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El errado debate del ejército europeo: sin credibilidad no hay disuasión
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son las capacidades y la voluntad de usarlas

El errado debate del ejército europeo: sin credibilidad no hay disuasión

El ejército europeo se está invocando como un instrumento de disuasión y no como una herramienta de gestión de crisis. Pero, de no cambiar mucho las cosas, es discutible que pudiera llegar a disuadir algún día

Foto: Soldados alemanes izan una bandera europea para una ceremonia. (EFE)
Soldados alemanes izan una bandera europea para una ceremonia. (EFE)

La idea de un ejército europeo se parece, en cierto modo, al fenómeno de la guerra. Recurrente y, aunque de naturaleza esencialmente inalterable, adquiere matices propios del momento. Y así sucede cada vez que se tensiona el vínculo transatlántico.

Ya en 2018, el presidente francés, Emmanuel Macron, defendió abiertamente la necesidad de que Europa avanzara hacia una mayor autonomía en materia de defensa. Estábamos en el primer mandato de Donald Trump, en un contexto marcado por dudas explícitas sobre el compromiso estadounidense con la OTAN y por una creciente inquietud europea ante la posibilidad de un repliegue estratégico de Washington.

Aunque perenne, la idea de un ejército europeo también se adapta al contexto de la actualidad. Es ahí donde encaja la reciente propuesta del ministro de Exteriores, José Manuel Albares, de una "coalición de voluntarios". La idea no apunta a un ejército europeo en el sentido tradicional de los ejércitos nacionales. Más bien se asemeja a una fórmula flexible y abierta, pensada para avanzar sin exigir unanimidades ni grandes cesiones de soberanía.

De hecho, Europa ya ha utilizado algunas fórmulas similares en el pasado y, en la actualidad, dispone de embriones funcionales que podrían evolucionar gradualmente. Para ello sería necesario, entre otras cosas, reforzar capacidades de mando y control, asignar unidades de manera estable y permitir la incorporación de nuevos socios. No es sencillo, pero ya se sabe: querer es poder.

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Por supuesto, también inalterable y recurrente es el resurgimiento de la vieja pugna entre europeístas y atlantistas. Véase, sin ir más lejos, las declaraciones del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ante el Parlamento Europeo. El neerlandés, sin negar la necesidad de que Europa haga más en materia de defensa, advierte de las duplicaciones, de la complejidad añadida y del coste de levantar otra arquitectura por encima de lo que ya existe. Y terminó con un tajante: "Les deseo suerte si quieren hacerlo".

Pero, más allá de las posturas tradicionales entre unos y otros, resulta que esta versión de ejército europeo se invoca como instrumento de disuasión, y no tanto como herramienta de gestión de crisis. Y ahí está el problema. De no cambiar mucho las cosas, es discutible que ese potencial ejército llegue a disuadir algún día.

La heterogénea voluntad europea

La disuasión —como la virtud, según Aristóteles— se mueve en el justo medio entre dos extremos igualmente perversos. Por un lado, en el extremo superior, la disuasión deja de serlo cuando se convierte en amenaza. No estamos ahí, ni de lejos. Por otro lado, en el extremo inferior, la disuasión no llega a serlo mientras los potenciales adversarios no perciban credibilidad, tanto en las capacidades disponibles como en la voluntad de usarlas. Es aquí donde estamos.

En cuanto a esta última, la voluntad, resulta que Europa no es un actor estratégico homogéneo, ni cuando actúa en su conjunto ni siquiera cuando lo hace a través de una supuesta coalición de voluntarios. Las percepciones de amenaza, las prioridades geográficas y la disposición a asumir riesgos varían de forma significativa entre Estados.

Todo ello plantea dudas razonables sobre algo tan básico como el consenso necesario para el empleo de una fuerza de defensa común. No se trata solo de decidir si se actúa, sino cuándo, cómo y hasta dónde. Y, llegado el momento, no está claro en absoluto que ese consenso pueda sostenerse bajo presión.

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Si añadimos la credibilidad en cuanto a las capacidades militares, el problema se agrava. Cuando se habla seriamente de disuasión —y no de mera presencia simbólica—, la cuestión nuclear es ineludible. Sin capacidad nuclear, todo ejército europeo estaría limitado en su capacidad disuasoria frente a cualquier amenaza seria. Y esto va de amenazas serias, ¿o no?

La pregunta es: ¿vamos a ser capaces de crear una capacidad nuclear común, donde todos los miembros de la coalición tengan similar estatus decisorio? ¿O no es más realista pensar que alguno de ellos se postularía como líder de esa capacidad y, ya dicho de paso, de ese supuesto ejército?

Ahora, juntando ambos problemas —la fragmentación de la voluntad política y el más que probable liderazgo por parte de alguna potencia—, resulta que el producto final no sería el ejército europeo con el poder de disuasión esperado, sino algo distinto: una OTAN a pequeña escala, con menos miembros, menos recursos y, previsiblemente, menos credibilidad.

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Una estructura que replicaría funciones ya existentes, duplicaría esfuerzos y generaría más preguntas de las que resolvería. Difícilmente una fórmula así reforzaría la disuasión; más bien correría el riesgo de diluirla.

Europa necesita más defensa, sí, pero sobre todo necesita claridad estratégica. Sin ella, el debate sobre un ejército europeo corre el riesgo de convertirse en un espejismo, algo atractivo a primera vista pero incapaz de sostenerse cuando se acerca el momento de tomar decisiones difíciles. Hasta entonces, la opción más razonable pasa por reforzar la unidad política europea, aumentar las capacidades militares reales y hacerlo dentro de un marco que ya existe, que funciona y –por cierto- que podría llegar a ser mucho más europeo.

La idea de un ejército europeo se parece, en cierto modo, al fenómeno de la guerra. Recurrente y, aunque de naturaleza esencialmente inalterable, adquiere matices propios del momento. Y así sucede cada vez que se tensiona el vínculo transatlántico.

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