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Política del miedo: la violencia se desploma en Londres, pero todos creen que es un infierno
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El miedo no responde a los datos

Política del miedo: la violencia se desploma en Londres, pero todos creen que es un infierno

La política deliberada del miedo es rentable electoralmente, y los datos objetivos pesan poco frente a una narrativa amplificada por redes sociales como X, propiedad de Elon Musk

Foto: El líder de Reform UK, Nigel Farage, habla en una rueda de prensa del Partido Reformista en el Royal Horticultural Hall de Westminster. (Stefan Rousseau)
El líder de Reform UK, Nigel Farage, habla en una rueda de prensa del Partido Reformista en el Royal Horticultural Hall de Westminster. (Stefan Rousseau)
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Londres se ha convertido en una paradoja incómoda para la nueva derecha atlántica. La cifra de homicidios —97— ha caído a su nivel más bajo en más de una década. La tasa —1,1 por cada 100.000 habitantes— sitúa hoy a la capital británica por debajo de París, Berlín, Bruselas o Nueva York. También se ha desplomado la violencia juvenil; durante años, el termómetro del colapso urbano: 18 menores de 25 años fueron asesinados el año pasado, frente a los 69 de 2017. Desde un punto de vista empírico, Londres es hoy una de las grandes metrópolis más seguras del mundo occidental. Pero desde un punto de vista político, nunca ha parecido tan amenazante.

Porque cuanto más segura es, más peligrosa necesita parecer para el movimiento MAGA y su versión británica, impulsada por Nigel Farage. Para el trumpismo, Londres es el laboratorio del multiculturalismo liberal; su alcalde, Sadiq Khan —musulmán, socialdemócrata, hijo de inmigrantes—, su antagonista perfecto. Las cifras de criminalidad son ahora políticamente explosivas. Pero una cosa es la realidad y otra, muy distinta, controlar el relato.

La política deliberada del miedo es rentable electoralmente y los datos objetivos pesan poco frente a una narrativa amplificada por redes sociales como X, propiedad de Elon Musk. La paradoja es que funciona: una mayoría de británicos cree hoy que Londres es más peligrosa que nunca.

Tras la crisis de violencia juvenil de 2017, el Ayuntamiento aceptó una premisa incómoda: el crimen violento no se reproduce principalmente por falta de castigo, sino por falta de salidas. En 2019, Khan creó la Violence Reduction Unit (VRU), inspirada en el modelo escocés de "salud pública", con un objetivo claro: intervenir en las trayectorias vitales antes de que se conviertan en carreras criminales.

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Eso se tradujo en trabajadores sociales en comisarías, programas en escuelas, mediación en hospitales y acompañamiento a jóvenes detenidos. Más de medio millón de intervenciones después, la policía afirma que nueve de cada diez participantes no reinciden. El efecto más visible ha sido el colapso de la violencia entre menores de 25 años, que ya no alimenta la siguiente generación de víctimas y agresores.

Al mismo tiempo, la Policía Metropolitana abandonó la lógica de las redadas masivas —que generaban fricción social y apenas reducían el crimen— y pasó a centrarse en estructuras: redes de drogas, jefes de bandas y cadenas de suministro. Dado que casi la mitad de los homicidios están ligados al narcotráfico, desmantelar las 'county lines' ha sido más eficaz que detener a cientos de chavales con pequeñas cantidades de droga. "Lo que hemos visto es un cambio… de jóvenes que se están alejando de la violencia", explica Paul Brogden, jefe de homicidios de Scotland Yard.

La tercera palanca ha sido la tecnología. El análisis de teléfonos móviles, las bases de datos integradas y el reconocimiento facial han reducido la impunidad en delitos violentos. No han hecho a Londres más autoritaria; la han hecho más predecible para los delincuentes. "Todo el mundo vive su vida en los teléfonos y los criminales no son diferentes", resume Brogden.

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Y, sin embargo, el miedo no ha seguido a los datos. Si los homicidios están en mínimos, ¿por qué gran parte del Reino Unido cree que Londres es más peligrosa que nunca? Porque la percepción no la marca la estadística, sino la experiencia cotidiana y el flujo digital. Robos, hurtos y delitos de bajo nivel han aumentado. No son letales, pero son visibles. Y en las redes sociales cada incidente se convierte en una prueba viral de decadencia urbana.

A eso se suma una política deliberada del miedo, impulsada por el populismo de extrema derecha. Donald Trump describe Londres como una ciudad que avanza hacia la ley sharía, con hospitales "como zonas de guerra" y barrios donde la policía no entra. Farage baila al mismo son y habla de una "capital sin ley". Por su parte, Musk llegó a advertir en una intervención telemática en un mitin ultra en la capital británica que "la violencia se acerca".

El comisario de la MET, Mark Rowley, ha respondido con inusual dureza: "Algunos comentaristas promueven una narrativa que les conviene, aunque los hechos cuenten una historia muy distinta… Esto no es una cuestión de opinión ni de comunicación: es lo que muestran los datos".

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Por su parte, el alcalde Sadiq Khan —al frente del consistorio desde 2016— ha decidido elevar el choque a un plano abiertamente político. "Lo siento, Trump y Farage: Londres no es una ‘zona de guerra’ sin ley. La delincuencia violenta está más baja que nunca", reza el artículo de opinión publicado este de lunes en The Guardian. Toda una declaración de intenciones.

El alcalde denunció que "políticos y comentaristas han inundado nuestras redes sociales con distorsiones y falsedades, pintando un cuadro distópico de una ciudad donde los criminales mandan", y remató: "Las pruebas cuentan una historia muy distinta… somos liberales y diversos, y también exitosos".

Desde que Khan apoyó las protestas contra la visita de Estado de Trump en 2019, la capital se convirtió en un objetivo recurrente del trumpismo. Y Farage —que lidera las encuestas de opinión en el Reino Unido con su partido Reform UK— ha importado ahora ese mismo guion. En definitiva, en la política del nuevo populismo, las grandes ciudades son útiles cuando parecen fallidas.

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Por eso las cifras de homicidios son hoy tan peligrosas políticamente. No solo contradicen el relato: lo erosionan desde dentro. Como escribe Khan, "el verdadero relato de Londres no es el que difunden los alarmistas, sino el que muestran los datos".

Londres no es una utopía. La violencia sigue golpeando de forma desproporcionada a jóvenes negros. Los robos aumentan. La policía aún lucha por recuperar la confianza pública. Pero nada de eso puede ocultar que la ciudad ha cambiado de trayectoria.

Que ese giro histórico coincida con su demonización política dice algo inquietante sobre nuestro tiempo: la inseguridad ya no se mide en cadáveres, sino en clics. Y en esa economía del miedo, una ciudad que mejora se convierte, paradójicamente, en una amenaza para quienes viven de que todo parezca ir peor.

Londres se ha convertido en una paradoja incómoda para la nueva derecha atlántica. La cifra de homicidios —97— ha caído a su nivel más bajo en más de una década. La tasa —1,1 por cada 100.000 habitantes— sitúa hoy a la capital británica por debajo de París, Berlín, Bruselas o Nueva York. También se ha desplomado la violencia juvenil; durante años, el termómetro del colapso urbano: 18 menores de 25 años fueron asesinados el año pasado, frente a los 69 de 2017. Desde un punto de vista empírico, Londres es hoy una de las grandes metrópolis más seguras del mundo occidental. Pero desde un punto de vista político, nunca ha parecido tan amenazante.

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