Carney, líder 'oficioso' anti-Trump: el frágil hielo sobre el que camina el 'premier' de Canadá
Carney impulsa un giro geopolítico: acerca a Ottawa a Pekín con acuerdos comerciales y aranceles reducidos, buscando diversificar exportaciones y reducir la dependencia de Washington en plena rivalidad entre potencias
El primer ministro de Canadá, Mark Carney, habla durante la 56.ª reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos. (Reuters/Denis Balibouse)
La creciente resistencia anti-Trump tiene por fin un líder oficioso. No se trata de un joven revolucionario de melena al viento, ni de un subcomandante emboscado en la selva. Es un banquero. Un banquero amable. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, protagoniza artículos como este en todo el planeta gracias a su honesta descripción del nuevo orden mundial pronunciada en el Foro de Davos.
Citando al líder checoslovaco Václav Havel, Carney pidió a las élites que dejaran de fingir y que llamaran a las cosas por su nombre. "Permítanme que sea directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición", dijo Carney. "Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en reglas se está desmoronando. Que los fuertes pueden hacer lo que quieran y los débiles deben sufrir las consecuencias", añadió, citando a Tucídides. "Las potencias medias deben actuar conjuntamente porque, si no estamos sentados a la mesa, es que somos parte del menú".
Carney expresó, sin dar nombres, el gran problema de Canadá y de la Unión Europea: que la integración con Estados Unidos, antaño tan beneficiosa, se ha convertido en una vulnerabilidad. Y es necesario diversificar las carteras de clientes para no pillarse los dedos con lo que decidan los votantes de Wisconsin o Florida.
Las palabras de Carney estaban sostenidas por los hechos. La semana anterior, el primer ministro y parte de su gabinete estuvieron en China. La primera visita de un premier canadiense en casi una década. Carney se reunió con su homólogo chino, Li Qiang, y con el presidente, Xi Jinping, a cuyo liderazgo dedicó palabras elogiosas.
También en China, Carney mostró realismo político. Los periodistas le preguntaron si no le molestaba que el régimen comunista violara los derechos humanos. Él respondió que vivimos en el mundo tal y como es, no tal y como nos gustaría que fuera. Dijo también que, en este momento, los chinos eran más "predecibles" que los estadounidenses. Lo cual sentó regular en los círculos trumpistas.
Canadá acordó importar una cuota inicial de 49.000 vehículos eléctricos chinos con un arancel reducido del 6,1%. Una enorme diferencia, si tenemos en cuenta que los canadienses se habían sumado a la campaña de presión de la Administración Biden a Pekín con una tarifa del 100%. Los chinos importarán más semillas de canola, judías, langostas y otros productos canadienses, también con un arancel reducido.
En total, los canadienses esperan elevar un 50% las exportaciones a China para 2030. En este momento, cerca del 70% de lo que vende Canadá va a parar a su único vecino, Estados Unidos. La razón última del golpe de timón de Carney.
La paradoja de Mark Carney es que ganó las elecciones el pasado abril gracias a Donald Trump. Durante muchos meses, las encuestas canadienses reflejaban un claro favorito, el conservador Pierre Poilievre, mientras la intención de voto por los liberales del entonces primer ministro, Justin Trudeau, estaba casi literalmente en la papelera. En diciembre de 2024, Poilievre tenía un 45% de intención de voto: el triple que los liberales. Para marzo siguiente, los liberales, con Carney, habían subido al 42%; el conservador Poilievre había bajado al 38%.
El mes donde todo empezó a cambiar, diciembre de 2024, fue el mes en que Donald Trump expresó su deseo de convertir a Canadá en el "Estado 51" de Estados Unidos. Una amenaza acompañada de otras nociones, como que Canadá "no es viable como país independiente" o que la frontera mutua es "artificial".
Por lo que reflejaban los sondeos, el cálculo de los votantes canadienses se transformó: ¿vamos a dejar el Gobierno en manos de un candidato conservador y de estilo populista como Poilievre, que, en principio, es más afín a Trump? ¿O mejor entregárselo a un perro viejo de la gobernanza como Mark Carney?
El candidato liberal, Carney, venía envuelto en el prestigio de ser la única persona de la historia que ha dirigido los bancos centrales de dos países: primero el Banco Central de Canadá y después, habida cuenta de su éxito, el Banco de Inglaterra. Si uno tira del hilo de la biografía de Carney, naturalmente, encuentra los hitos esperados: estudió en Harvard y luego en Oxford, donde sacó un doctorado en filosofía con una tesis sobre "la ventaja dinámica de la competencia".
Su pedigrí globalista, reforzado después con 13 años de carrera en Goldman Sachs; su experiencia como navegante de mares difíciles y su gruesa agenda de contactos internacionales hicieron que los canadienses le entregaran las llaves del Gobierno. La prioridad era manejar a Donald Trump y decidieron que Mark Carney, al que siempre acompaña la expresión de "mano firme", era la persona adecuada.
Durante la campaña, Carney dejó claras sus prioridades: "Hay un sentimiento muy fuerte de que esto [alejarse de EE. UU.] va a ser costoso, pero estamos dispuestos a pagar el precio para reestructurar nuestra economía en una dirección distinta", dijo en un pódcast estadounidense antes de ganar las elecciones. "Firmamos un acuerdo, teníamos una asociación que respetamos de buena fe, montamos negocios (…) y, de repente, vemos estos ataques, que son la manera en la que los percibimos, así que nos va a costar durante un tiempo, pero aceptaremos el coste".
Los frentes abiertos son muchos. Por quedarnos en la economía, el líder de la oposición, Pierre Poilievre, alertaba de que el control estadounidense del petróleo venezolano suponía una amenaza para los intereses de Canadá. Dado que el crudo de ambos países es parecido, espeso y sulfuroso, y se refina en las mismas instalaciones, cabe la posibilidad de que los estadounidenses se queden con el venezolano y dejen de refinar el canadiense. Lo cual, en palabras de Poilievre, solo tiene una solución: "Necesitamos otros clientes. Rápido".
La infraestructura energética de Canadá, en el marco de la integración práctica con Estados Unidos, se construyó de norte a sur para satisfacer a los sedientos estadounidenses. Ahora el reto es hacerla de este a oeste, para aprovechar el mercado interior. Y exportarlo a otras naciones.
Argemino Barro. OttawaGráficos: Miguel Ángel Gavilanes
Otro escenario improbable, pero no imposible, es que Estados Unidos invada Canadá. Por eso, las fuerzas armadas canadienses están llevando a cabo juegos de guerra para ensayar cómo responder a dicho ataque. Dada su drástica inferioridad numérica, los canadienses recurrirían a tácticas de insurgencia, como emboscadas, sabotaje y drones. Las posibilidades de éxito canadiense, según expertos consultados para este reportaje publicado en junio, serían bastante exiguas.
La reorientación de las prioridades canadienses llevará tiempo y hay otro problema: las grandes potencias, en este caso Estados Unidos, tienen tendencia a meter en vereda a sus vecinos. 24 horas después del discurso de Carney, Donald Trump tomó la palabra y le mandó un mensaje al premier canadiense.
"Canadá recibe muchas cosas gratis de nosotros", declaró el presidente de EEUU. "Deberían estar agradecidos, pero no lo están. Vi el discurso del primer ministro. No pareció muy agradecido. Canadá vive gracias a EEUU. Recuérdalo, Mark, la próxima vez que hagas declaraciones".
La creciente resistencia anti-Trump tiene por fin un líder oficioso. No se trata de un joven revolucionario de melena al viento, ni de un subcomandante emboscado en la selva. Es un banquero. Un banquero amable. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, protagoniza artículos como este en todo el planeta gracias a su honesta descripción del nuevo orden mundial pronunciada en el Foro de Davos.