprar antes de que cerraran las estaciones de venta. Estaba muy negra esa gasolina y parece que me dañó la moto”.
“Sin transporte no se puede trabajar”
Como no hay transporte y el que todavía funciona es extremadamente caro, la desconexión se acrecienta en pueblos como Banagüises y aumentan los precios de los pocos alimentos que se contrabandean allí. Mucha gente busca alternativas cubriendo largas distancias en bicicleta y ese tipo de vehículo también ha comenzado a escasear y a subir de precio, como reportó hace poco la agencia Reuters.
Parking de bicicletas en el pueblo de Colón, Matanzas. (A.H.S.)
Ni siquiera el Ejército cubano, a pesar de tener la mayor partida presupuestaria y administrar los mejores hoteles de la isla, tiene combustible para mover a sus miembros. Los trabajadores de varios hoteles de Varadero, por ejemplo, tienen que vivir en los propios hoteles y se rotan por turnos de una semana desde que estalló la actual crisis. “Yo ni muerta me paso una semana metida en un hotel de esos ahora”, explica una trabajadora del restaurante buffet de un hotel de Varadero que se negó a sumarse a este método. “A mí nadie después me va a traer hasta mi casa después. Sin transporte no se puede trabajar”.
Tampoco se salvan los propios miembros del Ejército. Un chófer que se desempeña como trabajador civil de una de las unidades militares más grandes del país asegura que lleva meses acuartelado por la falta de carburante. Debe dormir en el mismo sitio que los oficiales que traslada en una furgoneta de 10 asientos cada día, y va a su casa un par de veces a la semana. La situación ha obligado al propio Ejército a buscar alternativas eléctricas de transporte, como los dos oficiales que se pueden ver en la siguiente foto transitando por La Habana en una moto eléctrica militar.
Al centro, dos oficiales cubanos sobre una moto eléctrica circulando por La Habana. (A.H.S.)
Los servicios de salud también han sido notablemente afectados por la ausencia de transporte. “Tardo una hora y 10 minutos caminando desde aquí (calzada de Luyanó, La Habana) hasta mi hospital, y demoro una hora y 25 minutos en regresar porque es subiendo loma”, explica un cardiólogo de 63 años mientras descansa los pies tras caminar seis kilómetros desde su trabajo. “El problema no es caminar tanto, sino hacerlo después de una guardia de 24 horas. Mi salario (23 euros al cambio) se quedaría completamente en transporte si pago lo que hay para moverse aquí ahora. De los 68 hospitales que funcionan en La Habana, tengo entendido que ninguno hace analíticas ahora mismo, a no ser que te tengan que operar de urgencia. Se han suspendido todas las consultas y solo se prestan servicios mínimos. Y en el dentista ni hablar. Por suerte un paciente mío me pagó los 200 dólares que costaron mis prótesis, porque yo no tenía ese dinero. Mientras todo esto pasa, lo más loco es que hay gente está haciendo mucho dinero acá”.
El cardiólogo interrumpe para señalar un enorme auto eléctrico chino que pasa en ese momento frente a su casa con las ventanillas bajadas y una música estridente a todo volumen. “Ese no es nada, aquí al doblar la esquina vive un muchacho que trajo de EEUU un Hummer eléctrico del 2025 blindado, y cerca de mi hospital vive un señor italiano que tiene un Lamborghini”, continúa el médico. Si bien no dejan de ser una minoría muy exclusiva, en todos los rincones de la isla hay personas haciendo mucho dinero con las MIPYMES, muchas de las cuales están estrechamente vinculadas con el régimen. Por eso luego aparecen estos altos contrastes, cuando la miseria más fuerte convive con pequeños destellos de bonanza, entre los que destacan los coches de lujo.
“Gasté 3.000 dólares para salvar a mi hija del cáncer”
La salud pública es uno de los problemas que no pueden sortear ni siquiera quienes más dinero tienen en Cuba. A pesar de que las recientes presiones de EEUU han hecho que regresen a Cuba los médicos que el régimen tenía trabajando en Guatemala, Honduras, Jamaica y Guyana, todavía siguen muy diezmados los equipos humanos de los centros sanitarios de la isla. El éxodo ha sido demasiado grande: entre 2021 y 2025 Cuba perdió 30.767 médicos, según las propias cifras oficiales. Un excompañero del instituto especialista en Medicina General Interna me explicó que tenía todo arreglado para ir a Venezuela a trabajar para el régimen, pero después de la captura de Maduro se suspendió el viaje. Ahora su padre, también doctor y que trabaja por su cuenta en México, le está ayudando a encontrar un contrato de trabajo. A pesar de que acaba de ser padre, su prioridad es irse.
Mientras tanto, ahora está enfrascado en conseguir un medicamento para su hermano epiléptico, pero le ha costado importarlo. En Cuba jamás se ha vendido y ni con sus contactos pudo conseguirlo. Por eso otro vecino de mis padres en Colón se gastó todos sus ahorros pagando el tratamiento oncológico de su hija. “Entre regalos a los médicos, los medicamentos y los viajes a los hospitales se me han ido 3.000 dólares en los últimos meses para intentar salvar a mi hija de cáncer a sus 42 años”, explica con los ojos aguados el hombre de casi 70 años. “Si no le daba 100 o 200 dólares a los médicos no me la atendían y tuve que mandar a comprar sueros y pastillas desde España y EEUU para que pudiera hacer su tratamiento”.
Hospital de Colón rodeado de basura. (A.H.S.)
Otro vecino de 38 años llegó un día a la casa de mis padres tocando la puerta con insistencia. Venía del hospital y un cardiólogo le había recetado un grupo de pastillas nuevas que no encontraba ni en los grupos de contrabando de Telegram. Necesitaba probar el cambio que le habían hecho en el tratamiento para la cardiopatía isquémica que padece y creyó que mi madre, por ser trabajadora de la salud, podría ayudarlo a encontrar los medicamentos. Al final, una vecina nuestra le regaló unas pastillas recién vencidas que quedaron de su marido difunto.
Cuando alguien fallece en Cuba casi todo lo suyo se recicla. La familia se reparte la ropa, incluidos medias y calzoncillos, y siempre aparece alguien a quien “le queden” bien sus gafas de ver. Así se hizo en el caso de mi abuelo, fallecido recientemente. Para enterrarlo se llegó a un caso de reciclaje extremo. Cuando mi padre sacó los restos de una parienta para desocupar un espacio en la bóveda familiar, el sepulturero le gritó bien alto al ver una prótesis de cadera entre los huesos: “No me la toques que yo tengo un comprador para eso”. Luego mi padre supo que alguien de Banagüises compró la prótesis en 90.000 pesos (160 euros).
Así sobreviven los cubanos hoy, gracias a la picaresca que heredamos de los españoles y a la solidaridad. Algunas de mis tías, por ejemplo, reciclan también ciertas especias. Ellas son fanáticas de hacer dulces caseros y potajes, pero como les cuesta encontrar anís, canela o laurel, se ven obligadas a reutilizar esas especias aprovechando que a veces las consiguen en formatos indisolubles.
Aguas albañales inundan una calle de Colón. (A.H.S)
Las mujeres cubanas, al igual que otros colectivos vulnerables como los menores de edad y los ancianos, sufren particularmente las consecuencias de esta crisis económica. Muchas llevan sobre sus hombros un enorme peso en el hogar. Lejos del falso estado de bienestar que proclama el régimen y sus sistema de instituciones y organizaciones, Cuba sigue siendo un país extremadamente machista. A nivel gubernamental, jamás se le ha dado poder real a una mujer o se ha potenciado su protagonismo.
Todas las mujeres del barrio de mis padres en Colón se acostaban temprano porque no paraban de trabajar en las casas durante el día, y sus maridos se quedaban conversando en la calle hasta altas horas de la noche. Sigue estando muy mal visto que los hombres se ocupen de quehaceres hogareños tan elementales como cocinar. Se mantiene casi inalterable la vieja fórmula de: ellos trabajan y buscan el sustento mientras ellas cuidan del hogar. El mejor gimnasio del pueblo es solo para mujeres, porque sus maridos les tienen prohibido entrenar donde haya hombres. La situación explotó después de varias trifulcas entre maridos celosos y dos entrenadores.
“A Cuba no vuelvo más”
El día que debía tomar el vuelo de regreso colapsó por enésima vez el sistema eléctrico nacional. Como habían transcurrido varios días desde que Trump anunciara que iba a permitir la venta de combustible al sector privado cubano, La Habana mostraba un poco más de tráfico en sus avenidas ese 4 de marzo, pero con los semáforos apagados por la falta de electricidad la circulación vial era un auténtico caos. “Nadie sabe lo que va a pasar mañana, pero no creo que el Gobierno pueda aguantar mucho más en estas condiciones”, repetía una y otra vez el chófer del auto que me regresó a La Habana. “El país está paralizado completamente y si algo no pasa pronto nos iremos todos a la mierda”.
El apagón que afectó a gran parte de la isla también llegó a la terminal 3 del aeropuerto habanero. (A.H.S.)
Con la luz yendo y viniendo cada pocos minutos en la terminal 3 del aeropuerto habanero, los 350 pasajeros del vuelo de World2fly nos mirábamos atónitos en el mostrador de la aerolínea cuando se paralizaba la fila para hacer el check-in. Los cortes de luz generaban murmullos en la cola sobre si saldría o no el vuelo, algunos especulaban con que había comenzado ya una invasión de tropas estadounidenses, y un turista español en chanclas repetía constantemente: “A Cuba no vuelvo más, no tengo necesidad de pasar por esto”.
*La mayoría de las fuentes consultadas para este reportaje pidieron mantener el anonimato por razones de seguridad. Temían represalias por parte del régimen cubano.
En medio de la creciente escalada de la Administración Trump contra el régimen cubano, la vida dentro de la isla se ha complejizado a un nivel sin precedentes. Ni siquiera cuando cayó el Muro de Berlín y desapareció la URSS los cubanos tuvieron tantos problemas para acceder a alimentos o a servicios básicos como el transporte, la salud pública, la educación o la electricidad. Se ha resquebrajado hasta el propio sistema de propaganda de La Habana, uno de los pilares en los que ha sostenido su poder durante 67 años. Tras una desaforada crisis migratoria, quienes no han podido irse permanecen “secuestrados” en Cuba mientras sus familiares les envían remesas para que sobrevivan comprando lo poco que venden las tiendas del régimen o las pequeñas empresas privadas abiertas en los últimos años.