Tres opciones en Irán: cambio de régimen, caos o resistencia a ultranza y negociación
Los bombardeos aéreos no bastan para provocar la caída de regímenes como el iraní. EEUU, y aún menos Israel, no está dispuesto ahora a poner botas en el suelo como sí hizo el presidente Bush en 2003 en Irak. En Teherán resistirán el embate
Una vigilia por el líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, en Teherán. (WANA)
Con los bombardeos de Estados Unidos, el programa nuclear de Irán recibió en junio un duro golpe que retrasaba años su capacidad de fabricar el arma atómica. Sus instalaciones nucleares habían sido "completamente y totalmente obliteradas", declaró entonces el presidente Donald Trump.
Hace menos de un mes, Trump volvió a invocar no sólo la amenaza nuclear, sino la de misiles intercontinentales iraníes que podrían alcanzar en breve EEUU. La Defense Intelligence Agency, su agencia de inteligencia militar, había, sin embargo, dejado claro que Irán tardaría al menos una década en conseguirlo.
Más allá de estos pretextos esgrimidos en los días previos al gran ataque de EEUU, coordinado con Israel, el propósito de la Administración Trump es acabar con el llamado régimen de los ayatolás —es más bien el de los "guardianes de la revolución"— e instaurar en Teherán a unas autoridades complacientes con sus intereses y los del Estado hebreo.
¿Es ese el desenlace más probable de la guerra en curso o caben otros epílogos? Hay al menos otros dos.
Ni EEUU ni Israel están dispuestos a poner botas sobre el terreno. Los meros bombardeos aéreos no bastan para provocar un cambio de régimen por muy descontentos que estén los iraníes, como ya quedó demostrado durante la primera guerra del Golfo en 1991. Hubo entonces soldados estadounidenses en Kuwait y hasta en Arabia Saudí, pero no pisaron Irak. La derrota militar en el Golfo de Saddam Hussein, el dictador iraquí, no provocó su caída.
El enfado de los iraníes con el régimen quedó puesto de manifiesto durante las protestas de finales de año, que se saldaron con al menos 3.177 muertos, según el balance oficial, probablemente muchísimos más. Quizás se eleven a decenas de miles. El pueblo celebra ahora, en algunos barrios de grandes ciudades, el asesinato del líder supremo, Alí Jamenei, pero sigue desarmado y a merced de la represión.
Aunque se haya erosionado estos últimos tiempos, el régimen cuenta con una buena base social, no solo entre militares y cuerpos de seguridad. Hay iraníes convencidos de que su país tiene una misión ideológica y religiosa frente al "Gran" y al "Pequeño" Satán (EEUU e Israel) y sus aliados. Hay cargos de segundo nivel que están dispuestos a tomar el relevo de los que han sido eliminados desde el sábado.
Aunque han circulado vídeos de supuestos miembros del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) haciendo cola para cruzar la frontera con Afganistán, a día de hoy no hay evidencias de que se estén produciendo deserciones en sus filas ni en las fuerzas de seguridad.
En Irán, a diferencia de Irak al final de la II Guerra de Golfo en 2003, no hay un ejército extranjero —entonces fue el de EEUU apoyado por varios aliados— dispuesto a poner orden, a promover una transición hacia un nuevo sistema político.
Una caída del régimen, por muy deseada que sea por una mayoría de iraníes, puede sumir al país de 93 millones de habitantes en un cierto caos. No hay un relevo claro, una oposición estructurada que pueda tomar las riendas del país más poblado de Oriente Medio después de Egipto.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha hecho una clara apuesta por Reza Pahlevi, hijo del derrocado sha (rey) en 1979. Las agencias de inteligencia israelíes promocionaron su figura a través de redes sociales. Algunos manifestantes corearon su nombre en las calles de las principales ciudades iraníes. El presidente Trump rehusó, sin embargo, recibirle. Declaró que le parecía "simpático", pero formuló dudas sobre si sería aceptado por la población iraní.
El que fue años atrás el mayor movimiento de oposición, la Organización de los Muyahidines del Pueblo, y el principal blanco de la represión del régimen, tiene hoy en día una muy escasa influencia dentro del país.
Un vacío de poder o la mera inestabilidad en la cúpula pueden disparar las reivindicaciones de las numerosas minorías nacionales y étnicas que componen Irán: azeríes, kurdos, turcomanos, árabes, beluchíes, etcétera. Todas ellas sumadas suponen nada menos que el 40% de la población del país. Los cinco partidos kurdos clandestinos ya anunciaron el 22 de febrero que habían formado una alianza.
3. ¿Reanudar la negociación con un régimen vencido?
El asesinato del líder supremo, Alí Jamenei, ha desatado las especulaciones, sobre todo periodísticas, de que EEUU busque en Irán una salida similar a la de Venezuela. Tras eliminar —matando o capturando— a la máxima autoridad del país, trataría de alcanzar un acuerdo con un personaje del régimen que se doblegase a sus condiciones. Debería, por tanto, encontrar una Delcy Rodríguez iraní.
Estas cábalas que repiten en Irán el guión venezolano parecen inverosímiles. El poso ideológico y religioso en Irán es muy superior al del país caribeño. Teherán es el Vaticano del islam chií. Que surjan renegados en sus filas es muchísimo más difícil y arriesgado para el que emprenda ese camino.
Aunque está debilitado, el régimen seguirá resistiendo, porque libra una lucha a vida o muerte. Lo hará no solo con sus armas, con sus aliados del mundo chíi (hutíes en Yemen, Hezbolá en Líbano, milicias religiosas en Irak), etcétera. Si aguanta, es probable que algunas capitales del Golfo empiecen a presionar a EEUU para que ponga fin a una guerra que les perjudica económicamente.
Es incluso posible que un Trump algo volátil se preocupe por las consecuencias internas en EEUU de una costosa ofensiva aérea y naval que se alargue. El Pentágono ya anunció el domingo la muerte de los tres primeros militares en las filas estadounidenses.
"Quieren hablar, y yo he aceptado hablar, así que hablaré con ellos", declaró el domingo Trump a The Atlantic. Las autoridades iraníes siempre han querido hablar desde que EEUU empezó a concentrar fuerzas en sus alrededores.
El ministro de Asuntos Exteriores de Omán, Badr Al-Busaidi, que hizo de mediador entre Washington y Teherán, estaba el viernes pasado muy satisfecho por los avances registrados durante las conversaciones en Ginebra que habían concluido provisionalmente el jueves. "Ahora estamos hablando de un almacenamiento cero [de uranio]", aseguró al programa "Face the Nation" de la CBS. "Y eso es muy importante porque si no se puede almacenar material enriquecido, entonces no hay forma de fabricar una bomba", subrayó.
Al día siguiente, sábado, Al-Busaidi se declaraba, en cambio, "consternado" por el inicio de la guerra. "Una vez más se han socavado unas negociaciones activas y serias", escribió en X. Quizás pueda retomar pronto su labor de buenos oficios entre ambos contendientes. Si el régimen iraní ya estaba dispuesto a hacer concesiones, ahora, arrinconado por sus enemigos, quizás esté dispuesto a rendirse siempre que, de puertas para dentro, siga ostentando el poder.
Con los bombardeos de Estados Unidos, el programa nuclear de Irán recibió en junio un duro golpe que retrasaba años su capacidad de fabricar el arma atómica. Sus instalaciones nucleares habían sido "completamente y totalmente obliteradas", declaró entonces el presidente Donald Trump.