La paradoja del poder de Trump: así se tomó la decisión de entrar en la guerra de Irán
La ofensiva contra Irán expone improvisación en Washington: decisiones centradas en Trump, recorte del aparato diplomático, “diplomacia sin expertos” y retirada de ayuda exterior que agrava crisis humanitarias globales
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Reuters/Kevin Lamarque)
La guerra de Irán personifica una paradoja del poder de Estados Unidos. Por un lado, estamos asistiendo a una demostración de fuerza, coordinación, rapidez y capacidades destructivas impulsadas por los últimos avances en inteligencia artificial. Por el otro, estamos viendo la volubilidad de un proceso de toma de decisiones que ya no se basa en el trabajo analítico, sino en el instinto de un hombre que no lee informes de inteligencia ni consulta a casi nadie.
Por eso la guerra ha venido acompañada de justificaciones cambiantes, contradictorias y falsas, como la supuesta cercanía de la bomba nuclear. Por eso los objetivos siguen siendo un enigma: por la mañana es la destrucción del régimen islámico, por la tarde es una solución "a la venezolana" y después una "rendición incondicional". Hay republicanos que dicen, incluso, que esta "no es una guerra".
Según Axios, Trump, que había empezado a concentrar la fuerza de ataque en la región el pasado diciembre, tomó la decisión de golpear el lunes 23 de febrero: cuando Benjamín Netanyahu le informó de que la cúpula iraní, Ayatolá Supremo incluido, se iba a reunir el sábado 28. El presidente de Estados Unidos y el premier israelí hablaron por teléfono 15 veces en los dos meses anteriores.
The New York Times publica que Netanyahu se centró en hacer descarrilar las negociaciones entre EEUU e Irán. The Wall Street Journal añade que el senador republicano Lindsey Graham visitó Israel varias veces en las últimas semanas para "preparar" (coaching) a Netanyahu, indicándole cómo persuadir mejor a Trump.
Esta forma de tomar decisiones, en círculos estrechos, con giros de última hora y de espaldas a buena parte del estamento administrativo, se corresponde con los cambios implementados desde hace un año en la estructura y la manera de funcionar del Gobierno federal. O, mejor dicho, con su desmantelamiento.
Empezando por la cima del Gobierno, Donald Trump ha hecho un recorte drástico del Consejo de Seguridad Nacional, que ha pasado de tener cerca de 370 empleados a menos de 150, con intenciones de reducirlos a unos 60. El cometido del consejo es vigilar minuciosamente los riesgos a la seguridad nacional de EEUU, coordinar las agencias federales y presentar opciones al presidente.
El consejero de Seguridad Nacional, además, es la misma persona que el secretario de Estado: Marco Rubio. He aquí otra paradoja. Como dijo la exconsejera de Seguridad Nacional Susan Rice, el rol de secretario de Estado implica viajar continuamente; el consejero de Seguridad Nacional, en cambio, suele estar siempre a mano en el Ala Oeste de la Casa Blanca. La única persona que tuvo ambos cargos a la vez fue Henry Kissinger. Rubio, además, es el archivista de EEUU y, hasta hace poco, el administrador de la agencia de ayuda humanitaria, USAID.
Como consecuencia, Marco Rubio, como informa The Atlantic, no suele pisar el Departamento de Estado. Trata de estar en las inmediaciones físicas de Donald Trump: la única manera de cultivar el favor del presidente, acusado de adoptar a menudo la opinión de la última persona con la que ha hablado.
El personalismo de Trump se refleja en sus iniciativas diplomáticas. Las negociaciones para el alto el fuego en la Franja de Gaza, las negociaciones con Ucrania y Rusia y las abortadas conversaciones con Irán estaban dirigidas por el yerno de Trump, Jared Kushner, y por su viejo amigo, el promotor inmobiliario Steve Witkoff. Una persona que, hasta el año pasado, no tenía experiencia diplomática ni conocimiento aparente de las regiones cuyos problemas trata de resolver.
Además de no tener estatus diplomático oficial y de representar también sus respectivos intereses empresariales, Kushner y Witkoff han sido acusados de llevar a cabo una "diplomacia sin diplomáticos". Ya que el dúo no suele consultar sus estrategias ni sus decisiones con las personas que han hecho carrera, precisamente, analizando y resolviendo este tipo de negociaciones.
"Hoy en día, las decisiones que antes se tomaban en reuniones interinstitucionales, personal de planificación de políticas y oficinas regionales ahora parecen provenir, ya completamente formadas, de un pequeño círculo de asesores en torno al presidente Trump", escribe Vivian Salamaen The Atlantic. "El tradicional (y famoso por su burocracia) proceso ha sido reemplazado por sesiones informativas posteriores para el cuerpo diplomático del país, e incluso estas son esporádicas".
A finales del año pasado, Trump retiró de sus puestos a 30 embajadores, diplomáticos de carrera, en todo el mundo. La decisión fue presentada como un "proceso estándar" por el Departamento de Estado. Dado su perfil profesional, y el nombramiento de embajadores que proceden del mundo de la empresa y que han donado dinero a la campaña de Trump, es posible que se trate de la misma maniobra que en las otras ramas del Gobierno: colocar personas afines al presidente, aunque no tengan, técnicamente, un currículum para ese puesto.
El año pasado Trump planeaba reducir casi a la mitad el presupuesto del Departamento de Estado. Al final el recorte fue menor: de 9.000 millones de dólares. Un 16% del total. Pero se llevó por delante, esencialmente, todo el poder blando de Estados Unidos: la Fundación Nacional para la Democracia (NED), el Instituto de la Paz de los Estados Unidos (USIP), la Oficina de Democracia, Derechos Humanos y Trabajo y las becas Fulbright son ejemplos de iniciativas eliminadas o menguadas.
Estados Unidos también ha abandonado 31 agencias pertenecientes Naciones Unidas, como la Organización Mundial de la Salud, la UNESCO o el Consejo de los Derechos Humanos. Y sigue sin abonar la mayor parte de los 4.000 millones de dólares comprometidos para la ONU, que tiene su sede en suelo estadounidense. Lo cual ha dejado a la organización internacional más importante del mundo al borde del colapso financiero. Puede quedarse sin dinero en julio.
La huella más trágica de esta autolesión a la imagen estadounidense en el mundo, sobre todo en países en conflicto o en vías de desarrollo, es la dejada por el desguace de la agencia de ayuda al desarrollo, USAID. La casi completa desaparición de la noche a la mañana de 40.000 millones de dólares anuales a 120 países, en áreas como la lucha contra el sida, la tuberculosis, la diarrea, la malaria y otras enfermedades tropicales, la falta de agua potable, o el hambre, está provocando una grave crisis humanitaria, según diferentes cálculos.
El modelo de la Universidad de Boston, coordinado por la epidemióloga Brooke Nichols, estima que el final abrupto de la ayuda humanitaria puede haber matado a más de 216.000 adultos y más de medio millón de niños. Aquí está la explicación pormenorizada de este modelo.
En otras palabras: EEUU, que antes usaba el palo y la zanahoria, se ha deshecho de la zanahoria y ahora solo blande el palo. Como en Venezuela. Como en Irán. Como en Cuba. Una manera transaccional y "predatoria", en palabras del profesor y defensor del realismo, Stephen Walt, en las relaciones internacionales.
La guerra de Irán personifica una paradoja del poder de Estados Unidos. Por un lado, estamos asistiendo a una demostración de fuerza, coordinación, rapidez y capacidades destructivas impulsadas por los últimos avances en inteligencia artificial. Por el otro, estamos viendo la volubilidad de un proceso de toma de decisiones que ya no se basa en el trabajo analítico, sino en el instinto de un hombre que no lee informes de inteligencia ni consulta a casi nadie.