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"La mayor ventaja en política es la de ser infravalorado. Y Trump siempre lo es"
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entrevista a branko milanovic

"La mayor ventaja en política es la de ser infravalorado. Y Trump siempre lo es"

El economista que representó la desigualdad global como un elefante ha actualizado su célebre gráfico y acaba de presentar 'The Great Global Transformation', una teoría sobre el ciclo histórico en el que estamos entrando

Foto: El economista Branko Milanovic posa para El Confidencial. (Foto: A. M. V.)
El economista Branko Milanovic posa para El Confidencial. (Foto: A. M. V.)
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Si tuviésemos que hacer un listado con las representaciones de elefantes más exitosas, seguramente incluiría a los paquidermos oníricos de Dalí; al elefante de El Principito devorado por una boa —aunque los adultos solo veían un sombrero—; y a la curva con la que el economista serbio Branko Milanović dibujó la evolución de la desigualdad global. Milanović ilustró la gran paradoja de la globalización: el espectacular ascenso de las clases medias asiáticas, el estancamiento de las clases medias occidentales y el auge y consolidación del 1% más rico del planeta. Casi una década después, el economista actualiza su dibujo, estrechando los rasgos del paquidermo. Su último libro (The Great Global Transformation), que aún no ha sido publicado en español, habla de los grandes cambios que estamos viviendo. Milanović nos atiende en la Fundación Rafael del Pino durante unos 40 minutos, horas antes de dar una conferencia.

PREGUNTA. La actualidad manda y, como economista, nos gustaría conocer su valoración sobre el impacto de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán en la economía global. Hay muchas interpretaciones sobre quién gana y quién pierde. ¿Cómo lo ve usted? ¿Qué deberíamos esperar en los próximos meses?

RESPUESTA. Es una pregunta difícil. En primer lugar, no sabemos cuánto durará la guerra, qué tan grave será ni quién terminará involucrado. Podrían sumarse más países. Tampoco sabemos si se cerrará el estrecho de Ormuz. Por eso es muy difícil decir algo preciso ahora mismo.

Pero creo que es una guerra absolutamente innecesaria y, en cierto modo, una locura. Se parece mucho a la guerra de Rusia contra Ucrania: Estados Unidos e Israel entraron pensando que duraría 48 horas, y los días avanzan sin que veamos ninguna salida clara. Creo que es un desastre.

P. Pero habrá ganadores y perdedores.

R. Me siento incómodo hablando de quién gana y quién pierde. Sí, probablemente sea bueno para los productores de munición y armas en Estados Unidos. Pero, ¿vamos a estar a favor de una guerra global porque genera beneficios para los fabricantes de misiles? Eso sería absurdo. Hay que pensar con normalidad: que algunas empresas ganen dinero produciendo armas destinadas a destruir el mundo no es una buena noticia, aunque eso haga subir la bolsa. Hay una diferencia entre ganar dinero produciendo agua, maíz o zapatos y ganar dinero produciendo armas. Por esa lógica también podríamos decir que la Segunda Guerra Mundial fue excelente para los fabricantes de equipamiento militar. Y eso sería un disparate.

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P. ¿Cree que China podría reaccionar si la guerra se prolonga durante meses utilizando de algún modo su poder económico o su peso diplomático sobre otros países?

R. Es difícil decirlo. No veo cómo China podría hacer algo significativo. También se vería afectada si se interrumpen las rutas comerciales. Recuerde lo que ocurrió cuando el canal de Suez se bloqueó durante la pandemia: los barcos tuvieron que rodear África y China se vio muy afectada porque gran parte del comercio pasa por ahí. Por tanto, China también sufriría las consecuencias. En cuanto a si podría detener la guerra llevando a las partes a negociar, tampoco lo sé. Ni siquiera sabemos cuántos bandos hay realmente: tres, cinco o más.

P. En los últimos años, China ha mostrado cierta contención geopolítica: participación limitada en el conflicto ruso, cautela respecto a Venezuela o Irán… y tampoco hay señales claras de una acción inminente contra Taiwán. ¿Cuál es su evaluación del liderazgo chino actual? ¿Siguen esperando su momento?

R. Yo prefiero mirar los hechos. China es hoy el único país “normal” entre las grandes potencias. Es un hecho. China no ha iniciado una guerra exterior desde 1979, cuando atacó a Vietnam —una guerra totalmente injustificada, por cierto—. Mientras tanto, las otras grandes potencias sí lo han hecho. Estados Unidos ha tenido probablemente una docena de guerras desde entonces. Rusia tuvo Afganistán cuando era la Unión Soviética y ahora Ucrania.

También hubo guerras entre India y Pakistán. Y hay otra potencia nuclear de la que casi nadie habla. Israel es una potencia nuclear importante y que ahora está en guerra, aunque muchos periódicos eviten decirlo abiertamente. Y Corea del Norte, pero nadie sabe qué pasa allí. Así que, entre las grandes potencias nucleares, China ha sido la más responsable.

Ahora mismo tenemos varias potencias nucleares implicadas en conflictos, y la única que no lo ha hecho en décadas es China. Por eso, cuando se habla de la agresividad china, no sé exactamente a qué se refieren empíricamente. Hay disputas por islas, sí, pero son escenarios hipotéticos. No veo evidencias claras de esa supuesta agresividad.

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Branko Milanovic en un momento de la entrevista. (Foto: A. M. V.)

P. Usted suele decir que el capitalismo no está muriendo, sino evolucionando. Habla de lo que denomina “liberalismo de mercado nacional”. ¿Qué significa exactamente?

R. Esa es la tesis de mi nuevo libro. La idea es la siguiente: el liberalismo económico —y también el neoliberalismo— tenía dos componentes. Uno interno: impuestos más bajos, desregulación, privatización. Y otro externo: libre comercio, aranceles bajos, libre movimiento de capitales. Ese modelo dominó desde Thatcher y Reagan hasta, aproximadamente, 2016, cuando Trump llega por primera vez al poder.

Lo que argumento es que el nuevo mundo que está emergiendo mantendrá el componente interno, pero cambiará el externo. En el plano internacional veremos más mercantilismo y proteccionismo: aranceles, coerción financiera, incautación de activos o de barcos. Cosas que durante la globalización neoliberal eran inaceptables y que ahora se vuelven normales.

Al mismo tiempo, dentro de los países —pienso sobre todo en Estados Unidos— se mantendrán las políticas de desregulación, impuestos más bajos para las rentas altas y para el capital, y menos regulación ambiental.

P. A propósito de coerción económica: Donald Trump ha amenazado con cortar todo el comercio con España porque no se permitió a Estados Unidos usar ciertas bases militares. ¿Cree que esto puede dañar a la economía española?

R. No puedo responder con precisión. No soy especialista en la economía española. Pero me parece una política completamente irracional amenazar con un embargo a un socio comercial grande. El daño no sería solo para España, sino también para Estados Unidos. Hay miles de personas que exportan e importan entre ambos países. Cuando escuché esa amenaza me resultó increíble. Está totalmente fuera de lo que antes se consideraba un pensamiento normal.

P. ¿Pero no es esta la nueva normalidad en las relaciones internacionales de la que habla en su libro?

R. Creo que sí. Y no es solo Trump. Otros gobiernos también han introducido esta lógica de coerción económica. No se trata ya de un juego de suma cero, sino incluso de suma negativa: Estados Unidos pierde, España pierde. Pero esa lógica perder-perder ya estaba presente en la administración Biden respecto a China. La idea era que si China pierde un 3% del PIB y nosotros un 1%, entonces el coste es aceptable. Trump inició esta dinámica, pero fue continuada por Biden. Quizá los demócratas no aplicarían medidas tan extremas contra un aliado como España, pero la idea de utilizar el poder económico como herramienta de presión ya está instalada.

P. ¿Cree que esta manera de pensar se revertiría si vuelve un demócrata a la Casa Blanca?

R. Esto no es tan fácil como encender y apagar las luces. Hay una cierta inercia y una aceptación. Puede que los demócratas no fueran tan extremos pero hemos entrado en un mundo, no solo en EEUU, sino también en Europa, China, Rusia y muchas otras partes, en el que las relaciones económicas internacionales son un dominio donde ejercer el poder.

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'The Great Global Transformation' de Branko Milanovic. (Foto: A. M. V.)

P. Usted rechaza la simplificación de Trump como un populista o un fascista. Dice que tiene una doctrina propia. Una suerte de nacionalismo económico neomercantilista, según sus palabras. ¿Cuáles son los elementos centrales de esta ideología? ¿Puede esta manera de ver el mundo sobrevivir a Trump?

R. Tiene dos componentes. El primero es lo que llamo la visión empresarial de la economía. No es exactamente la mano invisible de Adam Smith. Para un empresario, la economía es una lucha permanente: aprietas a tus proveedores, aprietas a tus clientes, y cada ganancia es una pérdida para otro. Es una visión de suma cero. Trump tiene claramente esa mentalidad.

El segundo componente es su visión internacional. Cree que Estados Unidos ha sido explotado por sus aliados y que ahora debe usar su poder económico para corregir ese desequilibrio. Si combinamos esa visión empresarial de la economía con la idea de usar el poder de Estados Unidos para imponer condiciones, obtenemos exactamente la política que estamos viendo. Y esta ideología va mucho más allá de Trump. Trump le ha dado forma, pero está impulsada por una fuerza mayor de insatisfacción con la globalización neoliberal de Estados Unidos.

P. Sin embargo, en este primer año, Trump está fracasando en su empeño y el resultado es que se está haciendo impopular en Estados Unidos.

R. La mayor ventaja en política es la de ser infravalorado. Y Trump siempre lo es. No me sorprendería si se saca algo de la manga en las elecciones de medio término. Y un presidente en guerra siempre tiene un impulso de popularidad. Lo que él quiere, que vuelvan los trabajos industriales por ejemplo, es imposible. Pero si logra perseguir y expulsar a los inmigrantes, a lo mejor la gente preocupada porque cree que le roban el trabajo... Todo es un juego de percepción ahora mismo.

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Foto: A. M. V.

P. Una tesis central de su trabajo es que el aumento de la desigualdad global y el estancamiento de las clases medias occidentales ha alimentado el auge de líderes fuertes y movimientos radicales. ¿Es una dinámica reversible?

R. Para entenderlo hay que mirar dos niveles.

En el nivel global, el ascenso de Asia —especialmente de China— ha desplazado el centro de gravedad económico hacia el Pacífico. Eso genera tensiones entre Estados Unidos, la potencia dominante, y China, la potencia emergente. Pero también hay un plano individual. Los ingresos de las clases medias asiáticas han crecido mucho más rápido que los de las clases medias occidentales. Y al mismo tiempo, el 1% más rico dentro de los países desarrollados ha crecido más rápido que el resto.

Eso crea una situación muy inestable. Las clases medias occidentales sienten que pierden frente a los asiáticos y también frente a sus propias élites. Esa combinación alimenta el malestar político.

P. ¿Puede la inteligencia artificial alterar ese panorama de desigualdad?

R. La visión dominante es que la inteligencia artificial aumentará la participación del capital en la renta nacional, porque sustituye trabajo humano por máquinas. Si eso ocurre, quienes poseen capital —es decir, los más ricos— se beneficiarán más. Eso implicaría más desigualdad. Pero, siendo honesto, nadie lo sabe con certeza.

P. ¿Considera que el éxito económico de China plantea una alternativa ideológica al modelo occidental? ¿Puede exportarse ese modelo?

R. El problema es que China no ha logrado convertir su experiencia en un modelo vendible fuera de sus fronteras. El llamado Consenso de Washington, por ejemplo, podía resumirse en diez reglas que un economista podía llevar a cualquier país: tipo de cambio flexible, apertura comercial, etc.

China no tiene algo así. Su éxito depende de muchos factores específicos: su tamaño, su momento histórico, su entrada en la OMC, su sistema político, su capacidad de experimentar a nivel regional. Por ejemplo, muchas políticas se prueban primero en provincias o ciudades y, si funcionan, se extienden al resto del país. Pero es muy difícil decirle a otro país: “hagan exactamente esto”.

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P. Usted ha escrito sobre las revueltas juveniles en países como Serbia o Marruecos, protestas que logran grandes cuotas de respaldo, pero no logran desplazar al poder porque no se articulan en un movimiento político estructurado. ¿Es un rasgo propio de las nuevas generaciones de manifestantes?

R. El problema es que estamos ante un colapso de las instituciones representativas. El descontento popular, por masivo que sea, no logra estructurarse en una plataforma política reconocible o un partido que sepa luchar por los votos. Además, muchos de estos gobiernos —como el de Erdogan o el sistema serbio— son puramente clientelistas. Han creado un bloque del 30-40% de la población —pequeños empresarios, funcionarios locales, trabajadores de obras públicas— que dependen directamente del partido para subsistir. Es un bloque muy difícil de romper. La oposición suele ser "antipolítica" y teme convertirse en un partido tradicional porque cree que perderá su pureza, pero sin organización no hay victoria posible.

P. Usted dice que la desigualdad es inevitable e incluso necesaria.

R. Exacto. Cuando hablamos de igualdad o desigualdad, la gente suele pensarlo como algo binario: igualdad total o desigualdad total. Pero en realidad es una variable continua, como la temperatura. Nadie quiere 60 grados, pero tampoco cero absoluto. La cuestión es el nivel. Algún grado de desigualdad es necesario porque crea incentivos. Sin incentivos, la gente no trabajaría ni innovaría. Eso es evidente.

Si tuviésemos que hacer un listado con las representaciones de elefantes más exitosas, seguramente incluiría a los paquidermos oníricos de Dalí; al elefante de El Principito devorado por una boa —aunque los adultos solo veían un sombrero—; y a la curva con la que el economista serbio Branko Milanović dibujó la evolución de la desigualdad global. Milanović ilustró la gran paradoja de la globalización: el espectacular ascenso de las clases medias asiáticas, el estancamiento de las clases medias occidentales y el auge y consolidación del 1% más rico del planeta. Casi una década después, el economista actualiza su dibujo, estrechando los rasgos del paquidermo. Su último libro (The Great Global Transformation), que aún no ha sido publicado en español, habla de los grandes cambios que estamos viviendo. Milanović nos atiende en la Fundación Rafael del Pino durante unos 40 minutos, horas antes de dar una conferencia.

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