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La fórmula 90-7-3 y otros planes de China para navegar el descalabro demográfico
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La fórmula 90-7-3 y otros planes de China para navegar el descalabro demográfico

En 2025 nacieron la mitad de bebés que en 2015 en China. Tras haber intentado de todo para que las familias tengan más hijos, el gobierno está cambiando de enfoque para afrontar el descalabro demográfico

Foto: Una pelea de robots en Shanghai. (EFE)
Una pelea de robots en Shanghai. (EFE)
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El gobierno chino ha publicado esta semana datos escalofriantes: en 2025 nacieron menos de ocho millones de bebés, la mitad que en 2015 y la cifra más baja desde que hay registros oficiales, desde 1945. Este desplome sin precedentes en tiempos de paz ha dejado sin palabras incluso a los demógrafos más pesimistas y ha disparado las especulaciones: hay quien cree que Pekín ha optado por dejar de maquillar las cifras —una vieja sospecha— para alertar a la sociedad y forzar una conversación seria sobre posibles soluciones. Al Partido Comunista siempre le ha preocupado que China se haga vieja antes de hacerse rica. Y ya parece difícil evitar que ocurra.

La población china lleva ya cuatro años consecutivos reduciéndose, con más muertes que nacimientos. Ahora la tasa de fertilidad ronda los 0,98 hijos por mujer, una de las más bajas del mundo, muy lejos del umbral de reemplazo e incluso por debajo de países como España o Italia. Y todo esto en un país que nunca ha querido apoyarse en la inmigración extranjera, de modo que carece de un amortiguador para suavizar el aterrizaje demográfico. Se proyecta un escenario con más ancianos de los que la población activa será capaz de sostener. La próxima década —los años 30— es cuando empezará a caer con fuerza la población en edad de trabajar, mientras aumenta la necesidad asistencial asociada a la dependencia. No es casual que el discurso oficial mire obsesivamente a 2035 como fecha de consolidación y salto hacia una economía de mayor valor añadido: la demografía empuja justo en sentido contrario.

Foto: pausa-podcast-problema-demografia

“Yo creo que el problema no será grave hasta los años 40 del siglo XXI. La razón es simple: los niños que nacen ahora no se incorporan al mundo laboral hasta dentro de veinte años. Mientras tanto, China sigue contando con cohortes masivas nacidas entre los 70 y los 90. Eso son casi 900 millones de personas en edad laboral. El verdadero golpe llegará cuando esa generación se jubile en bloque. Y ahí está la clave que a menudo se pierde en el debate: el error habitual es pensar que la demografía actúa como una crisis financiera, como algo rápido, visible e inmediato, pero no es así. La demografía es lenta, acumulativa y decisiva… pero a largo plazo y, mientras tanto, el sistema aguanta”, dice Julio Ceballos, consultor de negocio en China y autor de El calibrador de estrellas.

Pekín abandonó formalmente la política del hijo único en 2016, pero la resaca del mayor experimento de ingeniería social de la historia aún continúa. Décadas de nacimientos contenidos dejaron cohortes más pequeñas entrando en edad de formar familia, menos mujeres en edad fértil, abortos selectivos por sexo -cuando se popularizaron las ecografías muchas chinas abortaban a las niñas- y un mercado matrimonial totalmente desequilibrado. El resultado es un efecto dominó: menos parejas, menos hijos, menos población activa futura.

“China es plenamente consciente de la gravedad de su crisis demográfica: a las causas ‘universales’ de la caída de la natalidad (más desarrollo, más coste de oportunidad y mayor incorporación de la mujer al trabajo) se suman factores específicamente chinos, como la presión extrema por el éxito educativo, el enorme gasto que exige y la debilidad de un verdadero Estado del bienestar”, explica Claudio Feijoo, director para Asia en la Universidad Politécnica de Madrid y autor de ensayos sobre el país como 'La ciudad antes que el mar'.

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Ocurre que los jóvenes urbanos se enfrentan a una presión vital extrema, más acusada incluso que en la mayoría de las grandes ciudades occidentales: vivienda por las nubes, empleo inestable, horarios incompatibles con la vida familiar, salarios que crecen menos que las expectativas y una competencia feroz. La crisis inmobiliaria no solo ha golpeado al PIB, ha erosionado el patrimonio de los hogares y, con él, la confianza para asumir compromisos a largo plazo como el matrimonio o los hijos. Y, como ocurre en otros países, el problema ya no es solo que haya menos niños, sino que se forman menos parejas. Aumenta vertiginosamente el porcentaje de treintañeros no casados.

Como casi todos los países que entran en pánico demográfico, China ha recurrido al repertorio conocido: bonos por bebé, ayudas a madres jóvenes, facilidades administrativas para registrar matrimonios, bodas patrocinadas por el Estado. En los últimos años incluso se han ensayado medidas coercitivas, como encarecer los preservativos vía impuestos. Pero las autoridades están aprendiendo que estas políticas no funcionan porque intentan revertir la decisión final de procrear sin cambiar el largo proceso que la precede: parejas fértiles, empleo estable, vivienda asequible, conciliación real, seguridad financiera y un estilo de vida que de verdad invite a formar una familia. El gobierno chino no está solo en su fracaso: ningún país ha dado con la tecla hasta ahora, ni siquiera con experimentos extremos como los de Hungría o décadas de experimentación como en Japón.

Si no puedes revertirlo, adaptate

En paralelo a estas medidas digamos ortodoxas, el país ha emprendido un camino menos habitual: adaptar agresivamente su economía y su sociedad al envejecimiento en tantos frentes como sea posible, aprendiendo de experiencias asiáticas como la japonesa y llevándolas a otro nivel. Por utilizar los términos del marketing político, se trata de “pasar de una postura reactiva —tapar agujeros en pensiones y sanidad— a una estrategia proactiva: convertir el envejecimiento en una nueva fase de desarrollo económico”.

Los planes quinquenales que empiezan este año (2026–2030) detallan esa hoja de ruta en cuatro ámbitos. El primero pasa por construir un sistema de pensiones que incentive el ahorro privado con todo tipo de instrumentos. Por ejemplo, seguros para financiar cuidados en la tercera edad. Esto es: pagar durante toda la vida laboral para asegurarse una residencia o cuidados en casa. El objetivo es canalizar todo el ahorro doméstico posible hacia la jubilación y, en la práctica, repartir el coste del envejecimiento entre balance privado y presupuesto público.

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El segundo pilar es impulsar la silver economy para evitar que el consumo —ya raquítico— se hunda a medida que el país envejece. El gobierno estima que el mercado vinculado a salud, tecnología geriátrica, turismo adaptado y productos “senior” podría superar los cuatro billones de dólares en 2035. Se habla de robots de compañía, exoesqueletos, monitorización con inteligencia artificial y servicios para jubilados urbanos. Se habla constantemente de reorientar la inversión hacia sectores que vayan creciendo con el envejecimiento.

El tercer elemento es el llamado modelo de cuidados 90-7-3: el 90% de los mayores tienen que ser atendidos en casa, el 7% en centros comunitarios y solo el 3% en residencias. Se trata de asumir que la familia siga siendo la primera línea de cuidado, aunque lo haga apoyada por tecnología y servicios que lo hagan más llevadero y eviten el colapso cuando falten hijos o sobren ancianos. La idea de fondo es que el Estado y la industria ayuden a las familias a cargar con sus mayores sin que el sistema se desentienda por completo. El problema, claro, es que muchos de los chinos que envejecen no tienen descendientes que puedan hacerse cargo.

El cuarto pilar es, sencillamente, la prolongación de la vida laboral. Elevando la edad de jubilación, como se hace en Occidente, pero también con iniciativas como las “universidades para la tercera edad”. Son centros que no persiguen mejorar la calidad de vida de los mayores manteniéndolos mentalmente activos, sino reciclarlos y hacerlos empleables. Prometen una segunda vida profesional y salidas adaptadas a la energía y capacidades de los ancianos.

Los esfuerzos por robotizar la economía también se relacionan abiertamente con el descalabro demográfico. Sucede que China se ha convertido ya en el país más avanzado en automatización industrial: según la Federación Internacional de Robótica, en 2024 operaban más de dos millones de robots en sus fábricas. Son todavía pocos para un país tan poblado, pero se espera poder duplicar la producción cada tres años. Las autoridades chinas asumen que no se va a solucionar el problema de fondo, pero creen que puede amortiguar el golpe y ganar algo de tiempo.

Por supuesto, los planes quinquenales chinos a veces salen mal. Pueden fracasar, igual que han fracasado las políticas para repuntar la natalidad. Pero el contraste con Europa o Estados Unidos es descorazonador. Aquí el debate ni siquiera existe y, cuando se afronta, es para proponer cheques bebé y otros anuncios que ocupan algún titular y que no tienen ningún impacto real.

El gobierno chino ha publicado esta semana datos escalofriantes: en 2025 nacieron menos de ocho millones de bebés, la mitad que en 2015 y la cifra más baja desde que hay registros oficiales, desde 1945. Este desplome sin precedentes en tiempos de paz ha dejado sin palabras incluso a los demógrafos más pesimistas y ha disparado las especulaciones: hay quien cree que Pekín ha optado por dejar de maquillar las cifras —una vieja sospecha— para alertar a la sociedad y forzar una conversación seria sobre posibles soluciones. Al Partido Comunista siempre le ha preocupado que China se haga vieja antes de hacerse rica. Y ya parece difícil evitar que ocurra.

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