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"El día en el que se me paró el corazón": un relato del dolor en las esquinas del mundo
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Prepublicación del libro

"El día en el que se me paró el corazón": un relato del dolor en las esquinas del mundo

La autora revive un accidente en Malawi, dialoga con un monje castigado, acompaña a un cirujano ante un cáncer y escucha a una trabajadora sexual en Soweto, tejiendo pérdidas, ética y supervivencia sin consuelo fácil

Foto: Portada del libro 'Un mapa de los lugares donde caemos', de María Ferreira Basanta. (Editorial Viajes al Pasado)
Portada del libro 'Un mapa de los lugares donde caemos', de María Ferreira Basanta. (Editorial Viajes al Pasado)

María Ferreira, colaboradora de El Confidencial y una de las voces con la mirada más íntima sobre el mundo islámico en el periódico —con un conocimiento privilegiado de Pakistán, Afganistán o Cisjordania— publica ahora Un mapa de los lugares en los que caemos, de la editorial Viajes al Pasado, un libro híbrido a medio camino entre el diario de campo y el ensayo narrativo. Lejos del reportaje clásico, Ferreira se desprende aquí de la observación profesional para registrar lo que queda en la periferia de los conflictos: escenas breves y profundamente humanas que transcurren en hospitales de Pakistán y Kenia, en un teatro de Jerusalén o frente a los cementerios de El Cairo. Su voz en este caso explica el murmullo que deja la guerra, el exilio o el dolor cuando se apagan los focos.

Esta es la prepublicación de un fragmento de Todos los lugares en los que caemos

I.

El día en que se me paró el corazón llevaba conmigo una cámara analógica y unos cuantos miles de kwachas, la moneda malauí, que abultaban en mi bolsillo haciéndome sentir rica, aunque su valor real no llegara a cincuenta euros. También llevaba un cuaderno negro: en él había escrito que me gustaba un chico, que aquel viernes íbamos a viajar al lago Malawi, que la selección española acababa de ganar el Mundial, allí cerca, en Sudáfrica, y que tenía frío.

El día en que se me paró el corazón alguien me tomó una foto subida en aquella pick-up, sonriente. A mi lado, un hombre sostenía un cabritillo en los brazos, una mujer abrazaba a dos niños, otro cargaba en una bolsa el pescado maloliente, y también estaba él, el chico que me gustaba. Cuando la pick-up dio tres vueltas de campana, a casi cien kilómetros por hora, los peces, el cabritillo, los hombres, las mujeres, los niños, el chico que me gustaba y yo salimos despedidos en direcciones distintas.

El chico que me gustaba murió en el acto, igual que el conductor y otras seis personas con las que apenas había compartido un saludo y una sonrisa.

Aún no se me había parado el corazón cuando abrí los ojos y sólo tuve la certeza de que me estaba muriendo. No sentía dolor ni pena: las hemorragias cerebrales ahogaban cualquier amago de miedo; oscilaba entre la inconsciencia y la consciencia. Vi mi mano derecha destrozada. Sentí sangre brotar de mi oído derecho. Pude abrir los ojos para mirar al médico que me arrancaba la ropa. Vi cómo alguien cubría con sábanas varios cuerpos a mi alrededor. Escuché a un médico decir: "Esta chica se muere. Llamad a la familia". Sentí tristeza. Pero mi cerebro no pudo procesarla: en ese instante pensé —con una claridad absurda—: menos mal que me he depilado y que llevo ropa interior bonita.

Sentía el sabor de la sangre en la boca. Tenía la sangre en todos los lugares equivocados.

Tampoco se me había parado aún el corazón cuando un cura católico entró a darme la extremaunción y me preguntó si quería confesarme. Pensé que jamás le regalaría mis secretos. Vomité. El cura salió de la habitación y me dejó sola.

—No te vayas, por favor.

Pero se fue, como si ya hubiera muerto.

Mi corazón seguía latiendo cuando me subieron a un avión medicalizado para evacuarme de Lilongwe a Sudáfrica.

Se detuvo al aterrizar en Johannesburgo. Me reanimaron. De eso, por supuesto, no me acuerdo, pero confieso que en ocasiones me alivia pensar que mi corazón se paró un rato y no pasó nada. Nada.

Le cuento todo esto a un sadhu, un monje del templo BAPS Swaminarayan en Nairobi, mientras sobrevolamos Lilongwe rumbo a Sudáfrica. Se le ha derramado té en la túnica color azafrán y le he prestado un quitamanchas estupendo que me regaló mi vecina alemana de Heidelberg por mi cumpleaños y que siempre llevo conmigo.

Sus compañeros duermen, como mi hija, arrullados por el motor del avión.

—¿Es india tu hija? —me preguntó.

—Keniana, de origen pakistaní —respondí.

—Bueno, es lo mismo —dijo él.

—Es lo mismo —asentí.

Y en un instante deshicimos de un plumazo la partición, esa brutalidad que probablemente ambos lleven escrita en los genes: mi hija y él.

Veo en la pantalla que el avión sobrevuela el lago Malawi y me invade una leve tristeza. El monje mira hacia abajo conmigo y dice que es bello, que lo importante al final es saber admirar la belleza. Le confesé que era feliz de contemplar el lago quince años después. Y al mismo tiempo, sentía la tristeza de saber que el chico que me gustaba nunca tuvo esa oportunidad.

placeholder Un pescador extiende su botín a la orilla del lago Malawi. (EFE/Aaron Ufumeli)
Un pescador extiende su botín a la orilla del lago Malawi. (EFE/Aaron Ufumeli)

Swami Prakashdas, que así se llamaba mi compañero de viaje, dijo lo típico —y tópico— que diría un monje: que no era mi momento de morir, que sí lo había sido el del chico que me gustaba entonces, y que ahora yo tenía la responsabilidad de vivir de acuerdo al ekantik dharma.Le pregunté qué significaba. Me explicó que era vivir con ética, conocimiento, desapego y devoción. Añadió que me veía demasiado apegada a mis recuerdos. Yo le respondí que le veía demasiado apegado al desapego y a la apariencia de su túnica. Se rio. Pidió a la azafata dos vasos de agua con gas y brindamos con vasos de plástico, en plena turbulencia, sobre la misma ruta que había hecho quince años antes, pero esta vez con el corazón fuerte y sin sangre en la boca. Le conté que algunas madres del colegio de mi hija iban a yoga y repetían las mismas cosas que él decía, pero sin túnicas naranjas. Volvió a reír. Le confesé que odiaba el yoga. Me dijo que él también.

Admitió que el desapego era, a veces, una cosa tremenda. Me contó que cada dos meses cambiaba de templo. Que cambiaba de compañeros, de cultura, de lengua. Pero que, en realidad, todo era lo mismo todo el tiempo: las mismas ofrendas, la misma estructura que marcaba sus horas, los mismos problemas entre los fieles. Sólo cambiaban las coordenadas.

Y luego me confesó que aquel viaje suyo era, en realidad, un castigo.

Señaló a sus compañeros.

—Mira, todos nosotros cargamos con un error. Yo no sé qué hicieron ellos para acabar aquí, pero sí puedo decirte qué hice yo.

Me contó que había nacido en Nueva York. Que había estudiado medicina y que de niño pasaba los veranos en India, visitando a sus abuelos. Durante la carrera, el estrés casi lo mata. Nueva York le asfixiaba. En India, en cambio, iba a los templos y veía a esos monjes que parecían no pertenecer ya a la tierra, que parecía que flotaban. Él quería eso. Y cuando terminó la carrera, se fue a India y se hizo monje.

Al cabo de unos años lo enviaron de vuelta a los templos de Estados Unidos. Allí se dejó adorar por una devota que dedicaba su tiempo libre a limpiar el templo, cocinar para los monjes o encargarse de cualquier otro quehacer con el que expresaba su amor a Bhagwan Swaminarayan. Con cada tarea, decía, purificaba su ego, cultivaba la humildad, y todas esas virtudes que, en teoría, se ganan mediante el trabajo voluntario.

placeholder El templo BAPS Swaminarayan Akshardham en Nueva Jersey, EEUU, con la estatua de Bhagwan Swaminarayan. (Reuters/Bing Guan)
El templo BAPS Swaminarayan Akshardham en Nueva Jersey, EEUU, con la estatua de Bhagwan Swaminarayan. (Reuters/Bing Guan)

—Fue consentido —me dijo—. Pero, al fin y al cabo, fue abuso, porque yo era una figura de autoridad espiritual y ella hubiera hecho cualquier cosa por servir a un monje. La comunidad entera habló de ello durante semanas y me condenaron a vagar de templo en templo el resto de mi vida para no apegarme. Para no llegar a conocer realmente a una persona nunca más. Nunca más la intimidad. Nunca más la tentación de dejarse querer, de dejarse tocar.

Nos quedamos callados. "Nunca más la intimidad" se repitió dentro de mí como una mala digestión; podría ser, pensé, la definición más cruda del infierno. Me vino a la cabeza JP y su affaire cuando era sacerdote: entendí la pulsión de acercarse a alguien con autoridad espiritual, la seducción de lo prohibido. Pero también entendía el peso terrible que eso conlleva: ser el tropiezo de alguien, el pecado del otro, aquello de lo que tienen que confesarse y pagar. Yo había sido, en otro tiempo y bajo otra fe, el pecado de alguien. No desearía jamás volver a ocupar ese lugar.

—A veces juego a adivinar cuál fue el error de los monjes con los que coincido en los viajes, en qué lugar cayeron —dijo, sacándome de mi ensimismamiento. Siempre viajamos en grupo para vigilarnos entre nosotros. Para cargar con el miedo a la mirada ajena. Para saber que no somos libres, que nunca, nunca estamos a solas.

Entendí que estaba atravesando un brevísimo instante de libertad. La mancha en su túnica seguía allí. Dijo que no le importaba, que se llevaba la mancha como recuerdo de aquel instante breve en el pasillo del avión.

—¿Por qué no lo dejas? —le pregunté al desconocido, reconociendo mi intromisión en un terreno que no me correspondía. —¿Por qué no abandonas esta forma de vida?

—Porque llevo décadas sin saber cómo funciona la realidad. No sabría cómo comprar comida, cómo trabajar, cómo hablar con la gente. A veces nos cuentan historias de monjes que se fueron y terminaron primero en la indigencia y luego matándose. Supongo que esta condena es mi salvación.

El piloto anunció que nos aproximábamos a Johannesburgo: el cielo estaba despejado y hacía 26 grados. Sus compañeros se despertaron al mismo tiempo que mi hija; cada uno volvió a su pequeño universo. Un crack atravesó la cabina. Por un instante creí que mi corazón se rompía; era, en realidad, un vaso de plástico que un hombre de manos grandes acababa de aplastar.

II

Al amanecer y al atardecer hace frío.

Estiro las piernas hacia el punto exacto de la tibieza, allí donde se posa un rayo de sol, y me concentro en el calor de mis tobillos.

Estoy con Hamid, cirujano militar egipcio con el que me cruzo una y otra vez, en distintos rincones del mundo, por trabajo y por amistad. Su mujer cocina los mejores platos que he probado jamás. Él no cocina, en cambio me entrega mapas con instrucciones precisas para llegar a cualquier sitio en Egipto. También me pasa contactos en silencio y luego finge no saber de qué estamos hablando.

Hoy me habla sobre la frontera de Egipto con Gaza.

placeholder Un vehículo militar egipcio en el paso fronterizo de Rafah, entre Egipto y Gaza, en agosto de 2025. (EFE/Mohamed Hossam)
Un vehículo militar egipcio en el paso fronterizo de Rafah, entre Egipto y Gaza, en agosto de 2025. (EFE/Mohamed Hossam)

—Nuestro presidente nos tiene parados allí como defensa, no como salvación —me dice—. Somos miles de hombres con capacidad de salvar, detenidos, comiendo, fumando, conversando. Mezclados con los camioneros a quienes no permiten pasar con la ayuda.

Nos hemos escabullido de una reunión temprana que tiene lugar en un campo de golf. Hamid y yo solemos hacer lo mismo: huir de las grandes reuniones sociales y coincidir por accidente en los mismos rincones.

—En estos países tan compartimentados socialmente, no pertenezco a ningún sitio —dice, refiriéndose a Sudáfrica.

—Al compartimento privilegiado, amigo —le respondo—. Pertenecemos al privilegiado.

Un compañero pasa junto a nosotros, se señala el reloj para recordarnos que la reunión ya ha comenzado y que llegamos tarde.

Hamid no tiene ningún interés en estar en las reuniones y conferencias que llenan estos días el campo de golf. Ha venido a refugiarse, a escapar por unas horas. En Egipto le han ordenado "defender la frontera" con Gaza —y esa frase, me advierte, no es limpia: puede traducirse en miles de muertos.

—Si llega el momento, he decidido no disparar —dice—. Rezaré para que mis compañeros estén tan cegados por la adrenalina que no adviertan que su superior permanece ahí, inmóvil en medio del horror. Rezaré para que no me detengan, para que mi mujer y mis hijos no carguen con la vergüenza del deshonor. Y rezaré para poder morir mucho antes de que todo eso ocurra.

—No, hombre —digo, rechazando de inmediato la idea de que mi amigo muera.

Él me tiende el móvil con un documento abierto, justo como hace cuando quiere contarme algo con discreción. Esta vez se trata de un informe médico con su nombre y el diagnóstico: cáncer. Leo también que, en el mejor de los casos, podrían alargarle la vida quizá hasta dos años.

Asiento.

—Estoy ya cansado —confiesa. Nos miramos y sonríe. Me concentro en el calor de mis tobillos y le tomo la mano. En ese instante todo está bien. La gente habla del amor romántico como si fuera absoluto; yo creo que es la amistad lo que mueve el mundo.

III

—Cuando yo era pequeña, mi abuela trabajaba en una granja de conejos —cuenta Thereso, descalzándose y ofreciéndome entrar a su casa. Me enseñó a cogerlos por las orejas; decía que allí no tenían sensibilidad y que no les dolía. Cuando tengo sexo con los clientes, me vienen pensamientos extraños. El otro día, con un tipo muy borracho que apenas conseguía mantenerse dentro de mí, comencé a preguntarme si mi abuela no estaría equivocada: quizá cogemos a los conejos por las orejas para que no nos duelan a nosotros sus arañazos.

Todo estaba en penumbra y Thereso hablaba casi susurrando porque sus niños ya estaban en la cama. Su marido, Nhlanhla, entró en silla de ruedas y me tendió la mano con una sonrisa.

—Bienvenida —me dijo—. Me indicó que podía sentarme en un sofá cubierto de encaje mientras ella iba a la cocina a preparar un té.

placeholder Ntshokovane Mthembu, un vecino de Soweto, durante una protesta por la falta de servicios básicos a la zona en 2024. (Reuters/Siphiwe Sibeko)
Ntshokovane Mthembu, un vecino de Soweto, durante una protesta por la falta de servicios básicos a la zona en 2024. (Reuters/Siphiwe Sibeko)

Vivían en Soweto, en una casa diminuta con un dormitorio, una cocina y un salón. El cuarto de baño estaba fuera; lo compartían con diez familias y el acceso era imposible para él. —Hago mis necesidades en casa, como puedo —me explica Nhlanhla, cuyo nombre significa "suerte".

Thereso llegó con un café que olía a noche larga; se había quitado el maquillaje y se sentó junto a la silla de ruedas de su marido. Con gesto tranquilo le encendió un cigarrillo, se encendió otro ella y después me ofreció uno.

—No, gracias —repliqué.

—La gente que no quiere morir me resulta tierna —murmuró. "Mira, chica, no tienes idea de las formas en que me voy matando", pensé; no dije nada y me quedé en silencio, como buena invitada.

—Así que Jane te ha mandado a salvarme —dijo sin andarse por las ramas.

—A ofrecerte un trabajo.

—Dile que no lo quiero.

—Aún no te he dicho de qué se trata.

—No lo quiero —aseguró—. No quiero la pena de una de esas organizaciones de privilegiados que no entienden nada.

Me fijé en una concha preciosa que servía de cenicero. Thereso sonrió. Nhlanhla tenía los ojos clavados en su esposa, como si ella fuera una brújula.

—Nhlanhla encontró esta concha mientras buceaba, meses antes de nuestra boda —contó ella—. Cuando todo estaba bien.

—Cuando todo estaba bien —repitió Nhlanhla, y apretó la mano de su mujer.

La concha ahora estaba llena de cenizas y chicles mascados.

—¿Te da asco? —preguntó Thereso.

—Sí.

—A mí también —dijo—. ¿Te doy asco yo?

—No.

Thereso era prostituta en las calles de Soweto. Una de las organizaciones locales que trabajaba con mujeres llevaba meses ofreciéndole un puesto en una cafetería; ella se negaba. Desde la ONG reaccionaban con indignación y presión, sin entender por qué prefería vender su cuerpo antes que servir cafés.

Tenían tres hijos. Cuando el pequeño cumplió un año, unos ladrones atacaron a Nhlanhla en la calle al volver del trabajo y lo dejaron paralítico; desde entonces va en silla de ruedas y perdió su puesto en la construcción. Thereso, que había sido profesora de infantil, se vio obligada a encontrar un trabajo que alcanzara para sostener a la familia con un sólo sueldo, poder cuidar de los niños y, además, ayudar a su marido.

Después de pasar por distintos empleos, entre ellos el de camarera, terminó aceptando la propuesta de un tipo que la abordó en un bar: trabajar cuatro horas al día en una casa de prostitución. Nhlanhla lloró tres días antes de que ella aceptara; Thereso lloró tres días después de que su marido diera su visto bueno. Lloraron otra vez tres días después del primer cliente. Y después, se secaron las lágrimas: comprendieron que así, de aquel modo, podían mantener la casa y vivir con cierta dignidad.

—Ese trabajo que me ofrecen desde la ONG no cubre ni la mitad del alquiler —me explicó—. ¿Lo entiendes? Ellos creen que cualquier cosa es salvación, pero no ven que yo misma me salvo; yo estoy salvando a mi familia.

Terminé el café. Busqué en internet si los conejos sienten dolor en las orejas. Sí. Sí lo sienten.

—Imagínate cuántas atrocidades comete la gente creyendo que hace el bien —reflexionó Thereso—. Hasta las organizaciones de ayuda. Las buenas intenciones, a veces, te convierten en quien sujeta al conejo por las orejas: te sientes noble, pero el único que sale ganando eres tú, no el animal. No cojas a los conejos por las orejas, ¿me entiendes?

Asentí.

Los tres nos quedamos en silencio, cómodos en la tregua. Thereso trajo una bolsa de snacks de maíz que reservaba para los niños y la fuimos compartiendo mientras la noche se iluminaba con las luces de un club cercano.

En las notas de mi móvil apunté que a los conejos había que sostenerles por las patas traseras, para darles seguridad, y que los seres humanos somos un saco de certezas erróneas.

Me pregunté cuántas de las cosas en las que estaba tan convencida serían en realidad un error.

Thereso se levantó y dijo que era tarde. Sabía que tenía que irme, pero me hubiera quedado uno de esos ratos largos disfrazados de para siempre.

Aquí tienes tu casa —dijo ella con educación al despedirse.

Yo dije gracias, apreciando esa mentira leve que siempre me empuja a preguntarme dónde está mi hogar.

Creo que jamás encontraré la respuesta.

IV

Toda demanda es, en el fondo, una demanda de amor.

Toda demanda es un hambre que no entiende de cautela.

A las tres de la mañana mando un mensaje a alguien que ya no me responde —interpreta mi dolor como queja—. Le envío también los versos de Emily Brontë: "Cuando rezo, la única plegaria / que mueve mis labios es: suelta mi corazón / y dame la libertad".

Toda demanda, incluso la de soltar, es una demanda de amor.

V

—Qué manía tiene la gente con querer encontrarle sentido a todo —dice mi amigo Yassin, apoyado en el mostrador de recepción, donde aguardamos a la Policía porque le acaban de robar el teléfono, justo en la noche final de la conferencia. El recepcionista, en tono de consuelo, había dicho que todo pasaba por alguna razón.

Yassin, palestino, sostiene que en su tierra la gente da por sentado que las cosas simplemente suceden: suceden y pasan. Entonces cada uno actúa como puede. Nos hundimos y nos salvamos, nos hundimos y volvemos a salvarnos; quizá un día nos hundamos y ya no salgamos. En la tragedia no hay aprendizaje objetivo, sólo el sentido que cada uno decida darle.

—Yassin, Yassin, ¿por qué estás nervioso? —le pregunto, notando que le tiemblan las manos.

—Ese móvil me lo regaló mi mujer —dice—. Es un desastre; todo es un desastre.

Foto: amantes-separados-israel

La Policía llegó dos horas después. Nos sentamos con un agente y con el encargado de seguridad del hotel a revisar las imágenes de la cámara de recepción.

En la pantalla se ve a mi amigo entrando con un hombre que no reconozco. Se toman de la mano con disimulo, se sueltan, vuelven a buscarse, se sueltan otra vez; se buscan de nuevo y se encuentran apenas un instante, porque es un secreto. En ese vaivén, por detrás, aparece un hombre y zas: le arranca el móvil del bolsillo trasero.

Mi amigo estaba demasiado ocupado amando —o deseando, o ambas cosas— como para pensar en lo estúpido que es caminar con el teléfono atrás, en pleno Johannesburgo.

—No debería haberse puesto el móvil en el culo —dice el policía.

El tipo de la recepción se ríe.

Yassin mira al suelo.

—Ay, Yassin —digo.

La Policía le aconsejó que diera el móvil por perdido y se fuera a dormir. Dimos las gracias y buenas noches, y caminamos hacia nuestras habitaciones. Yassin me contó que había apuntado el número del chico en la aplicación de notas; no lo guardó en los contactos porque no estaba seguro de querer mantener ese vínculo. Le sonreí y repetí: "Todo pasa por algo".

Entonces Yassin rompió a llorar, sin consuelo. Me senté junto a él. La última noche sudafricana transcurrió así: rachas de palabras empapadas que trataban, torpemente, de explicar aquello que no pide más que un mapa de todos los lugares en los que caemos.

María Ferreira, colaboradora de El Confidencial y una de las voces con la mirada más íntima sobre el mundo islámico en el periódico —con un conocimiento privilegiado de Pakistán, Afganistán o Cisjordania— publica ahora Un mapa de los lugares en los que caemos, de la editorial Viajes al Pasado, un libro híbrido a medio camino entre el diario de campo y el ensayo narrativo. Lejos del reportaje clásico, Ferreira se desprende aquí de la observación profesional para registrar lo que queda en la periferia de los conflictos: escenas breves y profundamente humanas que transcurren en hospitales de Pakistán y Kenia, en un teatro de Jerusalén o frente a los cementerios de El Cairo. Su voz en este caso explica el murmullo que deja la guerra, el exilio o el dolor cuando se apagan los focos.

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