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La trampa de Trump a la ultraderecha: ¿cree toda Europa en el secuestro como herramienta política?
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La trampa de Trump a la ultraderecha: ¿cree toda Europa en el secuestro como herramienta política?

Quizás el mundo sería un lugar mejor si existiera una fuerza internacional que por todas partes apareciera desde el cielo para llevarse esposados a los dictadores

Foto: Agentes federales armados patrullan fuera del Centro Metropolitano de Detención (MDC), donde se encuentra recluido Nicolás Maduro. (EFE/Olga Fedorova)
Agentes federales armados patrullan fuera del Centro Metropolitano de Detención (MDC), donde se encuentra recluido Nicolás Maduro. (EFE/Olga Fedorova)

"Bang Boom Maduro gone #Venezuela". Así de escueta era la reacción a la noticia que sacudió este inicio de año de Geert Wilders, probablemente el ultraderechista europeo con más ganas de parecerse a Donald Trump, empezando por el flequillo. Bang, bum, Maduro fuera. Seguido de un emoticono de un brazo flexionado, es decir: fuerza.

El mensaje es: las cosas se hacen a la fuerza. Está muy bien llegar, bombardear, raptar y secuestrar si uno puede. Así lo dijo también el ultraderechista más locuaz de Francia, Éric Zemmour, que en la foto recuerda un poco más a Vladímir Putin, empezando por la falta de flequillo: "La geopolítica siempre se ha hecho con fuerza. Los osos amorosos ya pueden meter sus peluches en el cajón. No sirve de nada encabritarse gritando 'soberanía'. El deber de un hombre de Estado es convertir su país en el país fuerte para que no sea atacado".

Santiago Abascal, por supuesto, no se quedó atrás. "Hoy, el mundo es un poco más libre", tuiteó el dirigente de Vox, mientras que el primer comentario de su colega Iván Espinosa de los Monteros era un simple: "EEUU captura a Maduro #Por Fin". André Ventura, líder del partido ultraderechista portugués Chega!, se apuntó: "El derrumbe del régimen de Nicolás Maduro es una buena señal para la libertad de toda la región", mientras que su formación habló de un "excelente día para la democracia".

¿La democracia es lanzar unas pocas bombas, pegar unos cuantos tiros y secuestrar al jefe del Gobierno en pantuflas, con nocturnidad y alevosía? No lo tengo yo tan claro; por mucho que me repelen, lo digo en general y como principio: los dictadores que falsean elecciones para quedarse en el poder. En el caso de Venezuela, como no estuve ahí, no puedo opinar con propiedad, pero pongamos que, efectivamente, como creen Wilders, Zemmour, Abascal y Ventura, y no solo ellos, Maduro era un dictador ilegítimo, y formulemos una cuestión de principio: ¿Es el secuestro para la ultraderecha una herramienta legítima de la democracia?

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Marine Le Pen, tal vez la líder del partido ultraderechista más veterano de Europa, discrepa. Describe al régimen de Nicolás Maduro como "comunista, oligarca y autoritario", que ha "hundido en la miseria a millones de venezolanos", aplastándolos "durante demasiados años con una capa de plomo"... pero no, así no se hacen los cambios de régimen, insiste: "La soberanía de los Estados jamás es negociable, sean del tamaño que sean, tengan el poder que tengan, es inviolable y sagrada". Porque advierte: "Renunciar a este principio hoy por Venezuela, por cualquier Estado, es aceptar mañana nuestra servidumbre".

Tiene lógica: ¿Qué le impide a Trump, si está absolutamente convencido de que necesita anexionar Groenlandia —y dice estarlo—, lanzar un ataque nocturno contra Copenhague y secuestrar a Mette Frederiksen en pijama, acusándola de haber traficado ilegalmente con dientes de narval y poseer marihuana? No se rían demasiado. Más o menos así de absurdo le parecerán al primer juez de instrucción los cargos contra Maduro: conspiración de enviar miles de toneladas de cocaína a Estados Unidos —tráfico del que no hay rastro en los detallados informes anuales del propio Gobierno estadounidense— y posesión de ametralladoras (cosa legal en Estados Unidos).

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Menos mal que otro delito ficticioel de traficar con fentanilo— que Trump tuiteó con insistencia en los meses pasados no ha llegado hasta el acta de acusación. Tampoco figura el crimen que realmente motivó, siempre según los tuits de Trump, el golpe militar de Washington: el de haber robado petróleo y tierras estadounidenses. Ni tampoco lo que muchos políticos europeos desean e incluso intentan proclamar que era el principal delito de Maduro: asumir ilegalmente el poder tras unas elecciones ganadas por la oposición.

Porque no solo Abascal, Wilder, Zemmour y Ventura estuvieron a favor del golpe militar nocturno. También Giorgia Meloni. Apuntó que "la acción militar externa no es el camino para poner fin a los regímenes totalitarios, pero..." Y tras el pero viene todo: "Considero legítima una intervención de tipo defensivo contra ataques híbridos a la seguridad propia, como en el caso de entidades estatales que alimentan y favorecen el narcotráfico".

De Meloni, de tradición ultraderechista, quizás sea de esperar, aunque desde un cargo institucional europeo sí que debería sorprender. Pero es aún cautelosa frente al resuelto apoyo de su vecino, el conservador griego Kyriakos Mitsotakis: "Nicolás Maduro presidía una dictadura brutal y represiva que sometió al pueblo de Venezuela a un sufrimiento inimaginable. El fin del régimen ofrece nuevas esperanzas para el país. No es el momento de comentar la legalidad de las acciones recientes".

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Tampoco era el momento para el alemán Friedrich Merz, que prefirió no tuitear, pero dijo ante la prensa que el encaje jurídico de la acción estadounidense era "complejo". La ultraderecha alemana cautelosamente se dedicó a hablar de refugiados sirios, obviando otros continentes. Y hasta Emmanuel Macron, presidente de un país que siempre se ha visto como un contrapeso europeo a las aspiraciones hegemónicas de Washington, se olvidó de mencionar la legislación internacional: "El pueblo venezolano está hoy liberado de la dictadura de Nicolás Maduro y no puede sino celebrarlo. (...) Deseamos que el presidente Edmundo González Urrutia, elegido en 2024, pueda asegurar esta transición lo antes posible", escribió.

Eso sí, con su propio ministro de Exteriores enmendándole la plana en seguida: "La operación militar que condujo a la captura de Nicolás Maduro contraviene el principio de no recurrir a la fuerza en el que se basa el derecho internacional. (...) La multiplicación de las violaciones de este principio por parte de naciones que asumen la responsabilidad principal de miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tendrá graves consecuencias para la seguridad del mundo, que no dejarán a salvo a nadie", escribió Jean-Noël Barrot, secundado en términos similares por su vice, Eléonore Caroit. Palabras que uno pensaba que deberían constituir la posición oficial de la Unión Europea, en lugar del timidísimo "Seguimos de cerca la situación; toda solución debe respetar la ley internacional y la Carta de las Naciones Unidas" de Ursula von der Leyen.

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No, si esperábamos encontrarnos una neta división entre reacciones de movimientos cercanos al fascismo, siempre encantados de solucionar las cosas mediante golpes militares en la mesa, y partidos de la vieja escuela democrática, adheridos incondicionalmente al concepto de la ley, no estamos ya en sintonía con nuestra época. No es tan fácil adivinar cuál de los dos tuits siguientes sale de la cuenta de un ultraderechista y cuál es la posición de un jefe de Gobierno de centroizquierda: "Hemos considerado a Maduro un presidente ilegítimo y no lloramos por la caída de su régimen. Reafirmo mi compromiso con la legislación internacional" y "Las acciones estadounidenses en Venezuela son poco convencionales y contrarias al derecho internacional... pero pueden estar bien si hacen que China y Rusia se lo piensen dos veces" (Keir Starmer y Nigel Farage, en este orden).

El problema está, claro, en qué pueden pensar China y Rusia. ¿Y si piensan que eso de secuestrar a jefes de Estado para doblegar su país es la nueva normalidad y puede perfectamente hacerse, siempre que se tenga la capacidad militar, en Kiev y Taiwán?

Quizás el mundo sería un lugar mejor si existiera una fuerza internacional que por todas partes apareciera desde el cielo para llevarse esposados a los dictadores que manipulan elecciones y poner en su lugar a los líderes democráticamente elegidos. No sé si es factible en la práctica. No sé si los políticos que aplauden el golpe de Trump creen que es factible.

Pero si realmente pensaban que el futuro democrático del mundo se pueda confiar a las manos de un Donald ex machina, se llevaron un chasco: no habían pasado ni 24 horas de sus entusiastas proclamas a favor de la restauración democrática de la voluntad popular venezolana, encabezada por María Corina Machado, cuando Trump en persona les dio lo que en Twitter llaman un zasca en toda la boca: nada de pasar el poder a Corina. "Gobernar le vendría muy grande; no tiene apoyo ni respeto dentro del país. Es una mujer encantadora, pero no la respetan", dijo con su característica, digamos, franqueza.

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¿No habíamos quedado en que Corina Machado —a través de su candidato, Edmundo González— ganó las elecciones? ¿Dónde están ahora los 7,4 cuatro millones de ciudadanos que, según las afirmaciones de su movimiento Comando con Venezuela, dieron su voto a González en 2024? Acorde a esas cifras, González se impuso con 1,9 millones de papeletas a Maduro. Por mucho que haya continuado desde entonces el flujo de emigración, no salen las cuentas, si es verdad, como afirmó acto seguido el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, que "la inmensa mayoría de la oposición está fuera del país".

O bien Trump y Rubio nunca se creyeron que Maduro había perdido realmente las elecciones en 2024, o creen que Corina Machado ha perdido el respeto de los venezolanos precisamente por apoyar públicamente una intervención militar extranjera, o bien les da exactamente igual quién gana unas elecciones, porque creen en el Gobierno del más fuerte, con las urnas apenas sirviendo de elemento decorativo.

Y la más fuerte, ahora mismo, es la vicepresidenta del régimen, Delcy Rodríguez. Apoyarla tiene una ventaja: ahorra el dilema de una invasión militar de verdad, que desde Irak ya se sabe que suele salir más caro que todo el petróleo disponible en los subsuelos. Trump lo ha dejado claro: será Delcy quien gobernará Venezuela mientras haga lo que le diga Washington.

No sabemos exactamente lo que Washington le puede pedir a Delcy Rodríguez, porque los crímenes de los que Trump acusa a Maduro, y que Delcy no debe repetir, son todos ficticios. Dar acceso al petróleo a compañías estadounidenses tampoco fue nunca un problema para el régimen chavista: de hecho, una compañía estadounidense, Chevron, ha seguido comprando e importando crudo venezolano prácticamente sin interrupción, a razón de unos 250.000 barriles diarios, con el visto bueno oficial de Washington y Caracas.

Decidió quedarse cuando, hacia 2007, los demás gigantes de petróleo norteamericanos se retiraron por desavenencias financieras con Hugo Chávez. Nunca ha hecho públicas las cuentas exactas, pero afirma que el negocio sí es rentable. De hecho, en 2024, el 55 % de las exportaciones de crudo de Venezuela en 2024 se destinaba a... Estados Unidos. China viene en un muy lejano segundo lugar, con un 11 %. ¿Embargo? ¿Qué embargo?

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Quizás Trump quiera que el negocio sea aún más rentable. Quizás el secuestro de Nicolás Maduro y su mujer, Cilia Flores, sea simplemente un gesto de regateo de bazar algo brusco para conseguir una rebaja entre no tan amigos. ¿Quizás los tiburones de las inmobiliarias estadounidenses se las gastan así en sus negociaciones? No lo sé.

Desde el punto de vista jurídico, lo interesante será seguir el juicio a Maduro, porque lo más probable es que su abogado interponga un recurso de habeas corpus: cuestionando la legalidad de la detención del acusado. El tribunal deberá en tal caso decidir si es legal secuestrar a un ciudadano de otro país en una acción militar para juzgarlo en Estados Unidos.

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La práctica del secuestro no es nueva: a partir de 2002, las tropas estadounidenses se apoderaron de cientos de personas en Afganistán y Pakistán, a menudo pagando al contado a alguna milicia, para llevarse a "combatientes ilegales" a Guantánamo. A Guantánamo, porque desde esta base militar extranjera, alegaban, no podían interponer un hábeas corpus. Pero ¿desde Brooklyn? Si un juez estadounidense dictamina que el secuestro es una herramienta legal para conducir la política exterior de un país, preveo tiempos interesantes para los estudiantes de Derecho y los magistrados constitucionalistas. Hagan apuestas, señores, quién será el próximo.

Abascal lo tiene claro: el próximo debe ser el jefe de Gobierno de su propio país. "Sánchez debe estar muy preocupado. La caída de Maduro es un golpe para la mafia sanchista", tuiteó. Adelantando por la derecha a todos sus colegas ultraeuropeos —Spain is different— al interpretar el secuestro no solo como la continuación de la política exterior con otros medios, sino como herramienta de política interior, poniendo la ideología por encima de la soberanía nacional, tan cara a los discursos. También es cierto que Pedro Sánchez fue, que sepamos, el único jefe de Gobierno europeo que rechazó de plano la operación de Trump. "España no reconoció al régimen de Maduro. Pero tampoco reconocerá una intervención que viola el derecho internacional y empuja a la región a un horizonte de incertidumbre y belicismo", tuiteó el domingo. Spain is different.

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Porque la plana mayor de la política europea, y no solo en la ultraderecha, se ha hecho una foto de grupo bastante lamentable de cara a una ciudadanía a la que esos mismos políticos piden insistentemente creer en la democracia, el imperio de la ley y la legitimidad internacional como pilares de la Unión Europea. Tal vez más de uno tuviera ganas de borrar sus tuits cuando quedó claro que el golpe militar de Trump no iba de democracia ni voluntades populares ni elecciones, sino simplemente de beneficiar a Estados Unidos —así de crudo lo dijo Marco Rubio: "Nos interesan las elecciones y la democracia y todo eso, pero el punto número uno que nos interesa es la seguridad y el bienestar y la prosperidad de Estados Unidos"

Borrar tuits es feo: se la envainaron en silencio, dejando para la posteridad su imagen de pardillos que creyeron ingenuamente en las credenciales democráticas de Donald Trump. Salvo Abascal, que ha seguido tuiteando para exigir que "toca acabar con la resistencia de Delcy", prefirieron correr un velo y respirar hondo, para que Trump no los pille en pijama con Groenlandia. Porque seguir amoldándose a los discursos del emperador no es una inversión en futuros políticos. A esas alturas saben que lo máximo que pueden esperar es que un día, Trump diga de cada uno de ellos: "Es un tío encantador, pero gobernar le viene muy grande".

No, no parece que la intervención de Trump vaya a servir para hacer avanzar la democracia en Venezuela, aunque eso nunca se puede saber con certeza; quizás Delcy Rodríguez muestre pragmatismo y las cosas mejoren. Lo que sí sabemos es que ha servido para socavar un poco más la democracia, la fe en la democracia, en Europa. Una Europa que ha caído en la trampa de Trump de poner la fuerza por encima de la ley y justificarlo ante la ciudadanía. Esa ciudadanía que luego debe diferenciar entre la democracia y el fascismo.

"Bang Boom Maduro gone #Venezuela". Así de escueta era la reacción a la noticia que sacudió este inicio de año de Geert Wilders, probablemente el ultraderechista europeo con más ganas de parecerse a Donald Trump, empezando por el flequillo. Bang, bum, Maduro fuera. Seguido de un emoticono de un brazo flexionado, es decir: fuerza.

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