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¿Puede romper Groenlandia la OTAN? La Alianza no es el problema, es el marco
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¿Puede romper Groenlandia la OTAN? La Alianza no es el problema, es el marco

Groenlandia ha reabierto el debate sobre la solidez de la OTAN ante un eventual pulso con Donald Trump. ¿Estamos ante una crisis existencial de la Alianza o frente a una prueba de estrés para sus mecanismos de mediación?

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump, y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en la Casa Blanca. (Reuters/Kevin Lamarque)
El presidente de EEUU, Donald Trump, y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en la Casa Blanca. (Reuters/Kevin Lamarque)

La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, ha advertido hace unos días de que un intento unilateral de la Administración Trump de apropiarse de Groenlandia equivaldría, en la práctica, a certificar el final de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Sus palabras han sido rápidamente recogidas y reforzadas por numerosos analistas en medios internacionales, que presentan el episodio como una prueba de estrés para la cohesión aliada. Incluso el propio presidente estadounidense ha llegado a insinuar en una entrevista la posibilidad de verse forzado a elegir entre preservar la OTAN o priorizar la isla.

Ahora bien, ¿existe realmente un riesgo de ruptura para la Alianza? Más allá del ruido especulativo, un análisis más detenido sugiere que hay poderosos incentivos para preservar la unidad.

En primer lugar, la Alianza Atlántica se ha convertido en un ente demasiado complejo como para imaginar su abandono a la ligera, y menos aún por una crisis que podría resultar coyuntural. La dimensión militar es la cara más visible de dicha complejidad, especialmente tras los sucesos en Ucrania: a la combinación clásica de capacidades nucleares, convencionales y de defensa antimisil se suma hoy una estructura de fuerzas más ágil y creíble, diseñada para reforzar con rapidez a los elementos ya desplegados.

A todo ello hay que añadir su valor funcional: la estructura militar de la OTAN actúa como una escuela permanente de interoperabilidad, aportando doctrina, procedimientos operativos y el practicum que hace posible la acción combinada. Sin ese ecosistema —único en el mundo— los ejércitos aliados tenderían a comportarse como "islas" independientes: muy capaces sobre el papel, pero mucho menos eficaces cuando toca operar juntos.

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En segundo lugar, hoy por hoy no existe una alternativa realista a la Alianza cuando hablamos de defensa común o colectiva. La Política Común de Seguridad y Defensa de la UE no es un debate reservado a socios occidentales como España, Francia o Alemania. Involucra de lleno a Polonia, Finlandia, las repúblicas bálticas y otros Estados que observan desde la primera línea lo que ocurre en el flanco Este. Para ellos el dilema es vital: llegado el caso, ¿protege más ser aliado en la OTAN o socio en la UE?

Por ahora, la duplicidad de capacidades y recursos sigue teniendo mucho de suma cero y lo que se promete en un marco, a menudo, se detrae del otro. Quizá por esto convendría hablar menos de "autonomía" y más de responsabilidad estratégica, asumiendo que la costura más frágil de nuestro Occidente no está tanto en el vínculo transatlántico como en la propia Europa.

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Y, en tercer lugar, la Alianza no es sólo un paraguas de defensa colectiva. Es también un marco singular de gestión de crisis entre aliados, un espacio institucional donde la fricción puede encauzarse, contenerse y, llegado el caso, resolverse antes de que se convierta en una fractura irreversible. A la sombra de la respuesta a la guerra en Ucrania se ha producido una transformación profunda y silenciosa que ha pasado en buena medida desapercibida para el gran público, pero que es de importancia capital.

Alianza, espacio de mediación

Ese giro se oficializó en la Cumbre de Bruselas de 2021 y se articuló bajo la llamada Agenda 2030: el tránsito desde una visión centrada casi exclusivamente en la defensa militar hacia otra más amplia, asentada en el campo —mucho más extenso— de la seguridad. Aquí entra la resiliencia, es decir, la capacidad de nuestras sociedades para resistir situaciones hostiles sin colapsar, la cooperación tecnológica e industrial entre aliados y el impacto del cambio climático como multiplicador de riesgos. Pero, sobre todo, entra la capacidad de la Alianza para sostener un orden internacional basado en reglas, el pegamento político que da sentido a las anteriores prioridades y que hoy queda en entredicho, precisamente, por la acción unilateral de uno de sus miembros.

A lo largo de su historia, la estructura y los procedimientos de la OTAN se han revelado como una herramienta valiosa para la mediación en disputas entre aliados. Ahí están los episodios recurrentes de tensión entre Grecia y Turquía en torno a Chipre y otros territorios, o las disputas por los derechos de pesca entre el Reino Unido e Islandia. En todos estos casos, ya sea a través del papel del secretario general de turno, ya sea mediante la intermediación de terceros, la Alianza ha sabido desplegar una diplomacia discreta e intensa para prevenir o, como mínimo, acotar, el deterioro político y evitar que el conflicto entre socios desborde el marco común.

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Por todo ello, OTAN no debería verse como el trasero al que patear en plena rabieta —por muy comprensible que sea la indignación—, sino como la herramienta para apaciguar tensiones entre aliados. Más que un blanco de disputas, conviene reconocerla como el foro transatlántico único, esencial e irremplazable para las consultas y la acción conjunta en todo lo relativo a la seguridad euroatlántica.

Se trata de otorgar la relevancia debida al Artículo 4 del Tratado de Washington, que existe para ser utilizado cuando un aliado percibe amenazada su seguridad. En lugar de instalarnos en visiones derrotistas, los aliados haríamos mejor en preservar esta herramienta y reforzar su credibilidad. Sólo así seguirán disponibles la comunicación básica y los canales para suavizar los conflictos cuando el resto de esfuerzos falle.

* El coronel Miguel Peco-Yeste fue asesor de planes en el gabinete del secretario general de la OTAN entre 2020 y 2023.

La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, ha advertido hace unos días de que un intento unilateral de la Administración Trump de apropiarse de Groenlandia equivaldría, en la práctica, a certificar el final de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Sus palabras han sido rápidamente recogidas y reforzadas por numerosos analistas en medios internacionales, que presentan el episodio como una prueba de estrés para la cohesión aliada. Incluso el propio presidente estadounidense ha llegado a insinuar en una entrevista la posibilidad de verse forzado a elegir entre preservar la OTAN o priorizar la isla.

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