Los intereses de Washington y las intenciones israelíes han coincidido en la conveniencia de atacar Irán. Existen diversos motivos para ello, pero lo que ha llevado a la guerra es una peligrosa convicción
Los acontecimientos de los últimos años, con la sucesión de hechos inesperados y a menudo traumáticos (pandemia, guerra de Ucrania, Gaza, ahora Irán), han constatado que estamos en un nuevo escenario. Las dificultades para encajar los cambios, en especial por parte de las potencias europeas, han dejado paso a la certeza de que se ha llegado a un momento de ruptura en el orden internacional, una suerte de borrón y cuenta nueva.
Sin embargo, la década de los 20 de este siglo no surge del vacío. Existen líneas de continuidad marcadas. Dependiendo del lugar donde se fije la mirada, brillan más los elementos disruptivos o los que contienen una expresión diferente de algo conocido. En realidad, el juego continúa siendo el mismo, lo que han cambiado son las reglas.
Viejos propósitos, nuevas fórmulas
La continuidad aparece de forma clara si se observa desde la ideología. Desde que Reagan llegó al poder, los cambios sistémicos han venido impulsados por las fuerzas conservadoras. En 1980, el presidente estadounidense transformó la economía y abrió las puertas al neoliberalismo. En 1988, ganó las elecciones George Bush padre, bajo cuyo mandato desapareció la URSS y tuvo lugar la primera guerra del Golfo. En 2000, obtuvo la victoria George W. Bush, y tuvieron lugar las invasiones de Afganistán e Irak. En 2016, Trump llegó a la Casa Blanca y puso las bases para el final de la globalización, esa que los europeos se resistieron a aceptar con todas sus fuerzas. En 2024, Trump II inició una nueva fase. En esa secuencia, los mandatos de presidentes demócratas no variaron la dirección que los republicanos habían marcado, aunque introdujeran modificaciones. Con cada presidente conservador, se dieron nuevos pasos adelante, cada vez más atrevidos.
Observado desde el ciclo largo, el objetivo de EEUU continúa siendo el mismo: asentar su hegemonía. Han cambiado los medios
Esa línea continuista se aprecia en política exterior. Tras la caída del muro de Berlín, EEUU se convirtió en la potencia hegemónica mundial. La primera guerra del Golfo puso las bases para el new world order que proclamó Bush padre. Tras el 11-S y la entrada de China en la OMC, el dominio estadounidense no tuvo contestación, y cuando la encontró, fue resuelto con dos guerras, Afganistán e Irak. La llegada de Trump en 2016 mantuvo muchas líneas de conexión con el mundo neocon, a pesar de iniciar políticas proteccionistas que continuó Biden. Su triunfo en 2024 fue distinto, porque se produjo con la promesa de cambiar radicalmente la dirección del país. La globalización debía terminarse porque había favorecido a China, la potencia que comenzaba a disputar la hegemonía a EEUU. Las reglas que Washington había inventado le estaban causando perjuicios. Era la hora del 'America First'. El cambio de paso estadounidense ha llevado a la ruptura del orden hasta entonces vigente. Pero observado desde el ciclo largo, el objetivo es el mismo: la intención de asentar su hegemonía mediante nuevos medios.
Los cambios en la guerra
Al mismo tiempo, las posiciones del gobierno israelí se habían transformado significativamente en las últimas dos décadas, y su sociedad también. Las matanzas del 7 de octubre, como antes había ocurrido con el 11-S, fueron el detonante de una reacción militar que llevó a la derrota de los aliados de Irán en la zona y a una cruenta invasión de Gaza. Irán permanecía en el horizonte, debilitado, pero firme. Netanyahu llevaba tres décadas insistiendo en que había que actuar contra Irán, pero ahora los votantes israelíes estaban de acuerdo. Y Trump también, porque había intereses convergentes. Ambos querían reconstruir Oriente Medio por razones diferentes.
Había incentivos para que EEUU y fueran a la guerra, pero el determinante último proviene de los cambios en un sector clave, la tecnología
En el caso estadounidense, el control de los estrechos de Ormuz y de Bab el Mandeb y el control del abastecimiento de petróleo, la influencia sobre sus precios y su ligazón con el dólar como moneda de reserva global son razones de fondo, que se explicitaron en la intervención en Venezuela. Por supuesto, de fondo está la tensión con China, que también tiene que ver con el deseo de controlar rutas y corredores. Hay que subrayar que China había alcanzado acuerdos significativos con países de la zona. Un Irán sometido facilitaría que la región estuviese mucho más ligada a los intereses estadounidenses. Para Israel, sus deseos de seguridad existencial, que le llevan a la expansión, así como una alianza clave con Arabia Saudí, pasan por un cambio de régimen en Teherán o por la fragmentación del país.
Estos han sido incentivos para la guerra, pero no su determinante último, que está sostenido por cambios en un sector clave, la tecnología. Las transformaciones que ha provocado han quedado reflejadas en el campo de batalla ucraniano, donde nuevos instrumentos, como el uso masivo de drones, han modificado de manera sustancial la naturaleza de los enfrentamientos. En ese frente parece llevar a una guerra de trincheras. Sin embargo, la tecnología también otorga capacidades de ataque cada vez más potentes. Irán es un ejemplo, como lo fue antes Venezuela. El desarrollo de medios técnicos de vigilancia y de identificación de objetivos permitió descabezar al régimen chavista mediante una intervención rápida. El caso iraní es mucho más complejo, pero también queda atravesado por esas innovaciones. La posibilidad de rastrear a objetivos humanos y atentar contra ellos, de identificar infraestructuras críticas, instalaciones militares y centros de poder interno, y de afinar la precisión de los ataques permite, desde el aire y a distancia, acabar con las fortalezas del régimen iraní. Ese parece el plan, aunque se desconozca lo que viene a continuación.
La fuerza, liberada
EEUU había utilizado durante la era de la globalización las sanciones económicas y la presión diplomática como armas para doblegar a regímenes políticos. Eran instrumentos poderosos, pero que no terminaban de cumplir los objetivos. Los países rebeldes supieron resistir en condiciones difíciles. En algunos casos, y Oriente Medio es un buen ejemplo, Washington optó por la intervención militar directa, lo que requirió la presencia de tropas estadounidenses sobre el terreno y discusiones enconadas en la ONU. Ninguna de las dos cosas salió bien. Las justificaciones falsas, como en Irak, contribuyeron a que Occidente fuera visto como hipócrita en su utilización del doble rasero, y en nada ayudaron al poder blando de la diplomacia. La invasión de países generó victorias rápidas e indiscutidas, pero también enormes dificultades para estabilizar los Estados invadidos. Afganistán e Irak fueron dos grandes fracasos, como lo fue Libia, un país roto que no ha logrado recomponerse desde la intervención occidental y que se ha convertido en una vía de paso para todo tipo de tráficos delictivos.
Para emplear las armas que posee y utilizar su fortaleza tecnológica, EEUU necesitaba liberarse de las ataduras internacionales
Todo esto fue lo que Trump denunció: soldados volviendo en ataúdes, enorme gasto improductivo, fracaso en los propósitos. Pero, a la luz de los hechos, más que una crítica sobre las intenciones, era una crítica acerca de los métodos. Ahora EEUU cuenta con nuevos instrumentos que permiten descabezamientos políticos, destrucción de capacidades militares y daños físicos intensos a bajo coste. Al utilizarlos, se facilita la reacción de las poblaciones contra sus líderes y, con ella, la posibilidad de establecer un nuevo régimen, más amistoso.
Pero, para poder actuar de esa manera, para poder emplear las armas que posee y las capacidades que la tecnología procura, EEUU e Israel necesitaban liberarse de las ataduras que les imponían las normas internacionales. Para utilizar su fuerza real, necesitaban un marco que la liberase. Esa ha sido la gran ruptura de Trump.
Lo que no se ve desde el aire
La eficacia de esta clase de guerra no es discutida por ahora. Y tampoco la convicción de Washington al respecto: si se causa el dolor suficiente durante el tiempo preciso, la situación se volverá insostenible, el régimen cederá y EEUU podrá retirarse con pocas bajas y una campaña relativamente corta.
Es el problema de ver la vida desde un centro de control, algo que la IA acentúa. El mundo, desde esa superioridad orbital total que reclamaba Peter Hegseth, parece muy sencillo. Es cuestión de poder contundente, de precisión en los golpes y de acciones rotundas y rápidas que generen una debilidad permanente en los adversarios. Desde los cielos, lo que ocurre a ras de suelo, las molestas cosas humanas, pierden importancia. Pero la existencia humana se construye a pie de tierra, y desde ahí se observan claramente aspectos que no se perciben desde el aire. La política es una de esas cosas que no se ven, pero están. La guerra de Irán puede tener consecuencias entre los votantes estadounidenses, que no son favorables a estas intervenciones. Puede generar más resistencias aún entre las poblaciones europeas, e incluso contagiar a sus gobiernos. El nivel de vida occidental puede verse seriamente afectado, no se trata solo de una posición moral. Oriente Medio puede verse arrastrado por entero a la contienda.
Una victoria rápida de EEUU permitiría sofocar ese malestar interno (y el de los socios) y dibujar nuevas líneas en la región, pero hoy no se percibe como cercana y, sobre todo, no se adivina qué quiere decir una victoria rápida en Irán. El día posterior a la proclamación de la victoria sería necesario estabilizar el país para que no se repitiera a medio plazo lo que sucedió en Afganistán o en Irak, y no existe ningún plan a la vista. Cuando se mira desde el cielo, todo se asemeja a un videojuego, en el que una vez que el objetivo se alcanza, la partida se termina. La vida no es así. Y peor aún: cuando se mira desde arriba, se acaba creyendo que la única política posible es la destrucción de toda resistencia. Gaza fue un ejemplo. Irán no es Gaza. La sensación de omnipotencia que provoca esa mezcla de poder y tecnología es uno de los mayores riesgos que afrontamos como civilización.
Los acontecimientos de los últimos años, con la sucesión de hechos inesperados y a menudo traumáticos (pandemia, guerra de Ucrania, Gaza, ahora Irán), han constatado que estamos en un nuevo escenario. Las dificultades para encajar los cambios, en especial por parte de las potencias europeas, han dejado paso a la certeza de que se ha llegado a un momento de ruptura en el orden internacional, una suerte de borrón y cuenta nueva.