Trump tiene su doctrina 'Donroe' en Latinoamérica… China no va a ser menos
La Casa Blanca no ha tenido problema en desempolvar la doctrina Monroe y colocarla como su guía en política exterior en América, y eso de alguna manera legitima a China a hacer lo mismo en el sudeste asiático
Los Estados Unidos de Trump relanzan la doctrina Monroe, como si Washington tuviera el derecho a interferir en todo lo que ocurre en su continente por vecindad, declarándolo con altavoces. Así le gusta al presidente Trump, que ejercita la diplomacia desde su teléfono móvil y en primera persona del singular.
China realiza algo parecido con una doctrina, Tianxia (todo bajo el cielo), que lleva practicando siglos. Es una "conquista" armónica en la que Pekín tiene un poder superior moral y político por la que el Gran Emperador regulaba el mundo entero. Taiwán, Filipinas, Vietnam, Indonesia, Malasia, Brunéi, India, Bután y Nepal, junto a los casos de Tíbet, Hong Kong o Macao, son territorios amenazados o envueltos hoy en conflictos con la superpotencia asiática. Aquí sucede todo sin altavoces, con esa diplomacia de "armonioso palo" que le gusta al presidente Xi.
El golpe militar estadounidense a Venezuela, con aún muchos aspectos técnicos que conocerse de una operación ejecutada a la perfección, tiene múltiples lecturas. Washington decidió lanzar su ataque justo el día después de la visita de Qiu Xiaoqi, enviado especial de China para Asuntos de América latina, en Caracas. La intervención ha dejado en evidencia los sistemas defensivos chinos, de los que se suministraba el chavismo, y eso tiene su propia lectura para lo que ocurre en el llamado Mar de China Meridional y Taiwán.
"Desde una perspectiva técnica, la operación en Venezuela refuerza en realidad la disuasión en el Indo-Pacífico. La rápida supresión de las defensas aéreas venezolanas —que utilizaban los mismos sistemas de radar JY-27A y JYL-1 de fabricación china en los que confía el Ejército Popular de Liberación (EPL)— envió un mensaje claro a Pekín. Demostró que las capacidades estadounidenses de guerra electrónica y de ‘parálisis sistémica’ son altamente eficaces contra los sistemas de armas chinos. Lejos de ser un pretexto para un ataque, Venezuela sirve como estudio de caso para el EPL sobre los elevados riesgos de una estructura de mando centralizada cuando se enfrenta a una intervención estadounidense avanzada", explica Holmes Liao, analista militar y catedrático del Colegio de Guerra de Taiwán, a El Confidencial.
"Estados Unidos tomó tal medida en un momento en que la delegación de China visitaba Venezuela. Para China, es muy vergonzoso", ha declarado Wu Xinbo, decano del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad Fudan de Shanghái. Pekín mantenía una estrecha relación con Venezuela pese a que no se fiaba de ella. Era un acuerdo obligado, bajo el paraguas del enemigo común, que se fue resquebrajando con los años. Los chinos redujeron tras 2015 los créditos dados a los venezolanos por impagos, pero se mantuvieron el comercio y unas aparentes "buenas" relaciones diplomáticas.
El golpe en el Caribe resonó en el Indo-Pacífico. Estados Unidos, especialmente en la era del expresidente Joe Biden, decidió rodear a China con bases y acuerdos militares en los países limítrofes para disuadir a Pekín de atacar Taiwán y de continuar con la toma de las aguas internacionales colindantes con Filipinas, Vietnam, Malasia… La Tianxia china se ha nutrido del mismo principio que la Monroe americana: la vecindad con países muy pequeños comparados con su poder.
"China es un país muy grande y otros son países pequeños; eso es un hecho", dijo el exministro de exteriores chino, Yang Jiechi, en 2010, al ser interpelado sobre las pretensiones chinas sobre el Mar Meridional. La frase tiene relación con lo que acaba de decir Stephen Miller, alto asesor del presidente Trump, en una entrevista en CNN: "Vivimos en el mundo real que se rige por la fuerza, por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos".
En ese sentido, cada superpotencia tiene su área de influencia. La Casa Blanca no ha tenido problema en desempolvar la doctrina Monroe, y colocarla como su guía en política exterior en América, y eso de alguna manera legitima a China a hacer lo mismo en el sudeste asiático. "Establecer un paralelismo entre la extracción policial en Venezuela y una invasión territorial de Taiwán es una falsa equivalencia. La Operación Resolución Absoluta se presentó como una misión selectiva basada en acusaciones de narcoterrorismo contra un individuo concreto; no fue un intento de anexionar territorio ni de desmantelar un gobierno soberano", opina Holmes.
El hecho de que Trump hable de controlar los recursos energéticos venezolanos y de mantener un control sobre con un gobierno títere en Caracas contradicen esa visión de la simple toma de un narcotraficante en busca y captura, pero en todo caso en la política internacional lo que sirven son los hechos, y Estados Unidos se ha saltado todo el derecho internacional en una acción unilateral. China puede sencillamente argumentar lo mismo sobre Taiwán.
"La resolución de la cuestión de Taiwán es un asunto que compete al pueblo chino, sin lugar para interferencias externas", declaró Mao Ning, portavoz del Ministerio de Exteriores chino, cuando se le pidió que comentara las recientes declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump sobre Taiwán. El Gobierno de Pekín se refería a unas palabras del presidente americano en el New York Times en las que dijo: "Xi considera que es parte de China (Taiwán), y depende de él lo que vaya a hacer, pero le he expresado que me sentiría muy descontento si hiciera eso, y no creo que lo haga. Espero que no lo haga".
En realidad, la cuestión de Taiwán, territorio que el presidente Xi Jinping ha reiterado una y otra vez que pertenece a China, parece que se resolverá por la vía militar. El ataque o no dependerá de las garantías de éxito de Pekín que no acepta un posible reconocimiento de independencia de un territorio que de facto es independiente. El actual status quo, un limbo en el que se es lo que no se dice que se es para no agraviar a China, parece imposible de mantener durante mucho más tiempo.
Trump no ha retirado tropas, se mantienen las "bases" y acuerdos en Filipinas, Corea, Japón…, pero ha cambiado el discurso. La Casa Blanca tiene un enfoque más comercial en su diplomacia y eso hace todo imprevisible: "Taiwán debe pagarnos por su defensa. No somos diferentes a una compañía de seguros", dijo en julio de 2024 Trump.
"La disuasión es una ecuación dinámica entre capacidad, voluntad e imprevisibilidad. En este primer año (de Trump), aunque la temperatura retórica ha aumentado, el cálculo de riesgos para Pekín se ha vuelto mucho más complejo. El enfoque estadounidense de ‘paz mediante la fuerza’, combinado con su imprevisibilidad inherente, podría frenar o revertir la erosión constante del statu quo de los últimos años. Para la cúpula del Partido Comunista Chino, el coste del fracaso ha aumentado exponencialmente porque ya no pueden predecir con precisión la escala ni la rapidez de la respuesta estadounidense", explica Holmes.
Taiwán sabe que debe armarse rápido y ser militarmente autosuficiente, ahora más que nunca, ya que no puede confiar en la protección de un Washington altamente imprevisible. Si Trump amenaza hasta a sus aliados de la OTAN con quitarles territorios como Groenlandia, ¿qué garantía tiene Taipéi de que actuaría a su favor en un conflicto armado?
"Durante años la disuasión militar ha funcionado, pero eso se está erosionando con la fuerte inversión del EPL. Incluso EE.UU., tras 20 años de guerra en Irak y Afganistán, es consciente de que no está preparado para un potencial conflicto en el Pacífico occidental con Rusia y China. Debemos pensar que todos los ejércitos no están aún donde quieren estar", me decía en Taipéi, en 2023, Enoch Wu, exmiembro de las Fuerzas Especiales de Taiwán, afiliado del gubernamental y proindependentista Partido Democrático Progresista y creador en 2020 de la Forward Alliance, ONG que prepara a los ciudadanos en autodefensa ante un posible ataque de China.
Entonces China rodeaba la isla con unas fuertes maniobras militares que la incomunicaban. El ataque parecía que podía producirse si Taiwán cometía un desliz. Hace una semana ha ocurrido lo mismo: otra vez maniobras navales y lanzamiento de misiles. El mensaje se repite, pero cada vez parece más cercana la opción de que dejen de ser ejercicios militares y sea un ataque en toda regla.
Durante décadas, la República de China (Taiwán) pudo enfrentar a la República Popular de China armamentísticamente. El factor isla, sólo hay dos zonas claras de desembarco en todo su montañoso territorio, también ha ayudado a mantener su "independencia". La conquista de Taiwán parece más complicada que lo de sacar a Maduro de Venezuela. Los chinos construyen barcazas enormes con plataformas para ataques anfibios, mejoran su armada, su capacidad tecnológica y mantienen su presión social y política con su soft power y sus acuerdos con partidos políticos como el Kuomintang.
Xi ha dejado claro que esa tierra es suya por derecho, y el Gobierno de Taipéi, muy dividido social y políticamente, ha empezado una contrarreloj para estar listo ante un ataque chino. "La asociación de seguridad entre Estados Unidos y Taiwán ha sido históricamente una relación de ‘comprador-vendedor’. Desde la Administración Biden, estamos viendo cómo esta relación evoluciona hacia una integración y colaboración estructural y funcional. El impulso para que Taiwán alcance un gasto en defensa del 3 % o incluso del 5 % de su PIB no es simplemente una transacción; es un llamamiento al reparto de cargas. Estamos viendo cómo la asociación pasa de la adquisición de plataformas individuales a la integración de una arquitectura de defensa resiliente, aunque el ritmo no es lo suficientemente rápido", advierte Holmes.
Nadie sabe si habrá ataque, cuándo puede producirse y cuál será la respuesta internacional, pero de pronto ha emergido Japón como inesperado actor principal en esta contienda. La primera ministra nipona declaró recientemente que "una invasión china de Taiwán constituiría una amenaza a la supervivencia de Japón" y apuntó a una respuesta militar de Tokio.
Japón tuvo el control de Taiwán durante cinco décadas, tras obtenerla de China al vencer la primera guerra sino-japonesa en 1895 y hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, Tokio ha tenido siempre un perfil muy bajo en cualquier tipo de conflicto territorial regional, y desde luego nunca se había atrevido a hablar directamente de la posibilidad de intervenir contra China si atacara su otrora posesión. Pekín calificó de inaceptable la amenaza y cortó ciertas exportaciones a sus vecinos y enemigos históricos. "Estos comentarios constituyen una burda injerencia en los asuntos internos de China, violan gravemente el principio de una sola China y son extremadamente perjudiciales por su naturaleza y repercusión", manifestó Pekín.
La euforia de Trump, y su necesidad de alardear de su poder, choca con el pragmatismo chino, pero el mundo parece encaminado a una nueva era donde los poderosos toman los territorios que consideran de su interés a la fuerza. El golpe en la mesa de Trump es en todo caso evidente. China ha levantado menos la voz de lo previsible ante los ataques de sus socios de Irán y Venezuela por parte de EE.UU. "El ataque también refuerza una lógica más amplia que, en última instancia, favorece la visión del presidente Xi Jinping sobre China y su estatus en Asia: cuando los países poderosos imponen su voluntad cerca de casa, los demás tienden a retroceder", apunta un análisis del New York Times sobre la relación del ataque en Venezuela y Taiwán.
En 2018, el presidente Xi acudió a un lugar simbólico, el puerto de Weihai, donde Japón hundió la flota china y de alguna manera catapultó la victoria en la primera guerra sino-japonesa que acabó con la pérdida de Taiwán. Xi dijo entonces: "Siempre he querido venir aquí, para aprender y sentir. El pueblo chino debe esforzarse por construir un país mejor y más fuerte". Lo ha hecho.
Los Estados Unidos de Trump relanzan la doctrina Monroe, como si Washington tuviera el derecho a interferir en todo lo que ocurre en su continente por vecindad, declarándolo con altavoces. Así le gusta al presidente Trump, que ejercita la diplomacia desde su teléfono móvil y en primera persona del singular.