Primero los apalean, detienen, dejan sin luz y sin internet para cortar la conexión con el mundo exterior, como si cubrieran esta vez a toda la población con ese chador que obligan a llevar a las mujeres. Quieren que tengan miedo, que por las noches en sus casas escuchen disparos y gritos, y perros que ladran, en esa oscuridad eterna que imponen.
Y luego, como la cosa esta vez se les ha ido un poco de las manos y las calles están que arden, literalmente, les dejan asomarse a la ventana de los televisores para que vean cómo los ahorcan por atreverse a desafiar sus designios. Los clérigos y el ejército, con su añeja revolución islámica que les iba a traer libertad de los abusos del Sha y su corte de mangantes, vuelven a mostrar toda su brutalidad.
Lo primero que te dicen cuando aterrizas en Teherán es que tengas una VPN para evitar la censura del Gobierno a los medios internacionales y redes sociales. Es un espacio común para una población a la que desde hace días han dejado incomunicada; una población que por obligación esconde hasta las películas que ve en sus teléfonos para no acabar en una celda.
Cuesta tener en los medios internacionalesvoces que narren lo que sucede desde dentro. Se filtra lo que se consigue filtrar a medios y redes, y entre medias se cuelan mujeres que se encienden cigarros con fotos del ayatolá Jameneí, que son de otro lugar y otro tiempo, y cifras y relatos que son invenciones en un escenario en el que no hace falta inventar nada para denunciar el horror.
El Confidencial ha conseguido obtener algunos testimonios reales desde dentro. Es una cadena, en la que alguien escribe a alguien y se espera durante días a que contesten. "Algunos de mis amigos que han participado en las protestas no se conectan desde hace mucho tiempo. No sé qué habrá sido de ellos", nos dice B, nuestro contacto, que huyó del país cansada de la represión y con la ilusión de dar a luz a una criatura que tenga la libertad que a ella le denegaron.
Pero siempre hay una brecha, una rendija por la que los sátrapas van dejando evidencias. A y B son una mujer de 30 y un hombre de 45. Ambos viven en Teherán. Esta es su versión de lo que está sucediendo.
"No sé cómo se organizaron, ni siquiera si al principio estaban organizados o no. Solo sé que en los últimos meses la situación empeoraba cada día, los precios estaban fuera de control y había muchas conversaciones entre la gente quejándose y sin poder manejar sus vidas. De repente me di cuenta de que el Gran Bazar de Teherán estaba cerrado y la gente estaba en las calles", cuenta ella sobre la mecha que prendió todo.
Las dictaduras aguantan todo menos el hambre. Al pueblo le puedes robar la libertad, pero no un puchero con el que calmar el estómago. "Al principio la gente empezó a salir a protestar contra la devaluación de nuestra moneda y el aumento increíble de los precios de todo, especialmente de los alimentos. Desde que el príncipe heredero hizo el anuncio y pidió a la gente que saliera a la calle, las protestas se volvieron más organizadas".
El fantasma del Sha es un símbolo de otro tiempo, de regresar a algo que para una parte de la población cumple lo de que todo tiempo pasado fue mejor. El régimen tiene también sus bastiones. En el propio Teherán hay diferencias en su piel que muestran esos dos países. Hay los barrios algo más avanzados, los de la universidad, restaurantes y librerías, con sus estándares más occidentales y donde ellas se quitan los velos en las cafeterías. Y el Teherán ortodoxo, negro, de las barriadas del sur, donde las mujeres no tienen piel sino tela. Hasta en ese feudo de los ayatolásha habido manifestaciones.
¿Qué hay de diferente en esta protesta respecto a las anteriores? "Creo que la diferencia es la cantidad de gente. Vivo en el centro de la ciudad y había muchísima gente en las calles, gritando, coreando consignas, y también mucha gente en muchos barrios que no había ido a las manifestaciones pero que desde las ventanas de sus apartamentos o desde los patios gritaban y lanzaban consignas contra el régimen", asegura.
"Vi muchos barrios antiguos y pequeños con grandes multitudes en las calles, algo que no era común en movimientos anteriores. Normalmente, en protestas previas, se manifestaban las calles principales y los barrios más grandes, pero esta vez incluso los barrios y comunidades pequeñas estaban implicados. Conozco un barrio pequeño de Teherán donde vi muchas protestas y a muchos Basij (paramilitares fieles al régimen) disparándoles directamente. Pobres, muchísima gente fue asesinada en ese barrio", dice ella.
"La diferencia es que hay más gente y de distintos grupos de edad y capas de la sociedad. Me sorprendió ver a mucha gente mayor en las calles. Además, la gente tiene consignas más organizadas y está más unida. Otra diferencia es que el régimen ataca de forma más brutal esta vez y dispara más directamente", dice él.
Cuesta digerir eso, pero con Irán se digiere todo desde hace décadas. Sus líderes van a las reuniones internacionales, sus selecciones juegan los Mundiales, y hasta cuando sus jugadores son condenados a muerte y posteriormente a 26 años de prisión por apoyar protestas, nadie les impide volver a presentarse a otro torneo. ¿Quién se acuerda del futbolista Amir Reza Nasr-Azadani? Quizá EEUU bombardee el país mientras se escribe este texto, cuando ustedes lo lean, generando más caos en el avispero. El resto del globo se preocupa por esos pobres iraníes desventurados. ¿Dónde está el sur global, el que tantas veces afea con razón los dobles estándares occidentales, reclamando aquí justicia y libertad? Los iraníes están siempre solos, luchando contra una revolución y sus estigmas.
¿Hay gente dentro del Ejército y Policía que apoye las revueltas? "No he oído nada sobre eso; podría ser posible, pero en los últimos días hemos estado en un silencio y una desconexión absoluta. Nosotros, quienes vivimos dentro del país, no tenemos muchas noticias porque nos han aislado. El segundo día del anuncio del príncipe, todo se desconectó por la noche", asegura.
"No podíamos hacer llamadas con los móviles ni con las líneas telefónicas de casa y, por supuesto, no había internet. El tercer día cortaron la electricidad por la noche para que la gente ni siquiera pudiera verse en las calles. No sabemos exactamente qué ha pasado porque no hay acceso a los medios libres del mundo y los medios nacionales solo mienten y esta vez están amenazando directamente a la gente, así que no puedo decir nada sobre si hay alguien dentro de la Policía que nos esté defendiendo", señala ella. "No he oído ninguna noticia sobre eso", responde más lacónico él.
Lo que sí se oye, lo que las autoridades sí gritan, son sus castigos. Se quiere que se escuche alto, que todos lo vean, como en esas series de Hollywood tipo Homelanden la que ahorcan a los disidentes y el plano baja para enseñar cómo le tiemblan las piernas. "Sí, esta vez anunciaron con contundencia que habrá el nivel más alto de castigo para los manifestantes y, a diferencia de otras veces en las que ocultaban las noticias de los muertos, esta vez lo anunciaron de forma muy rápida y clara", explica A, que en sus 35 años de vida solo ha conocido que cuando levantas la voz o te quitas un velo puedes acabar sin oxígeno a varios metros del suelo.
"Matan a la gente sin ningún pudor y han mostrado algunas escenas de cuerpos muertos en la televisión. La televisión nacional difunde mucho miedo de forma directa; utilizan los medios para enviar mensajes brutales a la población", explica él, que con sus 45 años tampoco ha conocido otra cosa.
Entonces empieza el goteo de las víctimas que son próximas. La iraní que ha hecho de intermediaria para conseguir estos testimonios ha llorado a varios en el pasado, y como explicamos arriba, ante la ausencia de respuesta de algunos de sus amigos, no sabe si le tocará llorar a otros ahora. "No quise seguir esa parte porque personalmente ya no puedo más y estoy al borde de la depresión y profunda tristeza", responde A, la vecina de Teherán, sobre si conoce casos en su entorno.
"Sé que llamaron a una familia que conozco en Teherán y les dijeron que debían decir en las noticias que suhijo no era un manifestante y que era un Basiji asesinado por los manifestantes en la calle", señala él. Lo matan, y para que no maten a más de los suyos, obligan a los familiares que velan su muerto a tragar saliva y decir en las noticias que a su hijo le asesinaron los insurrectos. No les queda otra si quieren evitar que en el panteón familiar no haya que hacer hueco a más cuerpos.
La espiral de muerte y represión sigue. ¿Dónde acabará esta vez la revuelta? "El régimen debe caer. ¿Por qué deberíamos continuar con un régimen que nos aísla, mata y no nos deja vivir ni siquiera una vida normal? Ha sido el funeral de los Basij y de sus seguidores que fueron asesinados; ni siquiera sé si es real o si es un funeral falso. Pero diría que ese cabrón, el Basiji con un arma que fue asesinado por manifestantes sin armas, mejor que muriera", añade.
"Han anunciado en la televisión que solo mataron a 1.000 manifestantes, pero no puede ser verdad porque siempre mienten y, con todos esos disparos que escuchábamos en la ciudad por las noches, el número es mucho mayor. Era como una escena de teatro por las noches: podía escucharlo desde casa, gente gritando ‘abajo el dictador’ y ‘viva el Sha’, y luego los disparos. Siempre han intentado hacernos ver todo como normal: no tener libertad, el aislamiento, las sanciones, las ejecuciones y ahora los disparos nocturnos", concluye ella.
"El régimen debe caer, eso es lo que pide la gente. No queremos cambios de políticas. He presenciado muchas protestas a lo largo de los últimos 20 años de mi vida en Irán y ahora estoy seguro de que el régimen no va a cambiar para mejor en absoluto", concluye él.
Y sus voces son noticia, por el simple hecho de escucharse, de ser dos voces que hablan libres sobre lo que ocurre dentro. Y solo eso, el detalle de que dos voces puedan ser noticia, explica la perversión del Gobierno de los ayatolás y su régimen de rezos.
Primero los apalean, detienen, dejan sin luz y sin internet para cortar la conexión con el mundo exterior, como si cubrieran esta vez a toda la población con ese chador que obligan a llevar a las mujeres. Quieren que tengan miedo, que por las noches en sus casas escuchen disparos y gritos, y perros que ladran, en esa oscuridad eterna que imponen.