¿Repliegue estratégico? No tan rápido, Mr. Trump: Europa sigue siendo clave... pero como plataforma
Mientras Washington opera con pragmatismo, desde que comenzaron los ataques a Irán —una situación que ni mucho menos pilló por sorpresa—, Europa ha parecido, en el mejor de los casos, descoordinada
Aviones de combate F-35B ruedan por la pista de la base de la Real Fuerza Aérea británica (RAF) de Akrotiri en Limassol (Chipre).
Más de la mitad de las 150 aeronaves estadounidenses desplegadas en las semanas previas al ataque contra Irán han aterrizado en bases europeas. Al posicionarlas fuera del alcance de la mayoría de los misiles iraníes —en Europa del Este y en el Mediterráneo, en lugar de en bases del Golfo—, Washington pudo colocar material y personal sin ofrecer a Teherán un "objetivo atractivo".
Estados Unidos mantiene alrededor de 80.000 efectivos en Europa —cifra variable según los ejercicios y las rotaciones— y una red de instalaciones que facilita operaciones en Oriente Medio, África y el espacio euroasiático. Donald Trump y su entorno "America First" suelen vender esa presencia como una contribución altruista a la seguridad europea, pero la lógica estratégica es otra: las bases en el continente son un multiplicador para la proyección global de poder. Nacieron para la defensa del flanco oriental de la OTAN, sí, pero hoy funcionan también como nodos logísticos y de inteligencia para campañas lejos de Europa.
En la ofensiva contra Irán, las infraestructuras europeas están siendo utilizadas con distintos grados de implicación y con una coreografía política desigual. Reino Unido ha autorizado el uso de bases para acciones "defensivas" contra lanzaderas de misiles iraníes. Portugal ha concedido acceso condicionado a Lajes, en las Azores, bajo criterios de necesidad y proporcionalidad y limitado a misiones de represalia.
La administración estadounidense también está utilizando las bases alemanas de Ramstein y Spangdahlem, la italiana de Aviano y otras instalaciones en países como Bélgica y Turquía. España, en cambio, se ha desmarcado de sus socios europeos negando el uso de sus instalaciones, lo que ha provocado que el Pentágono retire una docena de aviones cisterna KC-135 desplegados en las bases de Morón de la Frontera (Sevilla) y, en menor medida, Rota (Cádiz) para suministrar combustible en el aire a sus cazabombarderos, según ha confirmado la ministra de Defensa, Margarita Robles.
Por lo tanto, en el actual contexto geopolítico, la pregunta es: ¿puede esta instrumentalización de infraestructuras europeas alterar la visión que Trump tiene del Viejo Continente? James Rogers, cofundador del Council on Geostrategy, reputado think tank de Defensa, lo descarta. A su juicio, Washington nunca contó con un respaldo europeo activo en los primeros bombardeos. "No creo que esto vaya a tener un gran impacto en las relaciones entre Europa y Estados Unidos", afirma a este diario. Lo que sí esperaba la Casa Blanca, añade, eran "formas de apoyo más logísticas o de facilitación", y parte de ese respaldo ha llegado.
Rogers sostiene que la administración estadounidense asume desde el inicio que algunos gobiernos —por razones internas o internacionales— impondrán límites al uso de bases. Y el Pentágono dispone de tal abanico de activos —portaaviones en teatro, bases regionales, logística distribuida y capacidad de proyección aérea desde el propio territorio continental de EEUU— que la negativa de uno o varios aliados apenas altera el cálculo. "No es un ámbito en el que los europeos tengan muchas cartas con las que jugar", resume.
Incluso si Europa se coordinara para negar el acceso a sus instalaciones, considera que Washington mantendría ventaja. Rogers apunta que Estados Unidos podría elevar la presión vinculando esa cooperación al grado de compromiso en la defensa del flanco euroatlántico. "Como los europeos se han debilitado militarmente durante las últimas dos o tres décadas, eso refuerza aún más la posición estadounidense y desequilibra la balanza a su favor", advierte. El mensaje de fondo, por tanto, no se mueve: Trump seguirá apretando para que Europa haga más por su defensa.
Lo que ha cambiado, a su juicio, no es la estrategia estadounidense, sino la evidencia de la dependencia europea. "En los años 90 y 2000, el continente conservaba capacidades que podía desplegar —o amenazar con desplegar o retirar— para condicionar el cálculo de Washington e incluso arrastrar a EEUU hacia prioridades europeas, de los Balcanes a Libia. Esa capacidad se ha erosionado. Si no se revierte con rapidez, Europa seguirá siendo más escenario que actor, y menos interlocutor que infraestructura", apunta.
Daniel Kochis, investigador del Centro sobre Europa y Eurasia del Instituto Hudson, discrepa. El experto considera que las instalaciones europeas “son pilares fundamentales de disuasión frente a Rusia, pero también permiten proyectar poder más allá de Europa hacia Oriente Medio y el norte de África”. “Washington no podría sostener el ritmo ni la escala de las operaciones contra el régimen de Teherán sin el apoyo de las bases europeas. Aunque Estados Unidos pueda reorganizar activos entre distintas instalaciones o reducir ligeramente el número de fuerzas rotatorias en Europa, es poco probable que su presencia global cambie de manera drástica: estos recursos son simplemente demasiado valiosos”, matiza.
En la misma línea, Ulrike Franke, del European Council on Foreign Relations, señala que las bases europeas sí juegan un papel importante para Estados Unidos. Por su parte, Ulrike Franke, senior policy fellow del European Council on Foreign Relations, señala, sin embargo, que las bases europeas sí juegan un papel importante para Estados Unidos. Sostiene, por ejemplo, que Ramstein, en el suroeste de Alemania, es un nodo clave para operaciones con drones en Oriente Medio y África, porque canaliza comunicaciones imprescindibles para esos ataques.
Asimismo, el hospital regional de Landstuhl ha sido durante años el principal centro médico estadounidense fuera del país y ha recibido a buena parte de los heridos evacuados de Afganistán e Irak. Y en Baviera, Grafenwöhr alberga el mayor centro de adiestramiento del Ejército estadounidense en el extranjero.
Franke recuerda, además, que dos de los once mandos combatientes unificados del Pentágono están en Europa, incluido AFRICOM, con sede en Stuttgart, responsable de las operaciones militares estadounidenses en África y de la relación militar con decenas de países del continente. Está en Alemania, subraya, porque no se encontró un Estado africano dispuesto a alojarlo. La conclusión, sostiene, es clara: Europa alberga infraestructuras críticas para la proyección de poder estadounidense y, además, los países anfitriones asumen parte de los costes de mantenimiento.
Mientras Washington opera con pragmatismo, desde que comenzaron los ataques a Irán —una situación que ni mucho menos pilló por sorpresa—, Europa ha parecido, en el mejor de los casos, descoordinada; en el peor, fracturada y claramente sin capacidad de influencia, arrastrada por el torbellino de los acontecimientos.
Francia, Alemania y Reino Unido lograron una declaración conjunta advirtiendo a Irán de "medidas defensivas" si continuaban ataques "indiscriminados", pero evitaron cuestionar abiertamente la legalidad de los bombardeos estadounidenses e israelíes. Tampoco hubo críticas directas a Washington por parte de la jefa de la diplomacia comunitaria, Kaja Kallas. La prioridad, en muchas capitales, es no enfrentarse a Trump y evitar que Oriente Medio desplace su atención de Ucrania.
En Londres, la incomodidad se ha vuelto personal. Trump ha criticado públicamente la respuesta del premierKeir Starmer y ha insinuado que la relación especial "no es como antes". Downing Street intenta sostener un equilibrio estrecho: autorizar apoyo limitado sin aparecer como cobeligerante. Starmer —quien no quiere violar el derecho internacional— ha insistido en la lección de los "errores de Irak", recalcando que Reino Unido no participó en los ataques iniciales ni se sumará a acciones ofensivas.
Con todo, Londres ha aceptado una solicitud estadounidense para utilizar sus bases militares británicas en ataques "defensivos" contra emplazamientos de misiles iraníes. Según la BBC, es más que probable que Washington use Fairford, en Gloucestershire, y Diego García, en el Índico. El margen político británico se estrechó todavía más tras el ataque con dron contra una base de la RAF en Chipre, que no causó víctimas, y ante el temor a nuevas represalias. El Gobierno británico planea reforzar la defensa de Akrotiri y estudia el envío de un buque de guerra a la zona, consciente de que su capacidad de interceptación frente a misiles balísticos es limitada.
De forma similar, Francia ha empezado a hacer volar sus Rafale sobre los Emiratos Árabes Unidos después de que drones iraníes atacaran su base naval en el país.
En este sentido, Neil Melvin, director de seguridad internacional del Royal United Services Institute (RUSI), think tank en defensa y seguridad más antiguo del mundo y el principal de Reino Unido, subraya la contradicción europea. Recuerda que la reacción inicial se ancló en el derecho internacional y en la idea de que permitir el uso de bases podía ser ilegal. Pero sostiene que la crisis ha expuesto la brecha entre norma y poder. "Hemos visto la realidad de la política internacional: el poder abrumador de Estados Unidos para cambiar la situación sobre el terreno y exponer los límites del derecho internacional", señala a este diario. En ese marco, añade, algunos europeos han acabado defendiendo con más celo el principio que el resultado, incluso cuando se trata de regímenes represivos.
Melvin apunta que la ofensiva ha abierto grietas en el continente. España mantiene que se trata de un acto ilegal y ha limitado el uso de sus bases. Alemania se ha alineado con mayor firmeza con Trump, sin abrazar necesariamente el debate jurídico. Reino Unido intenta una tercera vía, pero cuanto más se prolongue el conflicto, más visibles serán —advierte— las contradicciones europeas.
Europa entra así en otra prueba de estrés para su ambición declarada de cooperar mejor en seguridad y defensa, dentro y fuera de la UE, con Reino Unido incluido. La dificultad para actuar "como uno" empuja hacia coaliciones ad hoc y geometrías variables: pactos bilaterales de vigilancia marítima, compras conjuntas o agrupaciones como la "Coalición de los Voluntarios" para Ucrania impulsada por Londres y París. Al mismo tiempo, crece el perímetro occidental con socios afines como Canadá, Japón o Corea del Sur en ejercicios de la OTAN.
Trump no necesita que Europa esté unida para usar Europa. Le basta con que el continente siga siendo útil, aunque sea desordenado. Y, en ese sentido, la campaña contra Irán no cambia su perspectiva sobre los europeos: la confirma. La pregunta incómoda para las capitales no es qué hará Washington, sino cuánto tiempo más podrán sostener un papel que oscila entre anfitriones de la potencia decisiva y espectadores de la crisis que esa potencia desencadena.
Más de la mitad de las 150 aeronaves estadounidenses desplegadas en las semanas previas al ataque contra Irán han aterrizado en bases europeas. Al posicionarlas fuera del alcance de la mayoría de los misiles iraníes —en Europa del Este y en el Mediterráneo, en lugar de en bases del Golfo—, Washington pudo colocar material y personal sin ofrecer a Teherán un "objetivo atractivo".