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Francia y otros países europeos anuncian ejercicios militares en Groenlandia para disuadir a Trump
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reactivar la presencia militar en la isla

Francia y otros países europeos anuncian ejercicios militares en Groenlandia para disuadir a Trump

Europa prepara una presencia aliada en el Ártico para blindar Groenlandia, con patrullas, rotaciones y acuerdos sobre minerales críticos, buscando disuadir una ruptura estratégica impulsada desde Washington

Foto: Soldados daneses de maniobras con franceses, alemanes, suecos y noruegos en Groenlandia. (Reuters/Guglielmo Mangiapane)
Soldados daneses de maniobras con franceses, alemanes, suecos y noruegos en Groenlandia. (Reuters/Guglielmo Mangiapane)
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Francia, Alemania y varios países europeos han comenzado el despliegue de personal militar en Groenlandia como parte de unos ejercicios destinados a reforzar la defensa del Ártico y enviar un mensaje a la Casa Blanca de que la seguridad de la isla no es negociable, ni siquiera para Estados Unidos. Los movimientos de tropas llegan después de que el ministro danés de Exteriores, Lars Løkke Rasmussen, celebrara una reunión el miércoles por la tarde con el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, y el vicepresidente J.D. Vance. Rasmussen subrayó que algunas de las propuestas presentadas por la administración de Donald Trump vulneraban directamente la integridad territorial danesa, calificándolas de "totalmente inaceptables".

Aun así, Dinamarca y Estados Unidos acordaron crear un "grupo de trabajo de alto nivel" que se reunirá "en las próximas semanas" para identificar y abordar las preocupaciones estadounidenses. El ministro danés recordó que Washington llegó a contar con 17 instalaciones militares en Groenlandia y que en la actualidad solo mantiene una, reducción que atribuyó a decisiones unilaterales de Estados Unidos.

Mientras tanto, la retórica del presidente estadounidense sobre su intención de anexionar Groenlandia a EEUU se ha intensificado en las últimas semanas. Trump aseguró el mismo miércoles que la isla es "vital" para la "Cúpula de Oro", una supuesta defensa antimisiles que pretende proteger a Estados Unidos de ataques balísticos, hipersónicos y de crucero. El republicano ha argumentado que si Washington no actúa, Moscú o Pekín podrían aprovechar la posición estratégica de Groenlandia y sus recursos de las tierras raras.

La isla ha pasado de ser una periferia geopolítica a convertirse en un punto donde se define si la OTAN sigue siendo una alianza defensiva o se transforma en un foro de reparto de poder. Por ello, los aliados europeos han comenzado a diseñar una operación en el Ártico destinada a blindar la isla, no para contener a Rusia ni a China, sino para impedir que Trump convierta sus amenazas en una ruptura estratégica dentro del orden occidental.

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La ironía es patente. El orden internacional que Europa intenta preservar está siendo cuestionado por quien debería ser su principal garante. Durante más de 70 años, la OTAN se rigió por una premisa simple: la amenaza venía de fuera. Ese axioma parece hoy quebrado.

Ante los crecientes riesgos, Reino Unido, junto a Alemania y Francia, estudia el envío de tropas, buques y aeronaves para reforzar la presencia aliada en el extremo norte del Atlántico. Las conversaciones se desarrollan entre Downing Street, el cuartel general de la OTAN en Bruselas y los principales ministerios de Defensa europeos. El mando aliado en Europa (SHAPE) evalúa desde patrullas navales y aéreas permanentes hasta intercambio de inteligencia, ejercicios conjuntos y posibles rotaciones de tropas en la propia isla.

Para Reino Unido, la crisis es una prueba decisiva de su papel como principal potencia de defensa europea y aliado histórico de Washington. El Gobierno de Keir Starmer ha llegado a la conclusión de que la amenaza no puede gestionarse solo con diplomacia. En Londres se impone la idea de que solo una presencia militar visible y creíble en el Ártico puede convencer a Trump de que el problema de la seguridad ya está resuelto.

De ahí que las Fuerzas Armadas británicas lleven meses reforzando su actividad en el Alto Norte. La Royal Navy y unidades de comandos participaron el año pasado en el ejercicio Joint Viking en Noruega, y este año unos 1.500 Royal Marines se desplegarán en Noruega, Finlandia y Suecia para las maniobras Cold Response, centradas en combate en condiciones extremas. Movimientos presentados como entrenamiento rutinario que ahora encajan en una estrategia para convertir el Ártico en una zona de disuasión permanente.

Evitar el más mínimo pretexto

Trump ha justificado su ofensiva alegando que Groenlandia corre el riesgo de caer bajo control de sus adversarios. Incluso ha llegado a afirmar que la isla está "cubierta de barcos rusos y chinos". Sin embargo, los servicios de inteligencia aliados lo niegan. Noruega, que vigila de cerca la región, confirma que no existe una actividad significativa de Moscú o Pekín en torno a Groenlandia, aunque sí en otras zonas del Ártico.

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Si la OTAN despliega una presencia robusta en la isla, Trump podría presentar el resultado como una victoria política: más gasto europeo, más vigilancia del Ártico y menos carga para el contribuyente estadounidense, sin necesidad de cruzar la línea roja de la anexión. Ese es el núcleo de la estrategia. El plan incluye patrullas navales, vigilancia aérea y una presencia aliada más visible con el objetivo de cerrar cualquier vacío que pueda servir de pretexto para una acción unilateral.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha empezado a poner palabras a ese giro. "Todos los aliados coinciden en la importancia del Ártico y de su seguridad", afirmó esta semana, advirtiendo de que la apertura de nuevas rutas marítimas aumenta la actividad rusa y china. Y reconoció que los países ya están "debatiendo el siguiente paso, cómo asegurarnos de dar una continuación práctica a esas conversaciones". En lenguaje de la alianza, eso significa planificación militar real.

Groenlandia no es un teatro cualquiera. Es territorio del Reino de Dinamarca, miembro de la OTAN y de la UE, y alberga instalaciones militares estadounidenses. Cualquier movimiento de Washington fuera de esos marcos sería una crisis interna de la Alianza. Por eso se impone una doctrina de disuasión por saturación: más presencia, más vigilancia, más interoperabilidad, menos espacio para una narrativa de emergencia.

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Los modelos que se estudian se inspiran en misiones como Baltic Sentry y Eastern Sentry, con patrullas persistentes, control de rutas y protección de infraestructuras críticas, desde cables submarinos hasta sistemas de comunicación, en una región donde la geografía amplifica cualquier vulnerabilidad.

El segundo pilar de esa estrategia es económico. Bruselas y varias capitales trabajan en un acuerdo que combine seguridad del Ártico con concesiones en minerales críticos. La Unión Europea estudia ofrecer a Estados Unidos acceso privilegiado e inversión conjunta en la explotación de tierras raras, níquel y cobre en Groenlandia. En un mundo que se desacopla de China, el control de esos recursos se ha convertido en poder duro.

Por eso, mientras los militares planifican patrullas y rotaciones, según Político, los diplomáticos diseñan una fórmula que permita a Trump proclamar victoria sin romper la alianza. La Comisión Europea planea más que duplicar sus fondos para la isla en el próximo presupuesto plurianual, con una parte significativa dedicada a proyectos de materias primas críticas. La idea es transformar el pulso territorial en una asociación económica y de seguridad.

Y también la narrativa

Aunque en los despachos de Bruselas se asume que Trump no busca solo minerales. Busca una narrativa de grandeza. Make America Great Again se ha convertido en un proyecto geográfico que pueda exhibir ante su base electoral. Las presiones que la Casa Blanca ejerce sobre Groenlandia no son una extravagancia diplomática, sino una crisis estructural para la arquitectura de seguridad occidental.

Que el presidente de Estados Unidos sugiera abiertamente que podría adquirirla de forma unilateral, incluso mediante el uso de la fuerza, abre una grieta sin precedentes dentro del sistema de defensa colectiva. En Moscú y Pekín se frotan las manos: si Washington puede intimidar a un aliado europeo, ¿con qué legitimidad puede denunciar la anexión de Crimea o las ambiciones chinas sobre Taiwán?

Groenlandia encaja plenamente en la lógica de America First. Para Trump, la política exterior ya no gira en torno a alianzas o normas compartidas, sino a ventajas estratégicas concretas. El control del Ártico y de sus recursos críticos se ha convertido en una prioridad para que Estados Unidos no pierda terreno frente a China y Rusia, y eso redefine la relación con aliados menores. Dinamarca deja de ser un socio que merece protección y pasa a ser, simplemente, un actor sentado sobre un activo que Washington considera demasiado importante para dejarlo fuera de su órbita.

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Y la OTAN nunca fue diseñada para resolver conflictos de este tipo. Sus tratados no distinguen entre una agresión externa y una interna, pero existe una convención clara: el Artículo 5 —el "todos para uno y uno para todos"— no se aplica cuando un miembro ataca a otro. El precedente es Chipre, cuando Turquía invadió la isla en 1974. La OTAN no intervino; Estados Unidos medió. La diferencia hoy es que Estados Unidos no es un mediador: es el actor que provoca la crisis.

Ahí reside el verdadero dilema europeo. Nadie quiere enfrentarse a Trump, que nunca ha ocultado su desprecio por la alianza. Europa se mueve ahora con una mezcla de urgencia y temor. Sabe cómo reaccionar ante Rusia, pero no cómo hacerlo ante Washington. Las sanciones contra empresas estadounidenses o la restricción del acceso a bases europeas existen como opciones extremas, pero nadie quiere abrir ese cajón en un momento en que Ucrania sigue dependiendo del respaldo norteamericano.

Un cortafuegos para el Ártico

En esa encrucijada, el Reino Unido intenta ejercer de cortafuegos. Londres coordina una respuesta nórdica que combina presencia militar, control marítimo y presión económica sobre Rusia. Las fuerzas especiales británicas se preparan para asaltar petroleros de la flota fantasma que financia al Kremlin. Cada barco interceptado reduce la huella rusa en el Ártico y vacía el argumento de Trump.

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Ese enfoque se materializó a principios de mes, cuando Reino Unido apoyó a Estados Unidos en la interceptación del Bella-1, un petrolero con bandera rusa que viajaba desde Venezuela hacia Europa, dentro de la campaña contra las redes de evasión de sanciones.

Para Londres, operaciones así cumplen una doble función: debilitan a Moscú y refuerzan su posición ante Washington. En ese cálculo, si Europa asume más riesgos en el Ártico, Trump tendrá menos incentivos para dinamitar la alianza.

Groenlandia es ya el lugar donde Europa mide hasta dónde puede llegar Estados Unidos sin romper la arquitectura que el propio país mismo creó tras el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945. El despliegue en el Ártico no busca una confrontación, sino una contención. Impedir que una ambición presidencial se convierta en precedente histórico. Porque si una isla danesa puede ser negociable, lo será cualquier frontera europea. Y ese es un riesgo que la OTAN no puede permitirse.

Francia, Alemania y varios países europeos han comenzado el despliegue de personal militar en Groenlandia como parte de unos ejercicios destinados a reforzar la defensa del Ártico y enviar un mensaje a la Casa Blanca de que la seguridad de la isla no es negociable, ni siquiera para Estados Unidos. Los movimientos de tropas llegan después de que el ministro danés de Exteriores, Lars Løkke Rasmussen, celebrara una reunión el miércoles por la tarde con el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, y el vicepresidente J.D. Vance. Rasmussen subrayó que algunas de las propuestas presentadas por la administración de Donald Trump vulneraban directamente la integridad territorial danesa, calificándolas de "totalmente inaceptables".

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