Roma contra Torres Blancas. Bienvenidos al nuevo orden arquitectónico mundial
La apuesta de la Casa Blanca por el neoclasicismo amenaza a los edificios brutalistas. La arquitectura del poder estadounidense margina a Washington en favor de Florida y Grecia
Política ficción: si Trump invadiera Madrid, lo primero que haría sería derribar Torres Blancas. No le sonará tan descabellado cuando lleguen al final de este artículo…
El ala este de la Casa Blanca se construyó en 1902. 123 años de historia se volatilizaron el pasado octubre, cuando Donald Trump sacó la piqueta, pues tenía otros planes para el lugar, un gran salón de eventos inspirado en su residencia de Mar-a-Lago, con columnas y mármol a gogó. La demolición se hizo con premeditación y alevosía; cuando los protectores del patrimonio se enteraron, el ala este ya no existía.
Como Donald Trump es un promotor inmobiliario, los asuntos arquitectónicos iban a tener relevancia necesariamente en su presidencia, como los tuvo en la Marbella de Jesús Gil, otro promotor inmobiliario populista, cuya primera medida como alcalde -nada más tomar posesión- fue derribar la casa de su antecesor socialista en el cargo (eso pasó de verdad, no es broma). Gil ordenó luego trasladar los expedientes municipales y las juntas de Gobierno al Club Financiero (la inmobiliaria desde la que hacía sus negocios).
"Cuando Trump era promotor inmobiliario no construía rascacielos con columnas clásicas"
Pedro Moreno Brenes, secretario del Ayuntamiento de Marbella cuando Gil desembarcó, lo explicaba así: "Gil llamaba a los funcionarios municipales a despachar al Club Financiero mientras estaba con las Mamma Chicho grabando su programa para Telecinco. Y les tenía esperando en la piscina. Nadie le decía no a nada. Gil actuaba así porque creía que el Ayuntamiento era suyo. Su empresa. Yo creo que ahí era sincero y no mentía: lo creía de verdad".
Si leyendo esto no se les viene a la cabeza Trump, es porque la maquinaria trumpista dispara en tantas direcciones que se escapan muchos detalles golosos. Ejemplo reciente: casi nadie pareció extrañarle que Trump no siguiera la captura de Nicolás Maduro desde la situation room de la Casa Blanca, sino desde un salón de su residencia en Mar-a-Lago, rodeado de cortinas negras colgadas de aquella manera, cual función escolar navideña. Según la prensa estadounidense, antes de activar la caza de Maduro, Trump estuvo comprando en Palm Beach "mármol y ónix" (lo que debe tener un significado profundo que aún desconocemos). Las decisiones importantes, por tanto, ya no se toman en Washington, sino en Palm Beach, cambio estético de alcance que en España solo superaríamos convirtiendo a Marina d’Or en la nueva Moncloa.
Dentro de esta floridificación de la arquitectura del poder estadounidense, la bola de demolición ha llegado a Washington D.C, ciudad que Trump desprecia políticamente, pues para sus bases es una Sodoma de la burocracia, las élites y el Estado profundo. Tras caer el ala este de la Casa Blanca, los siguientes edificios oficiales amenazados son los brutalistas, como la sede central del FBI. Justo cuando el brutalismo vive una recuperación cool tras años de incomprensión cultural, Trump ha decidido cargar contra un estilo mimado en fotos y vídeos en redes sociales.
Veamos hasta dónde llega la influencia arquitectónica del trumpismo. Primero, el contexto inmobiliario general.
"Aunque los efectos perturbadores de la política exterior y económica de su Gobierno reciben una atención constante, no estamos siendo del todo conscientes de que el impacto de Trump en la arquitectura estadounidense es igualmente perturbador. Los aranceles sobre la madera y el acero canadienses, o sobre los materiales que se importan de otros países, inevitablemente dispararán al alza los costes de la construcción en EEUU… Es un secreto a voces que los trabajadores en situación irregular son una mayoría en el sector de la construcción y que la subida de los costes laborales que se derivarán de las restricciones a la inmigración acabará recayendo en el cliente final. La construcción de viviendas, en especial de viviendas asequibles, un gravísimo problema que el presidente y primer constructor inmobiliario de la nación ignora, se ralentizará aún más", cuenta Edward Dimendberg, historiador de la arquitectura y profesor de la Universidad de California, en un artículo reciente en la revista Minerva del CBA.
Como recuerda Dimendberg, la política arquitectónica de la Administración estadounidense se fijó en la época de Kennedy, basada en la "libertad creativa de la arquitectura" y "evitar el desarrollo de un estilo oficial". Esto propició la construcción de edificios oficiales de diversos estilos, hasta que llegó Trump con los vetos. Durante su primer mandato presidencial, Trump publicó la orden presidencial ‘Fomento de una arquitectura civil bella’, con críticas al deconstructivismo ochentero ("intento de socavar los valores tradicionales de la arquitectura mediante la fragmentación, el desorden y la geometría sesgada") y al brutalismo (por su "apariencia gigantesca y mazacote" y "rígido estilo geométrico"). Trump tenía otros planes estéticos. A partir de entonces, cada nuevo edificio federal de más de 50 millones de dólares debería construirse al estilo clásico de "la Atenas y Roma antiguas", para "embellecer los espacios públicos" y "ennoblecer a EEUU".
¿La lógica política detrás de esto? Según Dimendberg, "los legados del clasicismo y el neoclasicismo no son únicamente un recuerdo de George Washington, sino del Sur anterior a la guerra, constituido en buena parte por las plantaciones y los edificios públicos de la Confederación, así como por una identidad cultural imbuida de clasicismo… Los avances en la arquitectura, que suelen implicar el movimiento de personas, ideas y tecnologías por encima de fronteras nacionales. El aire internacional que estos intercambios presuponen está muy alejado del clasicismo monolítico que se promulga desde arriba".
La orden arquitectónica presidencial fue criticada por el American Institute of Architects (AIA) y el New York Times, que publicó un artículo titulado ‘¿Qué tienen de bueno los falsos templos romanos?’ Aunque Joe Biden ganó las siguientes elecciones, la nueva era arquitectónica trumpista ha vuelto a resucitar ahora: el mismo día que arrancó su segunda presidencia, Trump publicó una nueva orden arquitectónica, ‘Fomento de la arquitectura federal bella’, criticada por Steven T. Ayers, director en funciones de la AIA, para el que "las órdenes que prescriben un estilo ahogan la innovación, limitan la diversidad arquitectónica y no tienen en cuenta los contextos únicos culturales e históricos de las comunidades locales. Además, la arquitectura clásica, aunque es un elemento importante del legado arquitectónico de nuestra nación, a menudo exige materiales más caros, plazos de construcción más largos y unos costes de mantenimiento más elevados, cargas que, en último término, repercuten sobre los impuestos de la población".
Uno de los edificios de Washington enfilados por el trumpismo es la sede del Departamento de Energía, brutalista, como lo es también la sede central del FBI, cuya futura clausura adelantó hace unos meses el director de la agencia, Kash Patel. Cambios en la estética del poder que también tienen que ver con que "Trump tiene poco aprecio por los empleados federales, y aún menos por el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano, cuya misión es proporcionar vivienda a las personas de bajos recursos. Pero Trump y el personal de la casa sí parecen estar de acuerdo en algo: ha llegado el momento de abandonar la sede brutalista del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano. A principios de este año, la administración Trump anunció que vendería el edificio", contó The Economist en un artículo reciente.
Pero como las contradicciones del trumpismo son variadas, su revolución arquitectónica nostálgica podría quedar a medias: "Que las reducciones en el presupuesto federal y la austeridad fiscal sean componentes esenciales de la agenda política de Trump hace improbable que llegue una ola de nuevos edificios federales en un futuro próximo" aunque "una segunda posibilidad sería un éxito modesto y la proliferación de templos griegos y edificios insípidos de estilo clásico por todo el país", opina Dimendberg.
La entrevista
Hablamos con David García-Asenjo, arquitecto, profesor universitario y uno de los grandes divulgadores arquitectónicos del país, sobre Donald Trump jugando a las casitas.
PREGUNTA. ¿Qué connotaciones políticas tiene la vuelta al lenguaje arquitectónico clásico impulsada por el trumpismo?
"Mar-a-Lago es como si Charles Foster Kane hubiera gobernado desde Xanadú, una construcción kitsch"
RESPUESTA. Cuando Trump era promotor inmobiliario no construía rascacielos con columnas clásicas. Lo hacía en el estilo moderno de los 80 y los 90, aunque con una decoración interior bastante hortera. Pero esta preferencia por la arquitectura clásica conlleva un sesgo que sugiere que la arquitectura blanca y occidental es superior, aunque el estilo contemporáneo no tenga un origen étnico muy distinto. El estilo clásico en Estados Unidos se vincula además a los orígenes europeos del país e ignora las raíces indígenas y de otras minorías. Es más, el pasado esclavista del sur del país se ve reflejado, incluso reivindicado, en esta arquitectura. Existe una relación entre el surgimiento de cuentas en redes sociales que reivindican la arquitectura clásica y su belleza con movimientos de ultraderecha.
Las dictaduras del periodo de entreguerras también se inspiraron en la estética de la Roma imperial y se opusieron a la arquitectura de vanguardia. La Alemania nazi cerró la Bauhaus, la escuela que había revolucionado el arte y la arquitectura tras la Primera Guerra Mundial con una vertiente más utilitaria y vinculada al diseño industrial, y la Unión Soviética depuró a los arquitectos constructivistas ligados en sus inicios a la Revolución.
P. Que Trump derribe una parte de la Casa Blanca, sin previo aviso, ¿qué nos dice sobre su mandato?
R. Trump se ha saltado todos los pasos para derribar el ala este de la Casa Blanca para demostrar que él actúa. Aunque sea contra el criterio de las comisiones que buscan preservar el patrimonio (en las que muchos miembros fueron nombrados por Trump). Y lo ha hecho sin un proyecto claro, cambiando a mitad de proceso al arquitecto al que le había encargado hacer un proyecto que se pareciera a las imágenes que él había publicado ya. Y ha destrozado un espacio femenino, en el que desarrollaban las actividades de la primera dama, en muchas ocasiones vinculadas a causas sociales, justo lo opuesto de la política actual de Donald Trump.
P. ¿Qué te sugiere que la arquitectura del poder estadounidense se haya desplazado a Mar-a-Lago?
R. Cambiar a Mar-a-Lago es reivindicar el poder que él ha tenido comprando un espacio que era público, de descanso de los presidentes, pero que él convirtió en un complejo turístico. Es como si Charles Foster Kane hubiera gobernado desde Xanadú, una construcción kitsch.
La polarización
Como el brutalismo ha acumulado críticas y elogios durante su historia, preguntamos también a García-Asenjo si es un estilo polarizador. Respuesta:
1) "El brutalismo tuvo su momento de esplendor en los 60 con obras magníficas, que todavía hoy se mantienen modernas y en perfecto estado. Pero es cierto que es un estilo que no tiene ninguna relación con las formas tradicionales, y que está construido en hormigón, que da lugar a edificios que pueden parecer fríos y poco integrados en el entorno. Feos, en definitiva (aunque nos pueda parecer que no es una categoría estética rigurosa). También se asoció a mucha construcción de barrios de vivienda social que tuvieron mal mantenimiento y que crearon un urbanismo poco humano (de hecho en el cine suele aparecer así, en escenas de La Naranja Mecánica o Attack the Block".
2) "Es un estilo contrario a lo que pretende la arquitectura promovida por Trump. Muchos edificios federales se hicieron así, y son grandes moles en ciudades en las que tampoco existe un urbanismo amable. Y Trump ha cargado contra todo eso. Lo ha ejemplificado en el brutalismo, porque es una etiqueta con gancho, pero también ha criticado obras sencillamente modernas, contemporáneas, sin ninguna referencia a los estilos clásicos que reflejan ese pasado glorioso".
Porque si Trump tiene contradicciones, también el brutalismo, ahondadas también en The Economist:
"Se ha dicho que el brutalismo es el movimiento amado por los arquitectos y odiado por el público. También se le ha descrito despectivamente como "fortín a prueba de bombas", "fealdad deliberada", "hostil a la vida humana" y "neopenitenciario". Hasta el burócrata que aprobó el diseño de la sede del FBI en Washington describió el edificio como "el más aterrador que se estaba construyendo en la ciudad… Los admiradores del brutalismo interpretan la hostilidad trumpista -quizás con demasiado entusiasmo- como un ataque al Estado del bienestar de la posguerra. De ambición monumental, los edificios brutalistas celebran el bien colectivo por encima del individual, dicen; todo ello anatemas para el Señor Trump. Se habla menos del deterioro y la falta de funcionalidad de estos edificios, y del hecho de que su modernización es extremadamente cara. El mercado de oficinas de Washington sigue estancado tras la pandemia, lo que significa que alquilar nuevos espacios gubernamentales probablemente sea más barato que quedarse en los edificios brutalistas".
Es decir, las cuadraturas paradójicas del brutalismo, entre la monumentalidad y la austeridad, entre la funcionalidad extrema y la frialdad para habitar los edificios, han generado un legado conflictivo, según el New York Times: "Algunos lo consideran un estilo elitista; otros, democrático. Algunos lo consideran perdurable; otros, vulgar… Durante décadas, se ha debatido sobre si los edificios brutalistas son monumentos que deberían preservarse o adefesios que deberían derribarse... La controversia no es nueva para el brutalismo, que en sí mismo era una forma de crítica. Mientras otros movimientos arquitectónicos mostraban reverencia por la historia —el neoclásico para la antigua Grecia y Roma, el neogótico para la Edad Media—, el brutalismo se centraba en la modernidad. Utilizó nuevos materiales, nuevas formas, nuevas ideas, rompiendo con el pasado tras una guerra que causó tanta angustia".
La mejor muestra de que, incluso hoy día, el brutalismo puede ser una cosa y la contraria es la siguiente: paralelo al ataque de Trump a este estilo arquitectónico, surgió otro por motivos opuestos. Para algunos, la segunda temporada de Andor fue una de las mejores series de 2026. Dentro de la sobreexplotación del universo Star Wars la última década, tras comprarle Disney el chiringuito a George Lucas, hemos visto varios productos decepcionantes, no así Andor, que va por libre (no es otro remake nostálgico), tiene mucha energía política (lo que en el universo Star Wars iba implícito, aquí va a pecho descubierto, la lucha entre un imperio desbocado y una disidencia fragmentada entre la revolución, la resignación y el nihilismo) y una deslumbrante apuesta estética (menos efecto digital chirriante y más recreación old school de sociedades y ciudades planetarias).
Pues bien: en Andor, la capital del Imperio es una fantasía brutalista, con edificios a lo Torres Blancas por doquier, e interiores circulares y curvos… entre burocráticos y opresivos. Conclusión: el Imperio galáctico en Andor tiene ecos al autoritarismo trumpista, pero si al Emperador Palpatine le flipa el brutalismo, Trump no lo puede ni ver. No se puede estar de acuerdo en todo.
Política ficción: si Trump invadiera Madrid, lo primero que haría sería derribar Torres Blancas. No le sonará tan descabellado cuando lleguen al final de este artículo…