Una armada 'atascada' y un agujero de 28.000 M: Irán pone a UK ante el espejo militar, y no sale bien parada
El HMS Dragon zarpa tarde hacia el Mediterráneo para proteger Chipre, evidenciando dudas del Gobierno, carencias de recursos y un debate creciente sobre la verdadera capacidad militar británica en la crisis con Irán
Paracaidistas británicos y estadounidenses participan en un ejercicio militar. (Reuters/Kalnins)
Los destructores de la clase Daring figuran entre los buques de defensa aérea más avanzados del mundo. Equipados con radares de gran alcance y misiles interceptores capaces de neutralizar amenazas complejas, son la joya tecnológica de la Royal Navy. Esta semana uno de ellos, el HMS Dragon, ha puesto finalmente rumbo hacia el Mediterráneo oriental para reforzar la defensa de Chipre tras la oleada de ataques lanzados por Irán en distintos puntos de Oriente Medio como respuesta a la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel.
En otro momento, su llegada habría sido presentada como una demostración de músculo militar británico. Pero esta vez el contexto es distinto. El barco zarpa con retraso y después de varios días amarrado en puerto mientras el Gobierno deliberaba sobre el alcance de su respuesta a la crisis.
Mientras Francia ordenaba un despliegue naval sin precedentes en Oriente Medio para reabrir el Estrecho de Ormuz, Reino Unido aún tenía dificultades para enviar un solo buque de guerra a Chipre, donde la base militar británica de la RAF Akrotiri fue atacada por un dron de fabricación iraní a principios de este mes. En los círculos de defensa, la comparación no ha pasado desapercibida.
La guerra en Irán no sólo ha creado una preocupante brecha trasatlántica, visible en los reproches públicos que Donald Trump dirige casi a diario contra Keir Starmer por la lentitud a la hora de ofrecer apoyo logístico. La escalada bélica también ha reabierto en Londres un debate incómodo sobre el verdadero peso militar del Reino Unido en el escenario internacional. Más allá de las consideraciones legales o políticas, la cuestión central es mucho más prosaica: qué puede hacer realmente el Reino Unido con las fuerzas que tiene disponibles. En definitiva, el dilema no es sólo si Londresquiere implicarse más en el conflicto, sino si realmente puede hacerlo.
¿Faltan recursos o sobran motivos?
Se trata de una situación sobre la que expertos y militares llevan décadas advirtiendo y que llega en el peor momento posible para Downing Street, donde el primer ministro, pese a su mayoría absoluta, tiene cada vez más cuestionado su liderazgo ante la sensación de indecisión política. Y a ello se suma un problema estructural: el dinero.
Los jefes de Defensa han advertido de un déficit de financiación de 28.000 millones de libras (32.700 millones de euros), lo que significa que importantes compras de equipamiento podrían retrasarse hasta la próxima década o cancelarse por completo. Pero el margen político es limitado: los votantes ya están irritados por la presión fiscal y los diputados laboristas rechazan recortar otros servicios públicos.
Matthew Savill, director de Ciencias Militares en el Royal United Services Institute (RUSI), uno de los principales centros de análisis de seguridad y defensa del mundo, resume el dilema con una metáfora recurrente en los círculos estratégicos. "Se ha dicho a menudo que cuando todo lo que tienes es un martillo, todo parece un clavo. El Reino Unido no tiene un martillo para operaciones convencionales; tiene un bisturí: pequeño y preciso, que requiere decisiones cuidadosas sobre dónde emplearlo".
Según el experto, décadas de decisiones sobre capacidades militares han dejado ahora al Gobierno conmenos opciones militares y, por tanto, con un margen político más reducido. "Probablemente sea correcto priorizar acciones defensivas y la protección de aliados, permitiendo que otros lleven a cabo las operaciones que reduzcan amenazas directas. Pero eso exige reconocer abiertamente los límites del poder británico y admitir que, cuando ‘hay que hacer algo’, en ocasiones ese algo tendrá que hacerlo otro", advierte.
Una revisión y la OTAN primero
Sobre el papel, el Reino Unido mantiene unared militar considerable en Oriente Medio. Sus mandos operan junto a instalaciones estadounidenses en Qatar y Bahréin; dispone de una base logística en el puerto de Duqm, en Omán, y de instalaciones en la base aérea de Al Minhad, en Emiratos Árabes Unidos. A ello se suman las áreas de bases soberanas en Chipre, desde donde se coordinan operaciones de entrenamiento, despliegues temporales y misiones de coalición. El problema es que disponer de bases no implica necesariamente tener fuerzas suficientes para utilizarlas.
Durante años, la Royal Navy mantuvo en el Golfo una presencia naval significativabajo laoperación KIPION. Fragatas, destructores y cazaminas patrullaban la región para garantizar la seguridad marítima y proteger el tráfico en el estrecho de Ormuz. Sin embargo, esa presencia se ha reducido drásticamente. El último gran buque de guerra británico desplegado de forma permanente abandonó la zona a finales de 2025, y la flotilla de cazaminas —clave en caso de que Irán minara el estrecho— también ha desaparecido mientras la Royal Navy intenta sustituirla por sistemas autónomos aún en desarrollo.
Este repliegue responde a una decisión estratégica: la revisión de defensa de 2025 priorizó reforzar la seguridad europea frente a Rusia bajo el principio de "OTAN primero". Pero la crisis con Irán ha demostrado que las emergencias rara vez respetan las prioridades diseñadas en los despachos.
Según RUSI, el problema fundamental del poder militar británico no es tanto la calidad de sus sistemas como su número. La Royal Navy dispone de seis destructores Type 45, pero uno lleva años fuera de servicio por problemas de mantenimiento y, en la práctica, sólo dos suelen estar disponibles para operaciones al mismo tiempo. En ese contexto, desplegar un único barco supone comprometer una parte significativa de la capacidad operativa de la flota.
Entonces, ¿qué pueden aportar (realmente)?
Algo similar ocurre en el ámbito aéreo y naval. El Reino Unido podría contribuir a operaciones contra Irán con cazas Typhoon o F-35 desplegados en Chipre, o con submarinos armados con misiles de crucero. Sin embargo, incluso en el escenario más ambicioso, la aportación británica sería modesta en comparación con la escala de las operaciones estadounidenses e israelíes, que movilizan centenares de aviones y decenas de misiones diarias.
Las capacidades británicas siguen siendo sofisticadas, pero su impacto en una campaña militar de gran escala sería limitado
Las capacidades británicas siguen siendo sofisticadas, pero su impacto en una campaña militar de gran escala sería necesariamente limitado. Lo mismo ocurre con la defensa antimisiles terrestre, donde el Reino Unido dispone de pocos sistemas de medio alcance. Algunas baterías están desplegadas permanentemente en lugares como las Malvinas o Europa del Este, lo que reduce aún más el margen de maniobra. En la práctica, Londres se ve obligado a recurrir con frecuencia a sus destructores como plataforma móvil de defensa aérea cuando estalla una crisis.
Todo ello se combina con un problema político interno. Cuando el Partido Laborista llegó al poder en 2024 prometió aumentar el gasto en defensa y reconstruir las Fuerzas Armadas. Sin embargo, la aplicación de esa promesa se ha visto retrasada por disputas presupuestarias y por la falta de decisiones claras sobre los programas de equipamiento.
La revisión estratégica de defensa recomendaba un aumento significativo del gasto, posiblemente cercano al 3,5% del PIB —compromiso que Starmer asumió en una cumbre de la OTAN el verano pasado—. Pero, de forma significativa, esa cifra nunca ha sido respaldada por el Tesoro, más proclive al objetivo del 2,5%. Mientras tanto, el esperado Plan de Inversión en Defensa sigue sin publicarse debido a la falta de financiación. El resultado es un pulso cada vez más tenso entre el Ministerio de Defensa y el Tesoro sobre cómo cubrir el agujero presupuestario.
Esta incertidumbre también empieza a afectar a la industria. Sin pedidos claros, muchas empresas dudan a la hora de invertir en nuevas instalaciones o ampliar plantillas. Algunas podrían incluso verse obligadas a reducir capacidad, especialmente entre las pequeñas y medianas compañías que dependen de contratos públicos.
Los destructores de la clase Daring figuran entre los buques de defensa aérea más avanzados del mundo. Equipados con radares de gran alcance y misiles interceptores capaces de neutralizar amenazas complejas, son la joya tecnológica de la Royal Navy. Esta semana uno de ellos, el HMS Dragon, ha puesto finalmente rumbo hacia el Mediterráneo oriental para reforzar la defensa de Chipre tras la oleada de ataques lanzados por Irán en distintos puntos de Oriente Medio como respuesta a la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel.