"Supremacía orbital total": los planes de Trump para la industria armamentística
Pete Hegseth, el 'ministro de la guerra' del gobierno estadounidense, pronunció un discurso en el que reveló los propósitos de su administración y en el que señaló cuál es su principal arma
Lo llamativo en la administración Trump es que sus propósitos no necesitan ser desvelados. Están a simple vista. Las interpretaciones a menudo no hacen más que distorsionar, a través del color ideológico, objetivos que aparecen nítidos. Los airean sin disimulo. Peter Hegseth, secretario de Estado de Guerra, el antiguo departamento de Defensa, visitó recientemente Cabo Cañaveral dentro de su gira ‘Arsenal de la libertad’. Allí pronunció un discurso en el que expresó de manera transparentecuáles son las metas de Washington, que esperan de la industria de defensa y cuáles son los planes previstos.
Por supuesto, Hegseth insistió en la necesidad de que EEUU continúe dominando los mares (“debemos preservar la libre navegación de los barcos estadounidenses”), lo que supone acabar con amenazas recientes, como la de los hutíes en Bab-el-Mandeb, pero también prevenir las futuras: la apertura de la ruta del Ártico entre China y Rusia pone en peligro esa supremacía.
EEUU quiere construir una cúpula "que neutralice cualquier dron, misil balístico o arma hipersónica" que amenace a su país
Sin embargo, ese es hoy un objetivo insuficiente: EEUU debe dominar también los cielos. Hegseth fue explícito al respecto: quiere construir una Cúpula de Hierro, al modo israelí, que permita “neutralizar cualquier misil balístico, cualquier arma hipersónica y cualquier dron” que amenace a su país. Pero tiene que ir más allá: ha de poder ver cualquier rincón del globo desde el que esas amenazas puedan partir. La definición de su plan no puede ser más rotunda: “Supremacía orbital total”.
Los problemas con la industria armamentística
Un objetivo tan ambicioso requiere cambios profundos en la maquinaria de guerra estadounidense. Desde luego, no puede alcanzarse si se está pendiente de las exigencias de la anterior administración, de modo que “nada de cambio climático ni de justicia social ni de tíos vestidos de mujer”. En segunda instancia, la industria del sector debe adaptarse al nuevo contexto, de modo que “no más monopolios, no más excusas y no más barreras de entrada”.
Trump había avisado con una orden ejecutiva reciente de que llegaban nuevos tiempos para la industria armamentística. Está convencido de que un sector crítico para la hegemonía estadounidense se había quedado rezagado, no generaba la innovación suficiente y tampoco era capaz de producir al ritmo que la época exige. Por lo tanto, como recordó Hegseth, “no habrá más bonus para los directivos, ni más recompras de acciones para los accionistas, ni salarios ridículos para los CEOs”. Cuando las firmas del sector no pueden enviar a tiempo las armas que los soldados necesitan, no pueden obtener beneficios tan elevados: “Warfighters first”, los soldados primero. Hegseth puntualizó que “no nos importa que la gente haga montones de dinero, está bien, soy un capitalista, hacedlo, pero cumpliendo con lo que habéis prometido”.
"Esto no va sobre Wall Street, ni sobre dividendos o recompras de acciones; va sobre mantener la supremacía en el espacio"
EEUU se estaba quedando atrás en el ámbito bélico por la falta de innovación, por los problemas que causan los oligopolios y por una regulación que asfixia sus capacidades reales. El Pentágono se había convertido en un lugar que “solo sirve para mover papeles y tener reuniones cuya finalidad es tener más reuniones”. El ejército necesita “menos burocracia, más rapidez y más productos nuevos en sus manos”. Hegseth había recordado, en un discurso que tuvo lugar en enero en las instalaciones de Space X en Brownsville (Texas), que la anterior administración había abogado por consolidar el sector, lo que había generado una industria cerrada y dominada por un puñado de contratistas: “El resultado fue que los costes subieron y la innovación se frenó”. Esa configuración de la industria hizo que EEUU se quedase atrás y que algunos de sus enemigos se atrevieran a desafiarlo, como Rusia en Ucrania, los hutíes o incluso los afganos.
Esa época debe cerrarse. Trump ha puesto sobre la mesa, afirmó Hegseth, billón y medio de dólares. Es el presupuesto de Defensa para 2027. Es una gran cantidad de recursos, que tienen que servir para “desatar y liberar al trabajador estadounidense, a los ingenieros y a la industria, de manera que den lo mejor de sí. Tienen que ser competitivos e innovar de verdad”. Deben hacer posible el dominio estadounidense: “No nos importa qué logo figure en el cohete, en los aviones o en los satélites, queremos lo mejor”. Hegseth insistió en que “esto no va sobre Wall Street, ni sobre dividendos o recompras de acciones; va sobre los soldados, y sobre mantener la supremacía en el espacio”.
La solución tecnológica
Por lo tanto, la industria debe moverse mucho más rápidamente y comenzar a producir armas, satélites y cohetes innovadores. Y ese objetivo es mucho más fácil que se alcance si “se garantiza que compañías como Blue Origin puedan competir y crear productos con los estándares más altos posibles”. Blue Origin es una firma que pertenece a Jeff Bezos, el fundador y presidente ejecutivo de Amazon. Nació con el propósito declarado de explorar el espacio para hacer posible que en el futuro millones de personas vivan fuera de la Tierra y esta pueda preservarse. Origen azul, el nombre de la firma, alude a esa intención. Está trabajando en desarrollar cohetes reutilizables que reduzcan los costes de viajar al espacio. También Space X, la compañía de Elon Musk, nació con una intención similar; pretendía llegar a Marte. Ambas ffueron mencionadas por Hegseth: “Firmas como Blue Origin y Space X son críticas para que dominemos el espacio”.
"La combinación de la tecnología y los objetivos propios de una nación será lo que defienda nuestro bienestar y asegure la democracia"
Esta es una constante de la administración Trump. Su apoyo en las empresas tecnológicas ha sido muy frecuente, antes y después de las elecciones. Su idea central es que EEUU había quedado anquilosado por un tipo de gestión, la de las viejas élites, que estaban restando potencial al país. Demasiadas reglas, demasiada burocracia, demasiada complacencia. Los señores de la tecnología prometían no solo acabar con eso, sino alcanzar metas hasta entonces impensadas. Con el impulso de la inteligencia artificial será posible llegar mucho más lejos, de manera que esa nueva supremacía se consolida. Para esa tarea, Trump ha encontrado aliados. Alex Karp, de Palantir, afirmaba que la industria y el gobierno tienen que colaborar en una era de avances guiados por la IA: "La combinación de la tecnología y los objetivos propios de una nación será lo que defienda nuestro bienestar y asegure la legitimidad del proyecto democrático".
EEUU se ha cansado de ser desafiado. Quiere el dominio orbital, el ojo que todo lo detecta. Quiere las armas que puedan alcanzar objetivos fuera de su territorio, pero también las que puedan proteger al máximo el propio. Una cúpula, un sistema de vigilancia y uno de respuesta eficaz que le asegure una ventaja bélica. Para esa tarea confía en el capitalismo, pero especialmente en las empresas tecnológicas que, liberadas de las trabas y de la regulación, pueden producir sistemas mucho más poderosos. No se trata únicamente de la defensa: esa ligazón entre Washington y las tecnológicas está presente en muchas otras áreas, con la IA como gran apuesta productiva y financiera.
Es significativo que, con esta nueva confianza en las fuerzas del capitalismo que profesa Trump, recurra a su limitación en un ámbito crítico, el armamentístico. En ese sector, debe imperar la competencia real, la generación de instrumentos eficaces, la priorización de los productos por encima de la ingeniería financiera o del deseo de hacer dinero. Trump se aleja, en el ejército, de todo lo que ha constituido el capitalismo de las décadas precedentes y se orienta decididamente hacia la economía productiva. Sin embargo, este propósito deja algunas preguntas en el aire acerca de si es todo una excusa para favorecer a las tecnológicas o si existe una apuesta por la economía real; sobre si los grandes avances tecnológicos prometidos se quedarán en simples promesas o se harán realidad en algún instante; y sobre si esa apuesta por la economía productiva puede funcionar restringiéndola únicamente al ámbito armamentístico o debería extenderse a la totalidad del sistema.
Lo llamativo en la administración Trump es que sus propósitos no necesitan ser desvelados. Están a simple vista. Las interpretaciones a menudo no hacen más que distorsionar, a través del color ideológico, objetivos que aparecen nítidos. Los airean sin disimulo. Peter Hegseth, secretario de Estado de Guerra, el antiguo departamento de Defensa, visitó recientemente Cabo Cañaveral dentro de su gira ‘Arsenal de la libertad’. Allí pronunció un discurso en el que expresó de manera transparentecuáles son las metas de Washington, que esperan de la industria de defensa y cuáles son los planes previstos.