Lo de Trump ya lo hemos visto antes: ¿se está convirtiendo Estados Unidos en Rusia?
Una manera de entender la política de Trump es compararlo con la transición al autoritarismo en Rusia. Esto es lo que dicen los expertos que han experimentado el putinismo
Muchos de los análisis que circulan estos días en Estados Unidos están empapados de excepcionalismo: la idea de que todo lo que sucede en este país es único e inimitable y, por tanto, no tiene sentido buscar referencias en otras latitudes. Desde esta perspectiva, Donald Trump es un fenómeno puramente autóctono, como el blues o medir en pulgadas. Una figura que tiene elementos de Ronald Reagan (bajos impuestos), Andrew Jackson (populismo), William McKinley (expansionismo), Theodore Roosevelt (the man in the arena) y Richard Nixon (paranoia).
Donald Trump sería el siglo XIX redivivo: una fuerza de la naturaleza que opera en un mundo, para él, sin leyes ni melindres. O la encarnación de esos tres "ismos" que, en palabras de George W. Bush, asoman la cabeza cada dos o tres generaciones en Estados Unidos: el aislacionismo, el proteccionismo y el nativismo.
Se trata de una visión estimulante y llena de recovecos, pero que se queda corta a la vista de la actualidad. Hay cosas que nunca habían pasado en Estados Unidos. Las comparaciones con el Tercer Reich son habituales, pero están muy manoseadas. Algunos sinólogos han comparado la figura de Trump con la de Mao Zedong: un megalómano envejecido que gobierna sembrando el caos.
Una de las plantillas más persuasivas para entender los Estados Unidos de Trump es la transición al autoritarismo en Rusia. Es lo que nos dicen quienes conocen, porque lo han experimentado, el putinismo.
"Advertí al mundo sobre Putin, y ahora advierto a Estados Unidos sobre la putinización", declaró Garry Kasparov, Gran Maestro de ajedrez y disidente ruso exiliado en Nueva York. "Retórica sobre enemigos internos. El poder privatizado por aduladores. Propaganda por encima de los principios. Esto no es una exageración; para mí es un déjà vu. Si les importa la libertad, ahora es el momento de actuar".
Cuando el enfermero Alex Pretti fue asesinado en Mineápolis, un comentarista tuiteó que los republicanos iban a perder votos moderados y sufrir en las elecciones de medio mandato del próximo noviembre. Kasparov respondió: "¿Son estas las acciones de un régimen que cree tener alguna posibilidad de perder el poder?".
Leer a Kasparov, o a Masha Gessen, o a Anne Applebaum, o a Susan Glasser, todos ellos conocedores del putinismo, es una continua patada a los ingenuos estándares democráticos con que los estadounidenses siguen mirando a su país. Quizás Rusia, dicen, sea un asidero útil para orientarnos un poco mejor.
"Trump y Putin defienden visiones del mundo muy similares", escribía Michael McFaul, exembajador de EEUU en Moscú, en 2025. "Al menos retóricamente, ambos son nacionalistas 'iliberales'. Critican duramente las ideas liberales, a las que acusan de haber degradado sus respectivas sociedades. Defienden su propia versión de los valores ortodoxos y conservadores. También utilizan discursos étnicos y racistas que dividen el mundo entre ‘nosotros’ y ‘ellos’. Ambos son antiinmigrantes y buscan preservar la supuesta pureza de sus naciones. En política exterior, son unilateralistas militantes con escaso interés en el multilateralismo".
Lenguaje 'putinista' contra Canadá
La historiadora de la estrategia Sarah Paine, del U.S. Naval War College, hoy jubilada, dice que EEUU ha cambiado totalmente su estrategia internacional. Esta solía ser una "estrategia marítima", basada en el comercio, el cultivo de intereses comunes y la formación de alianzas. Con Trump, EEUU ha adoptado una "estrategia continental": una lógica de conquista.
Venezuela y los apetitos declarados respecto a Groenlandia encajan en esta categoría. Si hay una potencia continental en el mundo, es Rusia, un país rodeado de conflictos fronterizos y territoriales.
En el último año, por ejemplo, hemos visto a Donald Trump referirse a Canadá en un lenguaje similar al que emplea Vladímir Putin con Ucrania. Trump se ha dirigido al último primer ministro, Justin Trudeau, y al actual, Mark Carney, como "gobernador", en una clara negación de la soberanía del país vecino. Trump ha dicho que quiere convertir a Canadá en el "Estado 51", que la frontera mutua es "una línea artificial" y que "Canadá no es viable como país independiente".
Financial Times publica que miembros de la Administración Trump se han reunido tres veces con separatistas de la provincia canadiense de Alberta (la más rica en petróleo). Por el mundo MAGA, y en boca de altos cargos como Scott Bessent, secretario del Tesoro, circula la idea de que los valientes habitantes de Alberta sueñan con una "soberanía como la de Estados Unidos". El exdiputado Charlie Angus teme un "Donbás canadiense". Es decir, una intromisión de la potencia vecina, Estados Unidos, para desestabilizar Canadá azuzando el separatismo.
La idea de las "esferas de influencia", de los repartos con escuadra y cartabón, sea en Tordesillas, Versalles o Yalta, parece ser otro hilo común en ambas visiones, así como, de cara al interior, la construcción de un régimen plutocrático. Los principales empresarios de Estados Unidos han acumulado fortunas tan fabulosas que, proporcionalmente, podrían ser oligarcas rusos: gerifaltes que controlan grandes porciones de la economía y que, como sucede ahora en EEUU, tienen que llevarse bien con el presidente, dispuesto a poner aranceles y meter mano en sus empresas.
Susan Glasser, que cubrió el desmantelamiento de la joven democracia rusa como corresponsal de The Washington Post, fue quien acuñó la expresión "putinización de América", que tiene dos vertientes. Un giro en política exterior hacia posiciones más afines a Rusia, como el cese de la asistencia militar directa a Ucrania, la adopción de argumentos rusos en la mesa de negociaciones y el tratamiento de la Unión Europea casi como si fuera un rival; y un uso creciente de técnicas autocráticas, hacia los adversarios de Trump y hacia las protestas en Estados Unidos.
Una de las prioridades de Trump, como han apuntado Glasser y varios politólogos, es destruir o capar los contrapesos democráticos a su poder. Por ejemplo, las agencias gubernamentales independientes, la autoridad del Congreso, las universidades como centros de contestación política o los medios de comunicación, objeto de demandas multimillonarias y otras técnicas represivas. Hace unos días el FBI irrumpió en la casa de una reportera de The Washington Post, Hannah Nattanson, para requisarle el teléfono móvil, el ordenador de mesa, el ordenador portátil y el reloj inteligente, en el marco de una investigación sobre filtraciones.
Masha Gessen, periodista que se marchó de Rusia en 2013 por amenazas y persecución política, se ha especializado en echar jarros de agua fría sobre los entrevistadores estadounidenses. Cada vez que se sienta a responder a sus preguntas, les tiene que recordar que no, que las encuestas y las midterms no son tan esenciales, que estamos en otro territorio: el de la autocracia. Y que, cuando Trump dice cosas como que "no debería de haber" unas elecciones, hay que tomárselo en serio. O cuando baraja presentarse a un ilegal tercer mandato.
Los que romperán el sistema visten de traje
En su libro Sobrevivir a la autocracia (Turner, 2020), Masha Gessen destaca que tendemos a idealizar a los tiranos, a otorgarles una especie de perfidia glamurosa. "Solemos imaginar a los villanos de la historia como genios del horror", escribe. Sin embargo, los peores tiranos "parecían a muchos de sus compatriotas hombres de capacidades, educación e imaginación limitadas".
Cuando los agentes de ICE y Border Patrol asesinaron en las calles de Mineápolis a Renee Good y, tres semanas después, a Alex Pretti, Gessen habló de "terror de Estado". "Ya no es posible afirmar que la administración Trump simplemente busca gobernar esta nación", escribe Gessen. "Su objetivo es sumirnos a todos en un estado de miedo constante: un miedo a la violencia del que algunos podrán librarse en un momento dado, pero del que nadie estará verdaderamente a salvo. Esa es nuestra nueva realidad nacional. El terror de Estado ha llegado".
Más allá de la figura de Trump, el paisaje del debate público en Estados Unidos también está pareciéndose al de Rusia: en la casi nula confianza en las instituciones y en el creciente cinismo. Un erial que se trabaja arrojando sal en sus surcos. En Rusia, por una panoplia de medios de propaganda pertenecientes al Estado o dominados por este. En Estados Unidos, por una red de influencers MAGA y por el propio Trump: una industria unipersonal de la guerra psicológica.
Opinión Como explicaba la rusoamericana Maria Konnikova, periodista y doctora en psicología, en 2017, el bombardeo de mentiras por parte de Trump y de la propaganda rusa debilita nuestras defensas cognitivas. Tener que verificar, cuestionar y desmontar requiere tiempo y esfuerzo, y eso cansa. Una capacidad cognitiva agotada engendra cinismo: todo es malo, todo es pútrido, nada es verdad. Yo tengo mi versión, pero usted tiene la suya. Ninguna es cierta. Todo flota en un légamo de relativismo, que es el paisaje en el que prosperan Putin y Trump. Son malos, ¿pero acaso no era malo Navalny? ¿O los demócratas? ¿O el wokismo?
En esta línea de pesimismo, por otra parte, tan rusa, Garry Kasparov ha advertido de que, la próxima vez, las personas que intenten interrumpir el proceso de transición pacífica de poder en EEUU no actuarán, como en 2021, asaltando el Capitolio desde las calles de Washington. La próxima vez, estas personas llevarán traje y estarán en los pasillos del Gobierno.
Muchos de los análisis que circulan estos días en Estados Unidos están empapados de excepcionalismo: la idea de que todo lo que sucede en este país es único e inimitable y, por tanto, no tiene sentido buscar referencias en otras latitudes. Desde esta perspectiva, Donald Trump es un fenómeno puramente autóctono, como el blues o medir en pulgadas. Una figura que tiene elementos de Ronald Reagan (bajos impuestos), Andrew Jackson (populismo), William McKinley (expansionismo), Theodore Roosevelt (the man in the arena) y Richard Nixon (paranoia).