Trump baja el tono 'militar' con Groenlandia en Davos pero pregona un "acuerdo" sin detalles
Trump está en la cabeza de todos en Europa. Desde hace días, los líderes de los Veintisiete tratan de entender qué está pasando y cómo pueden responder ante lo que parece un claro quiebre de la alianza transatlántica
Tras más de hora y media de discurso en Davos, hay una gran conclusión que extraer: Donald Trump ha bajado su proverbial tono matonista con Groenlandia.
No veníamos de la semana más halagüeña: el sábado, Trump anunció aranceles del 10% contra Dinamarca y los países que la habían respaldado desplegando efectivos en Groenlandia. El mismo día, coqueteó con la posibilidad de usar la fuerza para hacerse con la isla ártica. El martes, publicó unas imágenes modificadas de sí mismo plantando la bandera en Groenlandia, "territorio estadounidense en 2026". El miércoles aterrizó en Davos y se sorprendió de haber pasado de ser "el hombre que salvó la OTAN" a ser un "terrible ser humano".
Había entonces razones para temer alguna declaración drástica, algún anuncio histórico, en su discurso. Pero lo que sucedió en su lugar fue el anuncio de que no haría uso de la fuerza militar para hacerse con Groenlandia. En su lugar, llamó a iniciar "negociaciones para la compra" del territorio, como "ya hicieron antes otras naciones". "Pido muy poco para todo lo que hemos hecho por ellos [Dinamarca] durante tantas décadas", se lamentaba. Y muy poco después, Trump retiraba la amenaza de aranceles (que debían entrar en vigor el 1 de febrero).
La razón de ese paso atrás con los aranceles fue que había llegado a un "marco" para un "futuro acuerdo" sobre Groenlandia que, "si se consuma", será una solución "genial" para Estados Unidos "y todos los países de la OTAN", según esgrimió Trump en un mensaje en su red social. Acosado por periodistas y diplomáticos por igual, Trump se negó la noche del miércoles a dar más declaraciones. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ofreció un escueto comunicado en el que dio a entender que ese "acuerdo marco" iría en la línea de "garantizar la seguridad del Ártico" a través de tropas de la OTAN ("los esfuerzos colectivos de los aliados, especialmente los siete aliados árticos"). "Las negociaciones entre Dinamarca, Groenlandia y los Estados Unidos avanzarán con el objetivo de asegurar que Rusia y China nunca logren establecerse, ni económica ni militarmente, en Groenlandia", concluyó. Sabremos más a lo largo de este miércoles.
No ha cedido con sus aspiraciones, pero sí con sus amenazas más graves. ¿A qué responde ese paso atrás con Groenlandia? La respuesta a esa pregunta será clave en el siguiente capítulo de la saga: la cumbre extraordinaria de líderes europeos de este jueves, que deberán entender qué ha ocurrido exactamente, cómo se puede replicar y convertir en una estrategia.
De todas las empresas de Donald Trump en su primer año de su segunda presidencia, la cuestión groenlandesa ha sido, de lejos, la que más oposición ha recibido. Por parte de los europeos (líderes y ciudadanos, políticos de izquierda y derecha), de su propio Partido Republicano y los votantes (una encuesta de Ipsos/Reuters recoge que solo el 8% de los republicanos están de acuerdo con una invasión de Groenlandia), e incluso los mercados (en cuanto anunció que descarta el uso de la fuerza, el dólar volvió a subir). Entonces, ¿ha sido la hostilidad que los miembros de la Administración estadounidense han recibido en Davos? ¿Ha sido descubrir hasta qué punto los europeos estaban dispuestos a llegar al choque, la discusión sobre posibles medidas concretas de respuesta? Al fin y al cabo, esta ha sido la primera vez en la que los líderes europeos se han mostrado abiertamente hostiles al líder estadounidense.
O, justo lo contrario: ¿han sido los esfuerzos más conciliadores de ciertos líderes, como la primera ministra italiana Giorgia Meloni o del propio Rutte, el "susurrador de Trump" como se le conoce en Bruselas, los que han convencido al inquilino de la Casa Blanca de que abandone este ataque? ¿Ha sido una combinación de ambas?
Más allá de un debate teórico, los agresivos bandazos del presidente de EEUU muestran que la crisis todavía está abierta y que hay muchas opciones de que en algún otro momento vuelva a empeorar. Así que este jueves, el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, y su equipo tienen idea de mantener el foco. "El asunto de la agenda no ha cambiado: últimos desarrollos en las relaciones transatlánticas y sus implicaciones para la UE", ha explicado una portavoz del portugués.
Reacción ante la crisis
A lo largo del miércoles, diplomáticos y líderes pudieron respirar algo más tranquilos viendo que los elementos más inminentes de las amenazas de Trump, aquellas que podían destruir la Alianza Atlántica como sería un ataque militar contra un socio de la OTAN, se iban diluyendo, aunque pocos encuentran un consuelo real en el cambio de postura del presidente norteamericano, porque saben que con la misma rapidez puede volver a posiciones mucho más hostiles.
El Consejo Europeo tiene en realidad un objetivo poco tangible: ser un termómetro de hasta qué punto los líderes europeos consideran que la crisis abierta por Donald Trump es existencial para Europa. También si la estrategia consiste en pasar de ser un "vasallo feliz", en palabras de Bart De Wever, primer ministro de Bélgica, como lo ha sido a ojos del político conservador el lado occidental del continente desde 1945 y prácticamente todo él desde 1989, a un simple "esclavo miserable", como también ha señalado el propio líder belga. Si la respuesta es "no", los líderes tendrán otra pregunta que resolver: ¿qué hacemos?
La idea es encontrar una postura común que aúne las dos grandes corrientes de pensamiento: los que consideran que hay que responder a Trump con mucha contundencia, dando a entender que la UE está dispuesta a escalar cualquier conflicto, y los que señalan que hay que apostar por mostrarse abiertos a cumplir con los deseos del presidente estadounidense incluso aunque, en realidad, no haya ninguna intención de hacerlo. Dos corrientes que, en los últimos días han estado representadas por Emmanuel Macron, presidente francés, que lidera la línea dura, y Giorgia Meloni, primera ministra italiana, que abandera la línea blanda.
Incluso con los aranceles fuera de la mesa en este momento, los líderes europeos ya han tenido una advertencia clara. En el marco de reacción a esa amenaza la UE ya había comenzado a debatir la posibilidad de descongelar un paquete de contramedidas por valor de 93.000 millones de euros que quedaron en un cajón tras el acuerdo comercial por el que la Comisión Europea aceptó que EEUU impusiera aranceles de un 15% a las exportaciones europeas. Ese acuerdo ha quedado de hecho congelado después de que la comisión de Comercio Internacional de la Eurocámara haya decidido posponer su voto de consentimiento.
Pero hay muchas otras opciones. Del debate filosófico se deberían extraer consecuencias lógicas, una estrategia para empezar a gestionar a Trump de aquí en adelante. Si se apuesta por una estrategia de escalada, entonces está el instrumento anti-coerción (ACI), del que la UE se dotó en 2023 pensando originalmente en las prácticas de China, pero que ahora París exige utilizar ante Trump.
El Gobierno alemán se muestra dividido respecto a si apoyar también el uso de lo que en Bruselas denominan el "bazuca comercial". Hay muchas más opciones en el menú, como por ejemplo la posibilidad de incluir los servicios dentro de las opciones de contramedidas por el lado europeo, que hasta ahora se ha limitado a plantearse medidas en el ámbito de los bienes.
Pero lo más relevante del encuentro no serán las medidas concretas que los líderes puedan llegar a discutir, sino la estrategia política, la conclusión casi existencial que sacan de cómo sobrevivir a esta era. Donald Tusk, primer ministro de Polonia, ha adelantado la posición que defenderá en el Consejo Europeo, explicando que "el apaciguamiento siempre es señal de debilidad". "Europa no puede permitirse la debilidad, ni ante sus enemigos ni ante sus aliados. El apaciguamiento no produce resultados, solo humillación. La asertividad y la confianza en sí misma europea se han convertido en la necesidad del momento", ha escrito el líder polaco en redes sociales.
Lo más probable es que los líderes lleguen a la conclusión de que son ambas corrientes las que deben entrar en acción: la amenaza de responder y la voluntad de ofrecer a Trump una salida. Para los defensores de la línea dura, las últimas horas son en realidad una demostración de que su teoría funciona.
A sus ojos el hecho de que haya soldados de varios países europeos sobre Groenlandia y la posibilidad de que se discutan contramedidas comerciales, que se desmantele el acuerdo comercial de este verano y que se pueda llegar a discutir la activación del ACI, ha sido probablemente crítico para que Trump decida no seguir adelante. Para los defensores de la línea blanda, el hecho que el presidente de EEUU haya decidido al final retirar las amenazas más graves es una muestra de que se debe evitar el choque frontal porque el inquilino de la Casa Blanca está dispuesto a ceder en ocasiones. El trabajo de los Veintisiete es cómo mecanizar esa lógica, cómo convertirla en una doctrina.
Tras más de hora y media de discurso en Davos, hay una gran conclusión que extraer: Donald Trump ha bajado su proverbial tono matonista con Groenlandia.