La exministra de Interior 'tory' se pasa al partido de Nigel Farage: la gran deserción de la derecha británica
La oleada de deserciones de los conservadores a Reform UK es más que una demostración de fuerza del populismo. También es una confirmación de la crisis de los 'tories'
Nigel Farage, el 19 de enero de 2026. (Reuters/Temilade Adelaja)
La historia podría contarse como una metáfora musical. UB40 nació como una banda marcada por la era de Margaret Thatcher, el desempleo y una Inglaterra áspera y polarizada. Décadas después, una ruptura interna dio lugar a dos formaciones casi idénticas en sonido, repertorio y público, obligando a sus seguidores a elegir entre el nombre original o su réplica con otro liderazgo. Durante un tiempo, hubo espacio para ambas. Pero la política, a diferencia del circuito de conciertos nostálgicos, no tolera duplicidades. En cada punto ideológico solo hay sitio para un solo proyecto viable.
Y ese es el dilema que hoy atraviesa la derecha británica, inmersa en una pugna por su propia identidad y decidida a recuperar el poder frente a un gobierno laborista que, pese a su aplastante mayoría absoluta, no consigue ni impulso ni relato transformador.
En las últimas semanas, cada vez más diputados del Partido Conservador anuncian su deserción en favor del partido Reform UK, liderado por NigelFarage. La última gran baja ha sido Suella Braverman, antigua ministra de Interior del gobierno conservador, este mismo lunes.
La oleada de deserciones no es tanto una demostración de fortaleza del populismo como la constatación de que el espacio conservador sigue sin resolver su gran incógnita desde el Brexit. En particular, qué proyecto político ofrece cuando la ruptura ya no basta para articular un futuro. El trasvase de diputados se interpreta como un desangre de los tories, otrora máquina política más exitosa de la historia británica. Pero la lectura es más compleja, porque, lejos de aclarar el mapa, lo emborrona.
Farage logró un hito en las elecciones generales de 2024 al entrar en Westminster pese a un sistema electoral diseñado para castigar a las fuerzas emergentes. Sin embargo, la pregunta que empieza a formularse es si está construyendo algo verdaderamente nuevo o si, en realidad, está reciclando el viejo conservadurismo con otra marca y un tono más abrasivo.
La deserción de Robert Jenrick resulta especialmente reveladora. No se trata de un diputado irrelevante, sino de una de las figuras con mayor proyección del ala dura conservadora, convencida de que el hundimiento electoral no fue consecuencia de una mala gestión, sino de una falta de convicción ideológica. Era, además, uno de los perfiles con más opciones de disputar el liderazgo interno a Kemi Badenoch. Su salida —precedida por una expulsión fulminante— fue exhibida por Farage como untrofeo político y como una señal dirigida a otros diputados del mismo sector.
Sin embargo, Jenrick no abandona un partido en ascenso para subirse a una ola ganadora, sino una formación en reconstrucción para integrarse en otra que aún no ha demostrado que pueda ir más allá del voto de protesta.Reform gana nombres, sí, pero también hereda los dilemas estratégicos del partido que pretende sustituir.
Por su parte, la incorporación de Nadhim Zahawi, excanciller durante el breve experimento político de Liz Truss, añade un matiz aún más incómodo. Reform nació para canalizar el enfado de una derecha que consideraba a los conservadores incompetentes y desconectados. Por lo tanto, cuanto más éxito intenta exhibir atrayendo desertores del establishment tory, más se parece a aquello contra lo que se rebeló.
Como advierte Robert Shrimsley, el edificio de Reform es menos sólido de lo que aparenta". Parte de su base desconfía de los career politicians conservadores. Otra, más radicalizada, rechaza figuras asociadas al establishment pandémico o fiscal. Cada deserción refuerza el músculo institucional del partido, pero también complica su identidad.
Farage habla ahora de una "alianza de centroderecha descaradamente proempresarial", una retórica prácticamente indistinguible del thatcherismo clásico que la derecha británica lleva cuatro décadas formulando. El líder que construyó su carrera denunciando al establishment conservador empieza a presentarse como su heredero legítimo. La mutación tiene lógica estratégica —para gobernar hay que parecer serio—, pero deja una pregunta incómoda en el aire: ¿qué ofrece Reform que no sea, en esencia, lo mismo con otro nombre?
Hasta ahora, el pegamento del proyecto ha sido la inmigración. Ha permitido unir bajo un mismo paraguas a votantes del Brexit, conservadores desencantados, sectores populares preocupados por la presión sobre los servicios públicos y una derecha cultural movilizada por la idea de declive nacional. Pero incluso ese motor empieza a mostrar límites.
Las cifras netas comienzan a descender, fruto de medidas introducidas tardíamente por los últimosgobiernos conservadores y mantenidas y endurecidas por el actual gobierno laborista de Keir Starmer. Si esa tendencia se consolida, Reform se enfrenta a su mayor desafío: un partido construido alrededor de una emergencia necesita que la emergencia siga viva.
La reacción de Farage ha sido elevar el listón —hablar de "migración neta cero" o incluso de población menguante— y ampliar el discurso hacia el crimen y el coste de la vida. Pero eso no resuelve el problema estructural. Gobernar exige algo más que consignas reactivas. Requiere una hoja de ruta reconocible sobre economía, Estado, servicios públicos, defensa y política exterior. Y ahí Reform sigue mostrando carencias. Sabe contra qué lucha, pero aún no ha demostrado con claridad qué quiere construir cuando deja de protestar.
Ese vacío se vuelve más evidente a medida que el partido incorpora sensibilidades diversas y, en ocasiones, contradictorias: desde pequeños estatistas thatcherianos hasta corrientes identitarias duras, pasando por un electorado antiestablishment incómodo con la profesionalización del aparato.
Aunque Farage suele presentarse como heredero de Thatcher, su energía política encaja mejor en la tradición de Enoch Powell: soberanía, identidad nacional y una visión culturalmente defensiva del país. Esa matriz moviliza, pero dificulta la ampliación electoral hacia votantes conservadores más institucionalistas y moderados, especialmente en un contexto donde las derivas trumpistas generan rechazo en segmentos decisivos.
Frente a ese dilema, la líder del Partido Conservador intenta marcar una línea de separación. La expulsión de Jenrick fue interpretada internamente como un gesto de autoridad para evitar que la crisis se convirtiera en una desbandada. Su estrategia no pasa por competir con Farage en radicalidad, sino pordiferenciarse. Menos discurso apocalíptico sobre un país "roto" y más énfasis en economía, seguridad y geopolítica.
Es un intento de reconstruir el patrón clásico tory y de dejar marchar a parte de los ultras para ganar margen de maniobra. Los tímidos repuntes en las encuestas —los conservadores rondan de nuevo el 20%— no anuncian una recuperación, pero sí rompen el relato de desaparición inevitable que necesita Reform para consolidarse.
El mayor riesgo para el laborismo
La oportunidad de reposicionar al Partido Conservador, enfatizando nuevas líneas divisorias con Reform, no solo en economía y defensa, sino también en Europa y el liberalismo social". Si los conservadores se limitan a ser una pálida imitación de Reform, advierte, no lograrán atraer ni a los votantes perdidos ante los liberal-demócratas ni a los fugados hacia Farage.
Mientras la derecha se disputa su futuro, el laborismo gobierna con la ventaja de la baja intensidad. El premier Keir Starmer no necesita una épica mientras el adversario se fragmenta. Su Ejecutivo se beneficia tanto del endurecimiento de la política migratoria, que neutraliza parcialmente el principal argumento de Reform, como de la guerra civil conservadora, que impide la articulación de una alternativa clara.
El riesgo para el laborismo no es un Farage fuerte, sino una derecha reunificada. Pero esa reunificación exige algo que hoy no existe: confianza y un marco compartido.Farage necesita devorar, Badenoch necesita sobrevivir. Sus incentivos no encajan.
Las elecciones de mayo —con ayuntamientos en Inglaterra y los parlamentos de Escocia y Gales en juego— no decidirán el gobierno nacional, pero sí el relato de quién manda en la derecha. Si Reform obtiene resultados contundentes, reforzará la idea de que es el único proyecto con futuro y acelerará el trasvase de cuadros. Si los conservadores evitan una humillación total y logran articular una narrativa de resistencia, Farage perderá su arma más poderosa: la sensación de inevitabilidad.
En una política británica donde el Partido Conservador ha demostrado una capacidad casi darwiniana para mutar y volver, la diferencia entre "cadáver" y "superviviente" puede decidir el resto de la década. Farage quiere un entierro rápido. Badenoch aspira a un coma reversible. Y en esa tensión se juega qué significa ser conservador después del Brexit y quién tiene derecho a apropiarse de esa palabra.
La historia podría contarse como una metáfora musical. UB40 nació como una banda marcada por la era de Margaret Thatcher, el desempleo y una Inglaterra áspera y polarizada. Décadas después, una ruptura interna dio lugar a dos formaciones casi idénticas en sonido, repertorio y público, obligando a sus seguidores a elegir entre el nombre original o su réplica con otro liderazgo. Durante un tiempo, hubo espacio para ambas. Pero la política, a diferencia del circuito de conciertos nostálgicos, no tolera duplicidades. En cada punto ideológico solo hay sitio para un solo proyecto viable.