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Dos países pueden salvar a Europa de Trump: ¿por qué no paran de pelearse entre ellos?
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Viejas rencillas

Dos países pueden salvar a Europa de Trump: ¿por qué no paran de pelearse entre ellos?

La ruptura del paraguas estadounidense, la guerra en Ucrania y el rearme alemán han sacado a la superficie las discrepancias que Francia y Alemania llevan décadas arrastrando

Foto: El canciller alemán, Friedrich Merz, junto al presidente francés, Emmanuel Macron, durante una cumbre en Berlín. (Reuters/Ebrahim Noroozi)
El canciller alemán, Friedrich Merz, junto al presidente francés, Emmanuel Macron, durante una cumbre en Berlín. (Reuters/Ebrahim Noroozi)

Hace unos días tuvo lugar, en la capital croata de Zagreb, una reunión que congregó a los líderes del Partido Popular Europeo (PPE). El objetivo del encuentro era discutir los retos que enfrenta la Unión Europea y, sobre todo, su relación con Estados Unidos de ahora en adelante. Al término del evento, y como era de esperar, se dio la pertinente salva de declaraciones. Hubo condenas al régimen chavista, promesas diciendo que las instituciones se acercarán a la ciudadanía y declaraciones a favor del rearme europeo. Pero cuando llegó el turno de Friedrich Merz, el canciller alemán dejó caer un inesperado comentario mordaz: "No puede ser que el último sea siempre el que marque el ritmo".

En Berlín, la frase fue ampliamente interpretada como un recado para Francia. Una crítica a su método de alargar negociaciones hasta conseguir un consenso que proteja sus propios intereses. Y lo cierto es que esa interpretación casa con lo que se rumorea en los círculos diplomáticos: que desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca, París y Berlín se están coordinando cada vez peor.

¿A qué se debe este choque de la dupla franco-alemana justo cuando la agresividad estadounidense debería servir para estrechar lazos en pos de una mayor fortaleza europea? En opinión de Yann Wernert, investigador del Centro Jacques Delors, lo que estamos viendo responde, precisamente, al acercamiento de facto que se está dando entre ellos.

"Esa aparente falta de entendimiento se explica, en parte, por la presión que ha caído sobre ambos países desde que Europa ha empezado a poner distancia con Estados Unidos", explica a El Confidencial. "La ruptura de las relaciones transatlánticas ha forzado un acercamiento entre Francia y Alemania", añade, "pero, al ser dos países muy distintos, dicho acercamiento ha puesto de manifiesto una serie de fricciones".

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Wernert añade que, en cuestiones como la estrategia energética o el poderío militar, el entendimiento siempre ha sido complicado porque Francia y Alemania han tenido, desde el final de la Guerra Fría, "posturas muy diferentes". "Pero como Europa se encontraba bajo el paraguas estadounidense, nunca hubo necesidad de entenderse; se acordó convivir en desacuerdo gracias a las garantías de seguridad que aportaba Washington". Consecuentemente, una vez disuelto este pacto tácito que evitaba tener que poner temas sensibles encima de la mesa, han empezado a surgir todas esas diferencias de opinión ocultas bajo la alfombra.

El caso de la financiación a Ucrania es paradigmático. Después de que la Unión Europea aprobara un préstamo de 90.000 millones de euros destinados al esfuerzo militar ucraniano, los franceses plantearon que buena parte de ese dinero fuese a la compra de armamento europeo (para ser utilizado luego por Kiev). Una propuesta que beneficiaría sustancialmente a la industria armamentística gala. Los alemanes respondieron diciendo que los fondos tendrían que ir, preferentemente, a las empresas de los países que más han contribuido a la defensa de Ucrania. Lo que, en la práctica, beneficia a la industria armamentística germana.

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"En lo que a Ucrania se refiere, los alemanes consideran que están haciendo todos los esfuerzos", explicaba hace unos días a la revista Politico un investigador del llamado Michel Duclos. "Así que cuando los franceses dicen que quieren gestionar el apartado militar, los alemanes contestan que por ahí no van a pasar".

Otro ejemplo: el famoso programa destinado a producir un avión de combate europeo que reemplace, a partir del 2040, a los Eurofighter y los Rafale. FCAS, por sus siglas en inglés. La iniciativa trilateral –participan Francia, Alemania y España– está valorada en 100.000 millones de euros y acaba de sufrir su enésimo bloqueo por, de nuevo, la falta de sintonía entre Francia y Alemania.

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"Es probable que la industria de defensa francesa no quiera compartir determinadas licencias, pero la parte alemana tiene dificultades a la hora de asumir algunas necesidades fundamentales en el diseño como, por ejemplo, la capacidad de portar armamento nuclear", explica Wernert. "Así, los desacuerdos de naturaleza industrial y la competitividad refuerzan tensiones ya existentes derivadas de la tradicional aspiración francesa a la autonomía en materia de defensa".

"Los alemanes y los franceses comparten diagnóstico en lo que a Trump y los norteamericanos se refiere", explica por su parte Nicolás de Pedro, un profesor asociado de Sciences Po París especializado en amenazas híbridas. "Pero aunque tengan el diagnóstico claro, la adaptación al nuevo escenario será extraordinariamente difícil porque el coste político va a ser muy alto y porque sus poderes fácticos –sus respectivas industrias– no lo van a poner fácil".

A todo lo anterior hay que añadir, por parte de Francia, la persistente nostalgia de gran potencia. Lo cual choca frontalmente con la hoja de ruta desplegada por Merz, que no solo busca reconducir la economía alemana en los próximos años, sino también volver a convertir Alemania en una gran potencia militar.

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"Los franceses llevaban años diciéndoles a los alemanes que tenían que hacer un mayor esfuerzo en materia militar y, ahora que empiezan a hacerlo, cunde la preocupación", explica Wernert. No por miedo a una confrontación militar, aclara el experto, sino por el temor a una pérdida relativa de poder dentro del continente. "Sencillamente, no pueden gastar tanto" como Alemania, añade. "La deuda pública francesa supera el 117% del PIB, mientras que la alemana se sitúa en el 63%". Berlín, en efecto, tiene mucha más capacidad de endeudamiento que París. El único consuelo de los franceses se encuentra en su condición de potencia nuclear. Una capacidad que los alemanes, de momento, no parecen dispuestos a desarrollar.

Llegados a este punto cabe hacerse la gran pregunta: ¿qué esperar del futuro? ¿Las fricciones provocadas por el acercamiento forzado que han experimentado ambos países podrán mitigarse o terminaremos viendo el eje franco-alemán volar por los aires?

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Wernert se muestra optimista. "Francia y Alemania están destinados a ser aliados naturales porque en el mundo hacia el que nos dirigimos apenas quedarán amigos con los que compartir objetivos a largo plazo", dice. Y porque "hay pocas cosas que afecten negativamente a un país sin que afecten al otro". Existen, en fin, demasiados intereses compartidos.

No obstante, el experto del Centro Jacques Delors advierte que hasta que no se celebren las elecciones presidenciales francesas, previstas el año que viene, no se puede afirmar nada con rotundidad. Si el centrismo europeísta abanderado por Emmanuel Macron cede el cetro de poder a la derecha populista radical representada por Agrupación Nacional, la relación futura entre las dos grandes potencias europeas podría toparse con un muro. Hay que esperar, concluye.

El optimismo cauto de Wernert contrasta con el pesimismo esgrimido por Jacob Funk Kirkegaard, un analista del think tank bruselense Bruegel. "No creo que Francia y Alemania sean aliados naturales", cuenta durante una conversación telefónica mantenida con este periódico. "Históricamente siempre han jugado en equipos distintos y actualmente la brecha entre ambos se va a ampliar sustancialmente".

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"Alemania está empezando a estimular su economía y a fortalecer su entramado militar mientras Francia continúa sumergida en los problemas económicos estructurales más profundos de toda la Unión Europea", explica. A eso hay que añadir, dice, hacia dónde está desplazándose el centro de poder dentro del continente: Europa oriental.

"Por todo lo anterior, no creo que el eje franco-alemán pueda volver a convertirse en el motor de Europa", sentencia Kirkegaard. "La Unión Europea es hoy una entidad muy diferente a la que fundó Francia hace varias décadas y dudo que los franceses vayan a poder recuperar una influencia que, de todas formas, siempre se nutrió de Alemania".

En lo que sí están de acuerdo Kirkegaard y Wernert es en restar importancia a la sintonía que parece haber emergido recientemente entre el canciller alemán y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni. Esta buena relación, escenificada en varias cumbres europeas, se ha traducido en acuerdos concretos sobre migración, competitividad económica, materias primas y defensa. La prensa de ambos países a menudo ha ido más allá, otorgándole el apodo de "Merzoni" y especulando sobre la posibilidad de que un nuevo eje Roma-Berlín desplace al tradicional franco-alemán en Europa.

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"Actualmente hay una serie de paralelismos entre Italia y Alemania", concede Kirkegaard en alusión a la importancia que tienen las exportaciones en ambas economías y, también, a cuestiones sociopolíticas como haber adoptado una mayor dureza frente a la inmigración. "Dicho lo cual, me parece excesivo considerar que el viejo eje franco-alemán pueda ser sustituido por una especie de eje italo-alemán", espeta antes de concluir que, por tanto, conviene entender la sintonía que ha aflorado entre Merz y Meloni como algo meramente circunstancial.

Hace unos días tuvo lugar, en la capital croata de Zagreb, una reunión que congregó a los líderes del Partido Popular Europeo (PPE). El objetivo del encuentro era discutir los retos que enfrenta la Unión Europea y, sobre todo, su relación con Estados Unidos de ahora en adelante. Al término del evento, y como era de esperar, se dio la pertinente salva de declaraciones. Hubo condenas al régimen chavista, promesas diciendo que las instituciones se acercarán a la ciudadanía y declaraciones a favor del rearme europeo. Pero cuando llegó el turno de Friedrich Merz, el canciller alemán dejó caer un inesperado comentario mordaz: "No puede ser que el último sea siempre el que marque el ritmo".

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