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Poner el velo antes que la herida: por qué la izquierda elude enfrentarse al burka
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Análisis

Poner el velo antes que la herida: por qué la izquierda elude enfrentarse al burka

Lo que hoy se llama islam en los parlamentos europeos, en la prensa, en las cátedras universitarias y en todo internet tiene solo una muy remota semejanza con la fe practicada durante siglos por cientos de millones de musulmanes

Foto: Una mujer con burka en un campo de refugiados en Kabul, Afganistán. (EFE/Hedayatullah Amid)
Una mujer con burka en un campo de refugiados en Kabul, Afganistán. (EFE/Hedayatullah Amid)
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"Queda prohibida la utilización en el espacio público, o en lugares privados con proyección a un espacio o uso público, de los velos denominados niqab y burka". La norma propuesta por Vox en el Congreso de los Diputados era escueta, pero el debate en redes es intenso. Con la derecha aprovechando para marcar un gol contra "los moros" y la izquierda recurriendo a fuego de distracción, como unos hinchas que lanzan bengalas al césped a ver si el adversario se confunde. Lo que menos importa en todo esto a defensores y opositores de la norma son las mujeres.

Tampoco importaban en la votación: el apoyo del PP era simplemente "muestra de la voluntad de llegar a acuerdos con Vox", Junts prometió redactar exactamente la misma propuesta por su cuenta. La izquierda obviamente arremetió contra la propuesta de Vox, pero evitando entrar en el debate y echando balones fuera como si se tratase de una nueva modalidad olímpica.

Hubo tertulianos en las redes sociales que clamaban por lo ridículo que es prohibir un burka, si en España no se ha visto nunca esta prenda afgana, exhibiendo una admirable erudición antropológica respecto a denominaciones de origen textil. Obviando, eso sí, que emplear la palabra burka para referirse al velo negro con una estrecha rendija para los ojos que llevan las mujeres saudíes adineradas no es solo habitual en España y en el resto de Europa, sino también en árabe. En ese idioma, burqa’ abarca desde la cárcel de tela afgana hasta el niqab e incluso la coqueta mascarilla tradicional emiratí, que apenas cubre la boca o la nariz y deja a la vista todo lo demás, incluido un escote sugerente. La lingüística es el último refugio de los cobardes, pero ofrece poca protección.

Otros fueron más lejos. El jurista Joaquín Urías, exletrado del Constitucional, difundía en Twitter fotos de la realeza británica de luto, con ligerísima gasa negra sobre la frente, así como nazarenos de Semana Santa, asegurando que ambos elementos podrían ser ilegales, si se prohibía el niqab, prenda que consideraba personalmente "una barbaridad" indefendible. Pero, ¿prohibir? "La Constitución no permite imponer una prohibición a una religión específica", subrayó, por lo tanto, "referirse específicamente al burka o el niqab" en una ley sería incompatible con el artículo 16 de la Constitución, que garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto, y no permite tratar el islam distinto al cristianismo.

placeholder Mujeres yemeníes con niqab se reúnen frente a un mercado en Saná. (EFE/Yahya Arhab)
Mujeres yemeníes con niqab se reúnen frente a un mercado en Saná. (EFE/Yahya Arhab)

Entendemos: burka y niqab son para Joaquín Urías elementos indisociables del islam y, como tales, protegidos constitucionalmente. "Si es una práctica religiosa consensuada, es difícil prohibirlo. Habría que hacerlo por otros motivos razonados como la seguridad", remacha el jurista.

La seguridad ciudadana también la saca a relucir la exposición de motivos de Vox; aparte de abundar en la perniciosa influencia del islamismo, el "inasumible incremento generalizado de la población extranjera" y el "modo de vida occidental", ese vago concepto que hoy ha sustituido al anticuado "la raza blanca". Pero si se prohíbe simplemente taparse la cara —ese argumento es muy antiguo—, hay que multar a los motoristas que no se apresuren a quitarse el casco y vetar la Semana Santa al completo. Podemos ahorrarnos el debate sobre estas comparaciones, porque lo que sí es anticonstitucional es el descaro de presentar una ley anunciándola públicamente como trampa para conseguir un efecto distinto al enunciado. Por cobardía. Por canguelo ante el artículo 16 y la libertad religiosa. Por miedo a entrar al fondo de la cuestión y topar con la Iglesia.

"Si es una práctica religiosa consensuada, es difícil prohibirlo". De acuerdo, don Joaquín. ¿Es el niqab una práctica religiosa consensuada del islam?

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Debemos adelantar que lo que hoy se llama islam en los Parlamentos europeos, en la prensa, en las cátedras universitarias y en todo internet tiene solo una muy remota semejanza con la fe practicada durante siglos por cientos de millones de musulmanes en el mundo. ¿Ha visto usted alguna vez una película sobre los amish de Estados Unidos? Pues imagínese vivir en un mundo en el que cada vez que ponga "cristianos" en un buscador de internet salgan únicamente amish, y un telepredicador le explique que los paganos que celebren la Semana Santa o la fiesta del Rocío arderán en el infierno. Usted concluiría rápidamente que el cristianismo no es compatible con, ¿cómo decía Vox?, el modo de vida occidental.

La expansión de la secta wahabí, nacida en el siglo XVIII en el interior de Arabia, fortalecida por su alianza con la dinastía saudí, elevada a los cielos por los chorros de petróleo en el siglo XX y blindada geopolíticamente por el pacto militar con Estados Unidos en 1951, terminó por completo de usurpar el nombre del islam hace una generación. Apenas un siglo después de ser clasificada como secta destructiva por las autoridades del islam ortodoxo. "Herejes merecedores del infierno, mayor calamidad del islam", así los llamaba el gran muftí de La Meca, en 1870.

Hoy, esta secta es el islam, a secas. No, aún no lo es para millones de musulmanes tradicionales de Marruecos a Indochina, pero sí para los políticos y pensadores europeos y para gran parte de los inmigrantes recluidos en guetos y sujetos al mando de un imán financiado por Arabia Saudí y respaldado como "interlocutor" por las autoridades europeas. Pero de acuerdo, reformulemos la cuestión: ¿es el niqab una práctica religiosa consensuada por la secta salafista-wahabí, que hoy ostenta el monopolio de interpretar el islam?

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No, no lo es. Ni siquiera la doctrina más ortodoxa del islam salafista moderno considera una obligación religiosa para la mujer musulmana taparse la cara.

El hiyab, el pañuelo que tapa el cabello y escote de la mujer, dejando el óvalo de la cara al descubierto, sí ha sido declarado obligatorio por los teólogos salafistas que han tomado el control del islam incluso en Al Azhar, la universidad central de teología islámica en Egipto. Contra la resistencia de millones de musulmanas que ven sus sociedades colonizadas por este símbolo estandarizado como uniforme de las falanges femeninas del islamismo de Casablanca a Yakarta.

Ellas saben que ese paño separa a las mujeres en dos bloques: las castas y las putas. O como lo expresó en 1989 el Tribunal Constitucional de Turquía, al argumentar la prohibición de este velo islamista en las universidades del país: "Presentar el pañuelo islámico como obligación religiosa llevaría a la discriminación entre musulmanas practicantes, no practicantes y no creyentes por la forma de vestir, y cualquiera que se negara a llevar el pañuelo sería considerado necesariamente como opuesta a la religión, o como no religiosa". Y esto, concluyeron los magistrados turcos, el Estado no lo puede permitir.

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos se adhirió a esta visión en 2004, en el caso Leyla Sahin vs. Turquía: la prohibición, si bien una interferencia en la vida religiosa de la estudiante que quería llevarlo, estaba justificada por el objetivo legítimo de mantener una sociedad democrática, considerando "el impacto que llevar tal símbolo, presentado o percibido como obligación religiosa, podría tener en quienes eligen no llevarlo". No especificó el impacto, pero nosotros sabemos que demasiadas veces, de Argelia a Afganistán, ha sido la muerte de las mujeres que se negaban a izar esa bandera blanca de la rendición ante los movimientos extremistas.

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¿El velo, una terrible imposición del islam que debe combatirse mediante la legislación para proteger a las mujeres? ¡Para nada! aseguran, indignadas, sus defensoras; el velo es una opción completamente voluntaria de la mujer musulmana, lo lleva solo si quiere, por motivos personales en los que nadie debe indagar. Intentar prohibir el velo para protegerlas no es más que un abominable síndrome del salvador blanco.

Si es voluntario y por motivo personal, no un mandato religioso, una ley que prohíbe el velo en las alumnas de colegios públicos no contradice el artículo 16 de la Constitución, ¿verdad? Ah, no, dictaminó en 2019 la Comisión Islámica de España, interlocutor oficial del Gobierno; ningún colegio puede prohibir el hiyab porque es "una prescripción religiosa necesaria protegida por la ley orgánica de libertad religiosa". Al ser prescripción, la alumna no puede renunciar al velo sin convertirse en pecadora, y eso no podemos pedírselo, es el argumento.

Esto es el velo de Schrödinger: es obligatorio y voluntario a la vez.

Foto: prohibicion-burka-niqab-congreso-inmigracion-1hms Opinión

Y además, se une cierto coro: prohibir el velo en los colegios sería terrible para las alumnas, porque entonces sus padres no les dejarían acudir a clase y las encerrarían en casa, sin siquiera derecho a la educación.

Este es el argumento más cobarde de todos, porque significa claudicar, sin siquiera plantearse la obligación del Estado de vigilar por el interés de los menores, ante unos supuestos padres delincuentes, a los que cualquier juzgado de guardia retiraría la patria potestad, con o sin comisión islámica de por medio.

Ante la proposición de Vox, pocas voces se levantarán a defender el niqab como una hermosa manera de la musulmana de expresar su individualidad frente al hegemónico sistema imperialista occidental —haberlas haylas entre quienes viven del discurso "decolonial"—, pero el argumentario de los cobardes es el mismo: si se vetara el niqab por ley, los hombres musulmanes prohibirían a sus mujeres salir a la calle y las pobres se quedarían encerradas de por vida.

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Si alguien cree que realmente hay en España hombres capaces de secuestrar a una mujer por no taparse la cara —un delito penado con cuatro a seis u ocho años de cárcel (artículo 163)— debería votar a favor de prohibir el niqab. Esta sería entonces la herramienta utilizada para enmascarar un delito continuo de detención ilegal de estas mujeres, secuestradas de hecho y solo liberadas condicionalmente mientras se plieguen a la condición de su captor.

Pero no, nos dirán, con certeza es una decisión voluntaria, sin coerción alguna, y por motivos totalmente personales, por mucho que a cualquier otra mujer que decidiera encerrarse en casa antes que salir a la calle con la cara descubierta la mandaríamos urgentemente a una clínica psiquiátrica. Y así estaremos con el niqab de Schrödinger hasta que llegue el debate parlamentario, y de repente esta tela se convertirá en obligación religiosa del islam, protegida por el artículo 16. Porque esta protección no se puede reivindicar para un simple capricho personal: la práctica protegida debe ser, como dijo Urías, "consensuada".

¿El niqab, un mandato consensuado? Veamos qué tienen que decir al respecto las autoridades de Al Azhar, que, ya entregadas plenamente a la corriente salafista, tienen por obligatorio el hiyab. Este es necesario, dictaminan, para evitar que la visión del cabello de la mujer excite el instinto sexual del hombre y lo induzca a cometer graves actos de irresponsabilidad, verbigracia abalanzarse sobre la mujer y violarla.

Esto no viene en el Corán, que únicamente exhorta a las fieles a taparse la raja, cito literal, pero tras examinar siglos de exégesis, los salafistas han concluido que el pelo es parte de la llamada "desnudez" de la mujer, que debe ocultarse a la vista del varón —salvo marido, hermano, padre o niño impúber— para evitar la calamidad del asalto sexual. Pero ¿y la cara?

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La cara no, dice la exégesis oficial de Al Azhar, la cara no es tan incitante, salvo si la mujer es extraordinariamente guapa; en tal caso sí se recomienda vivamente que lleve niqab.

El problema que preveo ahora es que, una vez aprobada la proposición de ley de Junts —que puede ser idéntica a la de Vox, cambiando la exposición de motivos para evitar cierta verborrea racista—, unas cuantas defensoras del niqab acudirán al Tribunal Constitucional para reclamar su derecho a someterse voluntariamente al dictado de unas normas religiosas diseñadas para hacerlas invisibles. Para poder argumentar que estas normas efectivamente se les aplican a ellas deberán demostrar que son extraordinariamente guapas. ¿Y cómo se demuestra?

No sé si basta con aportar testigos —tendrían que ser hombres, porque no hablamos de estética general, sino de un atractivo sexual que incita a delito— o si hace falta una comisión de expertos; quizás lo más sencillo sería acreditar haber ganado un certamen de belleza regional. Quizás habría que instaurar una competición de Miss Hiyab para definir cada año a las privilegiadas que pueden acogerse a una cláusula de excepción religiosa para llevar niqab. Yo lo veo. Con un poco de capital saudí podría ser un éxito.

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Lástima que la izquierda española, durante un siglo defensora de la igualdad de la mujer frente a la Iglesia católica, no lo vea. Que prefiera pensar que el islam, por definición, desde que se reveló, obliga a tapar a las mujeres, de la cabeza a los pies, o que las mujeres musulmanas son psicópatas por nacimiento, o que los hombres musulmanes prefieren ser criminales antes que desoír mandamientos inhumanos. Iba a decir que rehuir el debate sobre el velo desde el concepto de la dignidad humana traslada la iniciativa a la ultraderecha, que lo lanza desde el racismo, pero en el fondo, tras la negativa a debatir, dando por buenos todos los clichés fundamentalistas como propios de la "marca islam", no es menos racista.

Con tanta prisa para rehuir la cuestión declarando inconstitucional todo gesto contra el fundamentalismo religioso, nadie ha consultado siquiera la doctrina del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que en 2014 examinó la ley francesa que desde 2010 prohíbe burka y niqab en el espacio público y la hallaba justificada en su objetivo de garantizar la convivencia en una sociedad democrática (S.A.S c. Francia). Ni nadie quiere plantear si las justificaciones al velo que ofrece la exégesis salafista oficial, definiendo a la mujer como objeto sexual a merced de los asaltos del varón, son un bien protegible bajo la Constitución española.

La izquierda teme hoy afrontar la palabra religión. No quiere plantar batalla a los sicarios de Dios por miedo a salir lastimada; evita indagar, conocer, saber, mirar. Pone el velo antes que la herida.

"Queda prohibida la utilización en el espacio público, o en lugares privados con proyección a un espacio o uso público, de los velos denominados niqab y burka". La norma propuesta por Vox en el Congreso de los Diputados era escueta, pero el debate en redes es intenso. Con la derecha aprovechando para marcar un gol contra "los moros" y la izquierda recurriendo a fuego de distracción, como unos hinchas que lanzan bengalas al césped a ver si el adversario se confunde. Lo que menos importa en todo esto a defensores y opositores de la norma son las mujeres.

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