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¿Has notado algo distinto esta mañana? Bienvenido a un mundo sin control nuclear
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El final del START

¿Has notado algo distinto esta mañana? Bienvenido a un mundo sin control nuclear

Este jueves ha expirado el tratado New START, el último acuerdo que restringía el tamaño de los arsenales nucleares de Estados Unidos y Rusia, las dos potencias que concentran cerca del 90% de las armas atómicas del planeta

Foto: Un miembro de la tripulación del bombardero estratégico ruso Tu-95 con capacidad nuclear, durante unas maniobras de las fuerzas estratégicas nucleares en 2024. (EFE)
Un miembro de la tripulación del bombardero estratégico ruso Tu-95 con capacidad nuclear, durante unas maniobras de las fuerzas estratégicas nucleares en 2024. (EFE)
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Para el lector de este artículo, lo más probable es que la jornada haya comenzado como cualquier otra. El café sabe igual, el invierno no afloja y nada invita a pensar que algo haya cambiado ahí fuera. Sin embargo, desde el día de hoy el mundo es, innegablemente, un lugar menos seguro.

Este jueves ha expirado el tratado New START, el último acuerdo que restringía el tamaño de los arsenales nucleares de Estados Unidos y Rusia, las dos potencias que concentran cerca del 90% de las armas atómicas del planeta. El marco legal, firmado en 2010 por las administraciones de Barack Obama y Dimitri Medvedev —durante un breve interludio presidencial en el que Vladímir Putin conservó el control efectivo del sistema— y prorrogado en 2021, fijaba un máximo de 1.550 cabezas nucleares desplegadas para cada país. También limitaba a 700 el número de misiles balísticos intercontinentales, misiles lanzados desde submarinos y bombarderos estratégicos operativos.

Se trata, por supuesto, de cifras más que suficientes para causar una destrucción mutua asegurada y provocar un apocalipsis nuclear, pero la clave del tratado nunca fue su función de desarme, sino de mantenimiento de una estabilidad estratégica entre Washington y Moscú. El acuerdo incluía un sistema de inspecciones, notificaciones e intercambio de datos que permitía a ambas partes saber, con un elevado grado de certeza, los movimientos de la otra. Una previsibilidad vital en un ámbito donde incluso el menor error de cálculo puede tener consecuencias irreparables.

"Por primera vez en casi tres décadas, no hay ningún tratado en vigor que limite las fuerzas nucleares de Estados Unidos y Rusia. Y, por ahora, tampoco se vislumbran perspectivas de nuevas conversaciones sobre estabilidad estratégica o control de armamentos tras el New START, ya que Moscú condiciona cualquier diálogo a un cambio más amplio en la política estadounidense hacia Rusia", lamenta Steven Pifer, director de la Iniciativa de No-Proliferación y Control de Armas del Brookings Institute, y exembajador de EEUU en Ucrania, en entrevista con El Confidencial. Él, como la práctica totalidad de los expertos en disuasión nuclear de Estados Unidos, lleva tiempo alertando de las consecuencias del fin del acuerdo.

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Con su caducidad se cierra también un consenso de más de medio siglo. Desde los primeros acuerdos de limitación de armamentos firmados en 1972 por Richard Nixon y Leonid Brézhnev, Washington y Moscú han mantenido la convicción de que poner límites a sus arsenales atómicos no era una concesión al rival, sino una forma de reducir riesgos compartidos. El tratado START I de 1991, firmado en pleno colapso soviético, impuso por primera vez recortes significativos y estableció un sistema de verificación que se convirtió en la base del control nuclear posterior a la Guerra Fría. New START fue su último heredero.

Incluso antes de su final definitivo, el acuerdo llevaba años inmerso en una lenta agonía. En 2023, Moscú suspendió formalmente su participación en el New START. Es cierto que el Gobierno de Vladímir Putin se comprometió a seguir respetando los límites armamentísticos establecidos, pero la interrupción de las inspecciones y de los mecanismos de comunicación y verificación conjuntos supuso, de facto, el fin de la razón de ser del tratado.

A esto se sumó la insistencia de Estados Unidos en que cualquier nuevo marco de control de armamentos debería incluir a China, cuyo arsenal nuclear, aunque todavía muy inferior al ruso y al estadounidense, está creciendo rápidamente. Sin embargo, Pekín ha rechazado de forma sistemática esa posibilidad, argumentando que no aceptará ningún acuerdo que limite su capacidad de expandir sus fuerzas estratégicas mientras no alcance una paridad aproximada con Estados Unidos y Rusia.

Vuelta a la carrera

La desaparición de New START no implica necesariamente un aumento inmediato del número de armas nucleares desplegadas. Ni Rusia ni Estados Unidos necesitan construir nuevos misiles para ampliar sus arsenales porque ambos disponen de capacidad técnica para cargar más ojivas en sistemas ya existentes. El cambio es más estructural. A medio y largo plazo, y con la incógnita del crecimiento del arsenal chino en el horizonte, la ausencia de límites formales reintroduce el riesgo de una carrera armamentística comparable a la que marcó los momentos de mayor tensión de la Guerra Fría.

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"Temo que el fin del Nuevo START pueda desatar una carrera armamentística que, realmente, podría ya estar en marcha. Según el Pentágono, China está aumentando su arsenal nuclear de las 600 ojivas nucleares actuales a 1000 en 2030", advierte Pifer. "En Washington parece estar cobrando fuerza la opinión de que los límites numéricos del New START eran demasiado restrictivos, dado el reto de disuadir tanto a Rusia como a China. No estoy seguro de que sea un problema a corto plazo, pero si Estados Unidos supera las cifras, es casi seguro que Rusia hará lo mismo", agrega.

La paradoja es que, desde el punto de vista estrictamente militar, ninguno de los actores necesita más armas nucleares para garantizar su seguridad. Estados Unidos y Rusia ya disponen de fuerzas suficientemente grandes y diversificadas como para disuadir cualquier ataque imaginable. "En 2013, el Informe del Pentágono sobre la Estrategia de Empleo de Armas Nucleares concluyó que Estados Unidos podría reducir hasta en un tercio su número de armas nucleares estratégicas desplegadas por debajo de los límites del New START sin comprometer su capacidad de disuasión frente a ningún adversario. Esa conclusión básica sigue siendo válida hoy", señala a este periódico Daryl G. Kimball, director ejecutivo de la Arms Control Association.

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Pero la lógica de la competencia estratégica rara vez se rige solo por cálculos racionales. Basta echar la mirada al pasado mes de octubre, cuando Trump aseguró que Washington reanudará los ensayos nucleares "en igualdad de condiciones" con Rusia y China, sin aclarar a qué tipo de pruebas se refería. En la práctica, Estados Unidos realiza de forma habitual pruebas de sus sistemas de lanzamiento —misiles y plataformas capaces de portar armas nucleares—, algo muy distinto de las pruebas explosivas, es decir, la detonación real de una ojiva atómica. Estas últimas están sujetas a una moratoria global desde los años noventa y solo Corea del Norte las ha llevado a cabo en este siglo.

Al ser cuestionado sobre sus declaraciones, Trump se negó a aclarar a qué se refería exactamente, optando por mantener la ambigüedad. Esa indefinición tuvo una respuesta casi inmediata desde Moscú. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, advirtió de que Rusia "responderá de la misma manera" si Estados Unidos reanuda las pruebas nucleares. Un intercambio que ilustra los riesgos de una dinámica de acción y reacción en un escenario ya desprovisto de límites verificables.

Los expertos también subrayan que el mayor daño no es cuantitativo, sino cualitativo. Sin inspecciones in situ, sin intercambio regular de datos y sin notificaciones previas de movimientos sensibles, aumenta el riesgo de malentendidos en momentos de tensión. En un contexto marcado por la guerra en Ucrania, la modernización de los arsenales y el desarrollo de nuevos sistemas no cubiertos por tratados anteriores —como misiles hipersónicos—, esa falta de transparencia añade una capa extra de inestabilidad.

La tentación atómica

Desde un punto de vista formal, la desaparición de New START no deja al mundo completamente huérfano de reglas. Sigue en vigor el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), destinado a impedir que nuevos países adquieran armas nucleares. En vigor desde 1970 y suscrito por la práctica totalidad de los Estados, el acuerdo se apoya en un compromiso dual: los países sin armas nucleares se obligan a no desarrollarlas, mientras que las potencias atómicas reconocidas prometen avanzar hacia el desarme.

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Sin embargo, el TNP también lleva tiempo mostrando síntomas de agonía. En primer lugar, porque solo reconoce oficialmente como potencias nucleares a cinco países —Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido—, todos ellos miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. Quedan fuera de ese marco India y Pakistán, que nunca se adhirieron al tratado y desarrollaron armas nucleares al margen de él; Israel, que mantiene una política de ambigüedad estratégica sin confirmar ni desmentir su arsenal; y Corea del Norte, que se retiró formalmente del TNP en 2003 .

En segundo lugar, porque en un contexto geopolítico marcado por la creciente asertividad de grandes potencias, la tentación atómica se está extendiendo por gran parte del planeta. En Alemania, el deterioro de la relación entre Estados Unidos y Europa ha llevado a Berlín a replantearse hasta qué punto puede seguir dependiendo exclusivamente del paraguas nuclear estadounidense. El canciller alemán, Friedrich Merz, reconoció recientemente que su Gobierno mantiene conversaciones con otros socios europeos sobre la posibilidad de avanzar hacia algún tipo de disuasión nuclear de alcance continental.

Algo similar está ocurriendo en los países nórdicos de Europa, donde el reciente impulso de Trump por adquirir Groenlandia ha abierto la puerta a lo impensable. El pasado 25 de enero, el primer ministro sueco, Ulf Kristersson, confirmó la existencia de "discusiones en curso con Francia y Reino Unido" sobre una posible cooperación en materia nuclear. Aunque en el plano político estas conversaciones se presentan aún como exploratorias, en círculos de defensa el debate ha ido más lejos, llegando a plantear por primera vez la posibilidad de un "Nordic nuke" como respuesta a un entorno de seguridad cada vez más volátil e imprevisible.

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No son los únicos. En Corea del Sur, las llamadas a dotarse de armamento nuclear cuentan desde hace años con un apoyo mayoritario —en torno al 70%— entre la opinión pública; en Irán, los ataques estadounidenses contra instalaciones nucleares, lejos de disuadir al régimen, corren el riesgo de haber reforzado la percepción de que la bomba atómica es la única garantía de supervivencia; Arabia Saudí ya ha advertido de que no se quedaría atrás si Teherán cruza ese umbral; e incluso en Australia, tradicional bastión del régimen de no proliferación, analistas y responsables de defensa discuten abiertamente si el deterioro del equilibrio estratégico en el Indo-Pacífico acabará empujando al país, al menos, hacia una capacidad nuclear latente.

El final del New START refuerza una señal poco alentadora para los dirigentes de estas naciones: que los tratados de control armamentístico son frágiles, reversibles y, en última instancia, subordinados a los intereses inmediatos de las grandes potencias. Como indica Daryl G. Kimball: "Mientras la civilización siga precariamente atada a la existencia de armas nucleares, necesitaremos normas y prácticas de sentido común —y un control de armamentos y un desarme eficaces— para reducir y eliminar los riesgos que plantean unos pocos frente a los intereses de la mayoría".

Para el lector de este artículo, lo más probable es que la jornada haya comenzado como cualquier otra. El café sabe igual, el invierno no afloja y nada invita a pensar que algo haya cambiado ahí fuera. Sin embargo, desde el día de hoy el mundo es, innegablemente, un lugar menos seguro.

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