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"Groenlandia y Dinamarca son una pareja con problemas y Trump se ha interesado por la mujer"
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ENTREVISTA

"Groenlandia y Dinamarca son una pareja con problemas y Trump se ha interesado por la mujer"

Lisa Bundgaard Jensen se dedica a tender puentes entre los dos pueblos como mediadora cultural a la vez que se reconcilia con su propia identidad como mitad danesa y mitad groenlandesa

Foto: Lisa Bundgaard Jensen. (Cedida)
Lisa Bundgaard Jensen. (Cedida)

A los pocos días de que Donald Trump reavivara sus amenazas de hacerse con Groenlandia, tras la captura exitosa de Nicolás Maduro, parlamentarios daneses y groenlandeses se apresuraron a conectarse a una videollamada para comenzar a trabajar en una respuesta común. Pero lo que pretendía servir de foro para encontrar propuestas comunes, acabó siendo el escenario de reproches de neocolonialismo, gritos y muchas mayúsculas en el chat, además del miedo a que Estados Unidos estuviese escuchando la bronca por no utilizar una línea segura. El resultado de la reunión pilló por sorpresa a los políticos daneses que la habían convocado, pero no a Lisa Bundgaard Jensen, que ha dedicado su carrera profesional a intentar tender puentes entre los dos pueblos como mediadora cultural, a la vez que se reconcilia con su propia identidad como mitad danesa y mitad groenlandesa.

Jensen explica que los daneses no se han interesado realmente en conocer al pueblo groenlandés. Por eso ella, que vivió en España dos años, ha disfrutado mucho de su tiempo aquí y le gusta volver. La próxima semana dará una conferencia sobre su cultura en Madrid. “La gente tiene mucho más interés; estáis acostumbrados a hacer preguntas a gente que viene de otros sitios, pero en Dinamarca nunca lo hacen”, explica. Y recuerda que lo único que han sabido los daneses de Groenlandia hasta Trump ha sido la imagen negativa que aparecía en los medios de comunicación, al hacerse eco de las estadísticas más impactantes de la isla, como las altas tasas de alcoholismo y suicidios. “Pero eso no es toda nuestra cultura, somos un pueblo generoso, muy cariñoso”, denuncia Jensen, que también cuenta cómo estos estereotipos les impactan a diario, como cuando a su madre en una entrevista de trabajo le preguntaron directamente si “era alcohólica” o le han pedido en más de una ocasión enseñar su bolso antes de salir del supermercado, una práctica nada habitual en Dinamarca.

PREGUNTA. ¿Por qué a los políticos daneses les sorprende un resultado así de una reunión con parlamentarios groenlandeses?

RESPUESTA. Porque la narrativa de los daneses es que son buenos colonizadores. Hemos hecho tanto, hemos renovado la sociedad, hemos hecho escuelas, hemos hecho fábricas, hemos hecho carreteras, aeropuertos… Hemos hecho todo esto para vosotros. ¿Por qué no entendéis las buenas intenciones? Yo, que apuesto por la reconciliación, creo que también es cierto. Pero es como cuando en un matrimonio estás muy enfadado y tu pareja no te escucha. Necesitas gritar porque estás enfadado. En mis conversaciones con los medios y en las presentaciones que hago sobre la cultura, creo que también estoy desahogándome por el enfado que tengo. Y cuando el enfado se pasa, poco a poco se puede escuchar a la otra persona. Aunque también creo que llevan 300 años sin escuchar a los groenlandeses y no es hasta ahora con Trump que, poco a poco, los groenlandeses tienen voz. Y hay tanto enfado que nos cuesta ser diplomáticos porque hay muchos sentimientos. Además, la relación entre daneses y groenlandeses siempre ha consistido en que los daneses saben más, en ‘vamos a educar a los groenlandeses’. Y es cierto que tienen estudios formales de nivel más alto, pero si un danés tuviera que sobrevivir donde mi madre nació no iba a durar una semana.

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P. Eres mitad danesa y mitad groenlandesa y en ti conviven esas dos identidades. ¿Cómo ha sido crecer en esa dualidad?

R. Ha sido duro. Es como una bendición y una maldición. Lo he hablado con niños árabes que han nacido en Dinamarca o con groenlandeses que son completamente blancos, que también hay muchos. Yo creo que todas las personas quieren formar parte de la mayoría. Es complicado ser parte de la minoría, sobre todo cuando hay una relación en la que uno vale más que el otro. Siempre he tenido la sensación de que tengo que justificarme y siempre tengo que ser mejor cuando salgo a la calle. Vengo de algo diferente porque, para empezar, la relación de mis padres, aunque vaya a sonar feo, ha sido como una minicolonia. Mi padre es danés, tiene 10 años más que mi madre y es ingeniero. Mi madre es groenlandesa y nació en una casa de turba sin agua y sin luz. Y yo toda mi vida me he sentido ciudadana de segunda. Siempre he sentido que tenía que colocarme en la caja de lo danés, así tenía que ser. Además, a los siete años me mudé por primera vez a Dinamarca y entonces era bilingüe. Pero volvimos a Nuuk cuando tenía 10, en los noventa, cuando la política era que el que pudiese dar clases en danés, que aprendiese danés en el colegio. Entonces dejé de tener clases en groenlandés muy pronto. La idea era que íbamos a tener estudios más largos y prepararnos para una élite, pero cuando tienes los rasgos míos y no hablas tu idioma, es muy confuso. Si no hablas el idioma de tus raíces, pierdes tus raíces. Y somos 10.000 groenlandeses que hemos acabado no hablando groenlandés.

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P. Viviste entonces en Groenlandia durante una edad en la que muchas groenlandesas se vieron obligadas por el Estado danés a someterse a tratamientos anticonceptivos forzados para evitar que tuvieran hijos. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, se disculpó el año pasado por estos casos y las víctimas han sido indemnizadas con 40.000 euros, pero ¿cómo se perdona algo así?

R. Mi madre fue una de las mujeres a las que con 18 años pusieron un DIU sin su consentimiento. Lo curioso es que mi madre ha vivido tantas cosas horribles que al final piensa que como tiene hijos no pasa nada. Y yo le digo que no puede decir eso, que es racismo estructural. Pero en cuanto al perdón, yo creo que es otra vez como en una pareja. Si estás enfadado con tu pareja y la pareja pide perdón y te da, por ejemplo, 10.000 euros y dice, ya está, ya lo hemos hablado, eso no es suficiente. Yo creo que para reconciliarse hay que escuchar nuestra voz, hay que escuchar por qué nos hace daño no tener hijos. En la sociedad groenlandesa la familia es todo, es el núcleo de todo. En eso hay una diferencia entre la cultura groenlandesa y danesa. No tener hijos no es como en Dinamarca. Aquí en Dinamarca hay más mujeres que no tienen hijos porque quieren trabajar más, viajar más, pero en Groenlandia eso no es parte de la norma. Para mí no es tanto que se pida perdón, aunque yo creo que está bien que Frederiksen lo haya hecho, es más que nos escuchen. Cada vez que cuento a daneses lo que ha pasado con mi madre, muchos daneses dicen ‘ay, estoy avergonzado’. Y, aunque en Dinamarca se piensa que ese sentimiento de vergüenza no es bueno, yo pienso que es bueno, porque es como decir no es justo lo que ha pasado. Es mejor que un perdón.

P. Y pese a lo importante que es la familia para esta cultura, es casi seis veces más probable que las autoridades danesas retiren la custodia de sus hijos a las mujeres groenlandesas.

R. Mi madre y mi padre son padres de acogida de mi primo, porque sus padres murieron cuando era pequeño. Y ha sido complicado porque a mi madre el Ayuntamiento le dijo directamente: pero tú no puedes, porque eres groenlandesa. Tienen miedo de que las familias dejen de tener contacto o ayudar al niño cuando tiene 18 años porque ya no reciben ayudas. Pero él ya tiene 48 años y sigue siendo mi hermano.

P. ¿Cómo ha evolucionado el racismo que has experimentado en Dinamarca desde que llegaste a ahora?

R. Ha cambiado totalmente desde la llegada de Trump. A mí aquí en Dinamarca me han escupido en la cara cuando caminaba por la calle, en la universidad me llamaron puta groenlandesa y en el colegio me dijeron que me fuera a mi propio país. Incluso esta Nochevieja me dijeron que no me podía quejar porque no era en “mi puto coño” en el que habían puesto el DIU. Todavía hay cosas, de esto hace días. Pero sí hay un cambio. Yo creo que antes la relación entre Dinamarca y Groenlandia era como hijo y padre y ahora es como un matrimonio. Ahora otro hombre está interesado en la mujer. Y la pareja danesa dice ‘no sabía que tú no estabas feliz en este matrimonio’. Ahora estamos contando lo que ha pasado y por qué no estamos felices, porque no es un matrimonio con equilibrio. Es lo único bueno que Trump ha hecho en el mundo, creo yo.

"Lo que políticamente necesitamos es que nada sobre Groenlandia se decida sin los groenlandeses"

P. Como mediadora cultural, ¿qué necesita ese matrimonio que describes entre Dinamarca y Groenlandia para que realmente funcione tanto para los groenlandeses y para los daneses?

R. A nivel político hay una desconfianza, primero en la capacidad de los groenlandeses, pero también en las intenciones de los groenlandeses. Hay sospechas de si los groenlandeses quieren trabajar con los estadounidenses, con los rusos, con los chinos… Yo creo que lo que políticamente necesitamos es que nada sobre Groenlandia se decida sin los groenlandeses. Porque antes muchas decisiones se han tomado en Copenhague.

P. Pero aunque Groenlandia es un territorio semiautónomo, las competencias de política exterior las sigue teniendo Dinamarca, lo que significa que toda relación diplomática que Nuuk quiera mantener con otro país tiene que pasar a través de Copenhague. ¿Realmente sienten los groenlandeses que tienen voz propia en este momento?

R. Es verdad que cada vez que un político groenlandés quiere tener contacto con políticos de otros países, un danés tiene que estar presente. Mientras que cuando un danés hace algo, no hace falta ningún groenlandés en la habitación. Pero yo creo que ahora sí que tenemos voz. Entiendo que es normal que los daneses hablen primero, aunque no sé si mi hija pensará en el futuro que quizás debería ser un groenlandés el que hablase primero. Lo que sé es que el hecho de que (la ministra de Exteriores groenlandesa) Vivian Motzfeldt hablara groenlandés ante la prensa tras la reunión en la Casa Blanca ha sido muy fuerte para nosotros.

P. ¿Por qué ha sido tan significativo?

R. Hemos llorado porque es nuestro idioma y es horrible no tener voz. Eso por dentro te rompe. Me recordó a un documental de hace unos años que se llamaba Sume, que contaba la historia del primer grupo de rock de Groenlandia que cantaba en groenlandés. Y los groenlandeses se asustaron preguntándose: ¿podemos cantar en nuestro idioma? Y para nosotros eso es lo que ocurrió con Vivian Motzfeldt, que estaba hablando groenlandés delante de todos los medios de comunicación del mundo que la estaban mirando. Fue un mensaje de sí, valemos, nuestra voz vale, nuestro idioma y cultura valen. Para mí, con 46 años, han sido 45 años de presión por intentar ser otra cosa diferente a lo que soy y eso está cambiando. Ahora vamos con orgullo, no un orgullo feo, pero un orgullo de pasar de ser ciudadano de segunda a alguien con valor y a quien se respeta. Es muy raro vivir estos años.

placeholder Lisa Bundgaard Jensen. (Cedida)
Lisa Bundgaard Jensen. (Cedida)

P. ¿Cómo han vivido los groenlandeses las amenazas de Trump?

R. Con terror. Incluso yo que vivo en Dinamarca, como el 30% de los groenlandeses, he tenido miedo. Hace pocos días tuve por primera vez una pesadilla. Llegaban los soldados americanos y yo pensaba en cómo me iba a defender. Pero en el propio sueño me di cuenta de que no hay manera de defenderse. Sé que puede sonar un poco traumático decir que nos iba a matar o preguntarse qué iba a pasar. Pero lo que ha hecho Trump en Venezuela, aunque era popular entre algunas personas, ha sido ignorar todas las leyes internacionales. Y es verdad que él siempre está poniendo globos sonda para ver cómo va a reaccionar el mundo. Pero si puede hacerse con Groenlandia, no va a parar ahí.

P. Y, a la vez, toda la atención que Trump ha dedicado a Groenlandia, ¿ha traído algo bueno?

R. Sí, toda la conversación que ha comenzado entre Dinamarca y Groenlandia. Y también ha traído turismo. Suena feo, pero es la industria más grande que tenemos junto a la pesca. Eso es lo único bueno desde mi punto de vista.

P. En 2009 se reconoció el derecho de autodeterminación de Groenlandia, pero su estatus desde entonces no ha cambiado. ¿Por qué no se ha independizado aún?

R. Yo creo que también hay que ser realistas con 57.000 habitantes en un territorio tan amplio. Por ejemplo, cuando la novia de mi primo dio a luz, tuvo que volar en el helicóptero casi 700 kilómetros para ser atendida. Y así toda la logística para ofrecer servicios públicos. Es complicado también tener personal para todo. Es prácticamente imposible. Además, necesitas gente con estudios y eso tarda generaciones y generaciones. Y no hay que olvidar que casi el 20% de nuestra población vive en riesgo de pobreza. Cuando alguien ha vivido un trauma no tiene la fuerza para estudiar. Y sus hijos quizás tampoco. Acceder a estudios tarda generaciones. Además, no podemos ser académicos todos, también hace falta gente para mantener una sociedad. Así que yo creo que en mi vida no va a ser, pero no es algo que necesito, solo necesito igualdad.

P. ¿Entonces no quieres ver una Groenlandia independiente?

R. En mi vida, no. Yo quiero este matrimonio.

P. ¿Y por qué?

R. Porque yo creo que hace falta cerrar esa herida del pasado. Hace falta quedarse en el matrimonio, porque si nos separamos no se cierran las heridas. Además, yo creo que casi todos somos una mezcla de daneses y groenlandeses. Y también hay cosas muy buenas y fuertes en nuestra relación. Estoy muy enfocada en lo que hay que resolver. Poco a poco, con la reconciliación, estoy también viendo las cosas buenas que han hecho los daneses. Yo creo que hace falta eso para tener paz. No va a haber paz si nos independizamos.

A los pocos días de que Donald Trump reavivara sus amenazas de hacerse con Groenlandia, tras la captura exitosa de Nicolás Maduro, parlamentarios daneses y groenlandeses se apresuraron a conectarse a una videollamada para comenzar a trabajar en una respuesta común. Pero lo que pretendía servir de foro para encontrar propuestas comunes, acabó siendo el escenario de reproches de neocolonialismo, gritos y muchas mayúsculas en el chat, además del miedo a que Estados Unidos estuviese escuchando la bronca por no utilizar una línea segura. El resultado de la reunión pilló por sorpresa a los políticos daneses que la habían convocado, pero no a Lisa Bundgaard Jensen, que ha dedicado su carrera profesional a intentar tender puentes entre los dos pueblos como mediadora cultural, a la vez que se reconcilia con su propia identidad como mitad danesa y mitad groenlandesa.

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