Se acumulan las dimisiones en el círculo de Starmer por el caso Epstein: cae también su director de comunicación
Starmer pide perdón por designar a Mandelson y afronta una rebelión interna mientras avanza la investigación policial y crece el riesgo electoral en Gorton y Denton, alimentando dudas sobre su continuidad
El primer ministro británico Keir Starmery el embajador británico en Estados Unidos, Peter Mandelson. (PA Wire/Carl Court)
Boris Johnson no cayó por el Partygate. Lo que terminó de liquidar su carrera fue la confirmación de que sí conocía la conducta indebida del exdiputado Tory Chris Pincher cuando lo nombró responsable de disciplina del partido. Dos años antes, la ambición rubia había logrado una mayoría absoluta histórica, pero el escándalo ofreció a sus propias filas la excusa perfecta para deshacerse de un líder que había dejado de ser rentable.
El Partido Laborista no tiene una tradición parricida tan marcada como la de los conservadores. Pero el actual inquilino de Downing Street podría enfrentarse ahora a un destino similar. Para empezar, Morgan McSweeney, su principal asesor, ha dimitido por su papel en el nombramiento como embajador en Estados Unidos de Peter Mandelson. Este lunes, Tim Allan, director de comunicación de Starmer, también ha presentado su dimisión, aumentando, todavía más, la crisis interna en el Gobierno.
El premier Keir Starmer ha pedido perdón a las víctimas del llamado "caso Epstein" en una de las intervenciones más delicadas —y personales— desde que llegó al poder. Reconoció un error político de primer orden: haber nombrado a Peter Mandelson como embajador en Estados Unidos, pese a que ya eran conocidos sus vínculos con el magnate estadounidense condenado por pedofilia. Pero la disculpa no ha conseguido cerrar la peor crisis de su Gobierno. Ni ha calmado a sus propios diputados, que empiezan a plantearse abiertamente si este es el momento de forzar su salida.
Starmer devolvió al laborismo al poder en 2024, pero, como le ocurrió a Boris Johnson, ha dejado de ser rentable. La mayoría absoluta no se ha traducido en un proyecto claro de Gobierno y la creciente impopularidad abre cada vez más espacio al populismo de Nigel Farage. Para muchos, no hace falta esperar al batacazo que se anticipa en las elecciones locales y regionales clave de mayo para cambiar de capitán.
Tras múltiples idas y venidas, las nuevas revelaciones del caso Epstein —en las que Mandelson (72 años) aparece citado en más de 6.000 archivos— han puesto punto final a la vida pública del arquitecto del Nuevo Laborismo. Egocéntrico, sibilino, oscuro, brillante negociador y sin demasiados escrúpulos, se ganó durante décadas el apodo de "el Príncipe de las Tinieblas". Destituido el año pasado como embajador, ahora se ha visto obligado a abandonar el partido y a renunciar a su escaño en la Cámara de los Lores.
Pero la incógnita es si su caída arrastrará a otras carreras políticas dentro del Número 10. Varios diputados laboristas apuntan directamente al jefe de gabinete del primer ministro, Morgan McSweeney, a quien responsabilizan de haber impulsado el nombramiento pese a los evidentes riesgos políticos y reputacionales. Pero solo ofrecer su cabeza quizá no sea suficiente.
La designación de Mandelson para Washington fue vista, en su momento, como una jugada astuta: infiltrar a un operador sin escrúpulos para seducir a un presidente estadounidense con aún menos ética. Sin embargo, que Starmer pida ahora pedir perdón públicamente por haber creído al veterano dirigente cuando aseguró que "apenas conocía" a Jeffrey Epstein le ha dejado expuesto como "débil, ingenuo y crédulo", en palabras de la baronesa Harriet Harman, exvicelíder laborista y una de las voces más respetadas dentro y fuera de Westminster.
En una entrevista en el podcast Disfunción Electoral de Sky News, Harman advirtió que el escándalo "acabará" con Starmer si no emprende un "verdadero reinicio" del equipo del Número 10 y no recupera su promesa de limpiar la política británica.
Scotland Yard interrogará a Mandelson en los próximos días, después de que documentos publicados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos apunten a que habría proporcionado información confidencial sobre los mercados desde el corazón de Downing Street, al menos en cuatro ocasiones. La mala conducta en un cargo público es un delito que puede acarrear cadena perpetua. Mandelson niega cualquier actuación indebida.
El Gobierno quiere publicar parte de esos documentos cuanto antes y sostiene que demostrarán que Starmer y McSweeney fueron engañados por el "Príncipe de las Tinieblas". Pero en Whitehall existe el temor de que los archivos incluyan comentarios del exembajador despreciando a Donald Trump, lo que podría dinamitar la delicada relación que Starmer ha tratado de construir con el presidente estadounidense.
A este cóctel se suma la elección parcial de 'Gorton y Denton', bastión laborista durante un siglo, prevista para el 26 de febrero. La contienda es un microcosmo de la política británica actual: un laborismo profundamente impopular, una derecha radical hiperactiva en redes y respaldada por Farage, fragmentación del voto de izquierdas y un partido devorado por sus propias tensiones. Perder ese escaño podría precipitar la salida del primer ministro… si es que para entonces sigue en su puesto.
"Lamento haber creído las mentiras de Mandelson y haberlo nombrado", reconoció Starmer el jueves pasado, visiblemente afectado, en uno de los momentos más bajos de su mandato. Fue más allá de la autocrítica política y se dirigió directamente a las víctimas: "Han vivido un trauma que la mayoría apenas podemos comprender. Lo siento por lo que les hicieron, por las personas con poder que les fallaron y porque incluso ahora se vean obligadas a revivir esta historia".
Pero el daño ya está hecho. Las disculpas buscan contener una crisis que trasciende un nombramiento fallido. Está en juego la autoridad moral de un primer ministro que llegó prometiendo integridad y que ahora lucha por demostrar que ese compromiso sigue intacto.
El "caso Epstein" también ha pasado como una apisonadora sobre Andrés Mountbatten-Windsor, el otrora conocido como príncipe Andrés. Las nuevas revelaciones —en las que se ofrece a su amigo pedófilo como su "mascota"— han precipitado su salida definitiva de Royal Lodge, cuyo contrato ya había vencido el año pasado tras ser despojado de todos sus títulos.
Además, los archivos confirman por primera vez que la famosa fotografía que precipitó su caída es auténtica. Así lo acredita un correo de Ghislaine Maxwell, pareja de Epstein, en el que describe cómo Virginia Giuffre, entonces menor de edad, fue forzada a mantener relaciones con el que siempre fue el hijo favorito de Isabel II.
La imagen de 2011 muestra al que fuera royal sujetando a Giuffre por la cintura. Él siempre negó rotundamente las acusaciones y aseguró a la BBC en 2019 que no recordaba haber conocido a la víctima, que el año pasado se suicidó antes de publicar su autobiografía.
Boris Johnson no cayó por el Partygate. Lo que terminó de liquidar su carrera fue la confirmación de que sí conocía la conducta indebida del exdiputado Tory Chris Pincher cuando lo nombró responsable de disciplina del partido. Dos años antes, la ambición rubia había logrado una mayoría absoluta histórica, pero el escándalo ofreció a sus propias filas la excusa perfecta para deshacerse de un líder que había dejado de ser rentable.