Despacho desde Groenlandia, donde la geopolítica se come la vida misma: "Nos da hasta pena"
La incertidumbre sobre el futuro de la isla más grande del mundo entristece a la población local, pero también la acerca y la enfrenta a capítulos oscuros del pasado nórdico
Soldados realizan un simulacro de seguridad en el puerto de Nuuk. (EFE/EPA Mads Claus Rasmussen)
El "What the f*" – en español, "¿Qué cojones?" – que suena en el altavoz del móvil termina en un pitido agudo que permanece brevemente en el aire. En la pausa que se produce a continuación, dos mujeres se miran a través de la pantalla. Nina y Najaaraq no pueden creer que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, haya dado otro giro de 180 grados. Era la noche del jueves 21 de enero, y la noticia de que Trump habría alcanzado un acuerdo con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, sobre Groenlandia, se difundió rápidamente por Nuuk.
Se enteraron del presunto acuerdo por el post de Trump en sus redes sociales y los medios de comunicación que lo reportaron. Ni siquiera el primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, sabía nada. Pero la respuesta institucional fue inmediata. "Nada sobre nosotros, sin nosotros", publicó Aaja Chemnitz Larsen, una de las dos diputadas groenlandesas en el Parlamento de Copenhague. Repetía la frase que el Gobierno groenlandés lleva como estandarte desde la desmedida atención y pretensiones del Gobierno de EEUU sobre el territorio. El pueblo de Groenlandia quiere participar en las decisiones que se tomen sobre su país, al que llaman Kalaallit Nunaat –la tierra de los kalaallit–.
Una paz ansiada que ya existía
Lo que más desean los habitantes de Nuuk es que les dejen en paz. Desde hace más de un año, la atención mundial se centra en esta isla del Ártico y sus aproximadamente 57.000 habitantes. "El revuelo mediático ya era grande en los últimos meses", cuenta una dependienta de una tienda de deportes al aire libre en el centro de la capital, "pero lo que hemos visto en las últimas semanas es otra historia". Gira la cabeza hacia el escaparate y asiente. Allí, en la calle cubierta de nieve, hay un equipo de televisión buscando a transeúntes para entrevistarlos.
Todas las grandes empresas de comunicación se encuentran en la tranquila capital de Groenlandia, desde Al Jazeera hasta ZDF, e intentan captar la opinión de la gente. Si en la vida cotidiana los vecinos suelen saludarse amablemente al cruzarse o esbozan una sonrisa cuando sus miradas se encuentran sobre el frío glacial, ahora bajan la vista tan pronto como ven una cámara. En redes sociales se comparten directrices para periodistas extranjeros con el fin de recordar que los habitantes de Groenlandia no son solo una noticiao un titular, sino que se ven gravemente afectados por las amenazas de Trump.
"Enseño a mis alumnos que no hablen con los medios de comunicación si sus padres no están presentes", explica Emiia, de 27 años, profesora de groenlandés en una escuela primaria. "Entonces deben decir "no" en voz alta", asevera. Los niños le hacen constantemente preguntas sobre la situación actual, pero ella solo puede responder a algunas de ellas. Al fin y al cabo, nadie sabe qué planes tiene Trump sobre Groenlandia ni cómo actuará en el futuro.
"Los socios con ideas afines son bienvenidos"
Desde 1951, Estados Unidos tiene prácticamente vía libre en lo que respecta a las operaciones militares y el rearme en esta isla de tanta importancia estratégica.
Nadie impide al Gobierno de Washington abrir nuevas bases militares, aunque Estados Unidos ha cerrado todas las que tenía, excepto la de Pituffik. Tampoco impide a los Estados Unidos la explotación de las valiosas materias primas del país. "Siempre hemos dicho que los socios con ideas afines son bienvenidos en cualquier momento", afirma Naaja H. Nathansen, ministra de Recursos Naturales de Groenlandia, en su oficina de Nuuk. La extracción solo debe realizarse de acuerdo con la población local y beneficiar tanto a los groenlandeses como a los inversores extranjeros, puntualiza.
Ya en 2021, el Parlamento de Groenlandia había rechazado un gran proyecto en Kvanefjeld, al sur de la isla, donde se encuentra el tercer yacimiento conocido más grande con alto grado de mineralización. La negación vino porque la roca contiene uranio, el octavo yacimiento más grande del mundo. La población local temía correr la misma suerte que el estado de Arizona, donde un accidente en una mina de este mineral provocó una contaminación medioambiental masiva y consecuencias catastróficas a largo plazo para los indígenas y sus tierras.
La organización ecologista Urani Naamik (Uranio, no gracias) distribuye folletos en Nuuk, Groenlandia. (EFE/EPA Emil Helms)
Además, los yacimientos de Groenlandia no son una "solución rápida" para responder a la actual demanda de tierras raras, señala Nathansen. Según explica, poner en marcha una mina lleva de media unos 16 años, debido en gran parte a la falta de infraestructuras. Las carreteras se concentran, casi exclusivamente, en las localidades más grandes y apenas existen conexiones entre asentamientos. La primera vía terrestre entre dos núcleos se inauguró este verano: desde julio está en funcionamiento una pista de arena de 170 kilómetros que conecta Sisimiut con el aeropuerto de la capital, Kangerluussuaq. Aun así, la extracción de minerales a gran escala requeriría más puertos, aeropuertos y carreteras.
Medio ambiente, incertidumbre y recursos
Los cambios medioambientales son un tema cotidiano para la población de Nuuk. El invierno, notablemente más cálido, preocupa a la gente. "Antes, entre noviembre y febrero, hacía un frío glacial constante", cuenta Najaaraq, de 57 años. "No es normal que, ahora en enero, las temperaturas sean positivas", lamenta. También en el puerto, los pescadores hablan del retroceso del hielo antes de salir a pescar fletán, bacalao y focas.
Corredor de agua formado por el deshielo en Groenlandia. (Ian Joughin)
Si bien los habitantes de la capital aún no se ven muy afectados por el cambio, los habitantes de Ilulissat, al norte, cuentan que las zonas que antes estaban completamente heladas y en las que se podía cazar con trineos tirados por perros, ahora ya no se congelan. "Incluso en mi infancia, las superficies heladas eran aún más grandes", informa Emiia, maestra de primaria, originaria de la ciudad famosa por sus icebergs.
Ni siquiera los expertos pueden evaluar aún qué efectos tendrá el aumento de la actividad militar en torno a Groenlandia sobre el frágil ecosistema. Lo que sí es seguro es que las aguas del norte entre Canadá y Groenlandia, denominadas Pikialasorsuaq por la población local, influyen en la corriente del Golfo, de importancia mundial, y que el aumento de las temperaturas está derritiendo la barrera de hielo esencial que existe en el extremo norte. Por ello, los inuit de ambos lados del mar abogan por la creación de una reserva marina. En un mundo en el que se han denunciado los acuerdos climáticos, esto supone una ardua tarea.
"La atención mundial nos da pena"
Dado que el presidente estadounidense Trump suele cuestionar los acuerdos ya firmados, los habitantes de Groenlandia siguen en alerta. El Gobierno ha presentado esta semana un folleto sobre cómo debe prepararse la población para una emergencia. Esto ha provocado que se agoten los generadores y los bidones de agua en la isla. También hay huecos en las estanterías de las tiendas de alimentación. Y esto no se debe solo a que los suministros de alimentos solo llegan a la isla una vez a la semana de media, sino que, tras un accidente marítimo, pueden pasar incluso dos semanas.
"La gente está inquieta", afirma Arnakkuluk Jo Kleist. Esta mujer de 41 años es consultora empresarial autónoma y ha vivido siempre en Nuuk. Mientras toma un café en la casa de la cultura Katuaq, no deja de saludar con la cabeza a conocidos. Kleist también percibe "una cierta pesadumbre y tristeza" entre la población. La gente está elaborando planes de emergencia y, en algunos casos, pensando realmente en cómo podrían abandonar el país en caso de emergencia para salvarse a sí mismos y a sus seres queridos. "Siempre pensamos que estábamos lejos del resto del mundo en nuestra gran isla", cuenta Kleist. "Y ahora la atención mundial nos da pena".
Los groenlandeses intentan combatir la tristeza dándose energía unos a otros, dice Kleist. Se abraza a los políticos, aunque pertenezcan a un partido diferente al que uno votaría. La política de Asuntos Exteriores Vivian Motzfeldt fue recibida con un mar de banderas en el aeropuerto después de defender los derechos de Groenlandia en la escena internacional. "Es un poco como en el deporte", dice Kleist: "Cuando juega la Selección nacional, no importa si las jugadoras provienen de equipos rivales, todas representan al país".
Entre los inuit y los daneses
La tierra de los inuit está estrechamente vinculada al Reino de Dinamarca. Por ejemplo, a través de cuidadores daneses como Nikolai, de 33 años, que ya lleva tres meses trabajando en el hospital de la capital debido a la escasez de personal cualificado. O a través de familiares que han emigrado a Europa con la esperanza de encontrar allí un mejor sistema social.
La relación con Dinamarca también tiene capítulos oscuros. Najaaraq recuerda el racismo que sufrió allí entre los 20 y 30 años: "En las tiendas nadie quería atenderme; en el autobús me gritaban que me fuera a mi país". Pero tampoco en Groenlandia fue siempre bienvenida. Hija de padre danés, nunca aprendió de niña la lengua de su madre groenlandesa, ya que en la década de 1970 el danés dominaba la isla. Por ello, algunos no la consideraban una groenlandesa de pleno derecho.
El año pasado, la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, pidió perdón entre lágrimas a las víctimas del escándalo de los dispositivos intrauterinos. Más de 4.000 mujeres y niñas fueron sometidas a la inserción de estos dispositivos en las décadas de 1960 y 1970, por indicación de Dinamarca, que buscaba limitar el crecimiento demográfico en la antigua colonia para garantizar la financiación del estado del bienestar. Muchas de ellas quedaron imposibilitadas para tener hijos. Recientemente, Copenhague se declaró dispuesta a pagar indemnizaciones, aunque Kleist se pregunta: "Uno se pregunta por qué ahora todo esto es posible y qué hay detrás".
Desde Nuuk, el mensaje del Gobierno de Groenlandia es claro: si se decide, se quiere seguir vinculados a Dinamarca. "Pero eso no significa que olvidemos", añade Kleist. Primero habría que impedir una adquisición hostil y luego debatir sobre el futuro con Dinamarca, que, según los groenlandeses, también podría conducir a la independencia.
El "What the f*" – en español, "¿Qué cojones?" – que suena en el altavoz del móvil termina en un pitido agudo que permanece brevemente en el aire. En la pausa que se produce a continuación, dos mujeres se miran a través de la pantalla. Nina y Najaaraq no pueden creer que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, haya dado otro giro de 180 grados. Era la noche del jueves 21 de enero, y la noticia de que Trump habría alcanzado un acuerdo con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, sobre Groenlandia, se difundió rápidamente por Nuuk.