¿Quién contará la historia real de Europa? Sus líderes no están por la labor
El momento geopolítico exige una narrativa clara y coherente sobre cuál es el rol que debe jugar el continente. Sin embargo, los líderes europeos no han sabido proporcionarla
Dada la situación geopolítica, los europeos tienen motivos de sobra no solo para sentirse inquietos, sino también para movilizarse y ser conscientemente europeos. El hecho de que ese sentimiento no sea compartido por una amplia mayoría no se debe a que la realidad sea ambigua, sino a que el liderazgo sí lo es.
Desde la necesidad de rearmarse ante la agresión rusa y la retracción estadounidense hasta la urgencia de reducir la dependencia estratégica de Europa respecto a Estados Unidos, el momento exige una narrativa clara y coherente. Sin embargo, los líderes europeos no han sabido proporcionarla. En cambio, muchos oscilan entre la asertividad y la ingenuidad en sus relaciones con Donald Trump —entre ellos Friedrich Merz, Donald Tusk y Keir Starmer—, y la adulación táctica para frenar el alejamiento de Washington de Europa, como han hecho Alexander Stubb y Giorgia Meloni. Algunos, como Pedro Sánchez, combinan una retórica beligerante con una persistente reticencia a invertir seriamente en defensa.
Bruselas tampoco ha ofrecido mayor claridad. En su discurso sobre el Estado de la Unión de 2025, Ursula von der Leyen declaró acertadamente que "Europa está en lucha". Pero no llegó a explicar contra quién lucha Europa, ni por qué. Evitó afirmar claramente que Europa ya está en guerra con Rusia y que los Estados Unidos, liderados por Trump, actúan cada vez más como un matón al que el continente debe aprender a resistirse. El resultado fue un discurso que generó más ambigüedad que urgencia, especialmente si se suma a los continuos esfuerzos por apaciguar a Washington.
Esa confusión no ha hecho más que agravarse en los últimos meses. A principios de 2026, los líderes europeos respondieron con notable cautela al secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela por parte de Estados Unidos, y recurrieron a llamamientos a la negociación en respuesta a las amenazas de Trump contra Groenlandia. Cada episodio reforzó la impresión de una Europa insegura sobre si está gestionando a un aliado difícil o evitando una verdad incómoda.
El pragmatismo, en sí mismo, no es el problema. Una estrategia de concesiones selectivas a Washington podría justificarse —y defenderse públicamente— como necesaria para evitar un debilitamiento catastrófico de la posición militar de Ucrania o una ruptura peligrosa de la seguridad, la prosperidad y la unidad europeas. Pero esa historia no se ha contado. En cambio, los ciudadanos europeos se han visto en gran medida obligados a deducir la lógica que hay detrás de la moderación de sus líderes.
La política interna explica en gran medida este silencio. La cautela de Tusk hacia Washington puede reflejar el temor a que una actitud excesivamente firme sea utilizada por la oposición de derecha polaca como un arma para poner en peligro imprudentemente la seguridad nacional. Por otra parte, la reticencia de Sánchez a aceptar un aumento significativo del gasto en defensa encaja perfectamente con las preferencias del electorado de izquierda. Ambos líderes se enfrentan a unas elecciones parlamentarias muy reñidas el año que viene. Sin embargo, la vulnerabilidad política no exime a los líderes de su responsabilidad, especialmente en momentos de cambio estructural. Incluso puede resultar contraproducente.
La consecuencia es que la ruptura transatlántica aún no se ha convertido en el tipo de crisis galvanizadora que anteriormente ayudó a construir Europa, ya sea durante la pandemia de Covid-19 o después de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia. En cambio, son los oponentes de Europa, tanto dentro como fuera del continente, los que parecen estar tomando la iniciativa. Describen a la corriente principal europea como desorientada, dividida e incapaz de ejercer liderazgo. Afirman encarnar el espíritu de una nueva era. Y figuras como Jordan Bardella, Alice Weidel y Nigel Farage han explotado hábilmente la controversia de Groenlandia para presentarse como patriotas, independientes y lúcidos.
Su instinto de anteponer los intereses nacionales y su hostilidad hacia la Unión Europea los hacen poco adecuados para ayudar a Europa a navegar por la agitación geopolítica. Pero denunciarlos no es suficiente. Para ganar este debate, los líderes proeuropeos necesitan coherencia entre sus palabras y sus actos y, sobre todo, un discurso que trate a los europeos como ciudadanos capaces de comprender verdades difíciles. Hoy en día, no estamos ante una batalla de narrativas, sino ante un vacío narrativo que las fuerzas antieuropeas están aprovechando.
Las recientes encuestas del European Council on Foreign Relations sugieren que aún se puede conseguir una mayoría a favor de una Europa más segura de sí misma. Pero muchos europeos solo han experimentado un despertar geopolítico parcial: apoyan un aumento del gasto en defensa, pero no una postura más dura hacia Estados Unidos, o viceversa. Para salvar estas perspectivas fragmentadas se necesita una historia aglutinadora que conecte la seguridad, la soberanía y la solidaridad, y que sea contada de forma coherente por los líderes de todos los países.
Independientemente de sus limitaciones internas y sus hábitos en materia de política exterior, los líderes proeuropeos no pueden permitirse perder el control de la historia europea. Si no la cuentan ellos, lo harán otros, y es poco probable que a la mayoría de los europeos les guste esta nueva versión.
* Pawel Zerka es investigador sénior en el European Council on Foreign Relations (ECFR)
Dada la situación geopolítica, los europeos tienen motivos de sobra no solo para sentirse inquietos, sino también para movilizarse y ser conscientemente europeos. El hecho de que ese sentimiento no sea compartido por una amplia mayoría no se debe a que la realidad sea ambigua, sino a que el liderazgo sí lo es.