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Un año después, Trump encuentra resistencia. ¿Durará?
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Un año después, Trump encuentra resistencia. ¿Durará?

Trump acelera decretos, choca con jueces y Congreso, y enfrenta protestas tipo “Primavera Árabe” en Mineápolis, retrocesos internacionales y encuestas adversas, mientras se debate si es repliegue táctico o límite real

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump, ante los medios de comunicación. (EFE)
El presidente de EEUU, Donald Trump, ante los medios de comunicación. (EFE)
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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, irrumpió en 2026 como Atila en las aldeas romanas. Solo en el mes de enero ordenó la abducción de Nicolás Maduro en una operación militar, amenazó con anexionarse Groenlandia "por las buenas o por las malas" y usó la excusa de las deportaciones para ensayar la ocupación paramilitar de una ciudad demócrata, Mineápolis. Su agresividad, sin embargo, ha generado resistencia y ha dejado a Estados Unidos en un punto de inflexión: ¿sofocará Trump esta oposición para avanzar en su proyecto autoritario o se ha topado, por fin, con esa noción ya casi mitológica de los checks and balances?

Antes de continuar, es bastante probable que, a estas alturas de mandato, todavía queden personas que salten de su propia piel cuando leen "Estados Unidos" y "proyecto autoritario" en la misma frase. Quizás basten algunas cifras para recordar que lo que estamos presenciando no tiene nada de tradicional en este país.

Trump firmó el año pasado 225 decretos, por ejemplo. Una media 5,5 veces superior a los decretos anuales de Joe Biden y 6,5 veces superior a los de Barack Obama y George W. Bush. Al mismo tiempo, en 2025 el Congreso ha aprobado menos leyes que en ningún otro primer año de mandato en la historia de EEUU.

Buena parte del aluvión de decretos de Trump, además, ha quebrantado leyes o se ha inmiscuido en zonas reservadas al poder legislativo, lo cual ha provocado miríadas de conflictos legales. En apenas 12 meses, según Just Security y The New York Times, la Administración Trump ha sido objeto de 634 demandas: ocho veces más demandas que las acumuladas, a lo largo de ocho años, por la Administración de George W. Bush. Hablamos de una frecuencia 65 veces superior. La comparación con las demandas a la Administración Obama sale igual.

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Pregunta: ¿y qué dicen los jueces? Los jueces dicen muchas cosas. Unas veces se les escucha y otras veces no. Un estudio de The Washington Post publicado el pasado julio refleja que, de 165 órdenes judiciales contra la Administración, esta "desafió o frustró el cumplimiento" de 57. Un tercio del total.

Pero no hay que remontarse a julio. Solo en enero de 2026 los agentes migratorios desplegados en Minnesota violaron casi un centenar de órdenes judiciales. En palabras del juez federal jefe del Estado, solo ICE, solo en enero, ha violado más órdenes judiciales que "algunas agencias federales a lo largo de toda su existencia".

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Los jueces, como se suele decir, no disponen de un ejército que obligue a cumplir sus decisiones. Lo más parecido que tienen son los U.S. Marshals, o alguaciles federales. Pero aquí está el truco: los alguaciles federales dependen del Departamento de Justicia. En este caso, un Departamento de Justicia cautivo y politizado, en opinión de 49 de 50 veteranos consultados de dicho departamento. La mitad de gobiernos demócratas y la otra mitad de gobiernos republicanos.

Así estaban las cosas cuando llegó 2026. Una manera de entender la acción en Venezuela, las amenazas a Groenlandia y la ocupación de Minneapolis es como parte de este proceso de concentración de poder personal y de ruptura de los órdenes interno y externo de EEUU. Una ruptura que se está topando con baches.

La primera vez que un agente federal, en este caso de ICE, asesinó de tres disparos a una mujer que trataba de hacer una maniobra de cambio de sentido en Minneapolis, la Casa Blanca procedió a calificar a la víctima, una madre de tres hijos, de "terrorista doméstica". A pesar de que el momento fue grabado, a plena luz del día, por varias cámaras de vídeo. Pero el país continuó como si nada.

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La reacción al segundo asesinato, en cambio, fue diferente. La víctima, un enfermero de 37 años, tampoco había atacado ni amenazado a los agentes; aun así, recibió 10 disparos y fue acusado, por la secretaria de Seguridad Interior, de "terrorismo doméstico". El visir de Trump, Stephen Miller, dijo que se trataba de un "asesino". El país entero había visto las imágenes. Daba igual. En palabras del vicepresidente, JD Vance, los agentes federales tienen "inmunidad absoluta".

Las tornas empezaron a girar. En Minneapolis las protestas siguieron aumentando. La ciudad fue descrita como "un gran globo ocular" continuamente vigilante. Casi cualquier abuso, roce o voz más alta que otra eran documentados por una red de voluntarios que se organizaban de forma distinta a como suele ser habitual en EEUU: en grupos pequeños y en servicios de mensajería cifrados para eludir los instrumentos de vigilancia de ICE. Un cuerpo de policía, quedaba claro, impune.

Como han apuntado los periodistas Anne Applebaum y Robert Worth, las protestas de Minneapolis eran mucho más parecidas a las de la Primavera Arabe y las de Ucrania en 2013-14 que a las que se suelen ver en EEUU. La actuación al margen de la ley de ICE y la Patrulla Fronteriza, con los asesinatos de Renee Good y Alex Pretti como ejemplo extremo, invitan a hablar de "disidencia".

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A tenor de los continuos vídeos de violencia y separaciones traumáticas a manos de agentes enmascarados, vestidos muchas veces de camuflaje, entrando en viviendas sin orden judicial y con armas pesadas, etc, las encuestas sobre política migratoria empezaron a agriarse. Y la Administracióin Trump optó por adoptar, en palabras del presidente, "un toque más suave".

Desde el asesinato de Pretti, la Casa Blanca ha relevado del mando de las operaciones a Gregory Bovino, el chulesco líder de la Patrulla Fronteriza que se paseaba como un gallo por las calles de Chicago o Mineapolis, dando órdenes teatrales y luciendo un abrigo similar a los de las SS; ha colocado en su lugar a Tom Homan, de apariencia más burocrática y con corbata; y, tras 10 semanas, ha anunciado el final de la Operación Metro Surge en Minneapolis y St. Paul.

Los congresistas demócratas, y algún que otro republicano, también pasaron a la carga. Dijeron que solo aprobarían los presupuestos si se ponían límites a ICE y la Patrulla Fronteriza. Entre otras cosas, el deber de llevar cámaras adosadas a los uniformes y de ir con el rostro descubierto. El Departamento de Seguridad Interior, en el momento de escribir estas líneas, se ha quedado sin financiación.

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Hay muchas otras señales, ninguna definitiva, pero señales al fin y al cabo, de que Trump tiene que pisar el freno. Cuando compartió un vídeo en el que los Obama salían con cuerpo de simios, dando brincos por la selva, la indignación fue bastante generalizada. Varios líderes republicanos, como los senadores Tim Scott, Susan Collins o Dan Sullivan, en lugar de ponerse de perfil y decir "la verdad es que no he visto el vídeo", como es habitual, dijeron que este era inaceptable y pidieron a Trump que lo borrara y pidiera perdón. Trump no se disculpó, pero hizo algo inusual: borró el vídeo y su oficina le echó la culpa a algún empleado despistado.

El proceso por lo penal contra Jerome Powell, presidente de la Fed, fue otra línea roja también para algunos republicanos. La senadora Lisa Murkowski dijo que dichas pesquisas "no son más que un intento de coacción" contra el presidente del banco central, una entidad independiente del Gobierno. Otro senador republicano, Thom Tillis, ha amenazado con bloquear la nominación del sucesor de Powell, Kevin Warsh, si el Departamento de Justicia no abandonaba la investigación.

El escándalo de los Papeles de Epstein sigue creciendo gracias, sobre todo, al impulso de dos Quijotes parlamentarios: el demócrata Ro Khanna y el republicano Thomas Massie, que no están contentos con los documentos revelados, dada su parcialidad y su abundante censura. Amenazan con ser ellos quienes publiquen los nombres de los aparentes cómplices de Jeffrey Epstein en la trama de tráfico sexual de menores. De momento, solo una persona, Ghislaine Maxwell, ha sido condenada. De momento, la Casa Blanca es incapaz de pinchar este globo.

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Todas estas indicaciones de que Trump pierde fuelle están contextualizadas por unas encuestas atroces, y en año de elecciones. Trump, que tiene un aprobación del 36%, según un sondeo de AP-NORC, es más impopular de lo que era en este punto de su primer mandato. La valoración de su gran baza de la campaña de 2024, la inmigración, se ha tornado negativa. Como su gestión económica.

Aunque cada cita electoral especial (fuera de calendario) es hija de sus circunstancias, lo cierto es que los demócratas están ganando todas. Desde el pasado noviembre, los demócratas han conquistado Virginia, han prolongado la gubernatura en Nueva Jersey, han roto las supermayorías republicanas en los senados de Iowa y Misisipi y han ganado, por un margen impensable, un escaño parlamentario de Texas: en un condado arrasado por Trump en 2024.

Esta también es una razón por lo que cada vez más republicanos marcan distancia: Trump cumplirá en junio 80 años y este es, legalmente, su último mandato. No dominará la política estadounidense ad infinitum y su marca, entre los independientes, se está volviendo tóxica. Sus aranceles a Canadá, por cierto, han sido rechazados en la Cámara de Representantes, controlada por su partido.

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En el plano internacional también hay una creciente oposición. La imagen de los respectivos ministros de Exteriores de Dinamarca y su territorio, Groenlandia, fumando con ansiedad en Washington, retrató las tribulaciones europeas. El despliegue de soldados de ocho naciones de Europa en la isla danesa, aunque simbólico, también fue elocuente Un coro de voces autorizadas, dentro y fuera de EEUU, se elevó contra los designios territorialistas de Trump.

El 21 de enero, quizás alarmado por el medidor, para Trump, más importante del universo, la Bolsa de Wall Street, el presidente de EEUU dijo en Davos que, al final, no usaría la fuerza militar para hacerse con Groenlandia ni pondría aranceles draconianos a quienes no toleraran sus apetencias. El suspiro de alivio lo escucharon hasta los osos polares, pero los aliados tomaron nota: la obsequiosidad y la mano izquierda, usadas en 2025, no habían dado resultado con Washington. Y la posibilidad del final de la OTAN, de aquí a 2029, se hizo mucho más vívida.

Si el discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, que tiene un puesto de observación avanzado, tuvo tanto impacto, quizás se debió a que puso en palabras lo que todos pensaban. Al menos en las capitales europeas. El orden geopolítico vive una "ruptura" capitaneada, aunque no dio nombres, por Estados Unidos.

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En este punto, hay dos escuelas. Una dice que Trump se ha topado con la horma de su zapato; que empujó y empujó, aupado por el enorme capital político con el que inició esta segunda andadura, en dirección a una presidencia imperial. Y la realidad le ha parado los pies. Sus compatriotas han sido lentos en reaccionar, pero lo están haciendo. Y el gabinete de Trump entiende que toca rebajar ambiciones.

La otra escuela dice, en palabras del ensayista neoconservador Robert Kagan, que "Trump siempre da un paso adelante y dos atrás". Ahora mismo estaríamos presenciando un paso en el buen sentido: una suavización, un repliegue táctico. Luego volverá a dar dos pasos atrás. Quién sabe si Groenlandia, Canadá, Cuba, más abusos paramilitares en ciudades estadounidenses. Y quién sabe qué pasará en las elecciones de medio mandato, o ‘midterms’, de este noviembre.

Estas dos últimas semanas, Trump ha dicho que las elecciones "no deberían celebrarse" y, después, varias veces, que habría que "nacionalizarlas" en determinados distritos electorales (aquellos donde los demócratas ganan por un pequeño margen). Los bulos acerca de los inmigrantes sin papeles que supuestamente van a votar están circulando en las redes de inmundicia de X y Tik Tok. Y los republicanos tratan de aprobar la Ley SAVE, que limitaría severamente el número de ciudadanos que pueden participar en los comicios.

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Al mismo tiempo, ICE ha comprado una red de almacenes por todo Estados Unidos para transformar en centros de detención para inmigrantes indocumentados. La población detenida, que, según Amnistía Internacional, es víctima de abusos y no goza de derechos, podría crecer de 70.000 a 170.000.

Sea como fuere, aún quedan más de 1.000 días de mandato. Y no está en la naturaleza de Trump apartarse de las cámaras para gobernar serenamente, como una figura gris que de vez en cuando sale al balcón a saludar a la multitud o a leer algún discurso vacuo y predecible. Tarde o temprano, nadie sabé cómo, dado que siempre cuida el factor sorpresa, volverá a absorber todo el oxígeno de la sala.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, irrumpió en 2026 como Atila en las aldeas romanas. Solo en el mes de enero ordenó la abducción de Nicolás Maduro en una operación militar, amenazó con anexionarse Groenlandia "por las buenas o por las malas" y usó la excusa de las deportaciones para ensayar la ocupación paramilitar de una ciudad demócrata, Mineápolis. Su agresividad, sin embargo, ha generado resistencia y ha dejado a Estados Unidos en un punto de inflexión: ¿sofocará Trump esta oposición para avanzar en su proyecto autoritario o se ha topado, por fin, con esa noción ya casi mitológica de los checks and balances?

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