La gran trampa de Irán: por qué las bombas no darán a Trump lo que busca
Estados Unidos está atrapado en un juego del gato y el ratón de escalada con Irán. Los europeos deberían promover medidas para evitar un destino similar al que corrieron Libia y Siria.
Un mural en la plaza Palestina de Teherán muestra ataúdes cubierto con las banderas estadounidenses e israelíes bajo la frase ' Cuidado con tus soldados' en un gesto de desafío ante Washington. (EFE/Jaime León)
Desde 1979, la mayoría de los presidentes estadounidenses —incluyendo ahora, por segunda vez, a Donald Trump— han tenido que calcular si la República Islámica de Irán puede ser derrocada por la fuerza militar. Tras la brutal represión del Gobierno iraní contra las protestas a escala nacional, que según grupos de derechos humanos han dejado hasta ahora más de 6.000 muertos, el mandatario dijo a los iraníes que “la ayuda está en camino”.
Durante la mañana del miércoles, Trump pareció estar cerca de cumplir sus promesas y aseguró que "una enorme armada" se dirige a Irán, avanzando "con gran poder, entusiasmo y determinación". En su red Truth Social, añadió, además, que esta flota estaría, "al igual que en Venezuela, lista, dispuesta y capacitada para cumplir su misión con rapidez y violencia, si es necesario".
El republicano también expresó su deseo de que "Irán se siente rápidamente en la mesa y negocie un acuerdo justo y equitativo, sin armas nucleares, que sea bueno para todas las partes", amenazando al Gobierno de los ayatolás con que su "tiempo se está agotando".
Pero el objetivo final de Trump respecto a Irán sigue siendo impredecible. Desde que comenzaron las protestas a finales de diciembre, el presidente ha amenazado reiteradamente con una acción militar contra Irán, al tiempo que dejaba abierta la puerta a la diplomacia. En los últimos días, aviones de combate y buques de guerra estadounidenses han llegado a Oriente Medio, lo que reforzará las opciones de ataque, defensa y disuasión de Estados Unidos, además de, potencialmente, fortalecer la baza estadounidense en los esfuerzos diplomáticos.
El imperativo moral de proteger a la población civil es comprensible, como también lo es el atractivo estratégico de castigar al régimen de Teherán. Estados Unidos y Europa deberían dar todos los pasos viables que puedan para apoyar a la población iraní. Pero, tras las dolorosas experiencias en Afganistán, Irak, Libia y Siria, también deben ser realistas respecto a los límites de la influencia occidental y a los peligros de una guerra prolongada con Irán. Los riesgos asociados a una mayor intervención militar son graves, con escasas garantías de que esto ayude de manera sostenible a los iraníes sobre el terreno.
Una consideración inmediata para Estados Unidos, y para los países europeos con intereses regionales clave, es el riesgo de represalias. Si Estados Unidos lanza ataques con un objetivo final de cambio de régimen, es probable que Teherán aumente directamente el coste político para Trump en pleno año electoral atacando a soldados estadounidenses desplegados en todo Oriente Medio. El ejército iraní también tiene la capacidad operativa para atacar instalaciones petroleras en la región y para interrumpir el flujo del transporte marítimo internacional a través del estrecho de Ormuz, disparando los precios mundiales de la energía y de las materias primas. Irán también podría movilizar su menguante (aunque aún armada) red de aliados en la región —como los hutíes, Hezbolá y grupos de resistencia iraquíes— para coordinar ataques contra aliados de Estados Unidos, en particular, aunque no exclusivamente, contra Israel.
Durante la guerra de 12 días de junio de 2025, Irán no recurrió a estas medidas de escalada. Pero si la estabilidad de su régimen se ve sometida a una amenaza existencial sin precedentes, procedente tanto de la presión interna desde abajo como de los bombardeos desde el aire, es probable que la República Islámica juegue todas sus cartas antes de perderlas. Aunque Irán sería el país que más sufriría en un conflicto regional de este tipo, es poco probable que Trump salga vencedor con el tipo de golpe “decisivo” que busca.
Estados Unidos debe sopesar estos riesgos frente a las posibilidades de éxito. Quienes presionan a favor de ataques sostienen que estos pueden proteger a la población civil y, al mismo tiempo, inclinar el equilibrio del poder duro a favor de los actores que buscan derrocar a la República Islámica sobre el terreno. Sin embargo, las dos últimas décadas de intervención estadounidense en contextos similares sugieren que esto conducirá a más violencia e inestabilidad, además de vaciar la economía y relegar a las fuerzas moderadas que abogan por un cambio democrático.
La intervención estadounidense en Libia y Siria, por ejemplo, tenía como objetivo proteger a civiles que se enfrentaban a la represión de regímenes dictatoriales. Sin embargo, fue el preludio de una profunda implicación de Estados Unidos y Europa que, aun así, resultó insuficiente para consolidar una transformación democrática. La intervención en Libia dio lugar a un caos y una fragmentación persistentes. Las costosas operaciones encubiertas estadounidenses en Siria agravaron la violencia y el extremismo. Tras una larga y sangrienta guerra civil en la que numerosos países externos intervinieron para obtener beneficios, Libia y Siria han quedado destrozadas. Ambos conflictos provocaron un gran aumento de la migración hacia Europa.
Existe la posibilidad de que Irán sea un caso distinto, pero sería una temeridad ignorar todas las pruebas en contra. La lucha en Irán probablemente será aún más difícil. El aparato militar iraní no se derrumbará con facilidad: pese a que su mando y control se vieron sacudidos por la guerra de 12 días y las protestas recientes, sigue estando unificado y ha demostrado una alta tolerancia a la violencia contra su propia población. Sectores del estamento de seguridad, de marcado fanatismo religioso y devoción al líder supremo, verán un cambio de régimen respaldado desde el exterior como parte de una guerra santa. Por muchos que sean bombardeados o encarcelados —como ha intentado Israel con Hamás en Gaza—, es probable que queden remanentes armados que resistan.
Por último, Irán es demasiado grande como para arriesgarse a romperlo. La combinación del enorme tamaño territorial de Irán y una población de más de 90 millones de personas no tiene parangón en la región. Irán es casi cuatro veces más grande que Irak y tiene una población 3,5 veces mayor que la que tenía en el momento de la invasión estadounidense de 2003. La población de Libia durante la intervención militar liderada por la OTAN en 2011 era quince veces menor que la población iraní actual. Países como Bosnia y Kosovo, donde la OTAN sí logró intervenir con éxito para detener el derramamiento de sangre de civiles, quedan empequeñecidos frente al tamaño, la geografía de Irán y la competencia entre grandes potencias. Estos factores implican un desafío mucho mayor a la hora de desplegar herramientas militares para frenar de forma sostenible la represión estatal o apoyar esfuerzos de cambio de régimen en Irán que en otros lugares.
Pese a sus tensiones con Teherán, los vecinos árabes de Irak y Turquía también han presionado con fuerza a Trump para que no recurra a una intervención militar. Dado que Irán tiene 13 fronteras terrestres y marítimas, los riesgos de flujos migratorios e inestabilidad son graves. Turquía, que ya vivió esta experiencia tras las guerras en la vecina Siria e Irak, habría establecido zonas tapón para gestionar un posible aumento de la migración desde Irán en caso de un conflicto prolongado. Un vacío de poder en Irán también podría plantear amenazas nucleares para la región si los elementos más extremos se hacen con el control de las reservas de uranio iraní cercanas al grado armamentístico, o si los reactores nucleares de la costa del golfo Pérsico son saboteados.
Resulta tentador argumentar que Trump puede limitarse a repetir la guerra de 12 días con ataques quirúrgicos contra instalaciones militares iraníes y contra figuras de alto rango del liderazgo. Estas acciones podrían dificultar la capacidad de Irán para emplear el puño de hierro contra su propia población y castigar a las élites del régimen, pero sin una intervención más amplia las fuerzas de seguridad internas seguirían en pie. Como consecuencia, elevarían las expectativas entre los halcones a favor de más ataques militares estadounidenses. En junio, Trump fue arrastrado por Israel a una campaña de bombardeos contra el programa nuclear iraní. Ahora se enfrenta a crecientes llamamientos a atacar por motivos de derechos humanos. En unos meses, se le presionará para volver a intervenir. Este juego atrapa a Trump en un conflicto militar interminable con Irán.
Sin embargo, abstenerse de una intervención militar no significa que estadounidenses o europeos deban quedarse de brazos cruzados ante los horribles acontecimientos dentro de Irán. El apalancamiento occidental —incluida su postura militar y las sanciones selectivas— debería utilizarse para redoblar las exigencias a Irán de que ponga fin de manera urgente a toda violencia contra la población civil, establezca una moratoria sobre las ejecuciones en el país, libere a presos políticos y proporcione asistencia médica a los civiles heridos.
Lara SeligmanAlexander WardMichael R. GordonBenoit Faucon
Estados Unidos y Europa también pueden intensificar la cooperación con el sector privado y con la comunidad de inteligencia para reconectar a los iraníes a internet y reducir futuros apagones de comunicaciones, al tiempo que se obstaculiza la capacidad de las autoridades iraníes para profundizar la represión. Esto ayudará a documentar los abusos de derechos humanos y a amplificar las voces de los actores de la sociedad civil dentro del país.
Además, los gobiernos occidentales deberían aumentar la financiación a las ONG que documentan de forma creíble las violaciones de derechos humanos en Irán, impulsar la rendición de cuentas —incluido el recurso a foros internacionales— y facilitar la salida segura de los iraníes que deseen abandonar el país.
Las capitales europeas deberían tener ya medidas preparadas para proteger y evacuar a sus propios ciudadanos, diplomáticos y personal militar dentro de Irán y en todo Oriente Medio si Estados Unidos ataca. En ese escenario, los países de la UE deberían coordinarse con socios árabes, como Arabia Saudí y Qatar, para presionar tanto a Teherán como a Trump hacia una rápida vía de desescalada, antes de que el conflicto se desborde hacia una guerra regional cada vez más profunda y peligrosa.
*Análisis publicado originalmente en inglés por Ellie Geranmayeh y titulado "Traps and limits: Why Trump bombing Iran won’t deliver what he wants"
Desde 1979, la mayoría de los presidentes estadounidenses —incluyendo ahora, por segunda vez, a Donald Trump— han tenido que calcular si la República Islámica de Irán puede ser derrocada por la fuerza militar. Tras la brutal represión del Gobierno iraní contra las protestas a escala nacional, que según grupos de derechos humanos han dejado hasta ahora más de 6.000 muertos, el mandatario dijo a los iraníes que “la ayuda está en camino”.