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La Europa de Von der Leyen ya no llora, pero se deja facturar
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La Europa de Von der Leyen ya no llora, pero se deja facturar

Vamos tarde para levantar los diques que Maquiavelo recomiendo en el capítulo XXV del Príncipe, pero sencillamente no es cierto que no haya alternativas al proyecto trumpiano

Foto: La presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen. (EFE/Olivier Matthys)
La presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen. (EFE/Olivier Matthys)

Cuando la presidenta de la Comisión afirma que Europa ya no puede ser la guardiana de un orden mundial que no va a volver, tiene razón, pero conviene aclarar lo que se quiere decir.

El experto en Rusia Richard Sakwa acaba de publicar un libro sobre la ideologóia de la 'Segunda Guerra Fría' en el que se apoya en una distinción clásica entre el sistema internacional posterior a 1945 y los distintos órdenes y subórdenes que en él han convivido (¿recuerdan, primer, segundo y tercer mundo?).

Sakwa argumenta que, tras el hundimiento del suborden mundial socialista, el llamado primer mundo —Occidente— y su ideología de un “orden internacional basado en reglas” desarrollaron una vocación expansiva orientada a incorporar progresivamente a más países. Esa dinámica se ha materializado en sucesivas ampliaciones de la Unión Europea y en la creación de asociaciones comerciales y militares entre democracias de carácter transnacional e incluso transcontinental.

El proyecto de Trump, en un contexto de erosión de la hegemonía americana y auge de China, supone un proyecto de orden mundial alternativo. En este sentido, una posible interpretación del discurso de Von der Leyen es que, ante el cambio de proyecto de EEUU que se desentiende de la defensa del Occidente ampliado, la Unión Europa no puede ser el único pilar del mundo de este orden mundial. Es un diagnóstico pesimista —parece darle más entidad y capacidad de estructurar la realidad al trumpismo del que quizá tiene en la realidad—, pero se basa en la premisa realista de leer el mundo como es y prepararnos para lo peor. Aunque Trump perdiese las elecciones de medio mandato y se produjese una transición pacífica via impeachment o en 2028, la democracia americana saldrá profundamente marcada de la experiencia y con su liderazgo internacional quebrado.

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El realismo se suele asociar con el pensamiento de Nicolás Maquiavelo, en una lectura frecuentemente sesgada de una única obra, El Príncipe. Sin embargo, el florentino no se limita a darnos una lectura pesimista de la naturaleza del poder, sino que invita a quien tiene responsabilidades políticas a actuar sobre el mundo para estar dispuesto a aprovechar los caprichos de la fortuna. En este sentido, el discurso de Von der Leyen no es un mero diagnóstico, pero no es todavía una hoja de ruta. Aunque “Europa en la encrucijada” sea el nombre perezoso por defecto de toda conferencia o proyecto para reflexionar sobre el futuro, es evidente que hay más de una opción ante nosotros, y la visión de von der Leyen parece tomar partido.

La presidenta de la Comisión dice que nos encaminamos a un mundo sin reglas en el que aplicar a Irán la pregunta que ha guiado siglos de reflexión sobre la justicia de la guerra —si una guerra es impuesta por la necesidad, como la de Ucrania, o por la elección, como el ataque de Israel y EEUU a Irán— ya no es útil. La guerra es, casi como la clásica máxima griega, padre de muchas cosas. Su compatriota y compañero de partido Friedrich Merz, canciller de Alemania, añade que el derecho internacional nos aporta poco para lidiar con regímenes como el iraní.

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“Este régimen ha causado devastación y desestabilización en toda la región a través de sus ‘proxies’ armados con misiles y drones", afirma Von der Leyen. Se podría argumentar que la frase podría aplicarse a la perfección a Israel, pero la distinción amigo/enemigo es perfectamente coherente con un mundo en que lo sustantivamente político ha sustituido a un mundo de procedimientos y garantías. No podemos hacerle frente al mundo del poder armados solamente con un trozo de papel, sea la carta de Naciones Unidas o el testamento del rey Robert Baratheon.

Esta estrategia se explica claramente por la percepción de la Comisión y de los conservadores alemanes de la inevitabilidad de mantener el vínculo transatlántico. Pero conviene preguntarse si esta estrategia es prudente ante un vínculo que no podemos permitirnos perder o un diagnóstico selectivo sobre el cambio de orden global. ¿Qué significa hoy el vínculo transatlántico? Trump no es un mero continuador de las demandas estadounidenses desde el mandato de Obama para que los europeos asumamos nuestras responsabilidades defensivas, sino que ha dejado de apoyar a Ucrania, ha amenazado militarmente a Dinamarca, ha impuesto aranceles ilegales y cuestionado abiertamente la vigencia del pacto de defensa mutua de la OTAN.

Digan lo que digan los realistas sobre los trozos de papel, la OTAN es tan creíble como su artículo 5. El viejo vínculo transatlántico desapareció en la encerrona a Zelenski en el despacho oval. Lo que Trump quiere construir es otro tipo de pacto. Uno en el que la seguridad no es un bien público que el hegemon provee a pesar del gorroneo de los europeos, sino una recompensa que administrar a quien muestre el comportamiento deseado —en el caso de Trump, la humillación— o negar a quien no se comporte como se pretende. Y además una recompensa que no es un regalo, sino que retroalimenta la supremacía estadounidense obligando a los europeos a alcanzar niveles disparatados de gasto en material de defensa procedente de EEUU en lugar de realizar economías de escala propias para la defensa europea.

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Cabe pensar que ante los modestísimos avances en defensa común europea durante los dos mandatos de Von der Leyen —que no le son achacables en exclusiva, vistas sus modestas competencias— la sumisión al acuerdo que presenta Trump se vea como inevitable, esperando que no nos plantee una alternativa peor. Pero esto no es una lectura realista movida por la prudencia: Maquiavelo no le recomienda al Príncipe que se humille ante los caprichos de Fortuna, sino que intente usarla en su favor con una combinación de astucia, osadía y prudencia.

Los europeos hemos desperdiciado los 4 años que Fortuna nos dio con el mandato de Biden y la resistencia heroica de Ucrania. Vamos tarde para levantar los diques que Maquiavelo recomiendo en el capítulo XXV del Príncipe, pero sencillamente no es cierto que no haya alternativas al proyecto trumpiano. La sumisión del canadiense Carney sobre Irán le ha quitado algo de credibilidad a su muy aplaudido discurso sobre la alianza de poderes medianos. Sin embargo, una iniciativa política que parta de una liga de democracias objetivo de sumisión trumpista (Japón, Brasil, México, Corea, Australia) pero vaya más allá del Occidente político incluyendo a democracias asiáticas (India o Indonesia), africanas (Sudáfrica o Nigeria o latinoamericanas (Colombia) puede ser un orden lo bastante sólido como para que EEUU y China tengan incentivos para no abandonar las instituciones multilaterales.

Esto no es nostalgia o idealismo, sino puro interés propio: a nuestro herbívoro y aburguesado continente no van a salirle feroces colmillos ni sacrificados guerreros espartanos. El terreno en el que nos interesa dar la batalla es el de la fuerza política y no el de la fuerza bruta. El orden internacional del occiente político posterior a 1989 ha muerto. Pero se puede dar la batalla por mantener el sistema de 1945. Hicieron falta dos guerras mundiales para crearlo.

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* Luis Bouza García es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Forma parte de la Jean Monnet Partnership Spain, que colabora con El Confidencial para la publicación de análisis de temática europea.

Cuando la presidenta de la Comisión afirma que Europa ya no puede ser la guardiana de un orden mundial que no va a volver, tiene razón, pero conviene aclarar lo que se quiere decir.

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