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La revancha del filósofo del pesimismo: "La UE sobrevivirá, pero como el Sacro Imperio"
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Entrevista a John Gray

La revancha del filósofo del pesimismo: "La UE sobrevivirá, pero como el Sacro Imperio"

John N. Gray es un filósofo y pensador británico que lleva décadas advirtiendo del mundo tal y como está Europa más cómoda: el del neoliberalismo. Trump, Ucrania, los populismos... le han dado la razón

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John Gray
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John N. Gray (South Shields, 1948) ha dejado de ser el "filósofo del pesimismo" de la noche a la mañana. No porque haya cambiado sus ideas, sino porque el mundo ha acabado dándole la razón en casi todo. Filósofo político y ensayista británico, su obra se ha caracterizado por una crítica constante a las ideas de progreso, al optimismo ilustrado y a las certezas morales que atraviesan tanto el liberalismo como las grandes ideologías modernas. Charlamos durante más de una hora en la biblioteca de la Fundación Juan March en Madrid, donde acudió a dar una conferencia esta semana.

PREGUNTA. A menudo se le ha etiquetado como el "filósofo del pesimismo". ¿Se identifica con esa etiqueta o considera que sus tesis han sido validadas?

RESPUESTA. Empecé a ser percibido así hacia finales de la Guerra Fría, cuando se me identificó con una voz del pesimismo, ¡incluso me llamaban apocalíptico! Todo empezó porque en 1989 sostuve en un artículo que lo que venía no era “el fin de la historia”, sino “el fin del liberalismo”. Lo que yo decía es que el curso normal de la historia es que coexistan diversos tipos de regímenes; los sistemas surgen, florecen y luego declinan y se hunden. Ese es el patrón. Así que, tras la Guerra Fría, volvió este patrón, volvió la historia “normal”. Acordaos de que el propio George H.W. Bush (el padre, quien, a diferencia de su hijo, era un realista que había vivido la guerra), dijo: “Esta es una gran victoria, pero todo va a ser muy difícil a partir de ahora”. Nadie le prestó atención, y a mí me llamaron pesimista.

P. ¿La Guerra Fría fue el paréntesis?

La Guerra Fría fue un conflicto anómalo entre dos proyectos de la Ilustración: se enfrentaron varias formas de liberalismo contra un tipo de comunismo soviético cuyas raíces también se hallaban en la Ilustración. Cuando aquello terminó, yo anticipé que Rusia no se integraría en un orden liberal global, sino que revertiría a tradiciones eurasiáticas y antioccidentales anteriores. Es exactamente lo que ocurrió.

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En aquellos días, en Washington imperaba un triunfalismo absoluto. Se recortó financiación para estudios de política exterior porque pensaron que ya habían ganado. A mí me pareció cómico, porque era predecible que, una vez desintegrado el sistema soviético, los conflictos nacionales, religiosos y por los recursos que habían sido suprimidos emergerían de nuevo. Ocurrió en Yugoslavia, en el Cáucaso... Pero escuchar eso era deprimente aquellos días; preferían hablar de un “dividendo de la paz”, porque no necesitaríamos defensa como antes, así que podíamos dedicarlo todo al consumo.

Este optimismo ilusorio animó a las élites políticas a intentar acelerar lo que veían como el impulso inherente de la historia. Es decir, los cambio de régimen. Pensaban: "No queremos esperar 300 años, así que vamos a hacerlo en los próximos cinco". Así invadieron Irak y trataron de remodelar Afganistán para convertirlo en un estado occidental; repitieron el error en Libia, todavía más cerca de Europa. Figuras como [Tony] Blair en Europa o [George] Bush en América creyeron genuinamente en este proyecto de neoliberalismo armado, que resultó ser una ilusión catastrófica. Creyeron que podían forzar un proceso histórico que consideraban inevitable.

P. … Y durante años hubo consenso sobre que China terminaría integrándose en el mundo liberal.

R. Absolutamente. Existía la idea de que si una empresa o banco occidental lograba entrar en ese mercado, las ganancias serían tan gigantescas que el proceso sería irresistible. Y cuando una ilusión eleva la autoestima de alguien y además le genera un beneficio material, es completamente irresistible. Pero China observó lo ocurrido en Rusia en los 90 y decidió que no permitiría un colapso del Estado. Nunca tuvieron la intención de liberalizarse. Incluso en su periodo de mayor apertura, los sectores estratégicos de la industria permanecieron bajo el control del Partido Comunista.

En Occidente existían teorías sobre la evolución económica que dictaban que era inevitable que China se convirtiera en una economía de mercado al estilo occidental. Pero era imposible. Todo dependía de la política y, en el momento en que surgiera un líder político que quisiera revertir este proceso o tomar el control de él, se detendría de golpe. Y exactamente eso ocurrió con Xi [Jingping].

"El neoliberalismo armado resultó ser una ilusión catastrófica"

Es una característica muy arraigada de la opinión occidental creer que el resto del mundo quiere ser como nosotros y que el resto del mundo se está convirtiendo lentamente en nosotros. Pero está ocurriendo lo contrario. China ya no solo copia tecnología; crea la suya. Ven a Occidente, a Europa y América, como una civilización en declive. Quieren desarrollar algo diferente. Pueden haber tomado elementos del pensamiento occidental —incluyendo el nacionalismo, que es un invento occidental—. Pero el mito de que solo los mercados libres occidentales pueden innovar ha sido falseado por una economía dirigida que es igual de efectiva en bioingeniería o inteligencia artificial.

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P. ¿Cómo encaja aquí Trump 2.0.? ¿Su idea del mundo es también una ilusión?

R. El régimen de Trump es un régimen aficionado en materia de realpolitik. Sus habilidades provienen de los Bienes Raíces y de los reality shows. La geopolítica es mucho más dura, intratable y peligrosa. Los verdaderos maestros son figuras como Xi Jinping y Putin, quienes han vivido situaciones de peligro físico real. Xi vio a su familia destruida en la Revolución Cultural; Putin temió por su vida al caer la URSS. Trump conoce el riesgo de préstamos excesivos o casinos en quiebra, pero la geopolítica no es el mercado inmobiliario estadounidense.

P. ¿Hay algo de realpolitik en cómo ha tratado a Venezuela, o las amenazas sobre Groenlandia?

R. Trump ha abandonado el proyecto neoliberal de cambios de régimen —véase Venezuela, donde el sistema sigue intacto después de [Nicolás] Maduro—, pero su modelo transaccional sobre el petróleo y luego retirarte es igual de ilusorio. En el caso de Trump y Venezuela, todo dependía de su creencia de que las corporaciones estadounidenses quisieran entrar. Pero estas empresas entienden que la seguridad no está garantizada y que la infraestructura petrolera está arruinada; costaría miles de millones de dólares reconstruirla. No lo harán. Tampoco entrarán en Groenlandia, ni en Ucrania.

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Trump cree que puede generar una percepción de éxito que dure unos minutos, como en la televisión. Sin embargo, la geopolítica tiene cambios a largo plazo y una base de poder duro y recursos materiales. Ahora se están dando cuenta y priorizan la producción nacional de minerales críticos, pero eso lleva mucho tiempo. Estados Unidos intenta reindustrializarse, pero las profesiones que eligen los jóvenes estadounidenses son derecho y finanzas, no ingeniería. Viven en una economía virtual de criptomonedas y litigios. China tiene un problema similar de sobredimensión de graduados, pero la mayoría no son abogados, sino ingenieros...

P. Hay un libro sobre eso, titulado Breakneck: China's Quest to Engineer the Future, de Dan Wang, que trata sobre eso.

R. Sí, pero están usando sus capacidades, está construyendo su armada cinco veces más rápido que cualquier otro país; están replicando la capacidad de la Armada Británica cada 18 meses. Estados Unidos se ha debilitado por centrarse en el mundo virtual mientras otros dominan lo material. Porque la desventaja del capitalismo emprendedor occidental es que, si se centra exclusivamente en los rendimientos de los accionistas y en bonos para los altos cargos, puede ser cortoplacista, e incluso estar dispuesto a vender tecnologías a China, que es lo que ha ocurrido.

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China tiene sus propios problemas: una burbuja inmobiliaria colosal y un enorme problema de contaminación. A menudo se la describe como potencia en energías renovables, un país que controla el mercado solar mundial, pero la razón por la que tiene tantos centros de datos es en realidad el carbón. La mayoría dependen de electricidad que proviene del carbón y también tienen problemas de agua para la refrigeración. Tienen dificultades para obtener recursos, pero disponen de un marco institucional que, al ser más intervencionista de una manera pragmática, es capaz de generar cambios tecnológicos.

"No estamos en una Guerra Fría 2.0. dependemos demasiado de China"

Y ojo, hay un ‘meme’ muy peligroso en Occidente sobre que estamos en la Guerra Fría 2.0. No es así. En la Guerra Fría, la Unión Soviética no poseía partes significativas de las economías occidentales ni era esencial para el bienestar económico occidental. Ahora China sí lo es. El conflicto es mucho más complejo.

P. Ya que hablamos de lo virtual, ¿cómo encaja la Inteligencia Artificial en su teoría sobre el progreso? ¿Viene a salvarnos, destruirnos, o ninguna de las dos?

R. La IA es una tecnología que cambia el mundo y no está siendo sobrevalorada. Estamos viendo cambios en mercado laboral mucho más rápidos de lo que se pensaba, y afecta a los intereses materiales de la gente. La IA va a socavar profesiones cualificadas: contabilidad, seguros, derecho y partes de la medicina. Incluso la programación humana se está volviendo redundante; los codificadores son los primeros en ser eliminados. El impacto en los jóvenes va a ser profundo: nadie debería iniciar una carrera en profesiones que serán automatizadas en tres años.

Contrario a la idea de una "economía del conocimiento" ingrávida, la IA está reinventando los límites del crecimiento. Requiere cantidades colosales de energía y agua para enfriar los centros de datos. Así que estamos de vuelta en una era de competencia por los recursos naturales. Tecnologías como DeepSeek o los avances en computación cuántica demuestran que el Estado puede dirigir la innovación de forma más pragmática que el capitalismo de bonos y dividendos. La IA depende totalmente del mundo material.

P. Usted ha hablado mucho del cambio climático…

R. El cambio climático es una realidad causada por el hombre, pero no es necesariamente detenible por el hombre. Está integrado en el sistema planetario y al sistema no le importa cómo nos sintamos al respecto; simplemente evoluciona. Podemos adaptarnos, pero yo critico la teoría verde convencional porque ignora que las tecnologías renovables son derivativos de combustibles fósiles. Su producción requiere una minería masiva que depende totalmente de esos combustibles. En cualquier caso, el clima es una amenaza real de décadas y siglos; la IA es una transformación que ocurrirá en los próximos tres años.

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P. ¿Y las guerras culturales? ¿Son una distracción, son hoy la batalla principal?

R. Uno de los errores del orden neoliberal fue creer que los problemas sociales podían sustraerse de la política para convertirse en administración legal.

Por ejemplo. Sobre el aborto en EEUU. Aunque soy pro-choice, ya advertí en los 90 que convertirlo en un derecho constitucional en una sociedad con un 40% de oposición radical era un error. Al hacerlo, dije, el proceso legislativo y la propia Corte Suprema se convertirían en objetivos políticos. Si intentas imponer derechos contra la oposición de un tercio de la sociedad mediante el legalismo liberal, estás generando una resistencia que acabará capturando antes o después las instituciones judiciales. Eso es lo que hizo Trump. La forma de resolver esto es el compromiso legislativo, no la judicialización de la moral. Los conflictos culturales se ven exacerbados por el legalismo liberal. Sin confianza mutua y convergencia en valores, el progreso no solo se detiene, sino que se vuelve imposible.

P. ¿No se pueden legislar asuntos morales sin grandes consensos entonces?

R. Mira, eso pasó en Europa tras la Primera Guerra Mundial. Los viejos imperios fueron destruidos y las clases medias quedaron arruinadas. Movimientos comunistas, nacionalistas y protofascistas con valores e intereses diferentes coincidían en algo: no veían ninguna institución legítima. En este escenario, el progreso es sencillamente imposible sin que se produzca un evento catastrófico, que resultó ser la Segunda Guerra Mundial. Decir que el progreso siempre es posible es automedicarse. ¿Hay ahora suficiente consenso cultural en EEUU para que el progreso sea posible? Yo mismo me lo pregunto. Trump es una ruptura. No va a haber una vuelta al Bidenismo o al Clintonismo. Es mucho más probable que aparezcan populismos radicales de izquierda, como Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York. Las guerras culturales pueden durar muchísimo tiempo. A veces solo acaban cuando hay un evento catastrófico que te saca del callejón sin salida, barriendo el escenario.

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P. ¿Cree que la Unión Europea va a sobrevivir?

R. La Unión Europea es un "proyecto de Fukuyama", un diseño para el "fin de la historia". Creyeron que no necesitarían fuerza militar porque el poder duro ya no decidiría el destino del mundo. Ahora que el poder duro vuelve a ser la norma, Europa no tiene nada. Dependen de EEUU para inteligencia satelital y defensa; reconstruir eso tomaría décadas y Rusia no va a esperar 30 años. Finlandia, Suecia, los bálticos y Polonia están aumentando sus defensas rápido, pero la mayor parte de Europa, incluido el Reino Unido, tiene limitaciones fiscales difíciles. Francia…

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P. ¿Puede Rusia sostener la guerra eternamente?

R. Rusia tiene ahora una economía de guerra y no pueden desmantelarla. El conflicto ha rejuvenecido áreas pobres mediante empleos en fábricas de armamento y compensaciones por bajas. La guerra misma ha dinamizado la economía. Podría haber un impulso intrínseco para la expansión hacia Moldavia, Georgia o, quizá, los bálticos. Putin no toma en serio a la UE, le da igual que Ucrania se adhiera; lo que le importa es la OTAN. Si Estados Unidos se retira, el futuro de Europa dependerá de la voluntad de Rusia, una perspectiva nada halagüeña. Pero en la geopolítica hobbesiana no hay razón para que Putin mantenga un acuerdo.

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Europa está en negación: es demasiado doloroso aceptar que el periodo neoliberal ha terminado. Y claro que es inquietante aceptar que la guerra podría extenderse a Europa. Pero como decía Tolstói. “Nadie estaba preparado para la guerra que todo el mundo consideraba inevitable”.

P. ¿Cómo llama a eso? ¿Sesgo de normalidad?

R. Efectivamente. Los diplomáticos europeos tienen hábitos mentales de un mundo que ya no existe.

P. Volvemos entonces a la pregunta de hace un rato. ¿Puede la UE sobrevivir?

R. Probablemente, pero lo hará como el Sacro Imperio Romano. Habrá partes del sur, como España e Italia, que no podrán comprometer muchos recursos, y otras partes bajo influencia rusa como Hungría o la República Checa. Será una entidad semifragmentada sin capacidad militar. No tendrá el poder duro que necesitas en un mundo post-Fukuyama. ¿Habrá integración económica o moneda única? Schengen ya no es funcional porque polacos y húngaros no lo aceptan. Es posible que pronto tengamos un gobierno de Agrupación Nacional en Francia. ¿Qué hará [Jordan] Bardella con una defensa europea autónoma? No lo va a someter a un comité europeo.

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Una cosa que le pasaba a la Unión Europea es que pensaba que había cosas que eran inevitables, pero más bien es que no se pensaron. Había una época en la que se hablaba de la adhesión de Turquía como algo inevitable, y ante la pregunta de “¿se dan cuenta de que la UE entonces tendría fronteras con Irak y con Siria?” ponían la mirada perdida. Nunca fue inevitable. Es una cuestión de geografía, y la geografía es una de las razones por las que la historia no termina.

P. Al otro lado del Canal la cosa no está mucho mejor, pareciera que la política de Reino Unido se está volviendo loca. Los últimos tres primeros ministros perdieron la popularidad en los primeros 100 días, tras ganar por goleada.

R. El gobierno de Keir Starmer está en una fase terminal, y nadie quiere ser responsable de los desastres electorales que vienen. El proyecto de Starmer, un abogado de derechos humanos atrapado en el procedimentalismo, dependía de su estratega clave, Morgan McSweeney [que tuvo que dimitir por su relación con el pederasta Jeffrey Epstein]. Ahora adapta su retórica a la “izquierda blanda”, que se opone a recortes en el sistema del bienestar, por lo que no habrá aumentos reales en defensa. Podríamos tener otro episodio como el de Liz Truss [cuando los mercados reaccionaron muy mal a un hachazo fiscal salvaje que dejó un gigantesco agujero presupuestario], pero más grande. No creo que el sucesor de Starmer dure todo el mandato porque no podrá imponer los recortes necesarios. Hará elecciones generales con resultado incierto.

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P. ¿Ve una victoria del derechista Reform UK?

R. Es una posibilidad real. El fin del proyecto neoliberalista es definitivo, pero no hay un sucesor listo. Reform se ha estabilizado en el 30%, podría formar gobierno con los conservadores. Pero el gran cambio es la aparición de los Verdes. Si se mantienen por encima de los liberaldemócratas, tendremos una izquierda radical populista.

P. Compitiendo con el populismo de derecha.

R. Es la italianización de la política británica. Gobiernos que cambian y son incapaces de gobernar, mientras que el estrés fiscal y el populismo seguirán allí.

P. Una pregunta más abierta. Háblenos del mundo después de lo que ha pasado en Gaza.

R. No será un destino de vacaciones [como defiende la ‘Riviera Gaza’ de Trump]. La clave ahora es Irán. El régimen tiene una capacidad de represión salvaje y es más resistente de lo que se pensaba. La ayuda que prometió Trump no llegó, es otro ejemplo de la imprevisibilidad de su política. Pero también una señal de que EEUU no está persiguiendo únicamente los imperativos israelíes. Aunque bueno, veremos, porque Trump toma las decisiones en mitad de la noche… Otra cosa será Vance.

P. ¿Cree que Trump no va a durar?

R. ¿Os imagináis a Trump aguantando tres años más? Trump no tiene límites de políticas predecibles. Si Vance tomara el control, él será un unilateralista radical, no se dejará influir como Trump por lo del Premio Nobel de la Paz. La estrategia europea es intentar influir susurrando a “papá Trump”, pero eso solo funciona una tarde.

John N. Gray (South Shields, 1948) ha dejado de ser el "filósofo del pesimismo" de la noche a la mañana. No porque haya cambiado sus ideas, sino porque el mundo ha acabado dándole la razón en casi todo. Filósofo político y ensayista británico, su obra se ha caracterizado por una crítica constante a las ideas de progreso, al optimismo ilustrado y a las certezas morales que atraviesan tanto el liberalismo como las grandes ideologías modernas. Charlamos durante más de una hora en la biblioteca de la Fundación Juan March en Madrid, donde acudió a dar una conferencia esta semana.

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